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romi
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312- Margaritas amarillas

27 de Abril de 2013 a las 11:53

Bubok

MARGARITAS AMARILLAS

25-4-2013

 

               Aquel veinticinco de abril, se presentó nublado, muy frías las temperaturas y con bastante viento. Claro que era casi plena primavera y por eso, desde la ventana de su casa, se veían verdes los álamos y fresnos del río, florecidas las glicinias en los patios y jardines de las casas del Albaicín, sembrados con mil florecillas los campos y, por donde la colina de la Alhambra, Generalife y Llanos de la Perdiz, todo tapizado de amapolas rojas, margarita blancas y amarillas y otras flores pequeñas, azules claras.

 

               Era media mañana y, sentado tras los cristales de su ventana, mientras el tiempo pasaba y se recreaba en la explosión de la primavera por todo cuanto su vista alcanzaba, pensaba en ella. La hermosa muchacha que un día conoció en Granada y que luego se marchó a su tierra y nunca más volvió. Se decía, para sí y como forma de oración al cielo, desde lo más íntimo de su corazón: “Ya tengo asumido que nunca más te veré en este mundo. Por eso, aunque cada noche sueño contigo y cada día te recuerdo en muchos momentos, no te espero. Sé que no volverás nunca más por Granada y sé que en ningún momento de los días que me queden de vida, podré ver tu cara ni oír tu voz ni regalarte un beso. Ya estoy viejo y tengo tan pocas ganas de nada, después de una vida tan larga esperando que ahora, ni siquiera deseo de ti un abrazo. A estas alturas, solo me recreo en lo que, a través de mi ventana, cada día me regala el cielo y el paso irreversible y firme del tiempo. Sueño y no quiero que vuelvas aunque no pueda borrar tu recuerdo. Hoy en día, ya por fin tengo algo que vale más que nada en este mundo: mi paz de viejo, el silencio amigo, mi corazón cansado pero en armonía con el Universo y mi amor callado y rotundo para todo cuanto a través de mi ventana a cada instante veo”.

 

               Cruzó sus brazos y sobre la mesa los apoyó y en ellos, la cabeza. Cerró los ojos y al instante y como en un sueño y realidad clara, lo vio. No tendría entonces más de doce años y ya iba por los campos, siempre solitario y soñando mundos lejanos y fantásticos. Y aquella mañana de primavera, cruzó el arroyo grande, remontó lentamente por la ladera y cuando llegó a donde brotaban las aguas, claro manantial y fresco que manaba por entre las adelfas y fresnos, se sentó frente al río que descendía desde las blancas cumbres hacia las torres de la Alhambra. Meditó durante mucho rato, mientras el silencio lo besaba y el viento le regalaba su abrazo. Luego, cuando ya la tarde caía, dejó su asiento en la ladera y cerca del manantial y continuó subiendo. Por la pequeña vereda de tierra hasta que traspuso por el collado de las encinas y los romeros.

 

               Muchos, muchos años después, volvía y lo vio caminando no por el collado de las encinas sino atravesando la llanura desde el levante hacia la cumbre del cerro de las rocas en forma de atalaya. Caminaba muy torpemente, como cansado y sin fuerzas porque ya era casi tan viejo como el tiempo y se decía, cada vez que se paraba para tomar aire: “Tengo que remontar a lo más alto de las rocas de este cerro para ver desde ahí la Alhambra y Granada. Y luego, si puedo y las piernas aguantan un poco más, descenderé por la ladera hasta la llanura de las margaritas amarillas para tocarlas con mis manos, olerlas y, sentado entre ellas, soñar el último sueño frente a la Alhambra. Debo conseguir hacer real esto para seguir perteneciendo a los colores, olores y azules de los cielos que por aquí, mientras vivo, tengo”.    

 

               Y lo vio subir lentamente por la gran pendiente hasta coronar la cumbre de las rocas en forma de atalaya. Parado en todo lo alto, lo vio mirar observando y luego lo vio descender hacia la llanura de las margaritas amarillas. Por entre estas florecillas y los olivos, lo vio sentado, no lejos de la Alhambra y frente a ella, mirando como si ya el tiempo no le afectara en nada.

 

               Y aquel veinticinco de abril, sentando al otro lado de los cristales de su ventana, con la cabeza apoyada sobre los brazos que a su vez descansaban en la mesa, un poco después despertó de su sueño. Miró para la Alhambra, le parecía hermoso el gran día de primavera, recordó a la hermosa joven una vez más y luego se dijo: “Mañana por la mañana, voy a cruzar el río Darro, subiré por la Cuesta del Rey Chico, remontaré al Mirador de la Silla del Moro y luego subiré hasta la llanura del Cerro del Sol. Es por ahí y por entre los olivos, por donde ahora crecen las margaritas amarillas que él soñaba y venía buscando. Quiero comprobar si aquel soy yo y aun sigo por entre estas florecillas sentado, soñando mi sueño y esperando”.

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