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carlosmaza
Mensajes: 3.047
Fecha de ingreso: 16 de Noviembre de 2008

96º concurso relatos: PICARESCA (RELATOS)

14 de Enero de 2013 a las 15:30

Se abre la nonagésimo sexta edición del concurso de relatos cuyas condiciones se pueden consultar en las bases. En todo caso, de 200 a 1700 palabras.

Tema: PICARESCA

Significado: No se refiere exclusivamente al género de novela bien conocido, sino a cualquier intervención de una o más picardías, estando éstas de forma presente y con importancia en el relato. Se adjuntan significados:

picardía

  1. f. Astucia o habilidad en la que hay cierta malicia:
    a pesar de ser tan joven tiene mucha picardía.
  2. Gracia maliciosa,especialmente en lo relativo a lo sexual.
  3. Dicho o acción en que se manifiesta:
    decía picardías a las niñas para que se pusieran coloradas.
  4. Travesura de niños.
  5. m. pl. Prenda femenina formada por un conjunto de camisón muy corto y bragas.

Presentación de relatos: Desde ahora hasta el jueves 24 de enero, a las 22 horas

Votaciones:  Desde el jueves 24 al domingo 27 a las 22 horas.

Cualquier duda sobre cómo participar, votar o lo que sea, me lo preguntáis en el foro paralelo o particularmente. Mucho ánimo a todos.

concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 20 de Enero de 2013 a las 13:28
APROVECHARSE DE LAS DEBILIDADES


Le haban raptado. No caba duda. Tras unos segundos de incertidumbre y desorientado completamente, haba llegado a la conclusin de que lo que se estaba clavando en su costado derecho, eran unos muelles de algn maltrecho y maloliente colchn viejo; el dolor de sus muecas eran causados por unos grilletes metlicos, sin duda alguna; el lquido pegajoso que manchaba su rostro contra el tejido del catre, podran ser sus propias babas; y el hecho de que no pudiese ver nada, era causado por un simple pauelo o similar anudado a su nuca.


Lo que an no poda recordar era lo que haba sucedido antes de verse en aquella situacin. La cabeza le dola como si alguien estuviese estrujndole las sienes con algn aparato mecnico. La lengua se le haba pegado al paladar, a pesar de la humedad que supona haber expulsado anteriormente por la boca; a no ser que aquel lquido que le empapaba la cara fuese sangre.


Ningn tipo de sonido llegaba hasta sus odos, por lo que pens que le haban dejado all solo.


- Hola?


Nada.


- Hay alguien?


Dej pasar unos segundos, mientras intentaba agudizar los sentidos que le quedaban.


- Agua! Necesito un trago de agua! - Vocifer.


Lleg a la conclusin de que sus captores deban ser del mismo gremio que su esposa; que nunca le haca el menor caso a nada y raras veces le escuchaba. Sonri para s mismo y se dijo que quiz ella tena razn. Beatriz siempre deca que no tena sangre en las venas, que su simpleza le pona nerviosa y que estaba cansada de verle conformarse con cualquier cosa. “Eres mucho ms que un directivo, deberas valorarte ms”.


Y por supuesto que era ms que un directivo, eso ya lo saba l. Era millonario. Era hijo y nieto de millonarios. Siempre haba sido as.


Oy un chirrido. Pareca una puerta cercana. Un portazo. Unos pasos firmes que se aproximaban a l. Un brazo fuerte y robusto que se desliz entre l y las sbanas, que le levant por los hombros y le sent en la cama; y una mano que le agarr la cara mientras senta el tacto fro del recipiente que le haban aproximado a los labios y el lquido se derramaba por sus comisuras. Bebi hasta hacerse dao en la garganta.


Mientras tragaba, un suave aroma a lavanda le hizo recordar el jardn de su casa.


- Gracias.


No hubo contestacin. Unos pasos suaves se alejaron de l. Tras estos, los pasos firmes hicieron lo mismo. Dos personas. Quiz en un principio, los pasos suaves haban sido enmascarados por los fuertes, y haba pensado que slo haba entrado en la estancia una persona. Ahora al menos, saba que no estaba solo y que le escuchaban perfectamente. La puerta se cerr.


Intent levantarse de la cama aprovechando que le haban dejado en posicin sentada. Las manos en la espalda le impedan moverse con diligencia, pero no tard demasiado en encontrarse de pie.
Entonces record que haba salido a hacer footing y una mujer que le adelant por la izquierda, se haba torcido el tobillo y cado al suelo, cuando unos brazos fuertes le haban agarrado por detrs y tapado la boca con un trozo de tela que ola a rayos.


Y eso era lo ltimo que recordaba. Aquella mujer, con unas mallas negras que le marcaban aquel trasero respingn y redondo a ms no poder, y un par de buenas razones para cometer cualquier locura, que botaban al unsono de sus zancadas y casi se salan por el escote de la camiseta. Por eso la haba visto caer, porque aquella preciosidad hizo que l la siguiera con la mirada hasta que cay delante de l y as le haban atrapado.


El aroma a lavanda deba provenir de ella.


Otra vez la imagen de su esposa recordndole que no serva para nada, que le haban dado todo hecho en la vida y nunca se hara valer de ninguna otra forma. La flaca de Beatriz. Su mente comparaba a ambas mujeres y empez a preguntarse por qu segua casado con aquella birria.
Estaba all parado, en medio de una habitacin cuyas dimensiones no poda ni ver ni intuir sin saber qu hacer o a dnde dirigirse. Comenz a andar muy despacio, hasta que sus pies chocaron con algo. Se gir ciento ochenta grados y palp con los dedos. Una mesa. Sigui de espaldas palpando hasta llegar al final de la mesa. La pared, una puerta abierta, un lavabo.


- Necesito ir al bao! – De nuevo, no hubo contestacin.


- Si me lo hago encima ser peor, tendris que limpiarme!


Volvieron a sonar los pasos firmes. Una voz grave. - Qu “hasses” ah? – Un acento extranjero.


- T qu crees? Necesito orinar.


Son un gruido y los pasos prosiguieron hasta quedar cerca de l. Una mano le baj la cremallera de los pantalones.


- Si no me colocas frente a la taza, no s dnde tengo que hacerlo.


Los brazos fuertes le movieron como una marioneta.


- Me puedes explicar cmo quieres que lo haga si sigue dentro de los pantalones?


- No “prrretenderrrss”… - Y otro gruido.


Not unos dedos firmes hurgando en su entrepierna.


- Si la dejas as, colgando, no ver dnde dirigir el chorro.


El gruido esta vez fue casi un rugido. Pero el fortachn lo hizo.


Con el sonido del lquido cayendo contra la porcelana como msica de fondo, y un gesto de alivio, pregunt: - Puedo saber cunto habis pedido por mi rescate?


- “Parrra qu?”


- Simple curiosidad. Quiero saber por cunto habis valorado mi vida. Y el precio que le pones a que me ayudes a orinar sujetandomela.


No hubo contestacin.


- Sea lo que sea, te pagar el doble si me haces un favor.


- Ya te estoy “hassiendo” un “favorrr”.


- An as, te lo voy a contar y despus decide t si vale la pena.


Al da siguiente, y tras un paseo en el maletero de un coche, apareci en medio del campo, maniatado con un cordel fcil de desenredar. Se quit la venda. Sus ojos, doloridos por la luz del sol, buscaron algo familiar con lo que orientarse. Lleg a casa, su esposa le abraz clavndole los huesos de las costillas y las clavculas, y le llev al hospital. La polica y los medios de comunicacin no pararon de entrar y salir de su casa durante varios das, al cabo de los cules ya se haba convertido en un hroe nacional. Gan ms dinero si cabe del que ya tena.


Al mes de aquellos sucesos, su esposa, desapareci. Y a los tres das, el cadver de Beatriz apareci sobre un catre maltrecho y maloliente en una casa de campo abandonada muy cerca de su mansin.
Ponfiel
Ponfiel
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Fecha de ingreso: 23 de Enero de 2013
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  • 23 de Enero de 2013 a las 13:40

Frustraciones de un infeliz

A la misma hora de todos los días espera ver pasar a la chica de la frutería camino de casa. Se asoma al balcón cada tarde y controla hasta los segundos que tarda en girar hacía la esquina. Su obsesión por el contorneo de sus caderas y el prominente busto, le llevó hace un mes a tener insomnio. No había sido la primera vez que sus ojos se posaban en el canalillo de su pecho, transcurriendo mil y una historias entre los pliegues de la piel, hasta que volviendo a la realidad la perdía tras la esquina del boulevard. Pero hoy no iba a ser así. Se propuso hacer de vigía con unos prismáticos, verla llegar desde el final de la calle, y bajar ayudarla con las bolsas de fruta hasta casa. Una acción premeditada, pensada al milímetro, anotada en una hoja en blanco, con varios puntos que se había propuesto cumplir. La veo, bajo, me presento, le ayudo, y le pido, repite en voz alta sin detenerse.

Con los prismáticos pegados a los ojos, al verla desde la ventana estira su cuerpo encorvado, saca pecho y se repeina. Se sube la ropa interior, los pantalones, se remete la camisa, tira las zapatillas por el aire, se pone las botas de cordones. Entra en el lavabo para ponerse perfume en el cuello y las muñecas. Mirándose al espejo se relame la mano para pasársela por el remolino que nunca se le colocaba bien. Coge la toalla y se lava la cara. Sale corriendo hacia la puerta y baja los cincuenta peldaños que le separan de la calle, saltándolos de dos en dos. Al llegar a la puerta del rellano, aminora la marcha, e intenta caminar sosegado. Mira hacía el frente, y ella, detenida en el semáforo deja descansando las bolsas. Al verlo le saluda. Él más tímido levanta la mano y se apresura a acercarse. Le dice hola. La chica contesta. Él se enrojece. Ella sonríe. Vaya par, son mucho más de lo que pensaba, dice cayéndosele la babilla. Eres un obsceno, le contesta apresurando el paso. Quieres casarte conmigo, soy hacendoso, buen chico y seguro seré un estupendo marido. Eres brutal, y por cierto, tengo los anillos en casa. Hoy mismo podemos casarnos. La chica admirada le mira con descaro, agarre y deja volar la pasión. Suelta las bolsas, enzarzándose con él como una hiedra, haciéndole subir la temperatura. Él entrelaza sus manos, que sube y baja por la espalda hasta el trasero, hasta que toca algo inusual. Se despega de sus labios preguntándole: ¿qué llevas ahí?. La chica le sonríe guiñándole el ojo, coge las bolsas y mientras marcha le contesta: podemos vernos mañana número treinda y dos, quinto primera. Buzón derecho de la segunda fila, donde pone Manolo, estaré esperándote. Y que sepas que hueles mal. Su ídolo se despedaza rompiendo sus sueños. Nunca voy a encontrar la felicidad, grita al aire, encogiéndosele hasta los sentimientos. A partir de ese día, ¿en qué iba a ocupar el tiempo libre?

concursoderelatos
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 23 de Enero de 2013 a las 23:19
La Crisis

- Martnez, llega usted media hora tarde.

- Lo siento, ya le dije, seor Lpez, que llegara hoy un poco ms tarde, que tena que ir al paro a renovar los papeles del subsidio.

- Si la culpa no es suya, es de los chupatintas, enchufados de los funcionarios. Que luego se quejan de que les bajan el sueldo, pero se pasan el da desayunando y no saben lo que es dar un palo al agua. Sabes que te hara un contrato, Martnez, pero ahora mismo est la cosa muy achuchada y as adems cobras el paro y te sacas un dinerillo aqu, en la fbrica.

- No se preocupe, seor, si ya me hago cargo, que con los tiempos que corren... la suerte es que tenga trabajo!

- Y ms trabajo que habra si todos esos extranjeros no hubiesen venido a robarnos el trabajo y tener su cartilla de la seguridad social desde el primer da! Ojal os pudiera contratar a todos los de la fbrica, pero mejor estais los que os habeis quedado y los que se pudieron prejubilar, pues eso que se llevan. Que es una vergenza que ahora a la gente tiene ms de 45 aos y no la quieren en ningn sitio.

- Diga usted que s y quien ms quien menos tiene su hipoteca...

- No me hable de la hipoteca, que con esto de la burbuja inmobiliaria ahora tengo que estar pagando 4 hipotecas de pisos que no he podido colocar. Que no los voy a vender perdiendo dinero! Antes si que daba gusto, Martnez, que al ao vendas el piso por 2 millones ms de lo que te haba costado, o 5 o 6 si tenas suerte. Ahora los compran por 4 duros y a m bien que me est costando pagar todos los meses esas hipotecas.

"Por eso la guarra de mi exmujer se larg con otro, la muy asquerosa y se hubiese llevado ms, ya le digo que le hubiese gustado, pero yo fui listo y no puse nada a mi nombre. Le paso la mnima pensin y all se las apae, que ha parido a mis hijos, pero llevaba aos sin dar palo al agua. Ahora me he apaao con una colombiana de esas pechugonas y con un buen culo, que son mucho ms ardientes y mucho menos gruonas que las espaolas...

A estas alturas de la conversacin, el pobre Martnez, ms muerto de la vergenza de lo que estaba cuando fue a pedir el subsidio, no saba donde meterse. Ah estaba parado, en la oficina de su jefe, mientras este se fumaba un habano; de pie, por miedo a manchar la cara silla del despacho y porque nadie le haba invitado a sentarse. No se atreva a replicar porque aquellos escasos 800 euros de aquel trabajo en negro le venan muy bien a su familia.

Su jefe, vestido de marca de pies a cabeza, se quejaba ahora de lo caras que eran las piezas de recambio de su Mercedes; Martnez pensaba en su coche, que haca aos que quera cambiar, pero nunca vean el momento para cambiarlo.

- Bueno, Martnez, ya le he aburrido bastante. Esta tarde qudese a recuperar las 3 horas que ha perdido y chele un ojo al coche, que no me fio un pelo de los del taller.
concursoderelatos
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 24 de Enero de 2013 a las 12:12
El precio de un hada

La puerta de la posada se abrió. Un hombretón envuelto en pieles se acercó hasta la barra donde pidió una bebida que apuró de un trago. Exhaló el aire con fuerza, pidió otra y, un par de segundos más tarde, abandonó el local y, entre reniegos y bufidos, se subió al pescante de un carro algo destartalado en el que le esperaba una joven envuelta en una raída manta que miraba, imperturbable, hacia delante.
Marcus Gamber los observaba desde un rincón del salón. Gran parte de su trabajo era observar. Le llamó la atención el extraño color de pelo de la chica, la curva de sus mejillas, el color tostado de su piel, el brillo de sus ojos almendrados.
Pidió otra cerveza con un gesto parco y sonrió.


- ¡Otra ronda para mi compadre! ¡Yo invito! –gritó el hombretón golpeando la espalda de Marcus.
- Si me pagas otra te acabaré pidiendo en matrimonio –exclamó Marcus. Y ambos estallaron en carcajadas.
- No todos los días encuentra uno a un paisano en estos parajes –dijo el hombretón-. Mañana vendrás con nosotros –sentenció.
- Bueno… yo.
- ¿Vas a Notshire, no?
- Sí, claro…
- Entonces, no hay más que hablar.
Marcus fingió pensárselo.
- De acuerdo –aceptó tras unos segundos.
El hombretón volvió a reír con fuerza mientras estrechaba la mano que el otro le había tendido.
- Mi nombre es Günther –añadió tras un largo trago.


- ¡Bah! –escupió Günther, tirando su plato al suelo-. ¡Esto no hay quien se lo coma! ¡Tú! –gritó a la chica que permanecía acurrucada al otro lado del fuego-. ¿Es que no vas a aprender a cocinar nunca?
- Vamos, amigo… -empezó a decir Marcus.
- ¡Eh! ¡Te hablo a ti! Esto no se lo tragaría ni una rata famélica. –Y dando un fuerte puntapié, empujó la olla hacia la muchacha, que se escabulló con pasmosa rapidez.
El hombretón bramó una risotada, hincó el diente en una hogaza de pan y siguió riendo mientras las migas caían sobre su pecho.
Marcus sonrió para sus adentros y fingió escudriñar su plato con incomodidad.


A la mañana siguiente, Marcus notó cómo la chica se acercaba por detrás mientras él preparaba el desayuno.
- ¿Cómo te gustan los huevos? –preguntó sin volverse.
Pudo notar la sorpresa de la joven.
- Estás preparando el desayuno –anunció como si fuese, en verdad, algo digno de mención-. ¿Por qué?
- Bueno, no me vendría mal una comida decente después de tres días de probar tus guisos.
La muchacha dio un respingo, como si la hubiesen abofeteado. O como si temiese que fuesen a hacerlo.
Marcus se volvió con una amplia sonrisa.
- Era broma. ¿Quieres? –ofreció, tendiéndole la sartén.
La chica retrocedió un poco, olisqueó el aire como un animal asustado y se acercó, alerta.
El hombre no se movió.
Un segundo más tarde, la vio devorar su desayuno a tres o cuatro pasos de distancia sin que pudiese asegurar en qué momento su mano había abandonado la sartén.
Con una sonrisa, se dio la vuelta y siguió cocinando.
Al cabo de un rato, se giró y sólo vio una sartén vacía en el suelo.


- El camino a Notshire será largo, amigo. No queda más remedio que rodear el gran Cañón. Esta tartana no duraría ni dos horas por los senderos que lo atraviesan.
- No tengo prisa –contestó Marcus, repantigado en su asiento.
- Eres un tipo extraño –aventuró Günther-. ¿No querrás decirme qué te lleva tan lejos de casa?
- Negocios, amigo, negocios.
Günther lo miró unos segundos antes de reír de manera estentórea y dar otro largo trago a su botella.
Pocas millas más tarde, ésta y su propietario se bamboleaban en la caja del carromato entre el traqueteo del camino y los ronquidos del hombretón.
Marcus sostenía las riendas perezosamente.
- No te trata muy bien –le dijo a la muchacha que iba acurrucada en el otro extremo del pescante.
Sólo silencio.
- Podrías acabar con él con una sola mano.
La chica se enderezó, expectante.
- O salir volando de aquí.
Esta vez lo miró.
- Y los dos sabemos que no hablo en sentido figurado –añadió el hombre enfrentando aquellos ojos dorados. Algo en su brillo feroz estuvo a punto de hacerle desviar la mirada.
- ¿Qué quieres? –espetó ella.
- Nada. Tan sólo es que no lo entiendo.
- No tienes por qué entenderlo.
Marcus dirigió su vista al camino.
- Yo podría ayudarte –aventuró, tras unos minutos.
- No necesito que nadie me ayude.
- Conozco gente que podría hacerte volver.
- ¿Volver, a dónde?
- Al lugar del que viniste.
Algo pareció abrirse y engullir a la muchacha unos segundos.
- No sé por qué tendría que confiar en ti –dijo, al fin.
- Quizás porque te conviene hacerlo.
- Ya. ¿Y qué ganas tú?
- Tan sólo quiero tu amistad.
La joven rió. Marcus sintió aquella risa clavarse en sus entrañas como hierros candentes.
- Los dos sabemos que estaría en deuda contigo –afirmó la chica.
- Y un hada siempre paga sus deudas, ¿no? –añadió Marcus girando la cabeza hacia atrás, donde Günther roncaba como un oso en celo.
La joven frunció el ceño y agachó la cabeza.
El cebo estaba echado. Marcus permaneció en silencio calculando cuánto iban a darle por la criatura.


- De acuerdo.
Marcus abrió los ojos y no le sorprendió ver el rostro del hada a escasos milímetros del suyo.
- Lo haremos.
- Te he oído la primera vez –susurró él, dándose la vuelta.


Aquella misma tarde, Marcus adquirió los ingredientes necesarios para cocinar una cena especial para su “paisano”. Fue la primera noche que lo vio caer inconsciente mucho antes de que la botella rozase sus labios.


Al rayar el alba, la muchacha volaba rauda sosteniendo a un Marcus que apenas conseguía quitar la vista del suelo fugaz que rugía como un mar hirviente pocos metros más abajo.
- Iremos más deprisa si atravesamos el gran Cañón –gritó, ladeando la cabeza.
La chica gruñó como respuesta y varió su rumbo.
Al poco rato, el terreno se volvió escarpado y huyó rápidamente de ellos. Marcus contempló el abismo de rocas que se abría bajo sus pies y sintió un escalofrío.
- ¿No podrías volar más bajo? –exclamó.
Como única respuesta, se detuvieron y quedaron suspendidos en el aire.
- ¿Por qué te paras? –chilló.
- Quiero escucharte bien.
- ¿Es… escucharme? ¿El qué?
- ¿Cuánto ibas a pedir por mí?
- ¿Qué…? ¿Qué...? Yo no… -Marcus sintió que el pánico tiraba de él.
- No pensarás que me he tragado el rollo ése del hada en deuda y todas esas chorradas.
- No… oye… yo… hablaba en serio.
- Adiós, Marcus.
- ¡No… espera… no! ¡NO!
La muchacha observó el cuerpo alejarse rápidamente.
Tras unos segundos, empezó a descender en círculos.


El carro traqueteaba con parsimonia por el camino al sol del mediodía. Una figura grácil y esbelta lo sobrevoló y con un suave movimiento, se posó sobre el pescante. La muchacha cogió una manta fina y se arrebujó en ella, pegando su cuerpo contra el del hombretón que sostenía las riendas.
Éste le sonrió y depositó un tierno beso en sus labios.
- ¿Lo llevaba encima¿ -preguntó.
- Sí –respondió ella, sacando un pequeño saquito de entre los pliegues de la manta.
- Bien –sonrió Günther y, chasqueando la lengua, avivó el paso del caballo.
concursoderelatos
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 24 de Enero de 2013 a las 15:54

Picardías


Lo que distingue a un día de otro son esas pequeñas cosas que cambian sin que resulten evidentes. Por ejemplo el sonido de la calle cuando amanece o la sombra de la luz que entra por la ventana. Cuando se abren los ojos y la cabeza se pone en funcionamiento y nos damos cuenta de que es sábado y no es necesario madrugar.

La rutina matinal desaparece y planeamos dejar a un lado las prisas para tomar el desayuno con cierta tranquilidad leyendo el periódico, sentados a la mesa de nuestro cuarto de estar.

Por eso ella untaba una rebanada de pan recién tostado con mantequilla y miraba distraída a Pedro que mordisqueaba una manzana a la vez que ojeaba la prensa. Apenas podía verle la cara, escondida tras el papel. Miró el reloj sobre el armario, aún había tiempo. Podría tomarse el café despacio, como le gustaba y luego se prepararía. Habían planeado salir a las nueve y así llegarían a su destino sobre las once. Día y medio para ellos solos, sin preocuparse de nada y de nadie más que de sí mismos.

Como le pasaba a menudo últimamente, Sofía se encontró pensando en todas esas pequeñas discusiones que ahora surgían cada día por cualquier cosa. Después de la última trifulca tampoco habían llegado a ninguna conclusión. Sí, habían hablado, desde luego, pero en realidad la barrera del silencio no había caído al final de las conversaciones. Pedro se comportaba como una esfinge, estaba en casa pero no estaba. A menudo desaparecía totalmente aunque su cuerpo estuviera allí, sentado en su butaca. ¿Qué le estaba pasando? ¿Y desde cuándo? ella podría entender cualquier cosa que le sucediera, siempre era mejor saber la verdad aunque no guste, antes que este silencio horrible.

Lo planeó con interés, casi con ilusión. Lo que más le costó fue convencerle porque desde el primer momento no puso más que impedimentos. Pero lo había conseguido. Se irían un fin de semana a algún lugar apartado y romántico, uno de esos hotelitos con encanto que estaban tan de moda. Podrían pasear y hablar, comer en algún lugar típico ricos alimentos naturales y dormirían en una habitación diferente a la suya.

Entonces se le ocurrió la idea. Iba a darle una sorpresa. Iba a volver a los primeros tiempos en los que imaginaba historias para seducirle. Le dio vueltas en la cabeza y no se le ocurrió otra cosa que comprarse un picardías, uno de esos camisoncitos que cubrían todo y nada. Se había pasado toda la semana buscando el más indicado, no quería uno demasiado atrevido, se había probado alguno y se vio provocativa pero sin clase, casi ordinaria. Bueno, ¿por qué no? dicen que a los hombres les gustan las putas ¿no? Finalmente cambió a otro que era muy bonito con puntillas de Valenciennes en el borde y la gasa transparente, todo él sostenido por unos delicados tirantes que sentaban muy bien a su pecho. Se miró varias veces al espejo y decidió que era demasiado infantil, inocente... aunque ¿quién sabe? a los hombres les gustan las jovencitas ¿no?

«Estoy loca» se dijo divertida, se lo estaba pasando bien. Imaginó el efecto que haría en Pedro aquello. Por fin escogió uno. Era precioso, tenía dos capas de gasa gris, una más clara que la otra, se movía como empujado por la brisa al menor movimiento, dejando entrever la piel matizada, misteriosa. Los tirantes y el bordillo eran de raso del mismo tono y tenía un precio carísimo. Lo dudó un poco, pero luego se dijo que la ocasión lo merecía. «Es de una firma de Nueva York» le aseguró la dependienta con mucha prosopopeya, como si eso justificara lo que costaba.

Tal como había pensado, a las once estaban en el hotel. Dejaron las bolsas en la habitación. Esperó ilusionada que Pedro le propusiera quedarse en ella. Podría estrenar su picardías. Pero él parecía tener prisa por salir fuera. Les aconsejaron que fueran a un mirador en un alto desde el que se veía el mar y todo el pueblo. También había un sencillo museo marino y una pequeña iglesia con un precioso retablo del siglo XIII.

Sofía se colgaba del brazo de su marido como si fuera una novia recién estrenada. Sentía en su corazón las viejas emociones de entonces. De vez en cuando miraba a Pedro de reojo deseando encontrar los suyos cómplices. El estaba allí con ella, pero no estaba. El lugar donde comieron era primoroso, desde la terraza se veía el mar y antes un precioso campo lleno de hortalizas y árboles frutales.
Aunque le había parecido que el día no acabaría nunca, por fin llegó la hora de retirarse.

Tomaron una copa en el pequeño bar del hotel mirando la televisión comentando las incidencias del día. Y subieron a la habitación.

Pedro salió del baño en pijama, se había dado una ducha. Ella hizo lo mismo y muy nerviosa se puso su picardías y se miró al espejo. Estaba satisfecha, seguro que a Pedro le iba a gustar. Apagó la luz del dormitorio desde la puerta del baño y dejó la de este encendida. Después se colocó en la entrada y llamó a su marido: «Pedro» moviéndose suavemente para que la gasa volara alrededor de su cuerpo.

«Vamos, ven a la cama que es tarde» le dijo con voz somnolienta. No la miró.

Hicieron el amor, sí. De esa manera, como era siempre últimamente. Con rutina, sin chispa, sin verdadera pasión. El picardías acabó en el suelo, sin que él apreciara que era nuevo y ella estaba estupenda con él. Sintió las lágrimas ardiendo en su garganta. ¡Sería tonta! Se dieron un último beso y luego simularon que estaban dormidos.

Las casas blancas con viejos balcones de madera verde iban quedando atrás, en el camino de vuelta. Sofía miraba las extrañas formas que tomaban las nubes y los mosquitos que se pegaban en el cristal del parabrisas. En la radio hablaban del partido de la tarde e iban dejando atrás a los coches que circulaban por el carril de la derecha. No quería pensar. No importaba nada, todo seguía igual ¿qué había esperado y por qué? Había sido una tontería creer que las cosas fueran a cambiar por un fin de semana fuera de casa y soñar que iba a seducirle de nuevo por llevar puesto un pequeño camisón transparente. El no quería que lo sedujeran, no lo deseaba. Y cuanto antes lo asumiera sería mejor. Tenía que pensar qué quería ella ¿Era esta la vida que deseaba llevar en lo sucesivo?

La tienda estaba llena de clientes, era una suerte porque todo el mundo se quejaba de la crisis. Sentada en su oficina miraba a Cris y Pepa atendiendo diligentes a los que ya habían decidido qué querían comprar. El sonido del móvil la distrajo.

«Diga... Sí, soy yo. ¿Del hotel? ¿Ha pasado algo? ¡Ah! sí ya lo sé, me he dado cuenta al llegar a casa. No, no... no se preocupe, no me lo manden. No lo necesito. Sí, regáleselo a cualquiera de las empleadas. Y gracias por llamarme»

No había sido un descuido. Cuando volviera a necesitar otro picardías iría a la tienda a comprárselo.

concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 24 de Enero de 2013 a las 19:37

Horror!!! ¿Dónde está mi relato?

concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 24 de Enero de 2013 a las 19:40

La Picardía

—Mire usted, es una larga historia.
—Si a usted no le importa contármela, tengo todo el día libre. Y la verdad debo confesarle que entré en el museo sin intención de visitarlo.
—Me sorprende usted. Pueden verse aquí cuadros de famosos compatriotas nuestros. Como el Greco y Ribera. Y también modernos, como Picaso y Miró. Y una pequeña exposición de arte egipcio, cortesía de Monsieur Albert Maignan.
—En realidad buscaba algo distinto... y mi instinto me dijo que podría encontrarlo aquí.
—¿Cómo qué?
—No sé. Algo que me permitiese... bueno, que diese un sentido a mi visita a esta ciudad. Y pienso que bien podría ser su historia. El encontrarme con un paisano ejerciendo de conserje en este museo es algo muy curioso; en sí mismo ya es una interesante anécdota. Pero necesito algo más. Y si a usted no le importa me gustaría mucho saber cómo fue que un conquense como usted haya llegado hasta aquí, hasta esta ciudad y hasta este museo y ostente, nada menos que una plaza de conserje en el mismo.
—Dice usted que anda buscando algo que de sentido a su visita. No sé porqué se me representa que usted tiene también algo que contar... Me refiero a los motivos por los que ha viajado usted hasta aquí. No parece el típico turista, desde luego...
—Quid pro quo, amigo mío. Usted me narra su historia y yo le confesaré por qué estoy hoy aquí.
—Me parece bien. Si no le importa le pediré a Jerome, el guía, que se quede en la recepción un rato y nosotros podríamos pasar a la cafetería. Allí, mientras nos tomamos un pastís con agua fresca, podemos hablar tranquilamente.

Nací en un pequeño pueblo manchego, con su molino y su iglesia. Ya desde niño, por la influencia de mi abuelo materno que era un virtuoso del acordeón, sentí inclinación hacia la música. No tardé en saber arrancarle buena notas a una trompeta que mi abuelo me regaló. Y con una facilidad innata que supongo que había heredado de él, aprendí de manera sencilla e intuitiva a rasguear también una guitarra. Incluso me atreví en ocasiones con los tambores y los platillos de la batería de la fanfarria del pueblo, a la que acudía algún domingo, junto con el abuelo, para ver sus ensayos. Pero ocurre que mis padres eran más bien algo chapados a la antigua, y eso acabó en que cuando no era más que un mozuelo de diecisiete años me marchase de casa con un grupo de feriantes, una familia de faranduleros encantadores. Durante unos años me moví con aquel sencillo circo ambulante, viajando por toda España. Junto con uno de los hijos menores del matrimonio propietario del espectáculo, y un muchacho mudo que tal vez por ello tenía un don especial para la música, como si quisiese decir con los instrumentos todo aquello que no atinaba a decir con las palabras, formábamos una pequeña orquestina. Animábamos algunos números de su repertorio y otros momentos nosotros éramos los actores principales, con divertidas actuaciones en las que, disfrazados de payasos, combinábamos nuestros números musicales con sencillos diálogos de esos que tanto agradan a los niños. ¡Recuerdo con agrado aquellas bromas inocentes que tanto les hacían reír!
Durante mis años con aquella familla hice amistad con una jovencita, nieta de los propietarios. El padre de ella era el hijo mayor de ambos, y su madre una mujer extraordinariamente hermosa. Juntos hacían un poco de todo: tan pronto un número de gimnasia, o un brillante espectáculo de doma con un par de caballos, o un temerario ejercicio en lo alto, sobre unos trapecios, al compás de nuestra música.
La muchacha era muy dulce y alegre, y había heredado de sus antepasados la parte más rebelde, inquieta y aventurera del espíritu de las gentes del circo. Y aunque yo confiaba que con el tiempo se iría amoldando a la idea de formar conmigo una pareja de manera más o menos estable, no me extrañó que un buen día nos dejase plantados a mí y a su familia, escapándose con un cadete jovencito que había conocido.
¡Ay, amigo! Tuve tal disgusto que deje a aquella buena gente y vagué un tiempo perdido aquí y allá, tocando en las esquinas, en alguna plaza, o incluso en las terrazas de los restaurantes para ir subsistiendo. Y así conocí al señor Flores. Estaba cenando en un restaurante en la plaza mayor, en una población de la Rioja, cerca de un puente sobre el Ebro. Me oyó tocas la trompeta y me llamó a su mesa.
El señor Flores formaba parte de un grupo de músicos autogestionados que ofrecían sus servicios en fiestas, bodas, y otras actividades similares. Y aunque estaba en aquel momento de visita por allí, su grupo tenía previsto partir en una jira por diversos países, para actuar en hoteles principalmente. Su trompeta les había dejado, pues la muerte repentina de su padre le obligaba a tomar las riendas de un pequeño negocio familiar. De modo que pronto estuve de nuevo colocado de manera más o menos estable en una orquestina, y como en el caso del circo, dispuesto a viajar. Aunque esta vez no nos íbamos a limitar a nuestro país.
Durante tres años visité diversos lugares de Europa. Gracias a aquellas estancias en diversas ciudades aprendí lo suficiente de francés, alemán e inglés como para hacerme entender sin dificultad.
Pero sigamos, que estoy llegando ya al final. Llegamos hace ahora dos años a esta ciudad. Actuábamos en el Hotel Carlton de la rue Noyon. Un buen día un caballero parisino nos abordó al final de nuestra soiree musical. Se nos presentó como uno de los socios propietarios de un afamado cabaret de la capital. Y para nuestra satisfacción nos propuso un ciclo de actuaciones muy bien pagadas en su local, a lo largo de un mes. Por supuesto que aceptamos encantados.
Veo que llegan algunos turistas... vaya, parece que Jerome les está atendiendo bien... De todos modos voy a abreviarle el asunto. Pocos días después estábamos en París. Durante varias noches tocamos en un local precioso, en el que podíamos además cenar, por indicación del caballero que nos había contratado. Una semana duró aquello. Cuando al octavo día acudimos por la tarde desde la fonda al cabaret, nos hallamos con otra orquestina, cuyos componentes estaban haciendo los preparativos para una soiree en el local.
—Perdone...- le preguntamos al maitre del local-¿Qué significa esto? ¿Dónde están nuestros instrumentos? ¿Y qué hacen aquí estos caballeros? Sin duda aquí hay un error...
—Disculpen, caballeros, el error debe ser suyo. Monsieur Tritignant, su apoderado, ha acudido esta mañana para retirar todos los instrumentos, con una pequeña furgoneta. Como supongo que ustedes saben su contrato era sólo por una semana.
—¡No es posible! ¡Nosotros habíamos firmado por un mes!
—Seguro que no le entendieron bien. Sin embargo, no se preocupen, Monsieur Tritignant me ha dicho que pasaría por la fonda donde se albergan ustedes para recogerles para una nueva gira. Por cierto que se ha tomado la molestia de cobrar en nombre de ustedes todos sus emolumentos, para entregárselos personalmente.
—¡Dios mío!
—Lamento tener que pedirles que abonen unos gastos. Por lo visto con las prisas nos hemos olvidado descontarlos. Me refiero a sus cenas de las pasadas noches. Como saben ustedes iban a cuenta de su salario...

Sí, fue como usted lo imagina: no volvimos a ver a aquel pícaro sinvergüenza nuca más. Ni a nuestros saxos, nuestras guitarras, nuestras trompeta, ni nuestros trombones ni la batería. Nos la dio por completo.
—Vaya, lo siento.
—Como yo había dejado aquí en Amiens parte de mis cosas en casa de un matrimonio de empleados del Carlton, con los que había hecho cierta amistad, regresé y me dirigí a recoger mis escasas pertenencias, sumido en honda preocupación como puede usted suponer. Llegué a casa de aquellos buenos amigos, con cuya hija había comenzado yo a hacer una prometedora amistad justo antes de partir para París y les hallé a los tres. Se sorprendieron de verme, pues creían que mi ausencia iba a prologarse por un mes. Les relaté brevemente lo ocurrido, y escucharon con pasmo e indignación cómo aquel pícaro nos había robado los instrumentos y la recaudación. Y aunque yo insistí en que tenía algún dinero ahorrado ingresado en una oficina de la Banque Agricole, me ofrecieron albergarme momentáneamente en su casa. Y no sólo eso, aquel caballero tenía ciertas influencias en el ayuntamiento de Amiens y gracias a ello me consiguió este empleo, en el que mis nociones de Inglés, Alemán y, por supuesto, de Español, me han sido de gran utilidad.
—¿Pero y la música?
—No la he abandonado, si es lo que piensa. Tres días a la semana nos reunimos varios amigos, entre ellos mi suegro, que es un gran aficionado a la música y bastante bueno con la flauta dulce...
—¿Su suegro?
—Olvidé decirle que mi amistad con aquella joven señorita prosperó y acabamos, un buen día, casándonos en la Catedral de Amiens. Como lo decía, junto a otros músicos amateurs y mi suegro, Monsieur Flambert, ensayamos habitualmente en un local que nos cede el ayuntamiento. Y de vez en cuando animamos con nuestra música algún evento local. Y esa es, caballero, mi pequeña historia.
—Le agradezco mucho que me la haya contado. No sólo da sentido a mi viaje, sino que además redondea por completo mis propósitos.
—Ahora debe usted explicarse...
—Cierto. Mire, soy periodista, y tengo que cumplir con un encargo muy peculiar. Debo entregar un artículo para el diario con la condición expresa de que verse sobre la picardía. Como no daba con nada adecuado, y aunque me devanaba los sesos día y noche, decidí viajar hasta aquí. Pensé que en Amiens, la capital de la Región Francesa de la Picardía, encontraría la trama para mi artículo. ¡Y vive Díos que lo he logrado!

carlosmaza
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Fecha de ingreso: 16 de Noviembre de 2008
  • CITAR
  • 24 de Enero de 2013 a las 22:07

Se cierra la admisión de relatos. Resumiendo, se han presentado cinco:

Aprovecharse de las debilidades

La crisis

El precio de un hada

Picardías

La picardía

Dos observaciones antes de votar 3-2-1 puntos:

- "Frustraciones de un infeliz", de Ponfiel, está fuera de concurso y no debe votarse.

- Cuidado con no confundir el voto de los dos últimos relatos, de título muy parecido.

Espero vuestros votos

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