bubok.es utiliza cookies propias y de terceros para mejorar nuestros servicios y a recordar sus preferencias mediante el análisis de sus hábitos de navegación. Ver política de privacidad. OK
Buscar en Bubok

Foro para escritores de Bubok

Para participar en los foros de Bubok es imprescindible aceptar y seguir unas normas de conducta básicas. Puedes consultar estas normas aquí
X
Ernie
Ernie
Mensajes: 1.834
Fecha de ingreso: 21 de Julio de 2008

XCVIII edición del concurso de relatos - HISTORIAS DE HOSPITALES (relatos)

11 de Febrero de 2013 a las 9:50
Empezamos la edición número 98.
Presentación de relatos: desde ahora mismo (¿a qué estáis esperando?) hasta el jueves, 21 de febrero, a las 22:00 horas.
Votaciones: desde el jueves, 21 de febrero, a las 22:00 horas hasta el domingo, 24 de febrero a las 22:00 horas.
Tema: historias de hospitales. Me vale cualquier tipo o zona de hospital: urgencias, maternidad, psiquiátrico, clínicas del dolor, recuperación, pacientes de larga estancia, pediatria, oncológico, hospitales de campaña... Hay mucho donde escoger. Escoged bien y mucho.

Para cualquier cosa, ya sabéis dónde estoy.

concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
  • CITAR
  • 17 de Febrero de 2013 a las 20:04
Almas eutanásicas

Desarrollo mi labor aquí desde hace… no podría decirlo aunque quisiera, aquí el tiempo no existe.
La idea de fundar este lugar surgió por casualidad; cuando conocí a Abel, descubrí enseguida que era un alma angustiada. Saber que había muerto a manos de su hermano le llenaba de odio, rencor y malos sentimientos. Cuando por fin Caín se reunió con nosotros, comprobé que su alma también sufría tormentos; la culpa no dejaba de corroerlo.
Decidí reunirlos a los dos y hacer que hablaran. Lo bueno de ser almas puras es que no hay sitio para las mentiras ni para los escondites; cuando un alma habla, lo hace sin antifaz posible. Y cuando dice todo lo que tiene guardado en su interior, con sus palabras también escapan sus miserias. En cuanto estuvieron frente a frente todo se solucionó sin que apenas se dieran cuenta. Ambos alcanzaron la paz que nunca habían disfrutado.
Fue entonces cuando el hospital surgió en muestra imaginación.
Cuando morimos nuestras almas se liberan y vagan por… tampoco sabría deciros, el espacio tampoco tiene sentido aquí. No existe el cielo, el paraíso o cómo lo queráis llamar; sólo almas puras y libres. Había dos clases de almas: las atormentadas y las que gozaban de paz interior. A diferencia de lo que podáis pensar, lo del bien y el mal no tiene mucho que ver con el estado del alma una vez liberada, os sorprendería saber cuántos espíritus que en vida hicieron auténticas fechorías se convierten en almas en paz; y también al contrario, personas que dedicaron sus vidas a hacer el bien, ahora sufren tormentos que no les permiten vagar con el sosiego que sería deseable. Todo depende de cómo entiendan ellos mismos sus actos, sus logros o sus fracasos.

Nos fuimos a hablar con Dios y le contamos nuestra idea. Dios no nos prestó mucha atención, estaba distraído con algo que ocurría en la Tierra y que parecía divertirle.
—Vale, pues hacedlo si os parece bien —nos dijo sin mirarnos.
—Pero necesitaríamos un espacio propio y aquí… teniendo en cuenta que el espacio no existe…
— Pues cogeros… no sé… creo que bajo la Tierra creé un espacio que al final no utilicé para nada —seguía sin mirarnos y con su mano derecha hacía un gesto que bien podría traducirse por “fuera, fuera, dejadme en paz”.

Vagamos hasta el espacio que Dios nos había indicado y cuando estuvimos allí los planes no dejaron de acudir a nuestra mente. Era perfecto: un espacio completamente vacío en el que podríamos hacer lo que quisiéramos. Lo primero fue decorar: Abel se inclinaba por el predominio del azul, pero Caín y yo hicimos que la balanza se inclinara hacia el rojo; nos parecía más impactante, más motivador. En lo que estuvimos de acuerdo los tres, sin discusión, fue en que la temperatura tenía que ser elevada, el frío entumece e impide que las almas hablen, el calor anima a desprenderse de todo lo que sobra.
Después, distribuimos el trabajo: Abel se encargaría de traer a las almas atormentadas que encontrara en… donde las almas vagan; no tiene nombre. Caín le ayudaría en su labor, pero también, y principalmente, se encargaría de seleccionar a las nuevas almas liberadas a través de la muerte. Y yo… dado el éxito que obtuve al enfrentarlos a ellos para aliviar sus sufrimientos, sería el encargado de tratar a las almas para que pudieran alcanzar la paz que les faltaba y que así pudieran vagar de forma sosegada.
Quisimos ponerle un nombre y, después de darle vueltas, a los tres nos gustó “Infierno”: bajo la tierra. Nos gustaba su sonoridad: el “in” del comienzo nos parecía integrador; el suave soplo de la /f/ invitaba a la libertad; la liquidez de la /r/ que trababa esa larga sílaba, con un diptongo por núcleo, nos trasladaba a un fresco riachuelo en el que la paz reinaba; y la contundencia del “no” final nos daba la confianza necesaria para acometer nuestra nueva empresa del mismo modo que se la daría a las almas atormentadas para afrontar sus desdichas y librarse de ellas.

Es curioso cómo se tergiversan las cosas cuando domina la ignorancia. He sabido que en la Tierra son muchos los que temen acabar en nuestras dependencias cuando la muerte les alcance. Evidentemente no saben lo que supone vagar siendo un alma atormentada. Y nuestro objetivo en “Infierno” es que nunca lleguen a saberlo. Por eso, cuando fueron localizadas e ingresadas todas las almas errantes que necesitaban nuestros servicios y dado que Caín no necesitaba ayuda para seleccionar a las nuevas almas liberadas, Abel se hizo cargo de un nuevo departamento: la sección de tratamientos preventivos. Su labor es delicada, localiza almas de seres vivos que sufren un alto riesgo de tormento eterno bien por sus actividades, bien por sus condiciones innatas o aprendidas para albergar malos sentimientos hacia sí mismos. Intenta llegar a acuerdos con ellos para que suscriban una especie de póliza de seguros: si nos entregan sus almas en vida garantizamos que, tras la muerte, sus espíritus conservarán intacta su paz interior y su vagar será placentero.  No es una tarea fácil, es mucha la desconfianza y son pocos los que acceden, pero Abel es un alma tenaz y no ceja en su empeño de conseguir su sueño de paz total para todas las almas.
La culpa de tanta desconfianza y desinformación sobre los verdaderos fines de “Infierno” la tiene, en gran parte, Dios. Tenemos serias sospechas de que Dios es en realidad un alma atormentada que se niega a reconocerse como tal. De ser cierta esta afirmación, muchas cosas tendrían explicación: la creación desigual y chapucera, la diferencia de trato hacia sus creaciones, la total indiferencia que muestra hacia las almas puras y libres que llegan tras la muerte…
Lo que más nos desconcertó de Dios fue que, cuando supo que “Infierno” funcionaba, trató de desbaratarlo por todos los medios. Nos llamó para hablar con nosotros y nos acusó de haber actuado a escondidas y de tratar de romper el delicado equilibrio que, desde el principio de los tiempos, Él había conseguido afianzar. Le recordamos que le pedimos permiso y opinión, que Él mismo nos cedió el espacio que ocupábamos y le mostramos los resultados de nuestra labor: un noventa por ciento de éxito en las almas tratadas y, las que aún seguían atormentadas, continuaban ingresadas realizando terapia, por lo que el índice de almas vagantes era de un cien por cien con plena paz interior. Afortunadamente la ignorancia no domina en el mundo de las almas puras y libres, por eso Dios no pudo eliminar a “Infierno”, se le habrían sublevado todos los espíritus y no le habría quedado más remedio que desaparecer. Pero puso en marcha su plan B (o su ocurrencia B, porque dudo que Dios haga planes) y centró el descrédito de nuestra labor en el mundo de los vivos para que el rechazo hacia “Infierno” sea prácticamente innato. Al principio no nos importó, pensábamos que las almas atormentadas que rechazaban nuestros servicios acabarían por acudir a nosotros cuando comprobaran lo que significaba vagar sin paz interior. Pero Dios ha llegado demasiado lejos, copiando nuestros métodos también ha ofrecido tratos a los seres vivos y consigue que firmen contratos que los atan incluso después de la muerte.
Ahora tenemos dos nuevas clases de almas: las libres y puras que gozan de paz o se someten a tratamiento y las almas cautivas que no pueden disfrutar de paz interior y tampoco acudir a nosotros para curarse.
La omnipotencia de Dios es insufrible, ha llegado incluso a hacer desaparecer almas que, rompiendo su contrato con Él, trataron de aliviar su espíritu acudiendo a nosotros. Eliminar almas es… no, ni Dios tiene derecho a hacer algo así. Cuando se conoció su almicidio las consecuencias fueron terribles; almas que siempre gozaron de paz eterna, ante tal crueldad, empezaron a sufrir tormentos, el miedo se apoderó de ellas y con él, el sufrimiento eterno.

Desarrollo mi labor, junto a Caín y Abel, en “Infierno” desde… y todo nuestro trabajo habrá sido inútil si no conseguimos neutralizar a Dios. Sólo hay una forma: que todas las almas se subleven y no le quede más salida que desaparecer o eliminarnos a todos. Llegados al punto en el que nos encontramos, cualquiera de las dos opciones es válida y preferible a la situación actual.
Desde “Infierno” negamos la autoridad de Dios y estamos dispuestos a enfrentarnos a Él; esperamos que todas las almas, tanto  anhelantes como gozosas de la paz eterna, nos acompañen en esta misión aun sabiendo que corren el riesgo de desaparecer durante toda la eternidad.

concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
  • CITAR
  • 19 de Febrero de 2013 a las 18:56
Zamir el argelino

Lo primero que sintió Alberto fue la sacudida y las voces apagadas que daban órdenes y luego otra sacudida más. La descarga se extendió por su cuerpo haciéndole temblar.  Después fue el sonido de la sirena y una mano cálida que apretaba algo contra su boca. Entonces una bocanada de aire fresco y puro penetró en sus pulmones. Luego todo se borró de nuevo. Al despertar una luz blanquecina le hizo cerrar los ojos otra vez y aquel frío... Sintió unas manos que le tocaban y movían como si fuera un niño y volvió a sumergirse en el Limbo. Cuando de nuevo abrió los ojos le rodeaba la semipenumbra de un cuarto diminuto. En medio del silencio solo se escuchaba el bip bip machacón de una máquina que parecía un corazón. Luego se dio cuenta de que debía ser el suyo.



Llevaba cinco días en aquella habitación y a él le parecían cincuenta. Por ella habían pasado ya otros dos enfermos que llegaban y para cuando se daba cuenta ya se habían ido. Ahora en la cama de al lado un joven vestido con un pijama de colores chillones y unas zapatillas de peluche, esperaba impaciente que vinieran a buscarle para hacer alguna prueba. Alberto seguía en la cama, solo se levantaba dos veces al día. Bueno, tenía suerte, pensaba, a pesar del infarto podría seguir viviendo si era capaz de cuidarse un poco.



Lucía, acababa de irse a casa y él estaba muy cansado. A pesar de todo ella se estaba portando muy bien.  No entendía qué le pasaba, nunca había sido llorón y ahora lloraba y no podía dejar de hacerlo, las lágrimas se derramaban por sus mejillas sin que pudiera detenerlas. ¡Estaba tan, tan cansado y tenía tanto miedo! y a la vez ¡estaba tan agradecido! ¿Cómo había sucedido aquello y por qué? ¿Cómo iba a ser su vida a partir de ahora? ¿Qué había estado haciendo hasta este día sino perder su precioso tiempo en cosas que le parecían importantes hasta hoy?

Intentó dormirse. En medio de su angustia, lanzó un gemido. Su compañero se removió en la cama y siguió durmiendo. Entonces una mano fría se posó en su hombro:

— ¿Qué te pasa, no te encuentras bien?

Alguien le hablaba en voz baja, era un hombre de piel oscura vestido con una chaquetilla azul.

— Estoy bien, no te preocupes —mintió

Se fue tan silencioso como había entrado. Ya le había casi olvidado cuando a la mañana siguiente volvió a entrar en la habitación empujando una silla de ruedas.  Tenía una barba rala de pelo grueso y negro y sonreía mostrando unos dientes blancos y grandes. Desde luego era extranjero.

— ¿Qué hay hermano? —Tenía una voz profunda— ¿Cuánto hace que no te mueves de aquí?

—Bastante, la verdad es que no lo sé exactamente. ¿A dónde me llevas ahora?

—Por ahí, a dónde quieras—y le guiñó un ojo con picardía.

—Bueno, pues vamos. ¿Cuándo se acabarán tantas pruebas?

—Espera, no te levantes, te ayudo ¿para qué estoy yo aquí?

Era muy fuerte, así que lo cogió en volandas y muy delicadamente lo posó en la silla, le acomodó los pies en su sitio y le tapó con una manta.

— ¡Tienes pastas! ¡Qué suerte! —la cara se le había iluminado como a un niño al ver la caja sobre la mesita, le brillaban los ojos y su lengua se paseaba por sus labios.

— ¿Te gustan? coge las que quieras, me las van trayendo cuando vienen a verme, pero los dulces no son lo mío, preferiría cien gramos de jamón jabugo.

Alberto sonreía ¡había reído tan poco en aquellos días! El hombre tomó un puñado de galletas y se las metió en la boca con ansia, como si no hubiera comido antes. Luego se guardo otro en el bolsillo de la bata.

— ¡Vamos! agárrate fuerte que tenemos prisa —lo dijo en un popurrí de castellano y francés, con tanta alegría que Alberto volvió a sonreír satisfecho— ¡Ah! me llamo Zamir.

Conducía la silla con mucho cuidado por los pasillos de la planta, Alberto no pudo darse cuenta de que cuando se acercaron al mostrador de la Jefa de Enfermeras, Zamir se había escondido tras su cabeza y luego había acelerado el paso. Bajaron en el montacargas hasta llegar a la zona de ambulancias y de allí salieron a uno de los paseos que discurrían por el jardín del Hospital. Entonces Zamir empujó la silla con fuerza y comenzaron a correr.

— ¡Eh! ¿Qué haces? ¿Estás loco? ¿A dónde me llevas?  

No le contestó, pero redujo un poco la velocidad. Recorrieron la parte trasera del hospital, donde los jardines eran sombríos. Alberto miraba los edificios de grandes ventanales en cuyos alféizares se ventilaban paquetes de yogures, leche y zumos. Detrás de algún cristal vio borrosamente la cara pálida de algún enfermo o la de algún familiar con gesto cansado.
Pronto llegaron al jardín delantero. Por allí había más gente paseando en bata y pijama, arrastrando un andador o apoyándose en muletas, acompañados de familiares o amigos. Zamir redujo la marcha como si ya hubieran llegado a donde iban. Alberto trató de tranquilizarse. ¡Hacía tanto que no respiraba aire puro ni escuchaba cantar a los pájaros! Decidió que nada iba a estropearle ese momento.

Se sentaron en un banco de madera recostado a la pared debajo de la cornisa. Se estaba bien allí. Zamir acercó la silla de ruedas hasta sus piernas y la puso frente a él para que pudieran verse las caras.

— ¿Te ha gustado el paseo? — de nuevo mostraba los blancos dientes en una sonrisa radiante

— No creo que te vaya a hacer daño. Llevas encerrado demasiados días. Te he visto dando paseos por el pasillo y como iba aumentando tu ansiedad. Voy a fumar un cigarro ¿Tú fumas?

— ¡Está prohibido fumar en el Hospital, incluido el jardín! Si te ven se te va a caer el pelo. Bueno...  Yo no debería fumar... pero si tú lo vas a hacer dame una calada.

Fumaron a escondidas, a Alberto ahora no le preocupaba nada, solo inspiraba el humo y disfrutaba del suave calor del sol. Zamir fumaba mirándole fijamente a los ojos.

— ¿De dónde eres? —preguntó Alberto

— Soy argelino.

— ¿Cuánto tiempo llevas aquí?

— Tres meses — Hablaba en voz baja como si temiera que alguien pudiera oírle.

— ¿Tres meses? ¿Y cómo has conseguido trabajar aquí? Hablas castellano muy bien.  

— Llevo cinco años en España —lanzó un silbido y levanto los brazos como si fuera a bailar— pero es la primera vez que estoy en esta ciudad. Ya sabes, el amor, tenía a alguien aquí, pero resulta que ahora ya no me quiere. Claro ¿qué puedo ofrecerle yo?

— Sigo pensando que es raro que trabajes en el Hospital. ¿Te ha ayudado alguien?

— ¿Quién dice que trabajo aquí? Bueno sí lo hago, pero por mi cuenta. Entro y me pongo mi bata. Bueno, en realidad no es mía y luego camino por las salas y me fijo en los que llevan más tiempo o en los que están solos. Siempre hay alguien que desea que le hablen. Yo lo hago. O les llevo a pasear sentados en una silla —al decir esto la sonrisa volvió a brillar en su boca— Nadie se da cuenta, nadie pregunta, nadie te mira. Esto es como una casa de locos, donde todo funciona y donde nada funciona. Normalmente a nadie le importa quién soy yo, ni de dónde he venido. Se está bien aquí, no pasas frío, como lo que pesco, siempre hay alguien que no termina lo que le ponen en el plato o me regalan pastas, como tú. Y ¿en la calle que hago todo el día sino cansarme y deprimirme? La calle es muy perra. ¿Y tú cómo has llegado aquí?

Alberto le miró a los ojos, había paz en ellos, no le conocía de nada y quizá por ello se encontró hablándole de Lucía, del peso de tantos años de convivencia, del deseo de algo diferente, del tiempo que pasa, los sueños incumplidos, las ocasiones perdidas y el anhelo de sentir de nuevo aquel temblor al contacto de una mujer. Todo podía acabar de pronto, sin esperarlo, sin aviso. Miraron el reloj y se dieron cuenta de que había pasado toda la mañana y era la hora de las comidas.



 Alberto pensaba en Zamir, en lo joven que era y en su valor al viajar a España solo. Desde luego era listo, comía todos los días y evitaba andar por la calle mendigando, claro que se arriesgaba a que le pillaran. Luego le asaltó la duda ¿Debería denunciarle? Después de todo que anduviera por el Hospital de esa manera no era legal. Decidió esperar. Observaría sus pasos y según como fuera se lo diría a alguna enfermera.

Cada mañana Zamir entraba a saludarle, asomaba la cabeza por la puerta, le guiñaba un ojo y preguntaba « ¿Qué tal, hermano? Tienes buen aspecto». Y desaparecía tal como había llegado.

Por fin le hicieron el último chequeo y le dieron el alta. Dando su último paseo por el pasillo vio que Zamir llevaba en su silla a un joven pálido y con mal aspecto. Reían y desaparecieron en el montacargas. 

Su hija había venido a recogerle. Entró en el coche mientras ella recogía todo el papeleo y guardaba la bolsa en el portamaletas y miró distraídamente a través de la ventanilla. Le llevaban dos guardajurados en dirección al edificio de Administración, gesticulaba dando explicaciones y aunque no podía escucharle, estaba seguro que resultarían convincentes. Entonces Zamir vio el coche parado a la entrada del pabellón de cardio y a él mirándole. Le lanzó una de aquellas sonrisas deslumbrantes, que hacían brillar su cara y dejaban al descubierto su hermosa dentadura. Le guiñó un ojo y levantó los hombros en un ademán resignado y luego desapareció tras la puerta. Alberto se quedó con la mano en el aire en un medio saludo congelado y triste.

En ese momento el sol se escondió entre unos nubarrones negros y comenzó a llover.

concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
  • CITAR
  • 21 de Febrero de 2013 a las 17:36

 

Ilusión sin corazón

Estoy en el hospital, tumbada en una camilla, en medio del pasillo, con la bata esa que muestra mi hermoso culo. Veo pasar a las enfermeras, una tras otra, parece que trabajen y todo. Me rio por dentro. Tengo varios amigos que son del gremio y me explican cada una “quepaqué”. Pepe, el más cínico de ellos, siempre deja a sus colegas por los suelos: que si facebook, que si juegos de esos en los que tienes que montar una granja, que si el móvil y ahora encima el “wasap”. En fin, que moverse sí se mueven. Lo que no se mueve es lo mío. Ahora ya no rio. Tengo frío y miedo. Ojalá pase todo bien rápido. Parece que no sea nadie ahí medio tirada. Siquiera me miran cuando pasan. Cierro los ojos e intento no mirar más pero así es peor porque empieza la paranoia: ¿y si la anestesia va mal? ¿y si no salgo de ahí? Imagina que es la última vez que has visto a … Abro los ojos y desaparecen esas gilipolleces. ¡Bah! Es algo muy común, me digo a mi misma. Pues a mí no me lo parece, me replico con rapidez. Miro el techo blanco e intento distraerme resiguiendo las grietas pero no hay manera. No quiero lloriquear mentalmente ni auto compadecerme pero creo que en mi situación…no sé…debería tener un trato más humano. Nadie me pregunta si estoy bien, si tengo frío, si necesito algo…nada.  Empiezo a ponerme nerviosa, mal asunto. Cuando estoy nerviosa no discurro bien. No quiero empezar a pensar tonterías ni cosas que me den mal rollo, no serviría de nada, así que empiezo a pensar en positivo. En un tiempo estaré bien y volveremos a intentarlo…y entonces tendremos una bebita…y le daremos una hermanita a Adrián...y seguro que a la próxima va bien… la naturaleza es sabia y por eso sabe cuando no darle un corazón a tus ilusiones... así que probablemente hubiera sido un bebé con problemas o vete a saber… ¿y cómo hubiera sido? ¿y su sonrisa? ¿y sus ojitos mirándome con amor? ¿y sus bracitos estirados hacia mí…?

- El quirófano está listo – me dice una enfermera sacándome de golpe de ese pequeño sueño.

¿Y yo?¿Estoy lista yo? Y qué remedio, no hay nada que decidir. La gine ya lo dijo en la primera visita a la que fui yo solita, valiente y más q contenta, esperando ver a mi puntito:

- Mmmm…no lo veo claro…no se le ve el corazón.

Veo pasar con rapidez la pared, las puertas abatibles, los focos que me ciegan, las batas, gorras, mascarillas y una mano q se me acerca.

- Uno, dos, tres, cuatro, cinc…

Despierto y ya está. Todo fuera y esa misma tarde para casa. Ha ido bien y en nada puede usted hacer vida normal…

 

¡Ja! ¿Vida normal?¿Y quién me saca a mí esa angustia que llevo dentro desde que me quitaron parte de mí hace ya seis meses?

La simplicidad del primer millón

La simplicidad del primer millón
A lo largo de 46 capítulos, Aitor Zárate nos descubre lo alejado o cerca que estamos de conocer como funciona el mundo del dinero. Nos propone ganar nuestro "Primer Millón" y nos muestra tanto las claves para conseguirlo, como soluciones para no caer en las trampas que "El Sistema" pone en nuestro camino. La Simplicidad del [...] Ver libro

Autor: aitorzarate

   

¿Quieres que te informemos de cómo publicar tu obra? Déjanos tu teléfono y te llamamos sin compromiso.

Introduce el nombre

Introduce el teléfono

Introduce el E-mail

Introduce un email válido

Escoge el estado del manuscrito

Gracias por contactar con Bubok, su mensaje ha sido enviado con éxito. Una persona de nuestro departamento de asesoría al cliente se pondrá en contacto contigo a la mayor brevedad.
Enviar
Cuchillos militares: evolución, historia y uso
Cuchillos militares: evolución, historia y uso
Cuchillos militares es una obra de investigación que recorre la historia de las armas blancas militares desde la Prehistoria hasta [...] Ver libro
1 libro comprado
desde MADRID