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lasacra1
lasacra1
Mensajes: 1.821
Fecha de ingreso: 24 de Febrero de 2010

CIII EDICIÓN CONCURSO DE RELATOS (AHORA MENSUAL). Sólo relatos

7 de Junio de 2013 a las 16:48
Hola a todos.
Damos el pistoletazo de salida a la edicón 103 del concurso de relatos bubok.
El tema elegido esta vez es "éxito". Cómo se busca, cómo se consigue, cómo se pierde, cómo afecta... en fin, lo que se os ocurra.

Para los que no tengan muy claro el significado de la palabra, según la RAE:

éxito.

(Del lat. exĭtus, salida).

1. m. Resultado feliz de un negocio, actuación, etc.

2. m. Buena aceptación que tiene alguien o algo.

3. m. p. us. Fin o terminación de un negocio o asunto.

El plazo para subir relatos empieza ahora mismo y acaba el día 4 de julio a las diez de la noche. En ese momento podréis empezar a votar hasta el día 7 de julio, también a las diez de la noche.

Si sois nuevos, por favor, antes de subir vuestro relato leed las bases y, si tenéis alguna duda, la podréis resolver en el hilo de comentarios de esta edición o por mensaje privado a mi persona.

Y nada más. Todo el mundo a escribir y suerte a todos.


concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 22 de Junio de 2013 a las 18:10
SIN TI NO HAY EXITO
La firma de ejemplares había sido un éxito y aún más la venta de los mismos.
Álvaro agradecía su colaboración a los dueños del establecimiento y también a su agente. 
Había pasado el día firmando, dedicando, sonriendo y recibiendo la enhorabuena de sus admiradores. 
Estaba cansado, pero antes de volver a casa quería tomar una copa o dos, en casa no le esperaba nadie. 
A la salida del establecimiento, una voz conocida le asaltó.
-Perdón, sé que la firma de ejemplares ya termino, pero, ¿me podría firmar el mío?-
Álvaro se giró despacio, un escalofrío recorrió su espalda al verla de nuevo. Ella, le ofreció un bolígrafo y el libro abierto por la primera página, mientras sonreía. 
Él no supo que hacer. Sujetó el libro intentando que las manos no le temblaran demasiado. Firmó sin mirar el libro, perdido en repasar uno a uno  los rasgos de aquella mujer. 
Una vez firmado su gran éxito, ella guardo el bolígrafo en el bolsillo de su gabardina, tomo el libro y mientras lo cerraba, dio las gracias, y se marchó en sentido contrario al que Álvaro iba a tomar inicialmente.
Repasó la secuencia mentalmente, allí parado, en la puerta del establecimiento.  No podía ser ella, pero era ella.
Era su sonrisa, era su voz, sus ojos castaños, pequeños y con ese brillo entusiasta tan característico de ella. 
Movió la cabeza de un lado a otro negándoselo a sí mismo, no lo podía creer. Levanto la vista y confirmó que no lo había imaginado al ver la silueta de la mujer alejarse mientras él, allí de pié, escuchaba alejarse también el sonido de sus tacones sobre la acera. 
Álvaro la siguió. Los rizos caobas de Maya saltaban sobre su espalda a cada paso. Era Maya definitivamente. 
Aligeró el paso con intención de acercarse a ella, pero cada vez que estaba cerca, de nuevo las dudas, de nuevo dejaba distancia entre ellos ralentizando el paso. 
La mujer entró en un hotel y Álvaro dudó de nuevo. 
No podía ser ella. Pero era ella. 
Entró en el hotel decidido a preguntar el nombre de aquella mujer. Llegó hasta el mostrador. La recepcionista preguntó si podía ayudarle en algo. Él dijo que no y se giró para salir del hotel. Pero se encontró de frente con Maya. 
Esta vez, ella no sonreía. Al tenerla tan cerca, Álvaro sintió que el corazón se le salía del pecho. 
-¿Busca algo?- Su mirada era dura esta vez. 
Álvaro titubeó, carraspeó para aclararse la voz. 
-Tu eres quien ha venido hasta aquí- Intentó dar firmeza a sus palabras poniendo un gesto más serio. 
- No quería perder la oportunidad de tener un ejemplar firmado por el gran escritor- Acompañó su sarcasmo haciendo un gesto de quitarse un sombrero y después se giró caminando hacia el ascensor. 
Álvaro le agarro el brazo instintivamente.  –Maya…yo…- Pero ella se zafó rápidamente y habló con severidad.
-Álvaro, tu nada- En ese momento el ascensor abrió sus puertas y ella entró. 
Él quedó un instante frente a las puertas de metal viendo cómo, una vez más, ella desaparecía. 
Entró en casa y tiró la chaqueta sobre una silla.
Saco una botella de whisky y una copa y se tumbó en el sillón con la firme intención de emborracharse. 
Recordó, una vez más,  la sonrisa de Maya cuando, justo un año antes, ella fue la primera en leer la novela que, ésa noche, él le había firmado sin dedicatoria.
-Esto será un gran éxito mi amor, algún día se venderá por millones, yo compraré una y tú me la firmarás-.
Ella había sido la primera persona que había tomado en serio su propósito de ser escritor, los demás llegaron después, cuando todo estaba hecho. 
Ella fue quien le animó y le dio confianza. Confianza que él hizo pedazos siéndole infiel no solo como pareja sino también como persona.
Creía tenerlo superado, hacía mucho tiempo que no pensaba en ella, que no fantaseaba con encontrarla al girar en una esquina, que no soñaba con su voz ni con su sonrisa. 
También hacía mucho tiempo que no escribía, se había pasado casi un año intentando vender aquella maldita novela, buscando el éxito como escritor. 
Casi un año hacía que Maya le había dejado para siempre. 
Recordó que escribió aquella novela pensando en ella, ella le inspiró. 
Aquella novela solo contaba los sueños que él tenía con ella, los sentimientos que ella le inspiraba, la historia que quiso tener con ella y no pudo, o no supo tener.
Sonrió al darse cuenta. 
Perfecto Maya, miles de personas, al leer esa maldita novela,  soñaran vivir nuestra historia creyendo que fue un éxito, y sin embargo fue un fracaso, como lo soy yo, sin inspiración no se puede escribir. Sin ti no hay éxito.

concursoderelatos
Mensajes: 1.692
Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 27 de Junio de 2013 a las 23:49

Buscando -sé         


Horacio Márquez Valverde había nacido en el pueblo. Su infancia transcurrió feliz entre juegos, coscorrones y alguna paliza de su padre cuando se la merecía. Estudió en la escuela. No era culpa suya no saber más, ni tampoco de la maestra que, con paciencia, enseñaba a cada niño lo que correspondía a su edad.

Cuando cumplió los veinte le propusieron para alcalde. Como no se presentó nadie más, salió elegido por mayoría. Y así ayudaba a su padre en las labores del campo, a su madre en las tareas del hogar escurriendo la ropa de la colada, cargando los pesados baldes y bolsas y trabajaba para los vecinos sin que a nadie, incluido él mismo, le pareciera justo pagarle un sueldo.
 
Asumió su trabajo corporativo con mucha aplicación. Administraba los cuatro reales que había para pagar los gastos, que no eran muchos, y ahorraba si algo sobraba, con la ilusión de poder hacer cosas para mejorar la vida del pueblo.

Horacio Márquez Valverde se sentía feliz. En una reunión en la alcaldía, propuso hacer un parque infantil en la plaza del pueblo, para que jugaran los niños. Pronto se originaron corrientes de opinión. Unos decían que un parque infantil era un lujo que no necesitaban, naturalmente lo decían los que no tenían niños. Otros opinaban que ese dinero debiera dedicarse a poner un Club de jubilados y otros creían que mejor sería adecentar el viejo dispensario médico. Al final, con la ayuda de la Caja de Ahorros de la provincia, se hizo el parque infantil bajo la promesa de que las otras cosas estarían en lista y se llevarían a cabo lo antes posible.

Los vecinos estaban contentos, Horacio Márquez era un buen alcalde, así que a la siguiente elección volvieron a votarle. El orgulloso edil caminaba por el pueblo pisando fuerte, contemplando los macizos de geranios, regalo a la comunidad de Viviana la de la Quinta, que era muy buena jardinera, las dos farolas nuevas de la calle principal y la fuente en medio de la plaza, a la que habían bautizado, por votación popular, con el nombre del alcalde.

Horacio descubrió una tarde que Enriqueta Bartolomé, la hija del boticario, se había convertido en una real moza, así que empezó a rondarla discretamente. Ella tenía un cuerpo recio de piernas firmes y pies grandes, el pelo moreno y rizado y ojos color miel que le miraban entre asustados y sugerentes. Enriqueta había pasado seis meses en Francia, en casa de una de sus tías, y chapurreaba un poco francés y hablaba de otras costumbres y de sitios que Horacio no sabía ni que existían. Estaba deslumbrado.

Cuando el farmacéutico supo de aquella relación, agarró a la niña y la mandó de vuelta a Francia. Horacio perdió de pronto toda su arrogancia y pasó de sentirse un hombre triunfador al que sus vecinos respetaban, a creerse un fracasado, comidilla de los chismorreos del pueblo. Pero, sobre todo, no podía soportar el dolor que le subía desde el vientre hasta el corazón y aquella sensación de soledad. Tenía que hacer algo o se moriría. Así que abrió la caja del Ayuntamiento, se embolsó los pocos dineros que contenía y se dijo que se lo debían después de tantos años de dedicación. Se despidió de su madre, que lloraba desconsolada y se fue.

Horacio Márquez Valverde voló a América y rondó de un lado a otro hasta que acabó en Ohio y allí hizo lo que mejor sabía, dedicarse al campo. Tuvo buenos patrones y no le fue mal. Guardaba parte de su jornal y cuando tuvo suficiente compró seis ovejas y luego otras seis y después un terreno alejado del pueblo y entre los vecinos y él hicieron una casita. Las ovejas aumentaban cada temporada, cultivaba la tierra siguiendo sus viejas costumbres. Era un hombre serio que suspiraba a menudo dejando sorprendidos a los que le rodeaban. Horacio seguía enamorado y el amor verdadero no se olvida fácilmente. Sentado en el porche de su casa, por las noches, cuando el cuerpo se relajaba del trabajo y la brisa lo hacía temblar de ansiedad, se preguntaba qué sería de Enriqueta Bartolomé y si ella ya le habría olvidado.

 Por las cartas de su madre supo que Pedro Alcaide, el boticario, había muerto en la trastienda de la farmacia. Le acompañaba Sarita, la Ramalazo. «Estaba ayudándole» dijeron los vecinos, entre miradas cómplices. Enriqueta acudió al entierro y se fue después.

Horacio se casó con Marga Solares, aquella muchacha rubia de mejillas sonrosadas y sonrisa deslumbrante, que trabajaba de ayudante en la barbería de su padre.  Marga enseguida supo que aquél hombre era bueno y que estaba triste. Ella se encargó de seducirle y hacerse imprescindible. Para cuando Horacio se dio cuenta ya estaban casados y la muchacha manejaba su casa con mano firme y segura.

Las cosas mejoraron mucho para Horacio. Pronto aumentó la familia y la casa hubo de ser ampliada. Su rebaño había crecido sustancialmente, así que ella decidió montar una tiendita en el pueblo donde vendía quesos, cuajadas, todo producto de la leche de sus rebaños. Y así con trabajo y paciencia se convirtieron en personas acaudaladas, el dinero se acostumbró a ellos y acudía a sus bolsillos cada vez más fácilmente. Horacio era y no era feliz, sentía aquel amargor en el fondo de su corazón que parecía no diluirse nunca. Así y todo a menudo daba gracias a su suerte.

Esperando a que llegara el buen tiempo, un día sintió que la vieja nostalgia de antaño le asaltaba continuamente. Olía los viejos aromas de la madera ardiendo en los hogares de su pueblo y veía ojos oscuros y cabellos negros y rizados en todas las mujeres que se cruzaban en su camino. Tenía ganas de algo, se moría por ese algo y no sabía qué era. Empezó a languidecer, no prestaba atención a las cosas y Marga empezó a hablarle de médicos y vitaminas. Una mañana, mientras desayunaban en la cocina, él le propuso viajar a su país y tomarse unos días de vacaciones. «Te gustará, ya lo verás» Le dijo persuasivo. Ella lo pensó un poco y como era práctica, afirmó que los dos no podían irse a la vez ya que alguno debía cuidar sus negocios. Y Horacio se fue a la ciudad, tomó un avión y se presentó en su pueblo.

Su llegada causó expectación entre sus paisanos. Pronto empezaron a correr rumores de que había ganado buenos dineros por aquellas tierras lejanas. Su madre estuvo llorando cuatro días seguidos, le besaba y abrazaba cada diez minutos como si quisiera apresarlo para que no volviera a desaparecer de nuevo. Su padre le miraba en silencio. También le dijo que Enriqueta llevaba un tiempo en el pueblo.

Una tarde, paseando por la chopera, se encontraron sin previo aviso. Se miraron, incrédulos de verse y luego, como si el tiempo no hubiera pasado, se abrazaron largamente, en silencio.
Volvieron a mirarse a los ojos por ver si reconocían el viejo brillo y luego se sentaron a la sombra del árbol donde tantas veces se habían besado. Hablaron de sus vidas. Ella había enviudado hacia un año más o menos y no tenía hijos. Estaba liquidando los bienes de su padre el boticario. Había trabajado de profesora de idiomas en París, hasta que conoció a su marido, que era italiano y la llevó a vivir a Siena. Compraron una casita antigua en medio del campo en los alrededores de la ciudad y habían sido felices hasta que a él le dio un infarto. Tenían una tienda de regalos para turistas que funcionaba muy bien. Pronto volvería allí.

Aquella noche Horacio no pudo dormir. Su corazón había pasado del punto final al punto y coma y estaba confundido. Podría convertir en realidad el sueño de su vida, ahora. Esa idea le hacía temblar de pies a cabeza. Allí, en ese momento, su hijo, el rancho, los negocios y Marga permanecían envueltos en una densa niebla de olvido.

Cuando, con el corazón en la mano, temblando como un chiquillo, habló con Enriqueta, esta le miró asustada. Encontró la idea descabellada y le aseguro que aún no había olvidado a su marido.

Decepcionado, sintiéndose estúpido, Horacio volvió a la realidad. Se despidió de sus padres y voló a Paris y Colonia. Recorrió Europa y acabó su viaje en Italia. Se sentía perdido. Trató de olvidar la tormenta interior que sentía con alguna mujer fácil de conquistar, pero resultaba amargo después. Sentado en medio de la gente en las terrazas de los cafés, o en el bullicio de las ciudades, en todo momento sus pensamientos daban vueltas en su cabeza luchando por definirse, por aclararle qué era lo que deseaba realmente.

Se había confundido una vez, había dirigido sus pasos en la dirección equivocada. Había cruzado el océano cuando en realidad su destino estaba en Paris. De nuevo se encontraba en una encrucijada.

Llegó a Italia en primavera. Recorrió Florencia emocionado por la grandiosidad de la ciudad. Cada rincón, el aroma y el sabor de las comidas se hicieron extraños para él. Observaba a otros que, solitarios como él mismo, iban y venían buscando algo.

Desde Roma bajó a Nápoles. Volvió de Capri emocionado por la belleza del azul intenso de las aguas del Mediterráneo. Esa noche durmió agitado, sintiendo que no quería seguir solo.

Por la mañana, después de un largo paseo, se sentó a contemplar el bullicio de aquella ciudad tan viva y entonces se fijó en los niños que jugaban en la calle. El corazón le dolía por la nostalgia, deseó tener de nuevo una criatura con la que jugar. Y entonces supo lo que tenía que hacer. Regresaría de nuevo a casa, pero ahora sería libre, sabiendo dónde estaba de verdad su lugar. Allí le estaban esperando. Y eso era una suerte. Por fin lo había comprendido.

concursoderelatos
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  • 1 de Julio de 2013 a las 19:00
YO, ESKANDAR E MAQDUNI


“Me leo escrito en la historia y unas veces río, otras lloro, las más, la sorpresa me abruma, pero nunca me invade la indiferencia”

“¡Alejandro sí. Tercero Argéadas, rey de Macedonia por heredad directa de Filipo y aun en contra de su voluntad; pero eso la historia lo oculta, o quizás lo desconoce; mejor, inmacular la cuna me engrandece aun mas”

“Hablan de mis maestros como posibles forjadores de mi personalidad. ¡Historiadores ciegos, miran sin saber qué ven! Leónidas I El Tétrico, de lamentables recuerdos. Lisímaco, o el buen Aquiles; este no estuvo mal, aunque para mis aspiraciones militares en poco me pudo ayudar”

“No fue así con Aristóteles, sabio donde los haya, frío e inteligente, savia de la que absorber conocimientos y fuerzas, que luego me dieron poder. Si, un buen maestro pero, el único que hizo nido en el fondo de mi ser fue el mas denostado, despreciado por las plumas de los que creen entender.  ¡Sí, ella, una princesa, épira entre macedonios, Olimpia, mi madre, una mujer! De ella recibí belleza, inteligencia y saber; la tierra fuerte y fructífera que los otros, los maestros, cultivaron buscando los frutos que me dieron el carácter, el poder, la gloria. En una palabra, el éxito”

“También escriben de mis debilidades, sexuales y ególatras. ¡Cuanta estupidez!. El bueno de Efestión, fiel donde jamás lo vierais, valiente, ágil y cruel; frío como su espada y amigo hasta la muerte. Homosexual me definen algunos, ambivalente los más y, los menos, heterosexual. Yo no puedo entender que personas tan estudiosas cometan un error tan cruel. Olvidan la Macedonia en la que nací, costumbres, ambientes y, sobre todo, olvidan que yo era el Rey, el General al mando, el Poder. Y como tal, no porque yo pensara que era superior a ellos, sino porque en un ejército de hombres, conviviendo siempre entre hombres, largas campañas aislados, el Poder no solo estaba por encima del ejército, tenía que demostrarlo y así tuve que hacerlo. ¿El sexo? ¡Ja, ja! Meses sin pensar en él. Era un simple complemento a una dura batalla, a una extensa jornada. ¡El sexo, qué estupidez! Preguntad a Eumenes, él me supo entender”

“¿Y la soberbia? Es cierto que nací bello, alto y fuerte como un dios pero, de ahí a pensarlo… ¡Estúpidos historiadores otra vez, como siempre, mirando sin ver! ¿Quién, en aquellas épocas, sometiendo las insurrecciones de Tracia, de Tesalia, de Tebas, de Atenas; en fin, de toda la Grecia, conquistando la Gran Persia, la fenicia, Tiro y al fin Egipto. Repito, ¿quién se podría resistir a convertirse en dios ante los mundanos ojos de vencedores y vencidos?

Los unos, los vencedores, porque necesitaban ver en mi al rey del éxito, algo divino, algo superior a lo humano; en ello basaba mi fuerza, mi poder. Los otros, los ya vencidos, los que otros conquistadores mataban, o menospreciaban, yo los unía a mis fuerzas, haciéndome cada vez mayor, mas temido, mas temible. ¿Para qué vale un hombre vencido y ultrajado? Pero si lo enalteces dándole confianza y poder, siempre será tu escudero, tu aliado; siempre te verá como a un ser superior y, esa superioridad yo tenía que demostrarla. ¿Siendo hijo de un dios? ¿Amón Ra, por qué no?”

“Pero no todo fueron prebendas, ni alegrías, ni festejos; también tuve que llorar y pasar amargos momentos de duda y debilidad. Nadie como yo sabe el dolor de tener que matar, buscando el valor en el vino, al mejor amigo que tuve, mi buen Negro, Clito, que jamás me falló. Pero allá en Persia, al aplicar la ley proskynesis, él no lo supo entender y, un rey, nunca hubiera permitido que uno de sus súbditos, por muy amigo que fuere, le faltase al respeto delante de los demás. Tuve que hacerlo y lo hice, ante todos, para demostrar al imperio que por encima de la amistad, del amor, de los sentimientos, está y estará el poder”

“Ya veis que injusta es la historia, haciendo de mí una leyenda, la personalización del éxito, cuando solo fui un hombre que luchó por un sueño, hacer un único imperio de mil ciudades estado que nunca llegarían a ser”
concursoderelatos
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 1 de Julio de 2013 a las 20:57

Un regalo especial

 

Jonás era muy hábil con materiales como la tela, el metal y la madera. Descendiente de una familia de artesanos judíos y siguiendo la tradición de sus antepasados elaboraba sencillos juguetes para sus hijos y sus hijas. Para el pequeño David pensó en algo especial, y por eso se acercó al mercadillo del pueblo, donde se vendía prácticamente de todo. Sobre una vieja mesa de madera, entre una gran variedad de restos de aparatos eléctricos y otros cachivaches encontró un pequeño objeto cilíndrico. Observó que podía abrirse y en su interior se veía un muelle y un eje con un cordel enrollado. Tirando del  cordel, que llevaba una anilla en su extremo, el eje giraba rápidamente y hacía que un pequeño disco rotase también. Y lo más curioso era que, al hacerlo, aquel aparatejo emitía una curiosa voz con cierto falsete:

“¡Hay una serpiente en mi bota!”.

Probó de nuevo a tirar de la anilla y la frase ahora fue distinta, pero en la misma voz:

“¡Eres mi ayudante favorito!”.

—¿Cuánto quieres por este chisme, hermano Salomón?

—¡Ah, hermano Jonás! Por ser para ti, te lo dejaré en diez pavos.

—Ufff, tres dólares son muchos por este cacharro, pero estoy dispuesto a dártelos, Salomón.

—Mira, Jonás. No quiero discutir. Dame cinco pavos y esta maravilla de la técnica será tuya.

—Cuatro.

—¡Vale, vale! Aquí está. Vengan los cuatro dólares. ¿Quieres algo más?

—De momento no, Salomón. Voy a dar una vuelta por el mercadillo.

 

 

Aquella noche Jonás, después de cenar, se dirigió a su taller pues quería construir un regalo muy especial para su hijo pequeño. Para ello había preparado algunos retales de tela de varios colores, algunos trozos sobrantes de cuero y de piel, alambres,  cordeles, pinturas, y algunas otras cosas.

Modeló un cilindro de estopa y lo rodeó con tela amarilla con franjas rojas. Puso dos botones blancos delante y cosió con cuidado unos cilindros de tela más delgados, de modo que formó algo como un torso con dos brazos alargados.

Continuó rellenando con estopa, cosiendo con cuidado. Cerró todo por la parte inferior con tela de color azul, con la que hizo unas prolongaciones a modo de piernas, que también rellenó.

Rebuscó en un cajón donde guardaba restos de viejos juguetes y otros cacharros y encontró dos pequeñas manos de cerámica que colocó en los extremos de los brazos.

Luego trabajó con cuidado las pieles. Con habilidad preparó unas pequeñas botas, a las que puso como adorno unas espuelas hechas de alambre. Con otro trozo de piel diseño un sombrero de ala ancha que adornó con una cinta de tela obscura.

Recortó un trozo de piel blanca con manchas negras y cosió todos sus bordes. Dejó un par de agujeros laterales y vio que aquello encajaba perfectamente como un chaleco.

Siguió trabajando la piel y con otro trozo pequeño hizo una diminuta canana, con su correspondiente cinturón, en el que colocó una chapita metálica dorada, pequeña pero resultona.

Jonás contempló con satisfacción su trabajo. Tenía en las manos un larguirucho y desmadejado cowboy, en cuyo interior había colocado el artilugio que compró en el mercadillo, de manera que el cordel con la anilla de madera salía por detrás, a través de un orificio en el chaleco. Sólo faltaba ponerle una cabeza a juego. Había preparado una con arcilla. Le pintó la piel, el cabello marrón oscuro con un par de patillas, las cejas, y unos ojos grandes y saltones. Colocó la cabeza con su sombrero en el juguete, cosió la tela alrededor del cuello para que quedase bien unida y lo tomó en su mano izquierda. Con la derecha agarró la anilla de madera y estiró del cordel. La familiar voz se dejo oír de nuevo: “Alguien ha envenenado el abrevadero.”

Muy cansado pero orgulloso por su trabajo, se acostó cuidando de no despertar a Rebeca, su esposa. Antes, al pasar frente a la habitación de los niños había abierto ligeramente la puerta y había visto al pequeño David profundamente dormido. Y al imaginar a su hijo abrazando a su nuevo cowboy la cara de Jonás se iluminó con una sonrisa.

 

 

El nuevo juguete le encantó a David. El niño, de siete años, abrió unos ojos como platos cuando oyó al delgado cowboy decirle: “¡Eres mi ayudante favorito!”.

—¡Es guay, papá! ¡Gracias! ¿Cómo se llama?

—Aun no tiene nombre. Puedes ponérselo tu mismo.

—¡Ya sé como se llamará! ¡Woody! ¡Qué tal, Woody?

”¡Hay una serpiente en mi bota!”

—¡Genial! No te preocupes, las serpientes del pueblo son pequeñitas y no hacen daño.

 

 

A la hora de la cena David estaba radiante, con su nuevo amigo sentado en la mesa frente a él, apoyado en una botella. Rebeca, su madre, había permitido que lo pusiese allí por ser el día de su cumpleaños.

—Jonás, cariño. Tienes una gracia especial para hacer juguetes. Podrías haberte dedicado a ello, en serio. Un muñeco como este bien podría venderse en una tienda de juguetes en el barrio moderno de Des Moines.

—¿Bromeas, esposa mía? Tiene la gracia de estar hecho a mano, pero no tendría la menor posibilidad si lo comparásemos con esos modernos juguetes que venden en la ciudad. No creo que nadie lo comprase.

—Estoy segura que un pequeño vaquero como este podría tener éxito entre los niños. Después de todo Nevada en un estado en el que muchos todavía viven del ganado. Un cowboy sería algo muy apropiado para sus hijos.

—Yo creo que preferirían un astronauta o un marine. O un agente secreto.

 

 

Pocos días más tarde Jonás regresaba del campo en el carromato y vio al pequeño David sentado en la barra del abrevadero, conversando con un hombre, junto a una gran limusina blanca que había aparcado frente a la casa.

Jonás bajó del carro y vio que su pequeño le estaba enseñando al forastero el modo de hacer que su muñeco hablase. Y aquel hombre miraba al muñeco entusiasmado.

—¿Y dices que lo ha hecho tu padre?

—Sí, señor... miré, ahí llega. Ese es mi padre.

El forastero, un hombre alto y corpulento elegantemente vestido, con aire campechano, le tendió la mano y con una simpática sonrisa le saludó.

—Buenas tardes, caballero. Permita que me presente, soy John Lasseter, y trabajo para Pixar, una compañía de la industria del cine.

—Buenas tardes, señor Lasseter. Jonás Levison, para servirle a usted.

—Me ha comentado su hijo que este precioso juguete lo ha fabricado usted...

—Sí, señor. La semana pasada cumplió siete años y quise hacerle un buen regalo.

—Ya lo creo que lo es. Mire, Íbamos camino de Des  Moines y vi a su hijo jugando con su cowboy. Y quise verlo de cerca. ¡Es extraordinario! ¡Ese pequeño cowboy podría dar mucho juego!

—¿Usted cree?

—¡Ya lo creo! Amigo, voy a confesarle una cosa. Estamos trabajando en un proyecto formidable, una película de animación hecha por completo por ordenador. Tenemos la intención que sea una historia de juguetes, juguetes que cobran vida. Yo andaba dándole vueltas a cómo podría ser el juguete protagonista, cuando he visto a su hijo con ese pequeño vaquero. Señor Levison, quiero pedirle un favor. Creo que este juguete, tal y como usted lo ha diseñado, podría tener un éxito increíble en nuestro filme. Si usted me autoriza a utilizarlo, le pagaré muy bien.

—Si a usted le puede ser útil el muñeco... pero mi hijo se ha encariñado con él y no quisiera...

—No es necesario que dejemos a su hijo sin su amiguito. — el forastero abrió la puerta de la limusina y por ella salió un joven con una cámara colgada del hombro. En pocos minutos el forastero y el joven tomaron numerosas fotografías del muñeco y del niño. Y haciéndole tirar de la anilla, filmaron unos pequeños clips sonoros para grabar las sorprendentes frases que salían de su cuerpo de estopa.

—¡Muchísimas gracias, señor Levison! ¡Gracias David! Estoy seguro que tu pequeño amigo Woody se hará famoso y todos los niños de América querrán uno como él.

—¡Ojalá tenga usted razón, señor Lasseter! Pero creo que hoy en día los niños prefieren otros juguetes. Por ejemplo, un astronauta. Como los que llegaron a la Luna. Aquel que dio el primer saltito, y el otro... ¿cómo se llamaba el otro?

—Buzz Aldrin. — Apuntó el joven ayudante del señor Lasseter.

—¡Buzz Aldrin! – El señor Lasseter se frotó la barbilla pensativo —  Uhmmm... ¿Sabe? Puede que tenga razón. Tendremos un segundo protagonista. Podría ser un explorador del espacio. Y ese nombre me gusta. Buzz... ¡Buzz Lightyear! ¿Por qué no?

 

 

Tres años después, el 19 de noviembre de 1995, la película Toy Story tuvo su premiere oficial en Hollywood. Jonás y Rebeca, con sus cinco hijos, acudieron invitados por el señor Lasseter. El viaje desde su pequeña aldea, en Nevada, lo hicieron en una limusina blanca que Pixar puso a su disposición. Se albergaron en un hotel precioso en el que, admirados, no paraban de ver a personajes más o menos conocidos del mundo del cine.

            —¡Mirad, mirad! ¿Ese no es Tom Hanks?

            —Psssst… sí. Sabes, él le ha puesto la voz a Woody.

 

 

            Toy Story les gustó muchísimo a todos. David la vio con su pequeño Woody. El niño y el muñeco no apartaron su mirada de la pantalla ni un momento a lo largo de la hora y pico que duró la proyección. El pequeño sheriff había despertado la admiración de todos cuantos le veían, pues  había corrido la voz de que era el auténtico prototipo del protagonista del filme. Y David se sentía un poco apabullado al ser el centro de todas las miradas. Por ello sintió alivio cuando hicieron el equipaje y se prepararon para regresar a su aldea.

            El señor Lasseter acudió a despedirles al hotel. Saludó a todos y sacando algo de un bolsillo, se lo ofreció a Jonás.

            —Amigo Levison, aquí están las llaves. Y ahí fuera, frente al hotel, la tenéis aparcada.

            —¡Gracias, muchísimas gracias, señor Lasseter! Vamos, hijos. Ven, rebeca. El viaje de vuelta no lo vamos a hacer en limusina. ¡Lo haremos en esta preciosa pickup!

            —¡Guay, papá! ¿Es nuestra?

            —Pues claro que lo es. Podríamos decir que Woody nos la ha regalado.

            —¡Gracias Woody!

            Eres mi ayudante favorito!"

concursoderelatos
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 4 de Julio de 2013 a las 0:57
Recordando a Daniela

Salgo a la terraza como tantas veces últimamente. Me asomo a la barandilla y aspiro y espiro el aire nocturno como un adicto al tabaco el humo de su primer cigarro del día.

Me siento tremendamente solo, vacío. Oteo el horizonte luminoso de la ciudad más lujosa del mundo desde mi mansión, en mi trocito de montaña, rodeado por todo lo que cualquier hombre mataría por conseguir.

Sin embargo, mis únicos momentos de paz son aquí, en mi terraza, dejando volar mi imaginación hasta tiempos en los que mi mundo era un lugar con metas, con sentido.

Recuerdo a Daniela. Dejo que los ojos de mi mente se sumerjan en sus cabellos rubios, sus ojos verdes, su sonrisa luminosa. Me dejo embriagar por su inocencia pícara mientras vuelvo a aquellos días en que el Sol brillaba con más fuerza.

Ella quince. Yo dieciocho. Todavía me quedaban un par de años para ser alguien.
Recuerdo momentos inolvidables, como aquella vez en el granero de mi difunto abuelo. Las risitas, los suspiros, los miedos, la ropa tirada entre la paja. Los jadeos, los gemidos, la pequeña mancha de sangre blanquecina tintando el suelo que tanto nos costó limpiar.

Recuerdo ante todo su forma de mirarme. Su mirada líquida, sincera, transparente, en la que podía perderme y sentirme seguro. También su forma de cogerme la mano. Recuerdo nuestros escasos momentos de intimidad, en los que me invadía la lujuria y sus castos titubeos de disconformidad se transformaban en gemidos de éxtasis como el hielo en vapor ante la proximidad del fuego.

Y es que yo tenía fuego en mi interior.

Daniela vino a mí como una preciosa mariposa que descubre por casualidad una pequeña y triste flor tapada por las de más bellos y alegres colores. Como una gata traviesa y juguetona, su curiosidad la llevó a conocer a alguien en quien nadie solía reparar, y yo la cogí de la mano y le hice conocer la felicidad.

Oh, Daniela. Qué poco valoré tu amor sincero, tu sencillez, la admiración que me profesabas. Qué poco me importaron tus lágrimas cuando supiste que me iba a ir para siempre en pos de un glorioso destino. Cómo pensé, necio de mí, en que tú no estabas a mi altura, en que mi brillante carrera me auguraría por fin una vida en la que comprometerme con una sola mujer corriente sería una decisión vana y estúpida.

Pasaron los años, mi esfuerzo y mi talento me llevaron a ser uno de los más grandes millonarios del mundo y mi posición me permitió, efectivamente, estar con más mujeres de las que podía contar.

Pero la desidia me alcanzó a velocidad de vértigo. El lujo se volvió rutina. Mi fuego ya no servía para nada y poco a poco se apagó, sumiendo mi vida en una perpetua inercia repleta de opulencia y oscuridad.

Mi mujer entra en la terraza, se acerca a mí y me abraza por la espalda, haciéndome volver de nuevo al presente. Me entra un escalofrío, y quizás ella piense que es por la calidez que me inspira. Pero en realidad, por un instante mi mente divagante no reconoció en su tacto a la que era mi sexta esposa hasta la fecha, pues mi cabeza estaba muy lejos, más allá del aquí y el ahora, con mi primer amor.

Me giro y veo el rostro sonriente de mi mujer. Pero mi atención no puede desviarse de sus ojos, su mirada de cristal, opaca, esa que nunca he dejado de ver en todas las mujeres desde que decidí abandonar la mirada líquida y transparente de Daniela, la única que me había amado, emprendiendo mi camino hacia un éxito hueco.
concursoderelatos
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  • 4 de Julio de 2013 a las 15:44
Una llamada importante

Se excusó diciendo que tenía una llamada telefónica importante y así poder eludir al enésimo grupo de personas de la sala que quería felicitarle. Y no era para menos, pues había sido nombrado el fiscal del distrito más joven de la historia. Entró en su despacho cerrando la puerta tras él, se aflojó la corbata, dejó la copa de champán que tenía en la mano y se sirvió un dedo de whisky de su botella de emergencias; después lo pensó mejor y se sirvió otro. Como en una mala película, se arrepintió de haber dejado de fumar, pero era una de las pocas promesas hechas a su esposa que había conseguido cumplir y no podía romperla ahora.

El gran día había llegado, tras meses de arduo trabajo, sumados a los años preparándose en la Facultad de Derecho, al fin había conseguido su meta. Le había costado noches sin dormir, una úlcera de estómago por los litros de café (del malo) ingeridos; había encanecido prematuramente, aunque había ganado la batalla a la barriga cervecera y se conservaba bastante en forma; la lista de sacrificios parecía interminable, aunque afectaban más a su familia más cercana que a él, un adicto al trabajo: cenas frías, vacaciones pospuestas una y otra vez, días de playa bajo la sombrilla repasando informes... aun así, seguía siendo feliz en su matrimonio y, aunque habían tenido sus malos momentos, nunca se habían planteado seriamente el divorcio, cosa que no podía decir de la mayoría de sus amigos. Sus padres no cabían en sí de gozo, pues a base de mucho sacrificio habían podido darle unos estudios y ahora veían el fruto de su esfuerzo. 

Su paciencia y meticulosidad habían dado sus frutos y al fin había conseguido acabar con una de las familias del crimen organizado que gobernaban la ciudad a su antojo. Eran escurridizos y astutos, pero piedra a piedra, prueba a prueba había conseguido reunir evidencias suficientes como para tener un caso contra ellos y ganar. No era el primero que lo intentaba, pero parecía ser el primero y el único, en aprender de los errores del resto, en no dejar que se escaparan gracias a tecnicismos, pruebas nulas o cualquiera de las artimañas de las que se valían para eludir la cárcel. Gracias a él y a todo su equipo, como siempre recalcaba en las ruedas de prensa, podían disfrutar de una ciudad más segura y con seguridad, más próspera. El triunfo del bien contra el mal, como les gustaba señalar a aquellos tiburones de la prensa, que habrían disfrutado con su fracaso más que con su victoria.

Estaba abrumado, pues todo el mundo quería celebrarlo, felicitarle, darle una palmada en la espalda, recordarle cuánto confiaron en él. Por supuesto que había mucha gente con buenas intenciones que le felicitaban de corazón, pero uno no podía eludir a los parásitos y de hecho tenía que distinguirlos bien para poder alcanzar el puesto donde estaba. Querían una celebración por todo lo alto, cuando él sólo quería una comida casera caliente y dormir a pierna suelta, eso, y que la pila de papeles de su recién estrenado escritorio no fuese tan alta como él. Es curioso como los que deberían ser los grandes hitos en nuestra vida pasan si pena ni gloria y otros detalles sin importancia son los que nos marcan.

El teléfono sonó, una, dos veces. Descolgó al tercer tono.

- ¿Dígame?

- Sólo quería felicitarle, señor.

El fiscal tragó saliva antes de contestar.

- Le he dicho que no utilice esta línea para contactar conmigo.

- Lo sé, lo sé, tranquilo, pero no se preocupe, estoy utilizando una línea segura y ya sabe que, sin decir nombres, nuestra conversación no sirve de nada en un juicio.

- Muchas gracias por la felicitación, pero ahora mismo tengo una fiesta y debo atender a mis invitados, como usted comprenderá.

- Por supuesto, sólo quería, como ya he dicho, felicitarle y recordarle nuestro trato, yo le regalé un pavo por Navidad y espero que los niños pobres de la calle 49 tengan sus regalos, pues es muy triste una Navidad sin juguetes ¿no cree?

- Ya sabe que los tendrán, pierda cuidado con eso, ahora si me disculpa...

- Claro, claro, disfrute de su fiesta y recompense a quienes le han apoyado.


Colgó el teléfono con brusquedad, se acabó de un trago el whisky y recompuso su modesta sonrisa para volver a la fiesta.
concursoderelatos
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  • 4 de Julio de 2013 a las 22:24

concursoderelatos
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  • 4 de Julio de 2013 a las 22:30
La moto

Siempre he tenido problemas para relacionarme con la gente que me rodea; soy lento, tímido e introvertido. El intento de triunfar en cualquier actividad siempre me pareció que requería un esfuerzo excesivo. Mi madre hizo cuanto pudo por contagiarme su amor al dinero y a los negocios. “Vale más una onza de trato que una arroba de trabajo,” me decía, y yo me acordaba de un hermano suyo que se arruinó con los negocios y tuvo que ponerse a trabajar para pagar sus deudas.
 No obstante hubo una época en mi adolescencia, en la que perseguí afanosamente el éxito. Quería ganar el dinero suficiente para comprarme una moto. Por entonces yo estaba enamorado de mi prima Laura, que vivía a ocho kilómetros de mi pueblo y soñaba entrar a lomos de mi flamante montura, como un Quijote del siglo veinte, en el pueblo de mi Dulcinea, y pasar por su calle haciéndole sentir su potente rugido. Era consciente, sin embargo, de que mi capricho costaba una pequeña fortuna, que tardaría demasiado tiempo en poder reunir.

-Pues como no la robes –me dijo mi amigo Pedro.

-¿Te has vuelto loco?

-Hay una que puedes coger prestada, pero tendrías que devolverla antes de un mes.

-¿De que moto estás hablando?

-De la moto del hijo del barbero. Se ha ido con sus padres de vacaciones y la dejó en el cobertizo detrás de su casa.

-Sí, trabada con un candado.

-Ese candado lo abro yo con los ojos cerrados. ¿Quieres llevarla esta tarde?

-Hombre, por querer…

-¿A qué hora quedamos, a las seis?

-Vale.

 “Nunca hagas tratos con el diablo” decía mi madre y Pedro era el máximo representante del diablo en el barrio; pero yo en aquel momento estaba montado en una nube y no me daba cuenta de que estaba aceptando hacerme cómplice de un delito.
A medida que se acercaba el momento de acudir a la cita, empezaron a atacarme los nervios; primero fue el estómago y más tarde un temblor de piernas incontrolable. Cuando faltaban veinte minutos empezó a dolerme la barriga y cinco minutos antes de las seis me entró cagalera. A la hora en que debía de estar en el cobertizo del barbero para apropiarme de la moto, estaba sentado en el váter de mi casa.
A las seis y media reaccioné, convencido de que Pedro se habría ido a casa, cansado de esperarme y que la moto seguiría allí donde su amo la había dejado. Entonces decidí acercarme a pie al pueblo de mi prima; total sólo eran ocho kilómetros.
Llegué a las ocho de la tarde. Laura no estaba paseando con sus amigas. Una de ellas, llamada Lucía, se me acercó y me dijo:

-Si buscas a Laura, no está. Se ha ido con tu amigo Pedro en la moto.

-¿En la moto? ¿A dónde? –pregunté estúpidamente.

-Yo qué sé. Se fueron carretera abajo, supongo que al viejo molino a darse el lote. 

concursoderelatos
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  • 4 de Julio de 2013 a las 23:10
El éxito de una madre

Sofía Neira aprendió de muy pequeña que el éxito no es algo que se pueda medir. No es una suma de logros, de tantos cómo nos sea posible conseguir.
lasacra1
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  • 4 de Julio de 2013 a las 23:11
Se acabó lo que se daba. Ahora os invito al salón del té para el seguimiento de las votaciones.
concursoderelatos
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  • 4 de Julio de 2013 a las 23:13

Sofía Neira aprendió de muy pequeña que el éxito no es algo que se pueda medir. No es una suma de logros, de tantos cómo nos sea posible conseguir.

 

Aprendió que el éxito no se busca, del mismo modo que tampoco se busca la felicidad. Ambos van unidos de la mano, paseando por la vida. No son un resultado. Ni tampoco un estallido efímero de la consecución.

 

Sofía también aprendió que lo más importante es conocer tu lugar en la vida. No en términos mundanos, por supuesto. Sofía pensaba que la vida es mucho más que clases sociales, estamentos, riquezas o la profesión que ejerzas. Porque cuando una persona entra en el rol de la costumbre, de lo establecido; pierde toda la capacidad de ver el mundo y la vida tal y cómo son, y a partir de entonces sólo puede ver a través del prisma de la costumbre.

 

Pero no fue hasta que tuvo a su primer y único hijo, Tristán, cuando entendió lo más importante en la vida: no hay que vivir con prisas, pues el éxito y la felicidad no lo hacen. Ellos son una pareja de enamorados, que pasean tranquilamente por el jardín de la vida. Si quieres encontrarlos, ve a su ritmo. No corras, tratando de triunfar en los negocios u otros asuntos materiales, porque te perderás. Pero tampoco te quedes siempre en el mismo lugar, aguardando el porvenir, porque lo único que conseguirás es anclarte a un sentimiento de falsa seguridad.

 

Y es así como se encontraba Sofía al nacer su hijo Tristán: aguardando, confinada en su reluciente fortaleza en la que creía que todo era seguro y nada la alteraría. Pero la vida se transforma; y con Tristán vinieron los primeros cambios.

 

No obstante, Sofía se supo adaptar a la situación. Como nunca antes lo hubo hecho, afrontó los inconvenientes de una nueva responsabilidad, de frente; y le dio a su hijo una infancia llena de atenciones. Le enseñó todo lo que sabía. Que la lectura es el alimento del alma, que la luz corre a trescientos mil kilómetros por hora, que los animales son nuestros prójimos, que cuando se sienta perdido mire siempre al cielo, pues la luz del firmamento es una ventana al pasado; y que hay que mirar todas las cosas, incluso las más pequeñas y las que parecen irrisorias, con respeto y sorpresa.

 

“Si pierdes la capacidad de sorprenderte”, le dijo una vez, “Ya nada en esta vida te enriquecerá. Tan sólo existirás”.

 

Y entre otras muchas cosas que le inculcó, supo guiarle por la vida para que se diese cuenta que las personas somos unos seres misteriosos, que formamos parte de un gran truco de magia. Y por mucho que nos estudiemos, nunca lograremos conocernos del todo.

 

“Por eso, vive”, le dijo, mirándole con unos ojos claros como el rocío matutino, “sigue tus principios; sin ellos no seríamos nada. Y canta, ríe, salta, lánzate y escucha tu corazón latir. Porque la vida es una serie de actos teatrales. Y éstos no se pueden repetir”.

 

Así, gracias a la sabiduría de su madre, Tristán actuó por la vida con sinceridad. Respetando, admirando y sorprendiéndose a cada momento.

 

En el instituto hizo muchos amigos. Pero de entre todas las personas a su alrededor, hubo un chico con el que conectó de una forma especial. Su nombre era Héctor, y su pasión, la filosofía.

 

Pasaban muchos ratos juntos, siempre y cuando sus padres se lo permitían. Hablaban de la vida, de la muerte, de la naturaleza y de Dios. Sin prejuicios. De las extrañas criaturas de las Islas Galápagos, de Shakespeare o de Bach; o de hasta qué altura sería la muralla que se podría construir rodeando toda Francia con las piedras de la Gran Pirámide de Keops.

 

Pero sobre todo hablaban de filosofía, de lo que podría haber más allá de las estrellas, incluso dentro de nuestro propio planeta. De los misterios de la vida, de los sueños de Spinozza o las dudas abismales de Kierkegaard.

 

Dejaban siempre la puerta de los sueños entreabierta, analizando casi de una forma freudiana, este mundo que les llenaba de fascinación. Pero del mismo modo que todo fluye y las corrientes empujan los sueños, sus puertas fueron cerradas de golpe. Los padres de Héctor censuraron este ficticio amor adolescente, esta farsa antinatural; y los separaron para que su hijo siguiera los preceptos a los que se debía.

 

Y así, separados repentinamente, como quién corta una rosa para hacer de ella un producto comercial, Héctor desapareció de la vida de Tristán, convirtiéndose en un abogado digno de la prestigiosa firma de su padre.

 

Tristán siguió su carrera de filósofo, e incluso escribió algunos libros. Pero como a Sócrates, a él le gustaba aprender de la vida con los demás. No obstante, nunca volvió a conocer a nadie tan especial como su primer amante. Amante de letras, amante de sueños.

 

Vivió de una manera humilde al lado de su madre, cuidando uno del otro, intentando seguir sorprendiéndose de la vida.

 

Pasaron los años, y aunque Tristán era feliz al lado de su madre, no podía evitar de pensar a menudo en las noches compartidas con Héctor. Sobre todo en esas noches claras de invierno en las que las estrellas tintinean en el techo del mundo como gigantescas lámparas.

 

Una noche, después de participar en un simposio de física, hastiado de tener que discutir siempre con mentes demasiado convencionales y sin imaginación; se fue a dar un paseo, intentando no pensar.

 

Esa noche, cuando creía que ya no se podría sorprender por nada; cuando pensaba que había dejado de vivir para sólo existir; algo retumbó en su alma al ver alguien reconocido mirando el cielo estrellado de esa fría noche de invierno.

 

Héctor se giró entonces, cómo sintiendo que debía hacerlo. Y entonces, los dos amigos que ya no creían en el destino, sintieron en sus corazones algo estallar y expandirse: el inicio de un nuevo acto en sus vidas. Y entonces entendieron que el destino, aunque no hubiesen creído en él, les estaba brindando una nueva oportunidad.

 

—Héctor —dijo Tristán.

 

Su amigo también pronunció suavemente el nombre de su amante.

 

—Nunca me hubiese pensado volverte a encontrar.

 

—Yo tampoco —susurró Héctor —creía que todo se había perdido.

 

El silencio invadió el lugar entonces. Tristán sentía latir muy fuerte su corazón, y recordó viejas palabras de su madre. Se acercó a Héctor, y se sentó a su lado.

 

Mirando las estrellas milenarias, los dos recordaron esos momentos que compartieron juntos, en los que las preocupaciones no existían, en los que todo eran juegos.

 

—Creía que te habías ido —dijo Héctor.

 

—Me fui. Viajé por Europa, el Viejo Continente. ¿Recuerdas nuestras viejas charlas?

 

—¿Que si las recuerdo?

 

—Incluso en Europa, en la cuna de nuestra civilización, no las podía olvidar, ni olvidarte a ti.

 

—Yo tampoco te he olvidado —musitó Héctor, tan suavemente que su amante tuvo que acercarse un poco para oírle.

 

Entonces sucedió.

 

Sin apenas haberse dado cuenta, sus dos manos ya estaban unidas. Sus dedos jugueteaban unos con otros, sus labios aspiraban el anhelo de un nuevo beso. Héctor inclinó la cabeza sobre el hombro de Tristán, sintiendo los brazos de su amante abrazarle, acariciándole la espalda.

 

A escasos centímetros de su oído, Tristán volvió a hablar:

 

—Escuché que te habías licenciado y que a la firma de tu padre le sonreía la fortuna. Supongo que te ha debido ir bien.

 

—Sí, supongo que me ha ido bien —dijo Héctor, dejando escapar un suspiro amargo.

 

—¿Supones?

 

—El dinero no lo es todo, Tristán.

 

—Ya lo sé eso, ¿A caso no recuerdas quién soy?

 

—Ah sí, es verdad —dijo Héctor, incorporándose —Tristán el filósofo, el héroe que ha trascendido lo material, el gran héroe al que nada le importa más que el amor.

 

Tristán rió.

 

—Veo que no has olvidado a Kant. 

 

—A quién no he podido olvidar es a ti. No sé ni a quién estoy parafraseando.

 

Los ojos de Héctor brillaron mientras pronunciaba esa palabra. Se humedecieron con la tristeza acumulada, y tuvo que bajar la cabeza y ocultar su rostro entre las manos.

 

—¿Qué te pasa, Héctor?

 

—Recuerdo todas las cosas que me decías cuando íbamos a nuestro banco. Que éramos libres y podíamos hacer lo que quisiéramos con nuestras vidas. Ya no es así, Tristán. Nunca he hecho lo que he querido con mi vida.

 

—Tranquilo, cariño —dijo Tristán, intentando consolarlo —si te has dado cuenta es porque aún eres el dueño de tu propia vida.

 

—Estoy casado y tengo dos hijos. Y no me hablo con mis padres. Me han utilizado toda la vida, ¿Sabes?

 

Tristán se quedó sin saber qué decir.

 

—¡Maricones de mierda! —estalló de pronto detrás de sus espaldas un grito que precedió risas, insultos y vejaciones.

 

Los golpes vinieron tan rápidos que antes siguiera de poder pensar, ya se despertaban en un hospital. Al lado de Tristán estaba su madre, cogiéndole de la mano y besándole. Con Héctor no había nadie.

 

—Madre, lo siento mucho. Me desvié al salir del simposio y…

 

—Lo sé cariño, lo sé, no pasa nada. Lo encontraste a él.

 

Los dos giraron la cabeza y miraron a Héctor.

 

Él no pudo sentir la misma complicidad, el mismo amor, la misma calidez. No se sintió reconfortado. Todo su cuerpo traspiraba dolor y tristeza.

 

—¿Qué te pasa cariño? —le preguntó Sofía.

 

—Veo un hijo y una madre, queriéndose. Veo amor, que es todo lo que anhelo.

 

Luego, para él todo se inundó de lágrimas.

 

—Oh, cielo… —musitó Sofía —pero tú también tienes una madre. Y un padre… Seguro que llegarán pronto.

 

Pero no vinieron. Quién llegó fue una mujer, que se aferró a los brazos de Héctor y le preguntaba qué había estado haciendo con ese extraño.

 

Héctor miraba a su esposa como quién ha tenido una decepción, y sonreía con unos labios torcidos.

 

En ese momento, Tristán se dio cuenta de su suerte, como nunca antes lo había hecho. Vio como su vida, en parte, si había sido de esa forma era gracias a su madre. Por sus lecciones, por su atención, por su amor. En realidad, ese logro; el logro de una vida sincera y de verdad, era enteramente de su madre.

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