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romi
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Extraño día de otoño en Granada

14 de Abril de 2013 a las 12:46

Bubok

EXTRAÑO DÍA DE OTOÑO EN GRANADA

 

               Iba amaneciendo y, en el acebo bajo su ventana, se oían los cantos de un mirlo. Algo más arriba, sobre el cerro que corona al barrio del Albaicín, se veía el resplandor del nuevo día que comenzaba a llegar. Y más cerca y por encima de las altas torres de la Alhambra, se veían relucir las nieves. Las primeras nieves del año en los primeros días de noviembre. Pero en el acebo bajo su ventana y por el jardín de su casa, era lluvia mansa lo que caía. Lluvia dulce mezclada con las primeras luces del nuevo día y las pinceladas matinales del otoño que lento resbalaba.   

 

               Desde su cama, aun todavía envuelto en las sábanas, miraba pensativo, se dejaba abrazar por el chapoteo de las gotas de agua cayendo sobre las hojas del acebo, en el asfalto de la calle y por entre las plantas del jardín. También en las claras aguas de las fuentes y resbalando por entre las hojas de los álamos. Vino a su mente su recuerdo, en los últimos días del verano y el corazón se le llenó de tnostalgia. Tal como estaba y absorto en el amanecer del nuevo día, se dijo: “Hace ya tanto tiempo que te fuiste que ni recuerdo el momento. Pero el alma, al igual que en aquellos días, te echa de menos porque te necesita. Y en estos amaneceres de otoño, tan misteriosos y bellos ¡cuánto te necesito y cómo me gustaría que estuvieras!”.  

 

               Cerró sus ojos y, tal como estaba en la cama, siguió quieto. Vino a su pensamiento la imagen del amigo que también hacía tiempo se había marchado de Granada y de nuevo la soledad y melancolía se le agolpó en el corazón. Pensó que, aun podía dormir un rato más y de pronto, como en la realidad más clara, lo vio. Venía sentado en el último asiento del autobús y en estos momentos, el vehículo se paró, se levantó, cogió su maleta, cargó con ella, bajó del autobús, miró al frente y al ver a la ciudad envuelta en niebla y tapizada de la lluvia, se dijo: “No podría haberme regalado el cielo un día más especial que éste. Es otoño y estoy en Granada. La lluvia cae mansamente pero sin parar y todas las calles, plazas, árboles, hierba y montes amigos de esta ciudad se ven lavados por la lluvia. Y digan lo que digan unos y otros, no hay en el mundo cuadro más hermoso que un día de lluvia como éste y en esta ciudad tan mágica. ¿El otoño? La estación más hermosa del año cuando los días se presenta como el de hoy, con lluvia, niebla, silencio y viento cargado con olores a tierra mojada, ningún sueño ni rincón del planeta es más bello. Digan lo que digan, Granada en otoño y cuando la lluvia cae como lo hace ahora mismo, fundirse con este misterio, es dulce y placentero”.

 

               Caminó despacio pero en lugar de irse hacia el centro de la ciudad, buscó el camino que, al poco, se adentraba por las riveras del río. Procurando irse por la senda que, lentamente remontaba en la dirección contraria a como corren las aguas y por donde más espeso crecía el bosque. De nuevo se dio: “Por aquí, remontaré hasta el mirador que conozco y, conforme me vaya situando ahí, cerraré mis ojos para abrirlos en el momento en que ya crea que me encuentro frente a la Alhambra”. Pero enseguida, nada más avanzar por los caminos que atravesaban el bosque, vio a su derecha los avellanos. Se paró frente a ellos y al descubrir que de sus ramas pendían cientos de frutillos redondos y color caramelo, se paró. Se acercó al primer árbol, cogió unos cuantos de estos frutos, se agachó, buscó una piedra y los partió. Comprobó enseguida que estaban maduros y su sabor era muy agradable. Se incorporó, se acercó otra vez al árbol y comenzó a coger todas las avellanas que encontraba enganchadas en las ramas. En poco tiempo juntó un buen puñado que guardó en su mochila y luego de coger algunas avellanas más de los árboles que junto al camino encontró, continuó su subiendo. La lluvia seguía cayendo mansamente y por eso, del monte, retamas, lentiscos, cornicabras… colgaban multitud de gotitas transparentes. Por las partes altas del cerro que le iba quedando a la derecha, se veían las nieblas coronando y moviéndose despacio por entre los árboles del bosque. Intuyó, por entre estas nieblas y no muy lejos y sobre la colina, la robusta figura de la Alhambra y, más lejos, las blancas nieves de Sierra Nevada.

 

               Casi una hora tardó en remontar la ladera que predecía al mirador. Y según se iba aproximando, se decía: “Si la niebla sigue cubriendo como hasta este momento, quizá me tape las torres y murallas de la Alhambra. Y puede que también cubran la gran ciudad de Granada y su vega, pero aun así, no me importa. Con solo sentirme sobre este mirador y mirar al frente, sabiendo que sobre la colina y por entre la niebla, se encuentra el alimento que mi corazón necesita, tendré bastante”. Y cerró los ojos, tal como había pensado en cuanto pisó la tierra de la pequeña llanura del mirador. Siguió avanzando despacio pensando que no corría ningún peligro porque conocía bien el sitio y se aproximó a lo que intuía era el borde mismo del mirador. Se colocó frente a la colina de la Alhambra, imaginándola en ese momento de la misma forma que la había visto años atrás.

 

               Y después de un buen rato con sus ojos cerrados, ya parado y donde creía era el sitio apropiado por la mejor vista, se preparó para descubrir lo que con tanta fuerza le había arrastrado hasta el lugar. Abrió poco a poco sus ojos para ir percibiendo lentamente lo que ante sí tenía. Y lo primero que descubrió fue la espesa niebla que se concentraba sobre la colina. Por entre estas nubes de niebla vio algunas de las torres de la Alhambra, trozos de muralla e incluso, adivinó los jardines y las fuentes manando agua. El corazón se le llenó de emoción y la respiración se le aceleró. Movió un poco su cabeza y descubrió, a los pies de la gran colina de la Alhambra, algunos de los edificios que junto al río y por la vega, emergían por entre la lluvia y niebla.

 

               Y, estaba gustando el momento y la hermosa y misteriosa figura de las torres y palacios de la Alhambra cuando a su recuerdo vino la imagen de aquella última mañana dentro de estos recintos. Hacía muchos, muchos años pero se presentaba con tanta fuerza y frescura que parecía ocurrir en ese mismo momento. Era por la mañana, también un día de otoño e iba él, en ese momento, caminando por unos de los salones de la Alhambra cuando le salió al paso uno de los jefes. Lo paró y le preguntó:

- ¿A un amigo tuyo le has regalado estos días unos libros?

Miró de frente al superior y después de un rato le dijo:

- Hace unos días, a un buen amigo que vive en el barrio del Albaicín, le he regalado algunas de mis cosas.

- ¿Cómo qué cosas?

- Varias de las páginas que tengo escritas y otros textos también escritos por mí y por eso míos.

- ¿Y no será que, de ese sitio que tú y yo sabemos, has cogido lo que le has regalado a tu amigo?

 

Al oír esto, el hombre se preocupó porque sabía que, de alguna manera, lo estaba acusando de ladrón. Por eso, se asustó y de la mejor manera que pudo, se defendió con la verdad de los hechos. Ni el jefe ni él, hablaron más de lo ocurrido pero sí aquella noche, cuando empezó a oscurecer, la joven que amaba, le dio su mano y le dijo:

- En este duro momento de tu marcha para siempre de estos palacios, quiero darte mi mano y recorrer contigo un trozo del camino que baja hasta el río para despedirte y que al menos con mi cariño y confianza, te consueles un poco.

Apretó ella su mano, caminaron lentamente por entre los jardines, salieron de las murallas, tomaron por el barranco hoy conocido con el nombre de Rey Chico y al llegar a la altura de la torre de la Princesa, ella lo despidió. Triste y cabizbajo, siguió él descendiendo, al llegar al río lo cruzó y cauce abajo siguió avanzando hasta que, lejos muy lejos y por donde la extensa vega, desapareció.             

 

               Aquello sucedió hacía ya muchos años. Nunca más se supo de este hombre pero ahora, esta lluviosa y fría mañana de otoño, volvía. Como si regresara de algún país muy lejano y lleno de misterio que nadie en este suelo conoce. Y como en su corazón todavía le sigue doliendo lo que le dijeron y cómo lo trataron en los palacios de la Alhambra, parece que volviera como al encuentro de la joven que amaba y aun recuerda, de alguna manera, lo que muchos años atrás sufrió. Pero ahora, en estos momentos sobre el mirador frente a la Alhambra y en la colina gemela, mira y descubre la niebla que cubre el viejo monumento y también descubre el gran tajo que entre el mirador y los palacios de las torres, se abre. Se dice: “Es como si este río Darro, ahora descendiera por un profundo tajo, separando la colina del mirador y la de la Alhambra. Creo que de ninguna manera, nunca voy a poder cruzar este río para luego subir y encontrarme con aquellos lugares de la Alhambra”.

 

               Y en su cama, entre las sábanas todavía y frente a la luz del nuevo día que llegaba, se despertó. Recordó el sueño y mientras se concentraba en los cantos del mirlo que revoloteaba por entre las ramas del acebo, meditó un momento y luego se dijo: “Ese hombre, necesita cruzar el gran tajo del río que le separa de la Alhambra. Voy a levantarme y después de prepararme, subiré al mirador donde se encuentra. No sé cómo, pero quiero ayudarle”.   

 

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