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romi
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El administrador fantoche

16 de Junio de 2013 a las 13:25

Bubok

EL ADMINISTRADOR FANTOCHE

Los cuadernos del sabio-II

                                                                                                                                                                                         Hay personas que,

                                                                                                                                                                        para sentirse algo en la vida,

                                                                                                                                                                        necesitan crear enemigos

 

               Sentado en el muro del puente del Aljibillo, el sabio escribía. En un pequeño cuadernillo de papel blanco que había dividido en varios apartados. En uno de estos apartados, había puesto: “Personas buenas que nunca han hecho daño a nadie”. Debajo de este título, aclaraba: “Estas personas siempre serán felices en este mundo y en el que sueñan encontrar el día que mueran”. En otro apartado había escrito el siguiente título: “Personas malas que humillan y limitan imponiéndose a los demás”. Y también debajo de este encabezado, había desarrollado la siguiente reflexión: “Estas personas nunca serán felices en esta vida ni encontrarán paz después de su muerte. No son bendecidas por Dios aunque en el fondo lo deseen ni tampoco tendrán un paraíso bello el día que para siempre mueran. Mo siquiera en este mundo, serán capaces de sentir la belleza y armonía de las cosas. Y aunque se sientan atraídas por la luz y misterios de la naturaleza, la naturaleza nunca les regalará con el conocimiento de sus grandes verdades”.

 

               En el siguiente apartado, el sabio había hecho un sencillo dibujo en su cuaderno. Unas líneas que describían el curso de un río que se abría como en abanico en las partes altas. Como si miles de arroyuelos vinieran desde todas las direcciones para irse encontrando poco a poco hasta formar la gruesa línea central, el cauce del río principal. Al final de esta hoja en el pequeño cuadernillo, el sabio había escrito: “Como este río y los mil arroyuelos que lo alimentan y dan forma, son las obras, sueños y riquezas de las personas buenas. Se abren desde la tierra como hacia el centro del cielo en el que creen y suben y llevan consigo transparencia, armonía y belleza”.

 

               Y estaba el sabio tan emocionado en las reflexiones que escribía en su cuadernillo de hojas blancas, que ni siquiera se dio cuenta del hombre que se acercó. Muy mayor, algo encorvado y con una sonrisa muy bella. Se puso al lado del sabio, lo saludó, le pidió permiso para sentarse en el mismo muro del puente y luego, al mirar al cuadernillo del sabio y ver el original dibujo del río, le preguntó:

- ¿En algunas de estos tres capítulos que en tu libro tienes escritos encajan las dos Alhambras?

Miró el sabio al hombre y, después de unos segundos, le preguntó:

- ¿De qué dos Alhambras hablas?

- En realidad son tres: la Alhambra del corazón y alma blanca, la del corazón y alma negra y la otra.

- ¿Cuál es la otra?

- La del administrador idiota, engreído y adulador que le amargó la vida a la princesa y al hombre artesano. ¿No conoces tú esa historia?

- De la Alhambra, las personas que la han construido, vivieron y viven en ella, conozco muchas cosas pero lo del corazón negro y alma blanca y el administrador fantoche, nunca oí nada.

- ¿Si te hablo de ello podrás luego poner correctamente estas realidades en algunos de los tres capítulos de tu cuaderno?

- Seguro que podré. Háblame primero del administrador malo. Las historias de estas personas siempre son de risa y hasta dan pena pero ilustran mucho.

 

               Y el hombre encorvado dijo al sabio:

- Uno de los reyes de la Alhambra, tenía una hija. La quería mucho y como la princesa era muy amante de los libros, el padre ordenó que se pusiera en marcha un pequeño taller de encuadernación. Le dijo a la hija:

- Para que, todos aquellos libros que a ti te gusten y quieras conservarlos de una manera especial, en este taller se puedan encuadernar y restaurar.

Y la princesa preguntó al rey:

- ¿Y podré yo buscar y encargarme de las personas que hagan el trabajo en este taller?

- Puedes hacerlo

Agradeció la princesa al padre los detalles que tenía con ella y aquel mismo día se fue a la Medina. Saludó y habló con casi todos los artesanos que en esta ciudadela vivían y al final, se presentó ante un hombre mayor. Lo saludó y le dijo:

- Todos me hablan bien de ti.

- ¿Y qué te dicen de mí, princesa?

- Que eres un hombre bueno, inteligente y un gran artesano.

- Me alegra mucho oír tus palabras pero sí es cierto que nunca en mi vida robé ni humillé a nadie intencionadamente. Los trabajos que me encargaron los hice con amor y fui siempre enemigo de los que adulan a los poderosos y humillan a los pobres.

 

               Y la princesa, admirada de las bonitas palabras que salían de la boca del anciano, le preguntó:

- ¿Tú quieres hacerme un gran favor?

- Lo que me pidas, eso haré yo por ti y hasta donde tenga fuerzas. ¿Qué quieres de mí?

- Soy amante de los libros y mi padre me ha regalado un pequeño trabajo de encuadernación. ¿Quieres tú trabajar en este sitio, encuadernando y restaurando libros para mí?

- Quiero, princesa.

- Pues desde ahora mismo te nombro responsable del taller que te he dicho.

Y aquel mismo día, el hombre se instaló en el taller que el rey le había regalado a la princesa. Ésta lo acompañó durante unas horas y luego le dio varios libros muy hermosos que ella poseía. Le dijo:

- Algunos de estos libros son verdaderas joyas que me han ido regalando mis amigos. De poesías, varios de ellos, de relatos e historias, otros y, bastantes de ellos, de cosas de animales y naturaleza. Estos últimos son los que más me gustan y por eso, no solo los leo y mimo todo lo que puedo sino que hasta los estoy ilustrando poco a poco. Fíjate en esto.

Y la princesa le mostró algunas de las ilustraciones que entre las páginas de los libros tenía guardadas. Echas todas en blanco y negro y con trozos de líneas muy finas y elegantes.

 

               Observó el hombre muy despacio lo que la princesa le mostraba y luego, pasado un rato y por completo impresionado por lo que veía, dijo:

- Princesa, tu corazón está lleno de belleza y sentimientos hermosos y tu mente y alma, poseen la mayor bendición del cielo. Me alegro que sepas plasmar en el papel lo que ves cada día y sientes en cada momento.

- ¿Quieres decir que te gustan las cosas que dibujo?

- Me gustan mucho, princesa y te agradezco que me hayas elegido a mí y ahora compartas conmigo lo mejor de lo que en ti hay.

Y la princesa, más que contenta por las palabras que seguía oyendo del hombre que había traído a su taller de artesanía, le dijo:

- Pues lo que deseo es que es que estos libros, las poesías que escribo y los dibujos que hago, tú los adornes con la mejor decoración que nunca haya existido. ¿Podrás hacerlo?

- Claro que sí.

 

               Ayudó ella durante un buen rato al hombre en las cosas que empezó a preparar y como enseguida comprobó que necesitaba algunos instrumentos y material para realizar el trabajo que le estaba pidiendo, la princesa dijo al artesano:

- También y desde este momento, tú mismo te encargas de buscar, pedir y comprar todas aquellas cosas que necesites en este taller y que sean necesarias para hacer bien el trabajo que te pido.

Y el artesano le dijo:

- Princesa, lo primero que necesito es un pequeño telar para coser los libros que sean necesarios. Necesito hilos y cuerdas, pegamento, pieles, papel de colores y calidades distintas y también pinceles y algunos instrumentos.

- ¿Y a dónde podemos ir a por todo eso?

- Si tú me das permiso, yo me encargo de ello. Sé quien nos puede servir y, además, conozco la calidad de las cosas y la nobleza de las personas.

- Pues tienes mi permiso. Y lo que cuesten estos productos, tú no te preocupes. Que pasen los gastos a mi padre el rey para que él lo pague todo. Tengo permiso para ello.

 

               Al caer la noche, aquel mismo día, el artesano habló con varias personas conocidas y les pidió que les trajera las cosas que necesitaba en el taller. Y al día siguiente llegaron al taller varias personas con mucho y variado material que el hombre necesitaba. Compró él de todo un poco y luego mandó a los vendedores al rey para que le abonaran el importe de los productos. En los palacios, como el rey había ordenado que se pagara puntualmente todo lo que en el taller de la princesa se comprara, pagaron a los vendedores las facturas que estos presentaron firmadas por el maestro artesano. Y aquel mismo día, al siguiente y al otro, en el taller, el hombre restauró, cosió y luego encuadernó con toda pulcritud y cariño, todas las cosas que la princesa le dejaba. Y ésta, como le gustó tanto el bonito y delicado trabajo que el artesano hizo en su colección de libros, le dijo:

- Si necesita un ayudante, solo tienes que decírmelo.

- Lo necesito no solo para que aprenda el oficio sino también para que haga las cosas más elementales mientras yo me concentro en las partes más delicadas de restauración y encuadernación.

- Pues mañana mismo hablo con mi padre y arreglamos esto.

 

               Habló la princesa con su padre de este asunto y dio la casualidad que la noticia llegó a oídos de un hombre mayor que siempre andaba por los palacios haciendo cosas insignificantes. Nadie en la corte lo apreciaba por su escasa inteligencia, sus artimañas de manipulador y la capacidad que tenía de controlar a todos lo que se movía a su lado. Se acercó este hombre al rey y le dijo:

- Majestad, yo puedo trabajar en el taller de encuadernación de la princesa.   

- ¿Sabes tú de este oficio algo?

- Nada sé pero lo aprenderé enseguida.

- Pues habla con la princesa y dile que vas de parte mía.

Habló este hombre con la princesa y lo primero que le dijo fue:

- Además de hacerte un trabajo precioso en todos los libros que me des, voy a horrarle mucho dinero a tu padre.

Confío la princesa en las palabras del hombre manipulador y al día siguiente, éste se presentó en el taller de artesanía. El maestro le encargó algunos trabajos menores y aquel día, al otro y en los que siguieron, las cosas fueron más o menos bien.

 

               Sin embargo, el hombre artesano de verdad, desde el primer día comprobó que el que había sido colocado en el taller como ayudante, se metía y entrometía en las cosas que no le competían. Continuamente le decía al artesano:

- Es que gastas mucho pegamento.

- Solo lo necesario para que los libros queden fuertes.

- Pero es que también gastas mucho hilo y mucho papel y, además ¿para qué compras tanta cantidad de esto y de aquello?

- Es justo el material que se necesita para realizar bien el trabajo que la princesa me encarga.

- Pues yo no estoy de acuerdo.

Y el buen artesano callaba por no discutir con el manipulador su tacaña visión pero en su interior, se empezó a sentir mal.

 

               Dejó que pasara el tiempo mientras cada día ponía todo su amor e interés en hacer bien las cosas que la princesa le encargaba. En su aposento, en una de las torres de la Alhambra, la princesa fue coleccionando libros y más libros, lujosamente encuadernados, tanto de poesía como de historia, relatos y otros temas. También de manuscritos que ella misma confeccionaba y por eso se sentía feliz y muy orgullosa de lo que en su palacio estaba acumulando. Con sus amigas comentaba estas cosas y el contenido de sus libros y les decía:

- Cada día me siento más llena por dentro y soy feliz pensando que esto que hago será, en el futuro, no solo una gran fuente de sabiduría sino un tesoro para el mundo entero. Me dará renombre a mí, a mi padre el rey y a la Alhambra.

- ¿Y tanto valor le das tú a los libros que coleccionas?

- Es que lo tienen y aun más. Para mí es como la realización de parte de mi sueño porque pienso que de este modo me expreso y dejo para la humanidad un legado muy valioso.

- ¿Y qué dicen de esta afición tuya tus amigos los príncipes?

- Algunos lo entienden y me apoyan y otros, no pero a mí me da igual. Yo soy sincera conmigo misma y, como tengo el apoyo de mis padres, mi corazón es feliz y me siento muy satisfecha.

 

               Quizá por esto y porque también en el fondo le gustaba la compañía del artesano del taller, en este lugar se pasaba horas y horas todos los días. Le ayudaba al hombre en el trabajo tan bonito que cada día hacía y también trataba con respeto al ayudante manipulador. Éste, un día y otro, la llamaba aparte y le decía:

- Princesa, que este hombre mayor que tú llamas maestro, no es tan artista ni mucho menos bueno.

- ¿En qué te basas para pensar eso?

- Gasta pegamento, papel y pinceles sin control y, en algunos momentos, hasta lo he visto llevarse cosas a su casa.

- ¿Estás seguro de lo que dices?

- Y tan seguro. Es feo, muy feo por dentro y por eso yo quisiera que él no fuera el encargado de pedir y comprar las cosas que en este taller hacen falta. Es un inconsciente derrochador.

La princesa guardó silencio y no dijo nada a su amigo artesano.

 

               Pero unos días después, vio ella al ayudante manipulador hablando con el administrador. Aquella misma tarde el administrador se presentó en el taller y dijo al jefe artesano:

- De parte del rey, tenemos que hacer un inventario en este taller.

- Yo en eso no me meto. Si el rey lo ha ordenado, usted haga su trabajo.

- Y también de parte de la princesa, desde ahora mismo, lo que se necesite en este taller, lo pido yo. 

- Pues lo mismo le digo.

Y como en ese momento el hombre manipulador estaba allí y vio y oyó todo lo que se decía, en su corazón se alegraba que las cosas comenzarán a encauzarse según sus puntos de vista.

 

               Tres días más tarde, la princesa una mañana se presentó en el taller y dijo a su amigo el artesano:

- Mi padre me ha dicho que quiere llevar él las cuentas personalmente de lo que se hace, compra y gasta en este taller.

- ¿Y por qué te ha dicho tu padre esto, princesa?

- No se fía de mí ni tampoco de ti y ha perdido interés en la colección de libros que yo estaba juntando en mis aposentos.

- ¡Cuánto lo siento!

Dijo sin más el hombre artesano. Y a partir de aquel día, la princesa ya no volvió más por el taller. El hombre manipulador sí hablaba con frecuencia con el administrador hasta que éste un día le dijo:

- Quiero que tú te encargues de los pedidos y lleves control de lo que entra y sale en ese taller.

- Gracias señor. Ya verá usted como todo cambia aquí para mejor.

 

               Y como a los pocos días el hombre artesano descubrió que no tenía ni el apoyo ni el respeto de la princesa ni del rey ni del administrador, se dijo: “Lo mejor es que yo desaparezca de aquí y para siempre”. Y a la mañana siguiente ya no apareció por el taller. Tampoco al otro día ni en los que siguieron. Triste se ponía a tomar el sol en la puerta de su casa en la Medina y no dejaba de pensar en la princesa. Un día, pasado el tiempo, ésta apreció por la Medina y al ver al viejo maestro, lo saludó y luego le preguntó:

- ¿No vas a volver más por el taller?

- Princesa ¿tú sigues entusiasmada con tu colección de libros bellos?

- Me gustaría pero como el administrador, por orden de mi padre el rey, no muestra interés ninguno en ayudarme, no quiero seguir en este empeño. Parece como si todos se hubieran confabulado para quitarme la ilusión que tenía cuando te conocí a ti y no lo entiendo. ¿Qué piensas tú que ha pasado?

- Yo lo tengo claro y si pudiera, hablaría con el administrador y le diría lo que en mi corazón siento y pienso de él.

- ¿Piensas de él que no es un hombre bueno?

 

               Y el viejo artesano guardó silencio. Lo comprendió la princesa y por eso nunca más volvió por la medina. Poco meses después, dejó de funcionar el taller de encuadernación y tres meses más tarde, el administrador pidió permiso al rey para vender y deshacerse de toda la colección de libros hermosos que la princesa había juntado en sus aposentos.

- Majestad, estos libros no sirven para nada y sí podemos obtener con ellos algunos dineros.

- Pues ordeno que así se haga aunque se enfade la princesa.

 

               Con estas palabras, el hombre encorvado que hablaba con el sabio del Puente del Aljibillo, concluyó su relato. Miró al sabio y después de unos segundos, le preguntó:

- ¿Encaja o no este relato en algunos de los capítulos del libro que escribes?

Y el sabio, sin pronunciar palabra ni mirar al que tenía a su lado, debajo del capítulo que decía: “Personas malas, no inteligentes y egoístas que humillan y limitan imponiéndose a los demás desde la soberbia y por la fuerza”, escribió: EL ADMINISTRADOR FANTOCHE.

 

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