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Ernie
Ernie
Mensajes: 1.834
Fecha de ingreso: 21 de Julio de 2008

C Edición (100) del concurso de relatos - RELATOS

11 de Marzo de 2013 a las 8:03
Tengo el placer de anunciaros que empezamos la edición 100 del concurso de relatos Bubok.
Las reglas de participación son éstas:

- Podrán participar y/o votar todos aquellos que cumplan las bases de siempre.
- Un relato por participante de entre 400 y 1700 palabras.
- En esta ocasión, el tema es libre.
- Los relatos podéis presentarlos mediante el usuario genérico entre hoy, 11 de marzo, y el miércoles, 3 de abril, a las 22:00 horas. Para aquellos que no dispongáis de la contraseña (o que no os acordéis), podéis pedírmela a mí o a cualquiera de los habituales. Como caso excepcional, podéis mandarme el relato por privado y ya lo colgaré yo.
- Las votaciones empezarán cuando se cierre el plazo de admisión y yo publique la lista definitiva de participantes, y se alargarán hasta el domingo, 7 de abril, a las 22:00 horas, momento en el que se anunciará el ganador.
Serán abiertas, es decir, no habrás claves y se harán mediante un mensaje en el foro abierto a tal efecto. Se votan TODOS los relatos, con una puntuación de entre 0 y 5 puntos enteros (nada de 3,5 ni 2,3).
Para preservar el anonimato, cada participante votará su propio relato con una puntuación entre 0 y 5 puntos, que será descontada en el recuento final.
La penalización por no votar será de 5 puntos.

Dudas, comentarios, sugerencias y demás, en el hilo correspondiente.
¡Hala, a petar esto de relatos!
concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 18 de Marzo de 2013 a las 6:56
1 intento: fallido.
concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 18 de Marzo de 2013 a las 7:00
Nunca más

Desperté de mi trance llorando sangre sobre mis mejillas y agradecí su cálido tacto en mi rostro, pues el fruto de la herida de la que provenía calmó para siempre el dolor que me atormentó toda la vida.

Fue como la primera vez. Como cuando perdía a las cartas jugando con mi hermana y de su tierna, pero ya maliciosa, garganta brotaban aquellas risotadas. Sus burlas erizaban mi vello. Su dedo incriminatorio, apuntándome como víctima de su chanza, dibujaba en mi rostro una contenida mueca de quebrantado orgullo; gesto adusto que yo erigía cual estatua contrayendo todos los músculos de mi rostro. Sofocando el fuego que en mí se encendía. Implosionando. No una, ni dos veces: cien. Fue entonces cuando comencé a verle, pero aún tardó tiempo en formar parte activa de mi vida. Él también reía, como todos los demás. Recuerdo que mi madre fue la primera en darse cuenta de mi particular carácter y la que me inculcó esta dichosa costumbre de la que hoy renegué.

Según decía, ya cuando era bebé tenía esos accesos de rabia con los que manifestaba mi frustración. Como cuando se marchaba a hacer la compra y me dejaba en casa al cargo de una vecina. Yo lloraba, como cualquier otro niño. Pero también golpeaba la pared con mi frente hasta hacerla desconchar o hasta que, de alguna pequeña brecha, manara mi ira; encarnada y reencarnada en líquido sobre mi rostro. Era un rito ceremonial que apenas recuerdo y del que sólo tuve conocimiento por habladurías de patio entre coladas vecinales. Si así ocurría, no puedo negarlo, pero de lo que sí puedo dar fe es del único recuerdo de mi infancia que siempre quise borrar de mi memoria. El primero de muchos que llegaron después. El comienzo de mi personal calvario.

Él llegó a lomos de una prometida redención que calmó mi espíritu durante algún tiempo, pero mi salvador tornó pronto en carcelero.

-Mírale. Ya no puede más…

-Es duro. Aguantará –dijo “1” tras escrutar mi estado de un rápido vistazo. Me gustaba pensar que su crueldad tan sólo escondía un complejo de inferioridad con aquel que fuera capaz de mirarle. En mi caso, sólo el cansancio acumulado impedía que pudiera reflejarme en el espejo de sus ojos.

-Déjale. Ya es suficiente, ¿no crees?

“1” no tuvo que contestar: posó su vista en el siguiente a él. Aquel que le obedecía, como los demás. Aquel que consentía sus excesos y continuaba su obra. Aquel con el que compartía vicios, pecados y crímenes.

El serpenteante destello recorrió nuevamente mi cuerpo mientras mis dientes destrozaban la mordaza que contenía mis gritos. Lo que quedaba consciente de mí contaba. Contaba los segundos de tortura, contaba las pausas entre jadeos y lágrimas y las miradas de incredulidad que mis verdugos se cruzaban durante el castigo; deseosos de doblegarme; sorprendidos de mi aguante.

-¿Por qué te haces esto? –me preguntaban entre descarga y descarga. Los otros que vinieron después, sumándose al castigo, también me interrogaban.

-¿Qué otra cosa puedo hacer? –balbuceaba yo como respuesta.

-Ya es suficiente –concluía alguno de los secuaces al llegar su turno, pero “1” era implacable.

-¡¡Basta!! Soltadme, os lo ruego –gimoteaba suplicándoles.

-Sabes lo que ocurriría si lo hiciéramos. ¿Estás dispuesto a correr ese riesgo? –inquiría “1” conocedor de mi respuesta.

La abducción duraba todas las noches que recuerdo, pues negras, y oscuras como el miedo del que se huye, eran las horas que compartíamos. Una vida, en realidad, pues ése fue el espacio de mi memoria que quedó en penumbra para siempre. Aquella “lobotomía” que me practicaron, quién sabe cuántas veces, aquel exorcismo de voluntades nubló toda presencia de lo que fui y, cuando llegaba la mañana de cada día que veía luz, junto a mi cuerpo apenas recogían un alma dócil que ni siquiera se mantenía en pie.

-¿Por qué lo haces? ¿Quién te crees que eres para infligirte semejante castigo? –preguntaban mis captores cuando sostenían mis despojos un metro sobre el suelo.

-Soy “100” –respondí un día finalmente.

Los noventainueve me condujeron entre la bruma de mis pensamientos para terminar mi purgatorio con la expiación del mal que habitó en mí. El mal que “1” y sus acólitos decidieron extraerme a base de preguntas sin respuestas, al frenético ritmo de un ensañamiento brutal. Después me vistieron con virginal hábito hasta los pies y otros iguales a mí me velaron entre sonrisas mientras mis huesos conocieron descanso por primera vez desde que llegara a aquel averno. A aquel limbo de domadas tentaciones que visité recurrentemente. Apenas desaparecieron me incorporé y comencé a llorar sin lágrimas.

Ni siquiera podía escribir mi nombre: “100” era mi único recuerdo. «100», retumbaba en mi sienes, mientras la imagen de “1” aguardaba sonriente que reclamara su presencia. «100», me repetía negándome el rescate. «100». «Cien veces cien» grité mientras golpeaba mi cabeza contra el primer objeto contundente que encontré cerca, mientras me prometía que “1” desaparecería de mi vida para no regresar nunca más. Y de nuevo la escuché filtrándose por la comisura de sus labios: aquella angelical risa convertida en tortura, aunque ella apenas sonreía.

Su rostro se agrietó hasta el extremo y después se levantó para besarme. Mecánicamente. Dejando a un lado sus quehaceres con la costura. Seguidamente recuperó su asiento y me volvió a mirar. Fue entonces cuando me reconoció a pesar de que el paso de los años nos hubiera convertido a ambos en dos ancianos quejumbrosos a punto de demolición. Fue entonces cuando deseé no haber ido a visitarla. Cuando comprendí que los años de distanciamiento habían tenido sentido, a pesar de todo.

Y me señaló con su dedo. Y de nuevo me visitaron los fantasmas de la infancia, como cada vez que aquel agudo gorgojeo se había posado en mis hombros durante toda mi vida. Pero aquella fue la primera y única vez que eludí el encuentro con “1”. Aquella partida de cartas regresó desde el pasado. Aquellas burlas infantiles. Aquel dedo apuntándome como víctima de su chanza. La sorpresa acudió después al rostro de mi hermana tras el interminable vuelo de las tijeras que le lancé al cuello. La sangre sació mi cólera momentáneamente: hasta que me di cuenta de lo que había hecho. Pero ya era tarde. Su sangre bañaba mi rostro en un deleznable bautismo de paz y de odio que, incomprensiblemente, disfruté.


No pretendo que me entiendan, tan sólo que respeten mi duelo; mi dolor al enfrentarme al único que jamás venceré; las miserias de esta alma atormentada que hoy pone fin a su tortura. Recuérdenme como soy ahora y no la vida de aquel que habitaba mi cuerpo soportando la carga de mi conciencia. Y, si al observarme pendiendo de la soga que ahora rodea mi cuello sienten ira por no haber sido partícipes del último pecado que cometeré, cuenten. Cuenten y contendrán a la bestia que nacerá dentro de ustedes. Cuenten, pues “1” acudirá a rescatarles.

Cuenten y recuerden que la afilada risa de la burla es semilla de venganza, pues las heridas del rencor son más profundas que cualquier otra clase de recuerdo.

concursoderelatos
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 18 de Marzo de 2013 a las 11:45

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concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 18 de Marzo de 2013 a las 11:47

Para dormir

 

-Últimamente no consigo pegar ojo.

-¿Has probado a tomar alguna medicación? Dicen que hay pastillas que van muy bien.

-Ni hablar, yo quiero dormir al natural, que luego esas pastillas crean dependencia.

-Pues no sé, chica… Leí una vez que para conciliar el sueño ayuda pensar en algo bonito.

-¿En algo bonito?

-Sí, en un buen recuerdo, en alguien que nos gusta, en algo que hayamos hecho que nos reconforta… Prueba a ver.

-No tengo muy buenos recuerdos que digamos. Bueno, sí los tengo, pero para el resto de los mortales son malos.

-¿Qué quieres decir?

-Que son recuerdos de cosas malas, cosas que la gente considera deplorables pero a mí me supusieron un gran placer cuando las hice.

-Perdona pero no te sigo.

-Verás, cómo te diría yo… A mí siempre me gustó coger cosas prestadas, por así decirlo.

-¿Prestadas? Pero sin preguntar antes, ¿eso es no?

-Sí, en efecto. Siendo niñas, ¿te acuerdas cuando los sábados por la tarde llegaba a tu casa con alguna que otra golosina que compartía contigo?

-No, no me lo puedo creer.

-Sí, esas golosinas las robaba antes en la tienda…

-En la tienda de Paco, no me digas más. Con lo mayor que estaba el pobre hombre.

-Estaba medio ciego ya, era un lugar estupendo para satisfacer mi obsesión.

-No me extraña que no duermas bien…

-Eso, tú ayúdame.

-Mujer, es que tiene delito, y nunca mejor dicho. De todas formas, algún buen recuerdo tendrás. Concéntrate bien antes de dormir, algo habrá en tu mente que te reconforte y te ayude.

-Ahí está el problema. Pienso en algo que me relaja y recuerdo alguna de las veces que he robado. Que si una blusa en H&M, que si un paraguas en el Corte Inglés, que si una lata de atún en el supermercado… Entonces, al principio me relajo, pero cuando estoy a punto de dormirme, ¡zas!, me doy cuenta ipso facto de que eso está mal. Y lo que es peor, que está mal a ojos de todo el mundo. Ahí ya casi no hay vuelta atrás. Ya no duermo en toda la noche y si lo consigo es apenas durante dos horas, hasta que suena el despertador y me tengo que levantar para ir a trabajar. Luego imagínate cómo lo paso en la oficina: medio zombi todo el día.

-Bueno, olvídate de todo eso. Al meterte en la cama prueba a recordar tu infancia. Los recuerdos de cuando niños suelen ser muy bonitos.

-Uy, mi infancia… No te creas que no lo intento, no. Recuerdo mi infancia pero se me cruzan las imágenes de mi hermana pequeña. Fue venir ella al mundo y mis padres comenzar a pasar de mí. Estaban todo el día pendiente de ella, a mí prácticamente no me hacían caso.

-¿Y los recuerdos del colegio? Allí me conociste y nos divertíamos mucho, sobre todo en el recreo, haciendo burla a los chicos mientras jugaban a fútbol y escondiéndoles la pelota.

-Sí, jaja, estuvo bien aquella época. Pero del colegio también me viene a la mente cuando cogía las tizas de conserjería, o los bolígrafos. ¿Sabes cuántas tizas y cuántos bolígrafos llegué a juntar en el escritorio de mi habitación?

-Vale, vale, no sigas.

 

    Ambas miraron al televisor, donde salía un chico joven y apuesto hablando del último asteroide que había pasado cerca de la Tierra. Decía que era el quinto que se acercaba en el último mes y medio y que miles de aficionados pudieron verlo con unos buenos prismáticos.

 

-Uy, qué guapo.

-Este se viene a dormir hoy conmigo.

concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 19 de Marzo de 2013 a las 8:01
A. y F.
A. es Anas. Escrito as, con diresis, a la francesa. Anas es dicharachera, entre delgada y delgaducha, y rondar los veinticinco. Anas pertenece a tu bar.
Todo el mundo pertenece a un bar. Puede ser el que le caiga ms cerca de casa, del trabajo, o puede que la querencia le lleve, sin saber por qu, a un bar que no le cae ni de paso. Aqu en el barrio tenis dos bares, el Florida y el de la Quintana. T perteneces al segundo, como Anas. Y tampoco es exacto que Anas pertenezca a tu bar, es ms bien al contrario porque fuiste t quien lleg despus cuando hace unos meses viniste a vivir aqu. Escogiste el bar de la Quintana y ahora perteneces a l. Y s, puede haber gente que no vaya nunca a un bar, pero eso no quita para que pertenezca a uno u otro; como el que no va a misa pero pertenece a una parroquia.
Anas, cuando llega al bar, besa en las mejillas a uno o dos clientes de tu edad que estn por la barra y pide un caf con leche y un bocadillo. T, que lees el peridico esperando para el domin, te enteras sin querer de las conversaciones: las mujeres de la mesa estn sacando toda la genealoga de alguien que ha salido en el peridico local en forma de esquela y aquellos dos del fondo cuentan que tal patrn ha decidido a ltima hora no salir a la mar y, como los marineros se han quedado en el bar Tritn de bajamar y llevan all al menos cuatro horas, ya te puedes imaginar cmo andarn…
Anas est hablando con F., la camarera. Cuchichean en voz baja, no entiendes lo que dicen y sigues con el peridico. Al marcharse, Anas besa a F. en la mejilla y te haces la idea de que son primas. Llegan Quel y Flores y ya hay gente para la partida. Os sentis a jugar.
Pasan los das y llega un viernes por la maana. Puede que todo ocurra en viernes. Para ti es da de cerveza. Estis en la barra, llevis ni se sabe cuntas y, cuando toca tu ronda, vuelves la vista hacia F. y pides. En ese mismo momento est entrando Anas y lees la mirada de F. hacia Anas. Deduces que no, que no son primas. No le das ms importancia. O s se la das. O no sabes. Porque quiz fue en ese momento cuando empez todo.
Se hace la hora de comer y la gente se va retirando. An no es la una y media y, como t sueles comer a las dos en el Club 94, decides pasar un momento por el Florida, el que no es tu bar, para ver un momento a Lucky y los suyos. Al salir, Anas y F. estn en la puerta fumando y riendo.
Para tus amigos del Florida todos los das a partir de las once de la maana son viernes. Estn en la barra, te acercas y pides una ronda. Luego cae otra y otra y otra... Proponen jugar un capi y t dices que es la hora de comer:
-Luego te vienes con nosotros a casa y preparamos algo.
Intuyes que va a ser un mal da, que ni vas a comer como Dios manda ni te vas a tomar la medicacin pero, como los aprecias, te quedas con ellos. Jugis al capi a cinco cntimos y rondas y rondas hasta casi las cinco:
-Vamos a casa a comer.
Sois cuatro y Lucky propone que l y t os avancis mientras los dems compran en el Spar. Sacas un billete de 10 euros para la compra y no lo aceptan. Subes a casa de Lucky y lo que esperabas, ceniceros repletos de colillas y latas de cerveza vacas sobre la mesa. Ambiente depresivo. Llegan los otros del Spar y lo nico que traen son latas de Mahou. Lucky se mete en la cocina, alguien enciende la tele y aparece un men en el que puedes escoger msica. Les da por la msica mejicana. Lucky sale con una bandeja de buuelos de bacalao y el nico que come eres t mientras Jorge Negrete va cantando aquello de “traigo pistola al cinto y con ella doy consejos”. Ya ests pensando en la resaca del da siguiente y en todos los malestares que la van a envolver. Decides marcharte y no necesitas excusa: ya pasan de las seis y es tu hora del domin. Huyes.
Llegas a tu bar y en la puerta est F. fumando. Al verla te da la sensacin de que eres una ficha de parchs que alcanza el seguro. F. te pregunta:
-Cmo est, S.?
S. eres t y es la primera vez que F. te llama por tu nombre. Te ha tratado de usted y, sin ninguna razn, no le apeas el tratamiento.
Ms cerveza y todo se acelera y se confunde. No recuerdas si ganaste o perdiste en el domin, ni sabes qu hacas luego otra vez en el bar Florida, ni si luego hubo otros bares, ni cmo llegaste a casa...
Te despiertas el sbado y ah viene la sorpresa. Tu primera sensacin no es el dolor de cabeza ni la idea de que va a ser un da perdido. Ni te asaltan las preguntas que sueles hacerte en esas ocasiones: cmo consegu llegar a casa?, dej el coche bien en el parking sin rascar ninguna columna?, me queda dinero en la cartera para bajar al bar a tomarme al menos un caf y empezar a despejarme? No, ninguna de esas angustias en la cabeza sino slo su frase:
-Cmo est, S.?
Una y otra vez esa frase con tu nombre en sus labios. Cosas de la resaca, pensaste. O de no haberte tomado la medicacin. Te la tomas y su frase sigue repitindose e incluso se invierte: ya no es slo tu nombre pronunciado por ella sino el suyo, F., que te va penetrando. Y mientras pensabas que ya se te pasara al da siguiente con la resaca, su nombre se te fue incrustando dentro.
F. es Feli. Pero no de Felisa, ni de Feliciana. Feli es Felipa, como suena. Y si a estas alturas no te has molestado siquiera en inventarte un argumento para contar aqu y no haces ms que basarte en la realidad, no vas ahora a cambiar los nombres de los lugares o las personas para que queden mejor. Felipa, qu se le va a hacer! Podras escribir todo un tratado sobre nombres de mujer. O ir directamente a la conclusin y decir que, para ti, el nombre ms bonito es Clara porque es el de la mujer que ms has querido. S, Clara, aquella nia bien de Barcelona a finales de los ochenta, cristiana, socialista y depresiva, todo a la vez bajo su cazadora negra y su piel blanca. Clara, la que entre polvo y polvo te peda que te interesaras por los problemas sociales:
-A m slo me importas t.
Y era rigurosamente cierto. Tan cierto que por eso te abandon, porque tu relacin con la realidad lleg a niveles de autismo. Pero deja ya a Clara, que a estas horas estar impartiendo filosofa blanda en alguna universidad de diseo mientras Feli, tu Feli, est fregando la pica en el bar y a lo mejor ha echado un currculum para el Mercadona que estn construyendo en el polgono.
Estabas en que creas que se te iba a pasar y que no se te pas. Cunto hace ya? Tienes una amante clida en la pennsula con una casa entre montaas. Te espera porque le gusta que seas t quien encienda la chimenea. Pero Feli, sin saberlo, te tiene aqu anclado hace semanas. No quieres coger el avin. Tras despegar, da la vuelta sobre el mar y sobrevuela vuestro pueblo de noche. No quieres mirar abajo y preguntarte bajo qu luz se cobija, tras qu penumbra la tendr Anas abrazada.
No hace falta que digas que podra ser tu hija. Por eso te vas conformando con poca cosa. Cuando Anas no est, fumis juntos a la puerta del bar. Si sopla tramontana se te pone a sotavento para poder encender el cigarrillo y luego te da las gracias con los ojos.
-Tienes la mirada limpia pero no me preguntes qu quiere decir eso.
Luego callas para que el viento no te robe las palabras. Y en la partida... En la mesa del domin sueles jugar de espaldas a la barra y ella suele venir cada veinte minutos por si queris algo. T, sin verla ni orle los pasos, la sientes acercarse y te apresuras a calcular la ficha que vas que poner porque, si le oyes la voz, seguro que te equivocas y el compaero te rie.
Poca cosa ms. Los martes, todos los martes por la maana, le pides dos cupones de los ciegos, los dos iguales, de los que cuelgan junto a las botellas de ginebra. Ella te los da, los separas y le entregas uno. Nunca hasta ahora te ha preguntado por qu y si te lo pregunta se lo explicars: porque desde que compras los cupones hasta la maana siguiente en que miris en el peridico el nmero premiado comparts destino. Casi como ir por la vida de la mano. Y Anas? S, se supone que si a vosotros os toca el nmero algo le tocar tambin a ella, pero da igual. Adems, si os toca el primer premio, las sacars a las dos del bar. No quieres que tu Feli se pase la vida sirviendo cervezas. Ni quieres que sea otra quien te las sirva. Eso es, cuando una mujer te provoca sentimientos contradictorios…
Y lo vas a dejar ya. Ahora slo quieres que vuelva a ser martes para celebrar otra vez ese matrimonio a plazo fijo que slo existe en tu cabeza y que quieres que se repita todos los martes de tu vida. Y lo vas a dejar porque lo que has de hacer no es seguir escribiendo sino bajarte al bar a verla.

concursoderelatos
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  • 19 de Marzo de 2013 a las 11:30

concursoderelatos
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  • 19 de Marzo de 2013 a las 11:32

Red

concursoderelatos
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  • 19 de Marzo de 2013 a las 11:33

Red

—Qu coo ests haciendo Red?

La pregunta era absurda. Era obvio lo que estaba haciendo. Tena el cuchillo en la mano y al cabrn atado en el suelo.

—Mrchate Seven, esto es cosa ma.

Se me acerca y se detiene a una distancia prudencial, me conoce bien —mejor que nadie—, sabe lo que puedo hacerle si trata de detenerme.

—No somos libres Red, si lo matas te borrarn.

Suelto una carcajada rayana en la locura, mi presa se remueve nerviosa y asustada sobre la moqueta gris.

—No ms mentiras, Seven, lo s todo.

El cabrn lleva un porttil con el smbolo del arco iris de Prduga en tonos grises. He encontrado mi ficha y la de otras. Cada una asociada a un color, siete colores para siete servicios:

Amarillo: putas, un nmero irregular de mujeres de compaa; Azul: seis expertas en el engao, timadoras; Naranja: cinco mujeres letales en combate a manos desnudas; Verde: cuatro expertas en venenos y su inoculacin; Violeta: tres asesinas especialistas en armas blancas; ndigo: dos mujeres sin identidad, sus asesinatos son considerados accidentes; Rojo: una asesina infalible.

La informacin no tiene desperdicio. He ledo las bases sobre las que funciona Prduga y estoy furiosa. A las asesinas nos borran una vez al ao, a las timadoras cada seis meses; eliminan el rastro de nuestras relaciones emocionales, nuestros sentimientos hacia otros, borran los recuerdos que nos convierten en personas dejando slo nuestras habilidades, las que a ellos les sirven. A las putas las dejan recordar, a nadie le importa que lo hagan, nunca salen del edificio de Prduga. Cada color tiene asignado un paladn, un hombre que acta de intermediario entre los lderes y nosotras; del uno al siete, como los siete colores del arco iris; todos servimos a la organizacin. Y Seven lo saba, l era mi amo inmediato, el ms importante de los paladines, el ms cercano a la cpula de Prduga. Pero lleva al menos cinco aos sin borrarme; mis recuerdos se remontan a entonces, cuando me dijo que haba tenido un accidente y por eso no poda recordar. Los bastardos lo tienen muy bien organizado. El cabrn que he cazado es el que invent la mquina con la que nos vacan. Otro motivo ms para disfrutar matndolo.

—Cuntas veces lo has hecho, Seven? —le pregunto.

—El qu, Red?

—No te hagas el tonto, no conmigo —no necesito aadir una amenaza. Seven me conoce bien.

—Llegaste al nivel rojo con veintisiete aos —me dice—. Dej de borrarte hace cinco.

Tengo treinta y seis aos. Me ha borrado al menos cinco veces, no quiero pensar por qu otros colores he pasado. Mi vida se limita a lo que he vivido desde los treinta y uno. Cmo llegu a Prduga? Cundo?

—Por qu? —necesito saber por qu, aunque creo conocer la respuesta.

—Ya lo sabes, Red.

S, lo s; he visto cmo me mira, cmo me habla, cmo me trata, cmo me evita. Lo he conocido cinco veces y lo he olvidado otras tantas. l no, l siempre ha sabido quin era yo y algo debi ocurrir para que decidiera incumplir sus rdenes. Se enamor de m? La idea me parece terrible, se ha visto obligado a perderme cada ao durante cinco.

—Tengo que hacerle pagar lo que le hizo, Seven, despus brrame, pero djame hacer esto.

—Yellow no querra que te sacrificaras as.

—As? Maldita sea Seven, no tenemos vida. Nos borran cada ao, pero a ellas no, ellas lo recuerdan todo, cada golpe, cada humillacin, cada hombre que pasa por su cama. No se mereca a este cabrn.

Seven se me acerca y me abraza. Las lgrimas me arden en los ojos pero no las dejo caer, no quiero parecer dbil ante el monstruo que he cazado. Quiero matarlo lentamente, desangrarlo despacio, cortarle los dedos uno a uno esperando el tiempo suficiente entre uno y otro para que le duela de verdad. Es lo nico que puedo hacer por ella.

—No lo hagas —me dice al odo. Su aliento acaricia mi cuello y me estremezco. Por qu no me he dado cuenta antes? Ahora s por qu nunca se acerca a m ni me deja abrazarlo y por qu huye las pocas veces que nos hemos dejado llevar. Debi ser muy doloroso dejar de verme en mis propios ojos. Retira los cabellos que caen en cascada por mi espalda y me besa la nuca. Se me eriza el vello en los brazos y siento un calor en el vientre que me da fuerzas. No quiero olvidar su piel sobre la ma, sus caricias, sus besos, su voz, su mirada; y no quiero olvidar a Yellow.

—No puedo perderte otra vez, no lo soportara —me dice.

—Voy a matarlo —le digo con voz carente de toda emocin y me suelto de su abrazo—. Despus me ir, slo te pido que me des tiempo para escapar —le digo.

Me vuelvo hacia l y al ver su rostro me doy cuenta de cunto anhelo el calor de esos labios en los mos. Entonces recuerdo lo que le en el porttil del cabrn y me estremezco. Soy una esclava de Prduga. Soy su arma y como una pistola mato sin preguntar. Esa soy yo? Por qu nunca me pregunt: por qu; por qu jams vi lo que implica matar. Soy mucho ms que un arma, soy alguien, soy una mujer.

Me arrodillo ante mi prisionero y corto las bridas de plstico que lo mantienen inmovilizado. Miro sus ojos y no puedo evitar sentir asco. Yellow era tan dulce, no mereca lo que le hizo esa bestia. Haba tantas putas… y tuvo que ser ella. Cierro los ojos y recuerdo su rostro triste y sereno. La conoc por casualidad. Necesitaba un vestido para mi misin y Yellow vestir para su primera fiesta; tena diecinueve aos pero pareca mucho ms joven. Ambas esperbamos a nuestros estilistas. Ella llevaba un vestido amarillo, yo una camiseta roja; le dije que yo era Red, as que ella deba ser Yellow, la hice rer, su risa fue dulce. La vea todas las semanas y siempre trataba de arrancarle una sonrisa. Pero la ltima vez que la vi no sonrea. Estaba muerta, llevaba un vestido demasiado infantil para su cuerpo, era blanco y amarillo y estaba manchado de rojo, empapado. Haba tanta sangre…

—Por ti sabrn que ha comenzado una guerra.

El cabrn me mira esperanzado, cree que su cautiverio ha terminado y que saldr vivo. Pienso si merece la pena dejarlo vivir, pero el recuerdo de Yellow, desangrada en la cama, regresa ntido a mi memoria y extiendo la mano en la que llevo el cuchillo y lo hundo en su entrepierna con tanta facilidad que me asusto. Soy Red, matar es mi trabajo y por primera vez siento algo. El hombre ni siquiera grita, me mira sorprendido, con la boca abierta en una o perfecta. Se queda un segundo sin aire, enseguida se recupera y baja la mirada hasta mi mano que an sujeta el cuchillo. No es muy grande, pero est afilado, muy afilado, me encargu especialmente de eso. Giro la mueca despacio, muy despacio, disfrutando de la resistencia que su carne ejerce sobre la hoja.

—Morirs como ella —le digo y saco el cuchillo mojado de su cuerpo. Seven est tras de m, pero no dice nada. Ya no hay ms que decir, hemos cruzado el puente y lo hemos volado, no hay vuelta atrs.

—Maldita zorra! —me grita desangrndose a mis pies—. Te matarn por esto; borrarte no ser suficiente.

Lo miro impasible. Trata de contener la sangre, pero escapa entre sus dedos, es intil. S lo que hago —soy Red—, borraban cualquier recuerdo emocional de mi memoria, pero nunca lo que haba aprendido; aqul cabrn haba hecho bien su trabajo con la mquina, slo desapareca lo que les sobraba.

—Tenemos que irnos —me dice Seven desde atrs.

—No tienes que venir conmigo —le digo.

—Si me quedo me borrarn y no quiero olvidarte, Red.

Me giro y lo miro a los ojos. Estoy asustada pero no lo muestro, no quiero parecer vulnerable ahora. Todo es tan complicado. Nunca he hecho nada que no me ordenaran, hasta que supe cmo haba muerto Yellow; nadie me dijo que lo atrapara, pero lo cac y lo at; nadie me dijo que lo matara, pero saqu el cuchillo y se lo clav. Si no la hubiera conocido seguira siendo su juguete. Su arma. Su esclava.

Estoy paralizada con el cuchillo en la mano, la sangre resbala por la hoja y cae a la moqueta en diminutas gotas. El cabrn sigue retorcindose y bajo su cuerpo se ha formado un gran charco rojo. Seven se acerca y me sujeta la cara obligndome a mirarlo. Acerca sus labios a los mos y me besa. Dejo caer el cuchillo. El calor de su piel y la humedad de su boca me despiertan y lo aparto sonriendo. En su mejilla dejo una mancha roja, tengo la mano manchada de sangre. Miro al suelo, la bestia ya no se mueve. El rojo destaca en la habitacin gris del motel en el que lo he encontrado…

…y me gusta. El rojo siempre ha sido parte de m. Me he manchado de la sangre de cientos de desconocidos, la organizacin los quiso muertos y yo obedec. Mi mano est ahora manchada de la sangre de Prduga y no puedo evitar sonrer. Ya no soy el cuchillo, soy quien lo empua.

Se lo debo a Yellow.

concursoderelatos
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concursoderelatos
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concursoderelatos
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Ella

Apesta. No puedo quitarme el olor de encima. Ya llevo dos semanas con este maldito hedor. Se ha pegado a mi cuerpo como la lepra, y me intoxica. Ya no sé qué hacer para eliminarlo, lo odio, no me deja vivir.

Creo que los vecinos sospechan. Intento salir durante las horas menos concurridas y cuando el sol no alumbra con plena intensidad, pues las sombras y la oscuridad son mis aliadas.

A la luz del día me asaltan las paranoias. No dejo de pensar en lo sucedido y me invaden temores irracionales. Sé que nadie lo sabe. Fui muy cauteloso. Pero un sólo cuchicheo o palabras sueltas entre dientes, bajo miradas que parecen acusarme, son suficiente para mitigar mis ánimos y acongojar mi corazón.

¡Pero lo peor es esta peste! ¡Maldita sea! Tendría que haberla sacado antes. Sin vacilar tanto. Me dejé llevar por la paranoia y guardé su cuerpo en el sótano. Esperé demasiados días y esos trozos, cuales gelatinas óseas que se esparcen y se acomodan dentro de su recipiente, hinchando burbujas aceitosas que estallan con perturbación; se fueron pudriendo poco a poco llegando a un estado que con sólo su olor harían recordar el peor episodio de la vida de uno y retorcerle las entrañas.

¡Qué asco! En vida sus olores corporales ya despertaban mi desprecio y mi repugnancia, pero es que en muerte ha conseguido lo que ninguna leyenda o la peor historia de horror.

Es como si no pudiera desprenderme de ella. Me persigue a todos lados. La siento en la cocina, cuando estoy haciendo la comida. La huelo en el baño y la percibo en mi estudio como un fantasma que me vigila desde un escondite profundo. Hasta alguna vez he sentido su presencia en la ducha y me ha parecido notar una caricia helada o el roce rugoso de sus ásperas palmas, marchitadas por una vida llena de mórbidos vicios.

Y ahora no puedo dejar de pensar en el profundo hoyo que en algún lugar de este bosque oscuro guarda los restos de lo que antes había sido mi mujer. En los gusanos y los seres del inframundo que quizá en este momento están devorando su cuerpo putrefacto, urdiendo en sus huesos quebrados y penetrando en su carne que se mece en el charco que forman sus propios líquidos, su pútrida bilis y su sangre casi coagulada en grumos que deleitan a los nuevos inquilinos de su organismo.

Es enfermizo pensar en ello, pero una fuerza morbosa y temeraria me empuja a ello. Y es así cada noche, justo cuando decido irme a dormir.

Hoy creo que será diferente. Aún no me he podido sacar de encima su horrible hedor, pero creo que lo estoy superando. Soy más fuerte que ella y todo esto ya no me asusta.

Vulgares trucos, nada más.

Fui yo el que asió el cuchillo. Y fui yo quien acabó con su odiosa vida. Ahora ella ya no puede hacerme nada. Se está pudriendo en un agujero oscuro del que nunca saldrá.

Me iré a dormir y mañana empezaré mi nueva vida libre de ella. Por fin podré vivir, por fin podré alcanzar la felicidad.

Mis deseos empezaron a fluir entonces por mi mente como ecuaciones newtonianas que un día un empedernido soñador imaginaba mirando hacia el cielo. Y yo también soñé. Soñé con un gran maizal y una formidable guadaña en mis manos. Soñé con un árbol de titánico tronco y unas manos femeninas que me ofrecían sus manzanas doradas. Soñé en el albor de un nuevo día con la barca solar de Ra y toda la fortuna de un nuevo comienzo. Y también soñé con un puñal lleno de sangre y vísceras que se asía en mis manos y perforaba mi corazón.

Me desperté sobresaltado, respirando salvajemente y casi gimiendo. Me llevé instintivamente una mano al pecho, persiguiendo un ataque imprevisto, un dolor más que imaginado.

Sentí como mis sienes estaban a punto de estallar y toda mi cabeza palpitaba, sumida en un calor sofocante.

Fui corriendo al baño, como fustigado por un flagelo infernal, y me aseé con agua fresca. No sé porque ese miedo irracional me estaba volviendo a atacar, pero antes de que pudiese siquiera pensar en lo sucedido, una mirada hueca, enmarcada en una expresión de puro odio, se asomó en el espejo. Y digo que se asomó pues ese rostro cadavérico pareció moverse vivo por dentro del espejo y cobrar unas formas y matices mucho más vívidas de las que un mero reflejo podría jamás mostrar.

Fue entonces cuando ese detestable hedor volvió. Era insoportable, como un vacío que te ahoga y sólo te permite sentir su pútrida naturaleza y te llena con ella.

Sentí algo que se clavaba en mi hombro y al instante dejé caer mi cuerpo. Di una vueltas por el suelo y empecé a gatear con frenesí.

Imaginad un insecto que intenta huir de su presa moviéndose a toda velocidad sobre una superficie helada que le hace resbalar y caer continuamente. Eso es lo que hacía yo, lanzarme a una desesperada huída cada vez más patética a medida que el pánico iba invadiendo mi cuerpo. Troté por el suelo de una forma que, si no hubiese sido por la monstruosa criatura que me perseguía, a más de un observador hubiese hecho reír.

Caía y me volvía a levantar continuamente, espoleado por un horror indecible que había vuelto de su tumba. Entonces sentí su grito y esa terrible sensación que te obliga a girarte para ver lo que está a punto de suceder y quizá estar preparado para ello y luchar por la remota posibilidad de salvarte de lo que sabes que va a ocurrir.

Así que, tirado en el suelo, mi cuerpo empezó a ser cubierto por la sombra de otro cuerpo que no podría describir ni en un estado de extrema locura. Su hálito nauseabundo chocó contra mi cara como un saco lleno de comida podrida que te estalla en la boca untándote de algo peor que los líquidos excrementos de diarrea de esa fumadora obesa que tanto detestabas y de la que sólo ver sus dientes llenos de caries te era suficiente para sufrir vascas.

Se sentó encima de mí, apretando fuerte su sexo contra mi pelvis. Su vagina putrefacta goteaba copiosamente y sus pechos, convertidos en jirones de carne deshecha, caían como harapos.

Creo que fue cuando sentí sus manos coger mi pene que me perdí en la locura y en un febril desvanecimiento.

Y ahora soy sólo un cuerpo endeble, frágil y enfermizo bajo el yugo de una tortura que supera cualquier tipo de imaginación mortal. Soy sólo un títere, un juguete. Y estoy a punto de morir, pero ella no me deja. Quiere que vea como me consume, como se alimenta de mí y vuelve a resurgir y a formar su cuerpo con mi carne y mi sangre.

Los más negros impulsos de la perversión me han sodomizado y mientras ella quiera sufriré su grito y sus fauces sobre mi rostro, sus afiladas uñas atravesando los rincones más íntimos de mi cuerpo pero, sobre todo, sobre todo su horrible hedor que me atrapó desde el día que la maté en un arrebato de locura y de celos.

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  • 21 de Marzo de 2013 a las 22:30

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  • 21 de Marzo de 2013 a las 22:54

You are always on my mind




Se despidieron en el garaje. Diego le dio un beso distraído y le dijo:

—Lee el periódico.

— ¿Ha pasado algo? —preguntó extrañada.

—Tú lee. En el Mundo, en la página nueve.

Lo hizo antes de entrar en la oficina, tomando un café en el bar de siempre. No podía creerlo, de pronto se alejó de la realidad y volvió al pasado.

Había poco tráfico, así que conducía despacio y dejaba que los recuerdos se agolparan en su cabeza. Aparcó el coche en el pueblo y sin prisa bajó por la cuesta que llevaba a la playa. El camino de arena entre los pinos frondosos de entonces, era ahora un paseo primorosamente cuidado; el mar seguía golpeando sin descanso contra el muro que lo protegía, llenándolo de espuma. Aunque parecía el mismo de entonces tampoco él lo era, aspiró profundamente buscando el delicioso aroma a salitre, pero ahora había desaparecido.

Miró alrededor fijándose en los detalles. Como si los años no hubieran pasado, escenas familiares venían a su cabeza. ¿Cuántos hacía de aquello?

De cara al horizonte, mirando al mar, el gran edificio blanco parecía vigilar la entrada al puerto. Se veía recién pintado, más moderno, pero, por lo demás todo seguía igual. Pensó que la misma luz del atardecer debía seguir reflejándose en los inmensos ventanales. Entró despacio, mirando a un lado y otro, sintiendo el descontrol de la emoción. No se veía a nadie, así que se adentró por los caminos que dividían el enorme jardín en parcelas que rodeaban edificios más pequeños similares al principal. Buscó con la mirada el pabellón del fondo, donde la recibieron cuando llegó. Recordó el agua caliente mojando su cuerpo desnudo, bajo la atenta mirada de la monja. Aún podía sentir el espray con el que la rociaron por completo, luego cambiaron su ropa por otra blanca. Allí durmió la primera noche lejos de casa, conoció por primera vez el dolor de la soledad y lloró mucho, hasta quedarse dormida.

La pequeña capilla y la Milagrosa con sus manos extendidas hacia los niños, donde las monjas les llevaban a rezar, seguía en su lugar. Ella lo había hecho, había rezado mucho, confiadamente, porque no sabía cómo gestionar los sentimientos que ahogaban su corazón.
Ahora miró el edificio con indiferencia, ya no recordaba cómo era aquello de rezar.

El paseo de losetas entre las que crecía el césped se alejaba zigzagueando hasta la entrada de una de las casas. Por él se acercaba una monja.

—Lo siento, la capilla está cerrada —dijo sonriendo— solo se abre los domingos a la mañana.

—Hola. No, no, gracias no iba a entrar, pero sí me gustaría hablar con Sor Dorotea o con Sor Amelia. ¿Podría ser? —preguntó

—Lo siento mucho. ¡Sor Amelia murió hace dos años y a Sor Dorotea la trasladaron a Extremadura!

Se quedó mirándola alejarse por el sendero, el delantal blanco se mecía con el aire que levantaba al caminar

¿Y ahora qué hacía? Esperaba encontrar a alguien que pudiera recordarla todavía. Las monjas habían sido sus madres adoptivas. Respondían a todas sus preguntas sobre lo que no acertaba a comprender, incluso las que tenían que ver con el padre Martín. Pero habían pasado demasiados años y debía haber sabido que ya nada sería igual. Solo en su corazón seguían vivos los recuerdos. Retrocedió y se sentó en el banco de piedra que miraba al mar, en el pequeño mirador.

"A la derecha del gran salón jugaban los niños, a la izquierda las niñas, para separarlos habían montado una gran maqueta de trenes que se ponían en funcionamiento cuando venía Don Javier el médico joven, el más divertido. Sentado en su rincón, Pedro miraba con sus inmensos ojos azules bien abiertos, sin decir nada. Hablaba poco y observaba mucho. Al otro lado, sentada en un banco corrido, Pili jugaba a las tabas con Marisol y le miraba de reojo. Siempre se estaban observando hicieran lo que hicieran, a pesar de la separación. De ese modo tenían la impresión de que estaban cerca. Solo cuando venían a verles, en medio del desorden que se organizaba, ellos podían acercarse y sin decir nada, compartir alguna de las golosinas que les traían. Cuando los familiares se iban, se dejaban envolver por aquel sentimiento de soledad que les era tan familiar. Entonces volvía sus ojos hacia los de Pedro, en un mudo entendimiento."

La estela de humo de un avión atravesaba el cielo dibujando pequeñas nubes alargadas. Se preguntaba si aún se verían las lucecitas rojas reflejándose en el agua en las noches de setiembre, cuando los pescadores salían a faenar. Y por las mañanas a los niños vestidos con bañadores rojos y camisetas blancas, como pequeñas banderolas siempre en movimiento, jugando en la playa.

¿Por qué estaba allí ahora pensando en todo esto? Aquello era el pasado, nada iba a cambiar y Diego lo sabía. Quizá por eso le había pedido que leyera el periódico.
El paisaje se puso borroso, las gaviotas volaban hacia el acantilado, sacó el pañuelo y se limpió los ojos y la nariz con disimulo. Luchó un momento contra la ansiedad, luego se puso las gafas de sol y se dejó llevar por ella.

"Eran muy jóvenes, ninguno de los dos había tenido una infancia fácil. No estaban allí de vacaciones sino porque algo en su salud no andaba bien. No eran cosas graves, pero sí que necesitaban una atención especializada y prolongada. Pili fue la primera en volver a casa, sus caderas respondieron bien al tratamiento y le dieron el alta, para entonces habían pasado casi dos años. Por fin se iba y se sentía extraña, quería irse pero también quedarse, era curioso con qué facilidad podía uno acostumbrarse a todo. Olvidando la prohibición, salió corriendo, abrazó a Pedro y le dio un beso. Se miraron por última vez. El chico parecía un perrillo abandonado a su suerte. Luego salió corriendo y desapareció por las escaleras.

Volver a casa fue otra prueba porque no resultó sencillo. Las habitaciones le parecían pequeñas, se ahogaba en ellas, los amigos eran extraños que nada tenían que ver con ella. Se sentía triste a pesar de los esfuerzos de sus padres. Ya había aprendido que la vida no era fácil y que había que adaptarse a sus exigencias. Ahora tocaba volver a empezar y sentía que era muy mayor, demasiado para su edad. Y echaba en falta a su amigo.

Unos meses más tarde llegó la primera carta de Pedro. Fue una sorpresa. Antes de volver a su casa, había pedido sus señas en la administración del sanatorio para poder escribirla. De esa sencilla manera comenzaron a mantener correspondencia. No hablaban sino de cosas sencillas, se contaban sus vidas, cómo les iba en los estudios, con los amigos y todos sus planes. Pedro era hijo de marino y vivía en un pueblo de la costa. Pili había terminado sus estudios y trataba de decidir si iría a la Universidad o no. Hasta que un día Pedro le dijo que tenía que arreglar unos papeles en la ciudad y quería verla. Desde entonces comenzaron a hablar por teléfono con frecuencia y se veían de vez en cuando. No sabía por qué pero Pili a menudo se llevaba a su amiga Sara con ella. Iban al cine o charlaban y se reían. Pedro contaba preciosas historias de la mar, de los barcos entrando y saliendo del puerto, de la preocupación de su madre cuando su padre estaba navegando a la costera del bonito o la antxoa.

El tiempo pasaba desgranando días y horas. En uno de ellos Pili conoció a Diego. Sin darse cuenta, en poco tiempo se enamoraron. Fue inesperado y desconcertante. Se lo contó a Pedro.

— ¡No puede ser! —Le dijo él— ¡Te quiero, deberías saberlo!

No, ella no lo sabía.

—Iba a decírtelo pero me parecía que éramos demasiado jóvenes y primero quería encontrar un trabajo —afirmó Pedro a punto de llorar.

Nunca habían hablado de amor, ni una sola palabra, ningún gesto; hasta esos días ella no sabía nada del amor. Se sentía fatal porque era su amigo, su mejor amigo, siempre había pensado en él así. Estaba comprometida con Diego y no quiso pensar más en ello."

Comprendió que no había nada allí para ella, salvo aquellos recuerdos que ahora, después de tanto tiempo, seguían emocionándole. Atravesó el pinar, el olor fresco persistía como entonces. Volvió a mirar al mar y al viejo edificio reflejándose blanco contra los árboles.

"Durante mucho tiempo no supo nada de él. Un día leyó en el periódico que le habían nombrado presidente de la Cofradía de Pescadores. Luego, siempre por la prensa, le llegaron otras noticias que la mantuvieron informada de una parte de su vida. Fue así como aquella idea empezó a madurar en su cabeza. Primero se dijo que era una locura y por fin le telefoneó. La alegría fue sincera cuando reconoció su voz. Quedaron para verse.

Estaba muy cambiado, ella también. Sin embargo parecía que no se hubieran separado nunca. Sus ojos azules seguían mirando con intensidad. Se había casado y tenía dos hijos, un restaurante muy conocido y llevaba los negocios pesqueros que habían sido de su padre.

Sentados en el café, seguía mirándola como entonces. De la manera más natural tomó su mano y le preguntó:

— ¿Eres feliz?

Pili lo pensó un poco y era sincera cuando le respondió.

—Sí ¿y tú?

— Sí, claro. Pero siempre he pensado en ti.

Terminaron en la cama de un hotel, seguros de que aquello debía pasar algún día. Era como cumplir su destino, volver a donde pertenecían, liberando aquel secreto oculto tanto tiempo. De nuevo se miraron sin decir nada, abrazados, sabiendo que se volverían a perder. Quietos, con los ojos fijos en los ojos, sin necesidad de hablar. Y luego se despidieron. Se dijeron adiós definitivamente."

Aceleró el paso, quería coger el coche, alejarse de allí, no hacerse preguntas, no buscar respuestas.

Sentados a la mesa, Diego la miraba con atención intentando adivinar sus pensamientos. Ella lo sabía ¿pero qué podía decirle?

—Te habrías quedado viuda —le dijo mirándola a los ojos.

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¡Ahhhhrg! Bubok: cada día estás más torpe.
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¡Buah...!
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AMIGOS HASTA LA MUERTE

El teléfono sonó hasta cuatro veces; estaba a punto de colgar para que no saltara el contestador cuando al fin escuchó la voz que esperaba oír.
─Dígame.
─Hola, Pedro. Soy yo, ¿qué haces?
─¡Ah! Hola. Nada. Estaba viendo la tele un rato ─respondió con aburrimiento —. ¿Qué me cuentas?
─Creo que me voy a suicidar. ¿Tú qué me recomendarías, somníferos o dejar abierto el gas?
El silencio se hizo al otro lado. Pedro no sabía si se trataba de una broma macabra de su amigo o si éste sufría realmente un trastorno y necesitaba ayuda. En cualquier caso, pensó que lo mejor era mantener la calma.
─Hombre, eso depende. Exactamente… ¿cuál es el problema? Dependiendo de la causa decidiremos el procedimiento, ¿no te parece?

Santiago dudó un momento. Sabía que su amigo estaba intentando persuadirle de su determinación, pero… ¡qué demonios! Su decisión estaba tomada y nada ni nadie podrían conseguir que diera marcha atrás. Por otro lado, Pedro tenía derecho a saber, no en vano era él quien había decidido implicarlo en la cuestión al telefonearle.

Esa mañana Santiago se había despertado lleno de vida y alegría. Presentía que algo bueno le iba a ocurrir. Se miró en el espejo y se encontró atractivo. Fue a correr como cada mañana y se sintió fuerte. Salió de la ducha y pensó que tenía un cuerpo estupendo. Llegó al trabajo y estuvo seguro de que en este día nada se le resistiría, ni siquiera la chica de contabilidad a la que llevaba dos meses estudiando. Estaba seguro, hoy era el día.
El jefe de ventas lo llamó a su despacho. Empezábamos bien. Seguro que se avecinaba una subida de sueldo o un incentivo por su última operación.
─Veamos, Santiago… ha habido un problema en tu última venta, ¿comprobaste la solvencia del cliente? No, no me respondas. Ya sé que no lo hiciste aunque sí que rellenaste el impreso de comprobación y aseguraste que se trataba de una operación segura.
Santiago comenzó a comprender. Había metido la pata y bien metida. Quizás aun estaban a tiempo de anular la venta. Quizás todo se quedara en un susto. Quizás…
─La broma nos va a costar unos cuanto miles de euros. La mercancía ha sido entregada y el cliente ha desaparecido. Además, su nombre figura en todos los registros de morosos y pesan sobre él montones de denuncias por estafa.

No. Ya no tenía remedio. Estaba claro, lo iban a despedir y tendría suerte si no lo demandaban. El cliente se la había colocado del todo. Con la buena impresión que le causó cuando se fueron de lumis para cerrar el trato… El día no parecía llevar el camino que dos horas antes había intuido.
Salió del despacho y se sentó en su mesa. Le comunicarían por escrito las medidas adoptadas por la empresa. Mientras tanto tendría que continuar en su trabajo con normalidad. ¡Con normalidad! Era mucho más fácil decirlo que llevarlo a cabo.
A la hora de comer, pensó que sería una buena idea abordar a la muchacha de contabilidad. Después de todo, era más que posible que lo despidieran y, de ser así, al día siguiente no podría verla. Esa chica se había convertido en un reto, una pieza por la que merecía la pena luchar.
Para su sorpresa, la joven aceptó compartir mesa con él, por lo que decidió desplegar todas sus habilidades. Se mostró amable, gracioso, cortés, adulador y lució su maravillosa sonrisa; ésa que tantas satisfacciones le había reportado en otras ocasiones. Todo fue inútil.
─Mira Santiago, he venido a comer contigo para dejarte claras un par de cositas: no me gustas, no me caes bien, me pareces un imbécil y te agradecería que me dejaras en paz de una puñetera vez. Se me revuelve el estómago cada vez que te veo mirarme babeando.

Esto era increíble. ¡¿Babeando?! No podía ser. Esta chica se equivocaba de cabo a rabo, no tenía ni idea de cómo era él. Esta chica no estaba bien de la cabeza. No cabía otra explicación. Pensaba invitarla al café. No lo hizo. Se lo tomó en la barra comentando el partido del día anterior con el camarero.
Su móvil sonó, era el abogado que llevaba el tema del divorcio.
─¡¿Qué ha solicitado una orden de alejamiento?! ─gritó con incredulidad ─Bueno, sí; es cierto que he ido varias veces a esperarla a la salida del trabajo, pero de ahí a estar acosándola… No. Sólo han sido dos veces las que la he llamado de madrugada… Pasaba por casualidad por allí, no la estaba siguiendo cuando me vio desde aquel restaurante.

Era lo que faltaba; su ex acusándolo de acoso y solicitando una orden de alejamiento. Nunca entendería a las mujeres.
De regreso en la oficina se plantó delante del ordenador. Entró en el chat que solía frecuentar. Con un poco de suerte estaría también conectada MoReNaZz@, una chica con la que llevaba un tiempo chateando tanto desde la oficina como desde su casa. Cuando estaba en el trabajo las conversaciones se limitaban a juegos de palabras cargados de doble sentido y bromas un tanto picantes. En la intimidad de su hogar las bromas iban subiendo de tono hasta convertirse en… bueno, digamos que en una experiencia nueva, diferente e interesante que además le había descubierto la, hasta entonces desconocida, habilidad que tenía para manejar el teclado con una sola mano.
Santisex dice: Hola guapísima
MoReNaZz@ dice: ke tal corazón?
Santisex dice: Bueno, no estoy teniendo el mejor de mis días.
MoReNaZz@ dice: kieres jugar?
Santisex dice: Ahora no puedo, estoy en el trabajo
Santisex dice: me voy a largar a hora mismo, pero creo que llamaré a un amigo para tomar una copa. Lo necesito.
MoReNaZz@ dice: te valgo yo?

¡Uuh! Algo parecía estar cambiando en el día; MoReNaZz@ quería quedar. Le había dado una dirección y el nombre de un bar; lo buscó en GOOGLE MAPS y era perfecto; no estaba muy lejos, incluso había dejado el coche aparcado cerca. Se largo de la oficina sin pensárselo dos veces, en el trabajo ya estaba todo el pescado vendido.
Pidió una copa y esperó a que ella llegara. Le había dicho que la reconocería sin problemas: falda corta, piernas largas y altos tacones; no había pérdida posible. Entró una mujer de unos treinta años de cuerpo escultural, con una melena larga, negra y ondulada, grandes pechos y las piernas más largas y mejor torneadas que jamás había visto. Éstas acababan en unos interminables tacones. Sin duda era MoReNaZz@.
Apenas llevaban hablando unos minutos cuando ella le sorprendió gratamente.
─Creo que los dos sabemos para qué hemos quedado. Vamos a mi casa; está aquí al lado.

Llegaron a su casa y la pasión se desató como si fueran los protagonistas de una película para adultos. Al diablo con su ex y con la loca de contabilidad. Allí estaba él con una diosa. Besos, caricias, más besos… fuera los botones de la blusa, fuera su camisa, adentrarse con las manos en el paraíso… Algo no iba bien. Allí había algo que no correspondía. El paraíso era muy distinto a lo que había encontrado. De repente comprendió.
─Disculpa ─dijo dando un paso atrás ─, creo que ha habido un mal entendido. Yo creía que eras una mujer.
─Yo soy lo que tú quieras, mi vida.

Jamás se había considerado homófobo; incluso había tenido alguna que otra fantasía en ciertas ocasiones. Pero una cosa era eso y otra muy distinta formar parte de un mundo que nunca lo había llamado en voz alta. Se marchó escuchando los más horribles insultos que nunca hubiera podido imaginar; de algunos, incluso desconocía su existencia.
Cuando llegó a la calle en la que debería estar su coche, éste no estaba. En su lugar había otro aparcado. Comprobó que no se había equivocado de calle y la recorrió de arriba abajo. Entonces reparó en los cristales que había en el suelo y comprendió: se lo habían robado. No le quedaban fuerzas para enfurecerse, así que, con resignación, inició el engorroso proceso de llamar a la policía, hacer la denuncia y dar parte al seguro. Incluso ignoró lo mucho que odiaba volver a casa en metro; nunca había soportado su olor.

Al entrar a su portal vio sentada en el descansillo a la hermana de Pedro. Estaba llorando. ¿La hermana de Pedro en el descansillo de su casa y llorando? Eso no tenía ningún sentido.
─¿Mi hermana? ¿Qué hacía allí? ─interrogó Pedro preocupado.
─Estaba histérica, no atendía a razones.
─¿Qué tienes tú que ver con mi hermana?
─Verás, siempre me ha parecido que yo le gustaba; era un juego. Yo coqueteaba, ya me conoces, ella me hacía guiños… un día la vi por casualidad a la salida del instituto… me ofrecí a llevarla a casa, fuimos a tomar algo, quedamos para otros días. Íbamos al cine, la invitaba a hamburguesas… y un día pasó.
─Santiago, mi hermana tiene diecisiete años. ¿Qué coño has hecho?
─¿Diecisiete? —preguntó de forma retórica ─Pues es muy madura, que lo sepas. El caso es que ahí estaba ella en un mar de lágrimas y me suelta que está embarazada. ¿Qué podía hacer? Intenté calmarla. Le dije que no se preocupara, que yo buscaría una clínica y me haría cargo de los gastos y entonces… ¡llora aún más y empieza a insultarme! Se ha ido de aquí hecha un basilisco.
─Diecisiete años y es mi hermana, Santiago. Te juro que te…

Se hizo el silencio entre los dos. Un silencio incómodo. Furioso por una parte y temeroso por la otra.
─Santiago; ahora, cuando colguemos, vas a salir a la puerta y vas a dejar la llave de tu casa bajo el felpudo. Luego vas a abrir la llave del gas, te vas a tomar el bote entero de somníferos y te vas a meter en la cama tranquilamente. Mañana por la mañana iré a tu casa, entraré con la llave, cerraré el gas, subiré las persianas, abriré las ventanas, descubriré tu cadáver y… no te preocupes; si algo hubiera fallado y siguieras vivo yo mismo te mataré con mis propias manos. Para algo somos amigos.

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Autor: aitorzarate

   

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