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romi
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Las niñas de las flores

11 de Julio de 2013 a las 10:18

Bubok

LAS NIÑAS DE LAS FLORES

 

               Ahora por ahí pasan a diario los turistas, algunos se paran a observar la calle, otros hacen fotos, miran a los mapas y luego siguen. Y como la calle es estrecha y acaba o empieza justo en la Carrera del Darro, a ellos les llama mucho la atención esta curiosidad, las macetas con flores que cuelgan en algunos balcones y la vista de la Torre de la Vela, en la colina de la Alhambra.

 

               Pero ninguno de estos turistas y ni siquiera las personas que ahora viven por este lugar del Albaicín, saben nada de ellas. Para indagar en las cosas y conocer su valor real, más de una tarde cuando he pasado por aquí, a las personas mayores les he preguntado:

- ¿Sabéis vosotros algo de aquellas dos niñas amantes de las flores?

Muy sorprendidos, siempre me han mirado y pasado un rato, me han preguntado:

- ¿A qué dos niñas te refieres?

- Dos pequeñas, muy amigas que vivieron por aquí hace muchos años y se les veía con frecuencia en esta calle con ramos de flores frescas y olorosas.

- Pues nunca nadie nos habló de estas niñas. Y ahora, fíjese usted: por estos lugares solo van y vienen turistas, hay gatos sucios y hambrientos en el río y muchos jóvenes con pelos largos, también van y viene con sus perros, sin ningún control. De ningún modo se parece hoy esto a la imagen que usted nos describe de esas dos niñas amigas amantes de las flores.

 

               También he preguntado a personas cultas y he investigado en libros y archivos y por ningún sitio hallé rastro de estas dos pequeñas. Pero, a pesar de lo dicho, si sé que ellas, cada mañana y en los días de primavera y verano, se ponían en la esquina de una de estas calles y a todo el que por aquí pasaba, le decían:

- Se vas al campo o a las huertas del río, cuando vuelvas, tráenos un ramico de flores. A ser posible, de las más olorosas y frescas que encuentres y de colores azules o violeta.

- Si puedo y me acuerdo, cumpliré con vuestro encargo pero no estoy seguro de ello. Sin embargo, una pregunta: ¿por qué las flores que pedís tienen que ser azules o violeta?

- El color del cielo o de los atardeceres mágicos, es el que más nos gusta. Es nuestro sueño.

Un hombre mayor que no vivía en el barrio y que aparecía de vez en cuando por el lugar, se acercaba a las niñas amigas, le ofrecía un ramito de flores pequeñas color violeta y muy olorosas y les decía:

- Que vuestras vidas sean siempre perfumadas como estas flores y que la historia os recuerde con el mismo aroma. Nada hay más hermoso en esta vida ni existe más valiosa empresa.

 

               Las dos niñas cogían el ramito de flores que el hombre les ofrecía y le preguntaban:

- ¿Cómo se llaman y de qué lugar las has cogido?

- Se llaman trozos de cielo y las he cogido de la estrella más brillante que hay en el paraíso de ese cielo.

Y la niña más pequeña, la que casi siempre tenía sus ropas sucias y rotas, le decía a la amiga:

- ¿Tú ves como en el cielo hay flores bellas y olorosas y de color azul violeta? Mi madre me lo dijo muchas veces y por eso ahora me envía desde allí estas flores, trozos de estrellas. Me sigue recordando de igual modo a cuando vivía a mi lado en esta tierra. 

Le daban las gracias al hombre mayor y le pedían que volviera al día siguiente con otro ramito de flores. Volvía el hombre de nuevo con flores frescas y olorosas hasta que un día de verano, ni las dos amigas aparecieron en la esquina de la calle ni el hombre mayor regresó con más florecillas azules violeta.

 

               Algunos vecinos dijeron:

- Ni ellas ni él vivían en este barrio sino que tenían por aquí su corazón y su sueño. Pero ahora que no están, todo por estos sitios es menos bello y ni siquiera el aire huele a incienso. Aunque en el fondo, sí al pasar por esta esquina, el alma parece impregnarse de un aroma indescriptible, como de azul cielo y brisa fresca. 

La niña casi desnuda y sucia, tenía su cara redonda, su pelo era negro, sus ojos muy brillantes y siempre sonreía. Su compañera era más pequeña y siempre estaba como refugiada en la ilusión y alegría que manaba de su amiga. Y hoy, cuando de aquello ha pasado tanto tiempo, cada tarde por aquí paso, miro a la Alhambra, oigo el rumor de las aguas del río Darro y observo a las personas y me digo: “Nuestros ojos no están preparados para verlas pero yo sé que aquí siguen con su sueño y, en sus manos, sostienen pequeños ramilletes de flores perfumadas, color azul violeta”. 

 

 

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