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romi
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Los grandes misterios de la Alhambra

9 de Junio de 2013 a las 13:30

Bubok

LOS GRANDES MISTERIOS DE LA ALHAMBRA

 

               Los había guiado por veredas únicas, tapizadas de hierba y escoltadas de vegetación. A lo largo de varias horas y por eso, al llegar a la llanura del pequeño lago verde azul, les dijo:

- Es este el lugar ideal para un descanso. Soltad vuestras mochilas, acercaros a las aguas y lavaros las manos y la cara, bebed del manantial y tomad el sol recostados en la hierba.

Y uno de ellos le preguntó:

- ¿Vamos a montar las tiendas para quedarnos a dormir aquí esta noche?

- Yo voy a seguir caminando para explorar la ruta mientras vosotros recuperáis fuerzas y me esperáis. Cuando regrese, lo hablamos.

 

               El grupo estaba formado por doce “niños mágicos”, como él decía. Y decía esto porque todos ellos eran alegres, de caras sonrosadas, sonrisas limpias y miradas claras como los cielos de las montañas. Y entre todos, dos de las pequeñas, eran “hadas de luz”, según él, porque siempre estaban jugando con los demás, sonreían y compartían sus emociones llenas de gracia y nunca, nunca se enfadaban ni dejaban a nadie sin su ayuda. Pero la luz más hermosa que ellas irradiaban era la belleza que del corazón a todas horas les brotaba. Por eso, él los valoraba mucho y se sentía orgulloso de los silencios, colores, perfume y música de las montañas. Según pensaba, no existía en el mundo belleza más fina ni cielos más perfectos que el pequeño grupo de niños que esta mañana guiaba a las cumbres de las nieves y de las aguas claras.

 

               Les volvió a decir:

- No estéis inquietos ni temáis nada, volveré dentro de unas horas y compartiré con vosotros lo que encuentre al otro lado de esta montaña.

- Y tú vete tranquilo que nosotros confiamos en ti y aquí te esperamos.

Los despidió de nuevo, buscó el caminillo, subió despacio pero sin perder el ritmo, parando de vez en cuando para observar el valle donde los niños se habían quedado y para descubrir la Alhambra y Granada, al fondo y a lo lejos. Llegó a la cumbre hora y media más tarde. Poco a poco fue coronando y descubriendo el paisaje por entre las ramas de unos árboles, al tiempo que hasta sus oídos llegaba el rumor de las aguas.

 

               Superó los últimos árboles y ante él apareció el gran escenario. Al fondo, una cuerda de montañas nevadas y desde ellas, cayendo por las laderas chorros de agua blanca. A los pies de estas montañas, un ancho y largo valle salpicado de lagos azules y mucha hierba y en los bordes de estos lagos, los manantiales brotando como del corazón de la tierra. Y más cerca de él, los verdes y azules lagos, derramándose por entre florecillas, alfombras esmeraldas y hermosos encajes de espumas de cascadas. Miró sin pestañear durante un buen rato, luego sacó su cámara y comenzó a tomar fotos mientras se decía: “En cuanto regrese, se las enseñaré a ellos para que con sus ojos vean esta maravilla única”.

 

               Pasado un rato, volvió su cabeza y miró muy atento para el horizonte lejano. Sobre la colina y por entre algunas nieblas, descubrió la robusta figura de la Alhambra y absorto por la gran belleza que al norte le regalaban las montañas, en su corazón reflexionó: “La fina belleza de la Alhambra y los grandes misterios que todavía nadie conoce, está fundamentada sobre la belleza y misterio de estas montañas y estas aguas. Lo que sobre aquella colina se ve y muchos recorren y observan cada día, son muros, torres y unos trozos de historia pero la esencia, el paraíso, el alma de la Alhambra, está condesado en esto que a mis pies tengo”.

 

               Poco después, con su mochila en las espaldas, la cámara de fotos en la mano y el corazón henchido de gozo, descendía por la senda al encuentro de los niños que en el valle se habían quedado. Y mientras se iba acercando a ellos, también se susurraba: “Quiero compartir con todos ellos esto que acabo de ver para que un día conozcan la gran belleza del más hermoso de los sueños”.

 

 

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