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romi
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Regalo de reyes

6 de Enero de 2013 a las 17:39

Bubok

284- REGALO DE REYES

 

               Se despertó antes que nadie. Estuvo un rato en la cama, meditando algunas cosas mientras disfrutaba del calorcito de las sábanas. Luego se levantó, abrió la ventana, observó como sobre la hierba la escarcha blanqueaba, cogió la naranja que la noche antes había dejado en la cesta de mimbre en el dintel de la ventana, la peló y mientras se la comía, en el paladar de su boca iba experimentando el frío hielo que había dejado la noche que ahora se marchaba. Se dijo: “Frío de invierno, en esta clara mañana que despierta como de un sueño. No hay mejor desayuno que una buena naranja con sabor a escarcha de invierno”. Y se preparó enseguida.

 

               Al poco, salió a la puerta de la casa, miró para donde el sol comenzaba a levantarse y se asombró de la blancura de las nieves sobre las cumbres de Sierra Nevada. Dentro de la casa, aun todos dormían. En la puerta, un mirlo cantaba por entre las ramas del acebo y, a un lado y otro, cerca de la ventana y más retirado hacia el río, las plantas del jardín, serenas resbalaban el frío de la escarcha de la mañana. De los pequeños naranjos, lustrosas y gordas, colgaban las maduras naranjas. Cogió su mochila, el trozo de caña de bambú que le servía de bastón y la cámara de fotos y se puso a caminar. Por el caminillo de tierra que, desde la casa, en las mismas tierras de la vega del río pero al borde del olivar por la parte de atrás, iba hacia la cuerva del cauce. Se volvió a decir: “Mejor es dejarlos que todos duerman y que ni siquiera sepan que yo estoy despierto ni a dónde voy ahora. Cuando regrese, ya se lo comentaré para darles envidia”.

 

               Al llegar a la curva del río, enseguida descubrió que esta mañana, las aguas se deslizaban claras y suaves, como en busca de libertad en algún lejano lugar. Sabía que solo unos kilómetros más abajo, este mismo río, pasaba rozando las murallas de la Alhambra y luego se perdía bajo la ciudad de Granada. El río de sus sueños y repleto de misterios que ahora cruzaba por la curva del charco azul y las playas de arenas doradas. A sus espaldas, ya algo lejos, ahora veía la casa de la que solo hacía unos minutos que había salido. Blanca, entre jardines y árboles y como decorada por muchos olivos por detrás y en la ladera. Al frente, enseguida descubrió el pequeño cortijillo, también entre olivos y coronado por un redondo cerro, tapizado de monte y alzándose como hacia Sierra Nevada. Pequeños chorros de humo surgían de entre los olivos, impregnando todo el aire de olor a ramas de olivo quemadas y aceitunas recién exprimidas. Algunos de los que recogían estas aceitunas, aceituneros de toda la vida, calentaban sus manos y pies en las llamas y ascuas de las lumbres.

 

               Buscó la senda y comenzó a subir, trazando curvas con la vereda. Al poco, rozó los árboles también en la puerta del cortijillo y recibió a los perros que, ladrando, le salían al encuentro. Los tranquilizó con palabras de paz y amigo y continuó subiendo. Pasado un rato, coronó un pequeño puntal por donde el olivar se espesaba y al buscar, descubrió las colmenas esparcidas por aquí por allá, por entre los olivos y a lo ancho de toda la pequeña ladera. Sabía que con el frío y las escarcha de la mañana, las abajas se apiñaban dentro de las colmenas, casi por completo paralizadas. Pero, durante unos minutos, estuvo parado frente a la recogida ladera, observando el panorama. A sus pies y algo en lo hondo, ahora se veía el surco del río y adivinaba las aguas saltando. Al otro lado, blanqueaba la casa donde por la noche había dormido y a su derecha, adivinaba el amplio valle por donde el río se alejaba, sabía que limpio y muy silencioso, hacia la alambra y como al encuentro de un gran misterio. Y le pareció tan bello y excelso todo el panorama, que respiró hondo y luego siguió. Al poco, cruzaba el arroyuelo, por entre los olivos y continuó por la senda hacia la palta más alta. No tardó en encontrar la pista de tierra que, cruzando el río por el puente del hormigón unos kilómetros más arriba, ahora cruzaba por entre las encinas y se alejaba hacia el otro lado de la montaña. Miró durante unos minutos y vio el camión, grande, negro y cargado con varias toneladas de aceitunas negras y verdes, que venía veloz desde el puente del hormigón.

 

               Y al instante, lleno de asombro comprobó que el gran camión, al cruzar el pequeño valle, en lugar de seguir por la pista de tierra, se fue derecho contra el montículo de enfrente. Se preguntó: “¿Cómo es posible que se haya salido de su recorrido?” Aligeró el paso, subió a lo alto de la torrentera del camino y al coronar, vio al frente y cerca del camión, a un hombre sentado en una piedra. Le preguntó:

- ¿Es que el chofer no conoce estos caminos?

- Sí que los conoce. Y tú no te preocupes que nada ha pasado. Ahora mismo da marcha atrás, endereza el vehículo y continúa su ruta.

Y enseguida vio que el gran camión dio marcha atrás, se puso resto en el camino, comenzó a rodar y al poco, se perdía al otro lado del cerro.

 

               Justo ahora, miró para el río y los vio subir. Eran cinco o seis que caminado en fila, buscaban el ramal del camino que se apartaba por la izquierda. Los esperó y al llegar les preguntó:

- ¿Conocéis el terreno o estáis perdidos?

- Vamos a la casa de los eucaliptos para que la vean estos amigos nuestros.

- Pero eso queda de aquí muy lejos.

- ¿Y tú a dónde vas?

- Quiero cruzar el río por debajo del puente de hormigón y, por la ladera de las rocas que hay al frente, pretendo regresar a la casa de los olivos, cerca del valle y cauce del río.

- ¿Podemos ir contigo y dejamos lo del cortijo de los eucaliptos para otro día?

- Podéis pero por este lado del río, por donde yo he venido, hay paisajes muy hermosos y arroyuelos interesantes.

- Mejor nos vamos contigo y nos explicas las cosas.

 

               Al poco, cruzaron el río por debajo del puente del hormigón y por la estrecha senda entre acebuches y encinas, bordearon la corriente en la dirección en que las aguas se deslizaban. Caminaba delante del grupo y al llegar al gran filo rocoso, escaló aprisa, pidiéndoles a ellos que lo siguieran.

- ¿Y qué hay ahí?

Preguntó el que parecía jefe del grupo.

- Un mirador grandioso desde donde se ve todo el río saliendo de las montañas, cruzando el valle y acercándose a los paisajes de la Alhambra. Pero subid con cuidado que estamos al borde mismo del precipicio.

Escalaron con cuidado las rocas y al acercarse al filo y comprobar que estaban casi colgados en el vacío, exclamaron:

- Esto es asombroso. Nunca lo habíamos imaginado.

Por debajo de ellos, saltaba el río en una grandiosa cascada que caía a un amplio y profundo charco. Algo más abajo, el cauce se encajaba para atravesar el cerro de los olivos y más abajo aun, el río cruzaba el amplio y bello valle por donde, al fondo, se perdía hacia Granada. Por encima del cerro de los olivos, se elevaban las cumbres de Sierra Nevada y más cerca de ellos, al otro lado del río y para donde las colmenas, los acantilados se quebraban en todos los tamaños, formas y colores. Preguntaron:

- ¿Y por ahí has venido tú?

- Siguiendo las sendillas y en silencio.

- Sin duda que eres valiente y sabes lo que buscas en estas montañas.

 

               Sacó su cámara y al sol que parecía asomar por entre los acantilados y olivos, hizo varias fotos. Les dijo:

- Luego las compartiré con vosotros.

Y al poco, se le vio descolgarse por las rocas del gran mirador frente a la cascada. Los despidió y cruzó las playas de arena dirección a la casa donde, unas horas antes, recibía al nuevo día comiéndose unas naranjas llenas de escarcha. Cuando llegó, los que dormía al levantarse él, ahora se preparaban para abandonar la casa y regresar. Los saludó y enseguida les dijeron:

- Han sido unos días maravillosos que nunca olvidaremos pero ya tenemos que regresar. ¿Tú te quedas?

- Me quedo porque aun tengo mucho que recorrer y aprender de estos paisajes en torno a la Alhambra y alrededor de Granada.

- Pues, escríbelo todo, haz muchas fotos y compártelas luego con nosotros.

 

               Sentado en el muro del Puente del Aljibillo, el que en el río Darro da paso al Camino de la Fuente del Avellano y a la Cuesta del Rey Chico hacia las torres de la Alhambra, dejó de leer. Miró para la Alhambra y a las aguas del río. Era domingo, seis de enero, día de reyes. Frente a él se paró un matrimonio acompañados por una joven. La muchacha, en español pero con un acusado acento extranjero, lo miró, miró a lo que sobre el muro había y preguntó como sorprendida:

- ¿Un libro de historias de la Alhambra y sus paisajes, en este lugar y en esta tan especial mañana de enero? Sin duda que es el mejor regalo de reyes para aprender y soñar.                 

El libro descansaba sobre el muro del viejo puente y él, como preparándose para seguir leyendo, lo miraba ilusionado.

 

 

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