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romi
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El valle de los reyes

27 de Junio de 2013 a las 10:07

Bubok

EL VALLE DE LOS REYES                    

Los cuadernos del sabio-V

 

               Una mañana de abril, después de muchos días de abundantes lluvias y enormes crecidas del río Darro, salió el sol. Brillante como nunca antes se había visto en Granada y por eso los paisajes se veían limpios y frescos. Las torres y murallas de la Alhambra, los árboles por las laderas, la hierba con sus florecillas junto al río y al borde de los caminos por donde la Fuente del Avellano y las cumbres de Sierra Nevada. Se anunciaba un mes de abril muy bello, preludio y pórtico de la primavera que llegaba.

 

               Por la orilla del río Darro, a la altura de lo que hoy es el Paseo de los Tristes y subiendo por la izquierda del cauce, se vio caminar al hombre encorvado. Solo y observando con interés todo cuanto a su paso iba encontrando. El vuelo de un mirlo, le sorprendió al pasar a solo unos metros por encima de su cabeza y entonces se paró y miró. Lo vio posarse en las ramas de un pequeño árbol casi en el mismo camino que las personas recorrerían al ir y venir por estos sitios. Y al mirar más despacio, descubrió que el mirlo traía comida a sus pajarillos. Estos, alzaban sus cabezas y abrían sus picos y en esos momentos los vio recortados sobre el azul del cielo y las torres de la Alhambra en lo más alto de la colina. Se dijo: “Solo hace unos días que la primavera ha llegado y solo también hace nada que las lluvias han parado y estas avecillas, ya tienen sus crías pidiendo comida. Lo que es la vida y lo que es la naturaleza, con sus pequeños y grandes misterios y sus inigualables pinceladas de belleza”.

 

               Y se dispuso seguir su paseo cuando, al mirar para el Puente del Aljibillo, lo vio sentado. Hoy no en el mismo muro de la calzada del puente sino en el muro que hay por delante del edificio conocido en estos tiempos como El Rey Chico. Desde aquí se veía claramente la aun turbia corriente del río y los árboles que por ahí, las crecidas de los días anteriores, habían dejado tumbados. Aligeró el paso, cruzó el puente, se acercó al viejo sabio, ahora ya amigo suyo y al llegar, lo saludó. Vio que tenía en sus manos un pequeño cuaderno con las hojas en blanco. Sin más rodeo le preguntó:

- ¿Si te explico las cosas, despacio y con detalles, serías capaz de dibujar un plano?

Lo miró pensativo el sabio y a su vez le preguntó:

- ¿A qué plano te refieres?

- A un secreto, grande y bello que también me gustaría contarte. Por eso, si dibujas el plano en esta primera hoja blanca de tu cuaderno y luego escribes el relato que da sentido al plano que te digo, ya verás como todo queda claro.

- Pues explícame las cosas despacio y con todos los detalles, que yo por mi parte voy a intentar hacer el dibujo del plano que me dices.

 

               El hombre amigo del sabio, se sentó junto a él y despacio comenzó a contarle las cosas. Escuchó un momento en sabio y luego se puso a dibujar en la hoja en blanco los detalles que el amigo le iba narrando. Retocó un poco por un lado y otro y, pasado media hora, un pequeño plano, muy sencillo, bonito y algo decorado, se vio dibujado en la primera hoja en blanco de su cuaderno. Al final el sabio preguntó al hombre encorvado:

- ¿Refleja con exactitud el terreno y los paisajes que tienes en tu mente?

- Lo refleja bastante bien pero con la narración del relato que ahora voy a contarte, todo va a quedar muy claro. Escribe en la parte de arriba y como título al plano EL VALLE DE LOS REYES y debajo y en las páginas que siguen, toma nota y escribe lo que te cuento ahora mismo.

Escribió el título el sabio y luego, continuó escribiendo la historia que el amigo le contaba. Pongo a continuación el relato que al final, quedó perfectamente escrito en el pequeño cuaderno del sabio:

 

               “Al levante de la Alhambra, en un paisajes que nadie conoce porque nadie ha visto nunca, se encuentra el misterioso y bellísimo Valle de los Reyes. Lugar que visitaban con frecuencia los reyes de la Alhambra y otros cortesanos. Y como el paisaje era tan bello, mucho tiempo atrás, aquí ordenaron construir no un palacio sino varios, rodeados de grandes jardines, muchas fuentes y acequias con abundantes aguas cristalinas. Pasado el tiempo, estos lugares tan bellos y repletos de vegetación, lo fueron usando como cementerio. Algo que solo algunos sabían porque al recinto del grandioso valle, no se podía llegar sino desde el lado del río grande. Subiendo desde Granada y la Alhambra hacia Sierra Nevada pero por caminos y lugares que hoy nadie saben.

 

               Y la última vez que los reyes y cortesanos llegaron y llenaron esta fantástico valle, fue un día de primavera recién comenzada. Desde la colina de la Alhambra, por una gran vereda ancha y en dirección contraria a como corren las aguas del río Genil, se vio subir al cortejo. Una gran fila de personas a caballo, en carruajes y andando, bajó primero a las tierras llanas del río. Tierras que estaban sembradas con muchos árboles frutales, llenos de flores algunos, aquella mañana y ya con hojas y pequeños frutos, otros. La gran comitiva surcó las tierras llanas junto al río y al remontar la pequeña loma, se encontraron frente a las hermosas construcciones de piedras, mármoles, jardines, fuentes y arroyos. El rey que iba al frente de la comitiva, se paró, miró a los que le acompañaban y les dijo:

- Este lugar ha sido, es y será siempre para nosotros, pórtico del paraíso que esperamos encontrar en el cielo. Que nadie nunca lo profane ni le dé otro uso que el que nosotros siempre hemos querido.

 

               Guardaron silencio todos los de la gran comitiva y unos minutos después, descendían por la pequeña ladera hacia el corazón del gran valle. Al llegar frente a los magníficos edificios de piedra y mármol, se pararon. Rezaron al cielo y algo después, dieron sepultura al que había sido príncipe entre ellos, hasta aquellos momentos. Todos rezaron un poco más, miraron al sol y a las cumbres de Sierra Nevada y algo más tarde, las nieblas cubrieron todos aquellos paisajes. Cuando al día siguiente volvió a salir el sol, nadie vio ni a la gran comitiva ni a los reyes ni a los magníficos edificios ni jardines ni fuentes de aquel valle. Nadie lo ha vuelto a ver nunca más ni nadie sabe hoy en día que existió este lugar, con todo lo que ya he dicho”.

 

               Con estas palabras, el hombre encorvado, concluyó el relato que contaba al sabio. Éste puso punto y final al escrito y luego alzó su cabeza, miró al amigo y le preguntó:

- Lo que me has contado es muy bonito pero ¿cómo puedo yo saber si esto es verdad o es algo que tú te has inventado?

- ¿Importa eso mucho para que lo dejes o no escrito en tus cuadernos?

- Desde luego que no importa nada. Es más: creo que debo dejarlo escrito y junto al plano dibujado. Porque también creo que en el fondo importa poco que “El Valle de los Reyes” en Granada, sea cierto o no. Tú me lo has contado, y yo lo he dejado recogido en mi cuaderno porque me parece bello y como reflejo de algo aun más bello y eterno.

                  

 

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