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romi
Mensajes: 678
Fecha de ingreso: 25 de Abril de 2008

Amigo de los pobres

4 de Abril de 2013 a las 9:21

Bubok

Amigo de los pobres

 

Almanzora, es el pequeño barrio en la ciudad de Granada, en la ladera de la Alhambra entre la Cuesta de Gomérez y el río Darro, por debajo de la Torre de la Vela y por encima de la iglesia de Santa Ana. El nombre viene del árabe al-Mansura, título concedido al rey zirí Badis, que construyó el palacio en la zona de Santa Isabel la Real.  Mauror, a los pies de Torres Bermejas, es otro bonito barrio parecido al Albaicín aunque más pequeño y menos visitado por los turistas. Aquí estuvo parte de la Garnata-Al-Yahud, la granada de los judíos. Fue la judería de Granada hasta el siglo XI. Su máximo esplendor se dio antes de la matanza de judíos por los musulmanes en el año 1066.

 

A primera hora de la mañana, el frío era muy intenso. La escarcha tapizaba de blanco toda la ribera del río, al borde de las acequias y por los huertos. También por la ladera que, desde el Darro, subía hacia la Alhambra. Aunque, al salir el sol, el cielo se veía todo azul, por completo limpio de nubes y como expectante. Porque ni siquiera una pizca de aire se movía y sí al fondo, por encima de las torres de la Alhambra, relucían limpias las nieves de Sierra Nevada. Junto al río, por los pequeños huertos y las laderas que subían hacia la Alhambra, solo algunos pajarillos revoloteaban. Un par de mirlos, varias currucas y algunos petirrojos. Era pleno invierno y por eso, a primera hora de la mañana, todo parecía no muerto sino parado en el tiempo y como esperando.

 

Ellos, los que tenían sus huertecillos por donde hoy se encuentra el barrio Almanzora y el del Mauror, los esperaban. Se reunieron a primera hora de la mañana y como el frío era tanto, justo en el pequeño collado que unía las tierras de la colina del lugar hoy conocido como Mauror con las tierras de la ladera hoy también conocida como Almanzora. En el trozo de tierra más alto y, donde en aquellos momentos nada había sembrado. Y alrededor de la lumbre, mientras calentaban sus manos y lo esperaban, unos y otros comentaban:

- ¡Es una pena que nos deje solo! Nunca nadie nos ha querido tanto como él ni tampoco nunca nadie nos trató con tan exquisito respeto.

- ¡Y que lo digas! Por eso en estos momentos, nuestros corazones están tristes y nos encontramos tan desorientados. ¿Quién nos defenderá, a partir de ahora, ante el rey y ante los poderosos que cada día nos oprimen más y más?

 

               Esto y cosas parecidas comentaban al amanecer de aquel frío día de invierno, mientras lo esperaban en las mismas tierras de sus huertos y junto a la lumbre que habían encendido. Por la parte alta de donde ellos se concentraban, se veían las torres de la Alhambra. Emergiendo desde los palacios y circundadas por la recia muralla. Al lado de abajo, corría el río Darro y a la derecha y a sus espaldas, los huertecillos se escalonaban por toda la ladera. Salpicados por algunas casas y surcados por caminillos y acequias que recorrían la ancha ladera desde la cuenca del río Darro hasta la cuenca del río Genil. De estas tierras, convertidas en cultivo y repartidas en pequeños huertos, sacaban ellos para ir viviendo. Por eso también, además de hortalizas y legumbres, aquí tenían sembrados muchos árboles frutales que daban cosechas en varios momentos a lo largo del año.

 

               Y precisamente él, “El amigo” que era como sencillamente lo llamaban, en los momentos de la recogida de los frutos, era cuando más los visitaba. Ellos le decían:

- Es que necesitamos que usted habla con el rey a ver si en esta temporada nos paga los frutos algo mejor que el año pasado. Tenemos muchos problemas en las casas y, aunque nos matamos trabajando, escasamente sacamos para comer.

- Vosotros no preocuparos que, por mi parte, mañana mismo hablo con el rey y le trasmito vuestras necesidades.

- Sabemos que usted es bueno y, desde que lo conocemos, también hemos comprobado que nunca nos ha defraudó.  

Y aprovechaban la ocasión para comentar:

- También tenemos que comunicarle que cada día estamos más extrañados.

- Extrañados ¿por qué?

- Desde hace tiempo, todos los pobres que tenemos algún huertecillo en estas laderas o junto a los ríos, nos preguntamos por qué usted muestra tanto empeño en ser amigo nuestro. ¿Nos lo puede decir?

 

               Y el amigo, hombre mayor, alto, delgado y con melena y barbas largas, cariñosamente les decía:

- Mis padres, siempre me enseñaron y dijeron que, por encima de todo y en cualquier momento y lugar, debía ser amigo y amar a las personas pobres. Al principio y cuando era niño y luego joven, no comprendía por qué ellos tenían tanto interés en que siempre tratara bien a los pobres. Pero según ha ido pasando el tiempo, sí que lo he entendido perfectamente.

- ¿Y nos lo puede explicar?

- Como ya más de una vez habéis visto, cada día os lo muestro con mis obras. Pero además de palabras, también os digo que vosotros y todos los pobres de este mundo y en todos los tiempos, sois los bendecidos de Dios y los herederos del cielo. Nadie, absolutamente nadie en este mundo, será nunca feliz plenamente ni amigo de Dios ni herederos del cielo, si desprecia o maltrata a los pobres y a las personas en general.

 

               Y al oír esto, los hombres pobres de los huertecillos en las laderas por debajo de la Alhambra, guardaban silencio, meditaban algo y luego seguían preguntando:

- Pero es que usted no solo es bueno con nosotros sino que además, es amigo de los reyes y poderosos. ¿Cómo nos explica eso?

- Pues del mismo modo que ya os he explicado lo otro: que en esta vida, el proceder más inteligente y noble que podamos tener, es siempre tratar a los demás con respeto. Los reyes, los poderosos y los ricos en general, necesitan mucho más que vosotros del cariño de las personas. Por eso yo, me esfuerzo en ser amigo de ellos y de vosotros. Creo que es la mejor manera de proceder y poner granitos de arena para que este mundo sea cada día un poco más habitables y bello.

Estas palabras, convencían plenamente a todos los amigos pobres de los huertecillos y por eso lo apreciaban tanto y acudían al amigo para pedirle consejos y cualquier otra cosa. Nunca lo defraudaba.

 

               Y aquella mañana de invierno, ellos lo esperaban. Junto al fuego que habían encendido para calentarse. Lo tenían todo preparado y hasta habían acordado que nadie dijera nada sino en el momento oportuno. Y el momento llegó al poco rato. Vieron venir al amigo por una sendilla que descendía desde la Alhambra y bajaba hasta las tierras llanas. Salieron a recibirlo, con el mismo afecto de siempre y él les correspondió. Y en cuanto se acercó al fuego para calentarse, le dijeron:

- Ya lo sabemos todo y estamos tristes. También estamos extrañados y nos preguntamos por qué las cosas tienen que ser así.

- Lo comprendo y comprendo vuestra tristeza pero, aunque yo tampoco lo quiero, lo acepto porque sé que a todo y a todos en esta vida, no llega el momento.

- Y a partir de ahora ¿quién nos representará y defenderá ante el rey y los poderosos?

- Vosotros sois nobles e inteligentes. Tengo fe en que sabréis comportaros con madurez y nobleza.

 

               Y el amigo se dio cuenta que los pobres de los huertecillos, estaban realmente apenados. Por eso no quiso prolongar más el momento. Uno a uno los fue abrazando y cuando ya estaba a punto de marcharse, uno de los del grupo, cogió la bolsa de cuero que tenían cerca de ellos, se la dio al amigo y le dijo:

- Sabemos que de ningún modo podremos nunca pagarte todo lo que por nosotros has hecho. Pero a la largo del tiempo, hemos ido ahorrando y aquí tenemos algunas monedas de oro como pago y agradecimiento.

Y el amigo, cogió la bolsa de cuero con las monedas dentro, les dio las gracias, comenzó a caminar y antes de alejarse más, se volvió para atrás y les dijo:

- Ya sabéis: aprended de los pajarillos del campo que ni siembran ni hilan y Dios nunca los deja sin alimento. Son libres y amigos del viento y cada mañana cantan al salir el sol su gozo por la vida. Y de este modo nos enseñan que los problemas y preocupaciones por las cosas materiales de esta tierra, al final, no sirven para nada. Lo que importa, es amar sin límites a todos y a todo y dar gracias cada día al cielo por los sueños que nos regala y el aire que nos acaricia. Os devolveré estas monedas en su momento porque sé que lo que de verdad es valioso, es vuestro comportamiento para conmigo. Nunca Dios os abandonará ni os dejará sin premio. Y además, sé que un día, allá en el cielo, os regalará la mejor porción del paraíso.

 

               Y a la Alhambra, en aquellos momentos, se le vio resplandecer como si todas sus paredes y torres fueran de oro puro. Los pobres de los huertecillos de la ladera, dijeron:

- Nos ha llenando de dignidad y por eso, por estas tierras y para siempre, queda como un camino abierto hacia la eternidad y a lo bello.

 

 

Abbad
Mensajes: 15
Fecha de ingreso: 6 de Septiembre de 2011
  • CITAR
  • 4 de Abril de 2013 a las 12:07
Me ha gustado :)

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