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romi
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309- EL PERRO MARTÍN, LOS PÁJAROS Y LAS UVAS

17 de Abril de 2013 a las 13:42

Foto: 309- EL PERRO MARTÍN, LOS PÁJAROS Y LAS UVAS 

	Tres pequeñas cosas a él le llamaban mucho la atención: los racimos de uvas negras que en verano colgaban de las ramas de la parra en su casa, las carantoñas y juegos de su perro amigo que llamaba Martín y los pájaros que por el barrio y riberas del río Darro revoloteaban. Y de estas tres pequeñas cosas, la que más en el fondo le admiraba, era la presencia, cantos y forma de vida de los pájaros. 

	Por eso, cuando sus amigos le decían:
- Nosotros no sabemos qué es lo que encuentras tú de maravilloso en estos pájaros que por aquí continuamente vuelan.
- Pues las maravillas que yo veo en ellos, en cualquier ave y en especial en los mirlos y ruiseñores que viven por entre las zarzas del río, es el asombroso milagro de trasmitir la vida. 
- ¿Milagro y además asombroso?
- ¿No lo veis cada primavera?
- ¿Cómo tenemos que verlo?
- Solo hay que ser amigo de algún mirlo o ruiseñor, observarlo primero en los días que empiezan a hacer el nido y seguir luego observándolos hasta que los nuevos pajarillos alcen vuelo y se hagan adultos. 
- Lo que dices son puras tonterías. Perder el tiempo y preocuparse por cosas tan banales, no es de provecho ninguno. 
Y cuando los amigos le decían esto, el joven callaba. 

	Había nacido en el seno de una familia pobre, en una casa no lejos de las aguas del río Darro. A la altura de lo que hoy conocemos como Paseo de los Tristes y desde donde se veía y se ve la Alhambra sobre la colina. Desde el mismo momento de su venida a este mundo, los padres le dieron mucho cariño y lo cuidaron con amor. Cuando ya corría y gritaba, jugó muchas tardes y mañanas, con los demás niños del barrio y no se destacó en nada. Y cuando fue algo mayor, ayudaba al padre en el taller de alfarería que cerca de las aguas del río, tenía. En este ambiente creció y al llegar a los catorce años de edad, sí comenzó a destacar entre los demás jóvenes del barrio. Un poco por su forma de pensar pero especialmente, por el interés que cada día mostraba en un perro color café con leche, por las aves que con frecuencia veía entre las adelfas y zarzas del río y por los racimos de uvas negras que en verano colgaban de la parra que había en la puerta de su casa. Por eso, en cuanto tenía un rato libre o el padre le permitía que se tomara un descanso, llamaba a su perro Martín y jugando con él, se iba por las calles o por las orillas del río. 

	Alegre siempre lo agasajaba y cantando una sencilla canción, a su manera le decía:
			Mi perro Martín
		es un gran amigo
		y yo soy feliz. 

Al verlo y oírlo algunos de los jóvenes del barrio, entre sí comentaban:
- Ya está el payaso éste con las mismas tonterías de siempre. 
- ¡Y que lo digas! Es como si para él no hubiera más seres vivos en el mundo que su perro. Que se comporte bien con las personas, que hable con ellas, que les ayude y las respete y que se deje de tantos mimos con su perro tonto y feo. 
Y otros jóvenes conocidos suyos, le preguntaban:
- Y tu perro, la uvas negras de tu parra y las aves del río ¿qué fortuna esperas que traigan a tu vida algún día?
- Una fortuna muy interesante que yo sí tengo muy claro y que en algún momento, veréis con vuestros propios ojos. 

	En la Alhambra, para la educación de los príncipes y princesas, los padres reyes, habían ordenado construir una madraza, recinto sagrado donde los jóvenes altezas estudiaban y practicaban todo lo relacionado con su religión y otras ciencias como filosofía, matemáticas y astronomía. Sabía el joven del perro que existía este centro de enseñanza en los recintos de la Alhambra y por eso, cuando iba por las calles jugando con su amigo Martín o cogía uvas de su parra o se distraía por las orillas del río Darro observando a las aves, miraba una vez y otra para la Alhambra. Rumiaba en su corazón un sueño que le inquietaba tanto que hasta deseaba compartirlo con sus padres y amigos. Pero siempre se decía: “Los sueños, hay que mantenerlos en secreto, luchar por ellos con toda ilusión y energía hasta lograr que se concreten en obras claras en el momento oportuno. Solo así podremos demostrar a los demás, que no estábamos equivocados”. 

	Y un año, antes de la llegada de la primavera, en el ciprés de la puerta de su casa, una pareja de mirlos hicieron su nido. Cuando todavía los fríos eran intensos y las lluvias caían en abundancia. Al verlo el joven, prestó mucha atención y sin perderse ningún detalle, siguió día a día todos los avatares de las aves con su nido. Los vio construirlo, luego poner los huevos, encubarlos durante varios días, nacer los mirlillos y luego vio a los padres dándoles de comer y protegiéndolos de las lluvias, el frío y de los depredadores. Se decía: “Se comportan como verdaderos sabios, dando lugar al milagro más hermoso de la Creación. Permitiendo y luchando para que nazca nueva vida y que así la naturaleza y creación siga su curso. ¿Cómo no asombrarse ante estas maravillas?” Y miraba para la Alhambra, alimentando el sueño que en su corazón tenía. Las avecillas crecieron y unas semanas más tarde, ya revoloteaban por entre los rosales y la parra de la puerta de su casa. 

	Desde la pequeña ventana de su habitación, veía a solo unos metros, unos rosales, un trozo de tierra repleta de hierba, la parra y el ciprés. Por eso, con solo asomarse y mirar, tenía ante sí todo el mundo por donde se movían los mirlos. El día que los mirlillos salieron del nido, enseguida lo notó y al poco los vio. Parados en una rama en el mismo ciprés cerca del nido y unos días más tarde, los vio ya volando torpemente y refugiarse en los rosales. Y fue entonces cuando descubrió que los mirlos jóvenes, aunque ya estaban crecidos y tenían plumas y alas, no volaban con elegancia porque carecían de cola. Descubrió que las plumas de la cola son las que más tardan en crecerles y como estas plumas son las que les sirven como timón para mantener el rumbo cuando van surcando el aire, al carecer de ellas, notaba que sus vuelos son torpes y desgarbados. 

	Descubrió esto y también descubrió el modo que los nuevos pajarillos, refugiados en los rosales, llamaban a los padres pidiendo comida. Con un sonido grave, corto y carrasposo. Posados en las ramas bajas de los rosales, se pasaban horas y horas, inmóviles y en cuanto los mirlos padres, más el macho que la hembra, percibían algún peligro, avisaban a las crías con sonidos muy característicos. Y era en estos momentos cuando los mirlillos se mantenían quietos y sin hacer ningún ruido en las ramas donde estaban posados. Luego, a los seis o siete días, la madre se los empezó a llevar a las ramas bajas de la parra y comenzó a enseñarle a buscar lombrices. 

	Y algo que le gustó mucho fue descubrir que los mirlos padres no lo consideraban a él como una amenaza. Todo lo contrario: veía que lo aceptaban como a un amigo que les protegía y por eso se sentían seguros cerca del joven y cerca de la ventana de su habitación. Varias veces vio a las urracas merodear por donde se refugiaban los pajarillos, con la intención de llevárselos. Los mirlos padres eran los primeros en avisar de la presencia de estas carroñeras. Y el joven, en cuanto sentía los chillidos de los mirlos padres anunciando el peligro, salía a su ventana y con las manos daba fuertes palmadas para espantar a las urracas y que se fueran. Rápidas y asustadas, alzaban vuelo y se alejaban y, al instante, veía a los mirlos padres venir volando hacia él y pararse en el ciprés, tranquilos y confiados. Como si de alguna manera, pretendiera agradecerle que les ayudara a proteger a sus crías de las urracas. 

	Desde la ventana, el joven observaba con mucho interés todos los movimientos y comportamientos tantos de los mirlos adultos como de los jóvenes. Y como asombrado cada día descubría más y más detalles de estas aves, se decía: “Tengo que ordenar, para luego acordarme bien, cada una de las maravillas que en estos pajarillos estoy descubriendo: no pueden volar bien mientras no les crezca la cola, se esconden y quedan quietos en cuanto los padres les avisa de algún peligro, siguen a la madre para aprender a buscar alimento, llaman a los padres con sonidos cortos y graves, permanecen todo el tiempo más o menos en el mismo sitio, por las noches no se les ve ni se les oye y los padres siempre duermen cerca, atentos a cualquier peligro que aparezca, sus enemigos naturales son los gatos, las urracas, perros y culebras y por eso, en cuanto descubren cerca algunos de estos depredadores, chillan anunciando el peligro de una forma especial”.

	En los primeros días del mes de abril, los padres mirlos hicieron otro nido y luego otro y así hasta cuatro veces antes de las calores del verano. Siguió el joven con el mismo empeño y curiosidad todos los avatares de las aves y vio como la parra de su casa, también se llenaba de grandes racimos de uvas. Al llegar el mes de agosto, estos racimos de uvas, primero se tornaron morados y luego negros casi por completo. Fue entonces cuando el joven le dijo a los padres:
- Este año, dejad que estas uvas maduren hasta que yo os diga cuando es el momento de cogerlas. 
- ¿Y eso por qué?
- Cada día aprendo más y más cosas de mi perro Martín. Y este año también he aprendido de los mirlos, sus nidos y sus crías y ahora quiero aprender de esta parra nuestra, sus racimos de uva, el color de su piel y el sol que las madura. 
- Pues como quieras tú y ojalá algún día te sirva para algo todas las cosas que dices estás aprendiendo. 
Y los padres dejaron que su hijo hiciera, observara y aprendiera lo que quisiera de los racimos de uva de la parra. 
	
	Con el calor del verano, maduraron las uvas y los mirlos se comieran muchas. Pero un racimo grande y muy sano, descansaba sobre la pared de la casa, algo oculto bajo ancha pámpanas. Lo miraba el joven cada tarde y al observarlo, siempre veía al fondo la Alhambra. Se le llenaba en ese momento el corazón de entusiasmo y pensaba en los jóvenes príncipes y princesas que estudiaban en la madraza junto a los palacios de los reyes. Hasta que una mañana, al salir el sol, vio que el gran racimo de uvas negras, brillaba sano y misterioso. Dijo a su perro Martín:
- Ha llegado el momento. Ahora mismo voy a cortar este racimo de uva y luego vamos a subir a la Alhambra.
Cogió una pequeña cesta de esparto que él mismo había tejido, escaló por la pared y con mucho cuidado, cortó el gran racimo de uvas. Lo colocó bien en la cesta de esparto y luego salió de su casa. Bajó por las calles, cruzó el Puente del Aljibillo y al poco se le vio subir por la Cuesta del Rey Chico. Acompañado de su perro y llevando en la mano la pequeña cesta con el racimo de uvas. Llegó a las puertas de la muralla y dijo a los guardianes que tenía que hablar con el rey. Los soldados informaron al general y éste al rey que sí ordenó que dejaran pasar al joven. 

	Cuando estuvo frente al rey, le ofreció el racimo de uvas en su cesta de esparto y dijo al monarca:
- Quiero que usted me permita entrar en la madraza para enseñar a los príncipes y princesas algo muy importante. 
- ¿Qué es ese algo tan importante que puedes enseñar tú en la madraza?
- Les puedo hablar de las maravillas y misterios de las aves, de la lealtad de los perros para con las personas y de las uvas negras que dan la parra de mi casa. 
- ¿Y dónde has estudiado tú para que te sientas preparado y con autoridad para enseñar a los príncipes y princesas?
- He observado las cosas minuciosamente cada día y como me fascina tanto todo lo que he visto y he aprendido, siento un gran deseo de compartirlo para que otros lo sepan. Usted no puede imaginarse la maravilla que es el comportamiento y vida de los mirlos y las satisfacciones que da un amigo como este perro mío. Creo que por encima de otras muchas cosas, los príncipes y princesas, deberían conocer estas ciencias. Para que cuando un día ellos sean reyes o reinas, gobiernen con acierto y enseñen el respeto a estos seres vivos que le digo.

	Escuchó el rey los razonamientos que el joven le exponía y, como sintió cierta curiosidad, le hizo esta pregunta:
- Entonces, según tú ¿Cuáles son las cualidades más importantes que debe tener un rey?
Por un momento, el joven pensó algo y luego habló y le dijo al monarca:
- Yo creo, majestad, que un rey, cualquier gobernante en general, lo primero que debe practicar con los demás, es el respeto, la libertad y el amor. 
- ¿Y por qué piensas esto?
- Porque si una persona que gobierna ejerce el respeto y el bien con los demás, las personas se comportarán bien y el mundo caminará cada día hacia lo mejor y más bello. Y un rey, con tanto poder como tiene, si se convierte en maestro y ensaña las cosas que ya le he dicho, fíjese qué camino más hermoso muestra a la humidad entera. El poder, para lo que realmente debe servir es para enseñar el camino del bien. Me gusta a mi mucho el título de “Rey Maestro”. ¿No cree usted esto, majestad?
El rey guardó silencio y al rato, dijo al joven:
- Bueno, pues ya veremos si un día puedes pisar la madraza como profesor de lo jóvenes príncipes y princesas. Ahora vete a tu casa y llévate a tu perro y sigue aprendiendo. A lo mejor, en el momento en que menos lo esperes, recibes una invitación para que vengas a estos palacios y comiences a enseñar las cosas que me has dicho. 
- ¿Y será pronto?
- Tú vete a tu casa y sigue siendo amigo de tu perro y de los mirlos y ruiseñores del río. 

	Volvió el joven a su casa y aquel mismo día, al enterarse los amigos de lo que había sucedido en los palacios de la Alhambra, le preguntaron:
- ¿Que vas a ser profesor en la madraza de la Alhambra para enseñar a los príncipes y princesas?
- Eso es lo que un día espero. 
- ¿Y si ese día no llega nunca?
- Como es mi sueño, solo ya esto me alimenta y me llena de ganas de vivir. Porque ¿sabéis lo que os digo?
- ¿Qué es lo que nos dices?
- Que en la vida hay que tener hermosos sueños y luchar por ellos. Y si estos sueños luego no se realizan, no pasa nada. Siempre y de alguna manera, sirven para conocernos a nosotros mismos, conocer a las personas que nos rodean y a descubrir las grandes y profundas maravillas del Universo. Soñar cosas grandes y hermosas, es algo bueno, muy bueno.

EL PERRO MARTÍN, LOS PÁJAROS Y LAS UVAS

 

               Tres pequeñas cosas a él le llamaban mucho la atención: los racimos de uvas negras que en verano colgaban de las ramas de la parra en su casa, las carantoñas y juegos de su perro amigo que llamaba Martín y los pájaros que por el barrio y riberas del río Darro revoloteaban. Y de estas tres pequeñas cosas, la que más en el fondo le admiraba, era la presencia, cantos y forma de vida de los pájaros.

 

               Por eso, cuando sus amigos le decían:

- Nosotros no sabemos qué es lo que encuentras tú de maravilloso en estos pájaros que por aquí continuamente vuelan.

- Pues las maravillas que yo veo en ellos, en cualquier ave y en especial en los mirlos y ruiseñores que viven por entre las zarzas del río, es el asombroso milagro de trasmitir la vida.

- ¿Milagro y además asombroso?

- ¿No lo veis cada primavera?

- ¿Cómo tenemos que verlo?

- Solo hay que ser amigo de algún mirlo o ruiseñor, observarlo primero en los días que empiezan a hacer el nido y seguir luego observándolos hasta que los nuevos pajarillos alcen vuelo y se hagan adultos.

- Lo que dices son puras tonterías. Perder el tiempo y preocuparse por cosas tan banales, no es de provecho ninguno.

Y cuando los amigos le decían esto, el joven callaba.

 

               Había nacido en el seno de una familia pobre, en una casa no lejos de las aguas del río Darro. A la altura de lo que hoy conocemos como Paseo de los Tristes y desde donde se veía y se ve la Alhambra sobre la colina. Desde el mismo momento de su venida a este mundo, los padres le dieron mucho cariño y lo cuidaron con amor. Cuando ya corría y gritaba, jugó muchas tardes y mañanas, con los demás niños del barrio y no se destacó en nada. Y cuando fue algo mayor, ayudaba al padre en el taller de alfarería que cerca de las aguas del río, tenía. En este ambiente creció y al llegar a los catorce años de edad, sí comenzó a destacar entre los demás jóvenes del barrio. Un poco por su forma de pensar pero especialmente, por el interés que cada día mostraba en un perro color café con leche, por las aves que con frecuencia veía entre las adelfas y zarzas del río y por los racimos de uvas negras que en verano colgaban de la parra que había en la puerta de su casa. Por eso, en cuanto tenía un rato libre o el padre le permitía que se tomara un descanso, llamaba a su perro Martín y jugando con él, se iba por las calles o por las orillas del río.

 

               Alegre siempre lo agasajaba y cantando una sencilla canción, a su manera le decía:

                                            Mi perro Martín

                              es un gran amigo

                              y yo soy feliz.

 

Al verlo y oírlo algunos de los jóvenes del barrio, entre sí comentaban:

- Ya está el payaso éste con las mismas tonterías de siempre.

- ¡Y que lo digas! Es como si para él no hubiera más seres vivos en el mundo que su perro. Que se comporte bien con las personas, que hable con ellas, que les ayude y las respete y que se deje de tantos mimos con su perro tonto y feo.  

Y otros jóvenes conocidos suyos, le preguntaban:

- Y tu perro, la uvas negras de tu parra y las aves del río ¿qué fortuna esperas que traigan a tu vida algún día?

- Una fortuna muy interesante que yo sí tengo muy claro y que en algún momento, veréis con vuestros propios ojos.

 

               En la Alhambra, para la educación de los príncipes y princesas, los padres reyes, habían ordenado construir una madraza, recinto sagrado donde los jóvenes altezas estudiaban y practicaban todo lo relacionado con su religión y otras ciencias como filosofía, matemáticas y astronomía. Sabía el joven del perro que existía este centro de enseñanza en los recintos de la Alhambra y por eso, cuando iba por las calles jugando con su amigo Martín o cogía uvas de su parra o se distraía por las orillas del río Darro observando a las aves, miraba una vez y otra para la Alhambra. Rumiaba en su corazón un sueño que le inquietaba tanto que hasta deseaba compartirlo con sus padres y amigos. Pero siempre se decía: “Los sueños, hay que mantenerlos en secreto, luchar por ellos con toda ilusión y energía hasta lograr que se concreten en obras claras en el momento oportuno. Solo así podremos demostrar a los demás, que no estábamos equivocados”.

 

               Y un año, antes de la llegada de la primavera, en el ciprés de la puerta de su casa, una pareja de mirlos hicieron su nido. Cuando todavía los fríos eran intensos y las lluvias caían en abundancia. Al verlo el joven, prestó mucha atención y sin perderse ningún detalle, siguió día a día todos los avatares de las aves con su nido. Los vio construirlo, luego poner los huevos, encubarlos durante varios días, nacer los mirlillos y luego vio a los padres dándoles de comer y protegiéndolos de las lluvias, el frío y de los depredadores. Se decía: “Se comportan como verdaderos sabios, dando lugar al milagro más hermoso de la Creación. Permitiendo y luchando para que nazca nueva vida y que así la naturaleza y creación siga su curso. ¿Cómo no asombrarse ante estas maravillas?” Y miraba para la Alhambra, alimentando el sueño que en su corazón tenía. Las avecillas crecieron y unas semanas más tarde, ya revoloteaban por entre los rosales y la parra de la puerta de su casa.

 

               Desde la pequeña ventana de su habitación, veía a solo unos metros, unos rosales, un trozo de tierra repleta de hierba, la parra y el ciprés. Por eso, con solo asomarse y mirar, tenía ante sí todo el mundo por donde se movían los mirlos. El día que los mirlillos salieron del nido, enseguida lo notó y al poco los vio. Parados en una rama en el mismo ciprés cerca del nido y unos días más tarde, los vio ya volando torpemente y refugiarse en los rosales. Y fue entonces cuando descubrió que los mirlos jóvenes, aunque ya estaban crecidos y tenían plumas y alas, no volaban con elegancia porque carecían de cola. Descubrió que las plumas de la cola son las que más tardan en crecerles y como estas plumas son las que les sirven como timón para mantener el rumbo cuando van surcando el aire, al carecer de ellas, notaba que sus vuelos son torpes y desgarbados.

 

               Descubrió esto y también descubrió el modo que los nuevos pajarillos, refugiados en los rosales, llamaban a los padres pidiendo comida. Con un sonido grave, corto y carrasposo. Posados en las ramas bajas de los rosales, se pasaban horas y horas, inmóviles y en cuanto los mirlos padres, más el macho que la hembra, percibían algún peligro, avisaban a las crías con sonidos muy característicos. Y era en estos momentos cuando los mirlillos se mantenían quietos y sin hacer ningún ruido en las ramas donde estaban posados. Luego, a los seis o siete días, la madre se los empezó a llevar a las ramas bajas de la parra y comenzó a enseñarle a buscar lombrices.

 

               Y algo que le gustó mucho fue descubrir que los mirlos padres no lo consideraban a él como una amenaza. Todo lo contrario: veía que lo aceptaban como a un amigo que les protegía y por eso se sentían seguros cerca del joven y cerca de la ventana de su habitación. Varias veces vio a las urracas merodear por donde se refugiaban los pajarillos, con la intención de llevárselos. Los mirlos padres eran los primeros en avisar de la presencia de estas carroñeras. Y el joven, en cuanto sentía los chillidos de los mirlos padres anunciando el peligro, salía a su ventana y con las manos daba fuertes palmadas para espantar a las urracas y que se fueran. Rápidas y asustadas, alzaban vuelo y se alejaban y, al instante, veía a los mirlos padres venir volando hacia él y pararse en el ciprés, tranquilos y confiados. Como si de alguna manera, pretendiera agradecerle que les ayudara a proteger a sus crías de las urracas.  

 

               Desde la ventana, el joven observaba con mucho interés todos los movimientos y comportamientos tantos de los mirlos adultos como de los jóvenes. Y como asombrado cada día descubría más y más detalles de estas aves, se decía: “Tengo que ordenar, para luego acordarme bien, cada una de las maravillas que en estos pajarillos estoy descubriendo: no pueden volar bien mientras no les crezca la cola, se esconden y quedan quietos en cuanto los padres les avisa de algún peligro, siguen a la madre para aprender a buscar alimento, llaman a los padres con sonidos cortos y graves, permanecen todo el tiempo más o menos en el mismo sitio, por las noches no se les ve ni se les oye y los padres siempre duermen cerca, atentos a cualquier peligro que aparezca, sus enemigos naturales son los gatos, las urracas, perros y culebras y por eso, en cuanto descubren cerca algunos de estos depredadores, chillan anunciando el peligro de una forma especial”.

 

               En los primeros días del mes de abril, los padres mirlos hicieron otro nido y luego otro y así hasta cuatro veces antes de las calores del verano. Siguió el joven con el mismo empeño y curiosidad todos los avatares de las aves y vio como la parra de su casa, también se llenaba de grandes racimos de uvas. Al llegar el mes de agosto, estos racimos de uvas, primero se tornaron morados y luego negros casi por completo. Fue entonces cuando el joven le dijo a los padres:

- Este año, dejad que estas uvas maduren hasta que yo os diga cuando es el momento de cogerlas.

- ¿Y eso por qué?

- Cada día aprendo más y más cosas de mi perro Martín. Y este año también he aprendido de los mirlos, sus nidos y sus crías y ahora quiero aprender de esta parra nuestra, sus racimos de uva, el color de su piel y el sol que las madura.

- Pues como quieras tú y ojalá algún día te sirva para algo todas las cosas que dices estás aprendiendo.

Y los padres dejaron que su hijo hiciera, observara y aprendiera lo que quisiera de los racimos de uva de la parra.

              

               Con el calor del verano, maduraron las uvas y los mirlos se comieran muchas. Pero un racimo grande y muy sano, descansaba sobre la pared de la casa, algo oculto bajo ancha pámpanas. Lo miraba el joven cada tarde y al observarlo, siempre veía al fondo la Alhambra. Se le llenaba en ese momento el corazón de entusiasmo y pensaba en los jóvenes príncipes y princesas que estudiaban en la madraza junto a los palacios de los reyes. Hasta que una mañana, al salir el sol, vio que el gran racimo de uvas negras, brillaba sano y misterioso. Dijo a su perro Martín:

- Ha llegado el momento. Ahora mismo voy a cortar este racimo de uva y luego vamos a subir a la Alhambra.

Cogió una pequeña cesta de esparto que él mismo había tejido, escaló por la pared y con mucho cuidado, cortó el gran racimo de uvas. Lo colocó bien en la cesta de esparto y luego salió de su casa. Bajó por las calles, cruzó el Puente del Aljibillo y al poco se le vio subir por la Cuesta del Rey Chico. Acompañado de su perro y llevando en la mano la pequeña cesta con el racimo de uvas. Llegó a las puertas de la muralla y dijo a los guardianes que tenía que hablar con el rey. Los soldados informaron al general y éste al rey que sí ordenó que dejaran pasar al joven.

 

               Cuando estuvo frente al rey, le ofreció el racimo de uvas en su cesta de esparto y dijo al monarca:

- Quiero que usted me permita entrar en la madraza para enseñar a los príncipes y princesas algo muy importante.

- ¿Qué es ese algo tan importante que puedes enseñar tú en la madraza?

- Les puedo hablar de las maravillas y misterios de las aves, de la lealtad de los perros para con las personas y de las uvas negras que dan la parra de mi casa.

- ¿Y dónde has estudiado tú para que te sientas preparado y con autoridad para enseñar a los príncipes y princesas?

- He observado las cosas minuciosamente cada día y como me fascina tanto todo lo que he visto y he aprendido, siento un gran deseo de compartirlo para que otros lo sepan. Usted no puede imaginarse la maravilla que es el comportamiento y vida de los mirlos y las satisfacciones que da un amigo como este perro mío. Creo que por encima de otras muchas cosas, los príncipes y princesas, deberían conocer estas ciencias. Para que cuando un día ellos sean reyes o reinas, gobiernen con acierto y enseñen el respeto a estos seres vivos que le digo.

 

               Escuchó el rey los razonamientos que el joven le exponía y, como sintió cierta curiosidad, le hizo esta pregunta:

- Entonces, según tú ¿Cuáles son las cualidades más importantes que debe tener un rey?

Por un momento, el joven pensó algo y luego habló y le dijo al monarca:

- Yo creo, majestad, que un rey, cualquier gobernante en general, lo primero que debe practicar con los demás, es el respeto, la libertad y el amor.

- ¿Y por qué piensas esto?

- Porque si una persona que gobierna ejerce el respeto y el bien con los demás, las personas se comportarán bien y el mundo caminará cada día hacia lo mejor y más bello. Y un rey, con tanto poder como tiene, si se convierte en maestro y ensaña las cosas que ya le he dicho, fíjese qué camino más hermoso muestra a la humidad entera. El poder, para lo que realmente debe servir es para enseñar el camino del bien. Me gusta a mi mucho el título de “Rey Maestro”. ¿No cree usted esto, majestad?

El rey guardó silencio y al rato, dijo al joven:

- Bueno, pues ya veremos si un día puedes pisar la madraza como profesor de lo jóvenes príncipes y princesas. Ahora vete a tu casa y llévate a tu perro y sigue aprendiendo. A lo mejor, en el momento en que menos lo esperes, recibes una invitación para que vengas a estos palacios y comiences a enseñar las cosas que me has dicho.

- ¿Y será pronto?

- Tú vete a tu casa y sigue siendo amigo de tu perro y de los mirlos y ruiseñores del río.

 

               Volvió el joven a su casa y aquel mismo día, al enterarse los amigos de lo que había sucedido en los palacios de la Alhambra, le preguntaron:

- ¿Que vas a ser profesor en la madraza de la Alhambra para enseñar a los príncipes y princesas?

- Eso es lo que un día espero.

- ¿Y si ese día no llega nunca?

- Como es mi sueño, solo ya esto me alimenta y me llena de ganas de vivir. Porque ¿sabéis lo que os digo?

- ¿Qué es lo que nos dices?

- Que en la vida hay que tener hermosos sueños y luchar por ellos. Y si estos sueños luego no se realizan, no pasa nada. Siempre y de alguna manera, sirven para conocernos a nosotros mismos, conocer a las personas que nos rodean y a descubrir las grandes y profundas maravillas del Universo. Soñar cosas grandes y hermosas, es algo bueno, muy bueno.

 

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Autor: aitorzarate

   

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