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romi
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La hermana, la cueva y el hijo

25 de Julio de 2013 a las 10:15

Bubok

LA HERMANA, LA CUEVA Y EL HIJO

 

               Muchos decían que su cueva estaba en el lugar más bonito del río Darro. Alzada sobre las aguas del cauce unos cien metros, tallada en la pura roca, con una plataforma en la puerta que le servía de pórtico y mirador hacia las aguas del río, el valle del cauce, a la izquierda y derecha y a la gran umbría y colina de la Alhambra. Su cueva estaba decorada a los lados, toda la ladera y desde el mismo río hasta lo más alto del cerro, con matas de retamas, espliegos, tomillos, romeros, espartos, cornicabras, algunas encinas centenarias, acebuches y varios almeces.

 

               Por eso su cueva, además de amplia, muy soleada todos los días del año, era como un hermosísimo palacio, frente a las cumbres blancas de Sierra Nevada y como colgada en el aire. Porque desde aquí se oía no solo el rumor de las aguas del río deslizándose o saltando por las cascadas sino también la sinfonía de los cientos de pajarillos que por entre la vegetación revoloteaban o iban y venían río arriba o aguas abajo. Varios charcos redondos, algo profundos y azules, se remansaban justo al frente y por debajo de su cueva, y que a ella, la hermana que era como los dos jóvenes la llamaban, le servían como de espejo. También para usarla como de piscina natural porque desde su cueva, de alguna manera mágica, se podía saltar y caer justo en el centro de los azules charcos que en el río se remansaban.

 

               Para llegar, entrar o salir de su cueva, solo se podía por una estrecha veredilla que arrancaba desde las mismas arenas del río y, trazando zigzags, recorría la pendiente de la inclinada ladera hasta encajarse en la misma puerta y sobre la sola de la roca. Una sendilla también muy bonita y original que los hermanos le habían hecho para que ella pudiera vivir en este tan bellísimo y a la vez extraño y solitario lugar no lejos de Granada y frente al sol de la mañana. Algunos árboles como encinas, acebuches y almeces, iban escoltando esta sendilla y a ella les servían como de hitos o barandillas para apoyarse o agarrarse y no caer al vacío cuando entraba o salía de su cueva.

 

               Al poco de morir los padres, cada uno de los hermanos intentó vivir a su manera aunque sin dejar de estar unidos y compartir casi todos los momentos de sus vidas. El mayor de los tres hermanos, vivía por debajo de la cueva y el más pequeño, casi en las partes altas del cerro. Por eso, a este hermano menor le gustaba mucho un recogido mirador que ofrecía la ladera justo por encima de la cueva de la hermana. Donde el terreno se transformaba en una pequeña plataforma, casi al borde el acantilado de la cueva y la vereda que subía desde el río. Desde esta plataforma, casi a la altura de las torres de la Alhambra pero en la ladera de enfrente y cara al sol de la mañana, el hermano vía claramente la cueva donde vivía la hermana. Y como, a pesar de las muchas limitaciones que había en la vida de los tres hermanos, unos a otros entre sí se apoyaban y querían, el hermano menor siempre estaba pendiente de su hermana.

 

               No podía hacer mucho por ella porque los tres eran muy pobres pero nunca la criticaban. Ni siquiera le retiró su cariño y apoyo el día que la hermana se quedó embarazada, nadie sabía de quién ni tampoco luego cuando nació su niño. Fue él el que le buscó la cueva al borde del río y le dijo:

- El cielo nos quitó a nuestros padres y ahora somos los más pobres de estos lugares pero esto no quita que entre nosotros nos ayudemos. Nuestra pobreza y desgracia no debe ser impedimento para querernos entre sí, ayudarnos y protegernos. Incluso hasta pienso que precisamente porque somos pobres y a nadie tenemos en esta vida, es bueno que estemos unidos y nos queramos entre sí. Nuestra pobreza nos empuja a unirnos.

Y la hermana, mujer muy sencilla, de buen corazón y con la autoestima muy baja, escuchaba con interés lo que el hermano menor le decía y se sentía reconfortada. Y más reconfortada aun por la cantidad de personas y veces que por el barrio y por Granada, la despreciaban.

 

               Nadie la quería y sí muchos, por detrás de ella y como en secreto, murmuraban:

- Ni siquiera se sabe quién es el padre del niño.

- Es una mujer mala que además de no respetar las leyes de nuestra religión, vive solitaria y como echándonos en cara que los malos somos nosotros.

- Aunque en el fondo yo creo que en algo tenéis razón, también pienso que esta mujer tiene buen corazón y respeta a Dios.

- No sé como piensas tú que respeta a Dios haciendo y viviendo de la manera que todos sabemos. En la vida, uno debe comportarse de otra manera a como lo hace esta mujer.

- ¿Pero vosotros no creéis que en la vida, también cada uno tiene derecho a ser y hacer lo que su corazón y conciencia le dicte?

- ¿Es que tú apruebas lo que hace y la manera de comportarse?

- Lo que yo no veo honesto es, erigirme en juez de nadie. Criticar a los demás, para muchos, es lo más fácil. Pero yo pienso que antes de comportarnos de este modo, todos deberíamos mirarnos a nosotros mismos y dar ejemplo con nuestra forma de comportarnos y nuestros hechos.

- Entonces, según tú ¿es hipócrita y un mal ejemplo decir a los demás cómo deben hacer las cosas y proceder en la vida?

- Ya os lo he dicho y es así como lo pienso: criticar a los demás, es lo más fácil. Y hasta creo que ya este hecho en sí, nos descalifica por ser poco inteligente y muy feo.

Y ellos, los que a escondidas criticaban a la hermana huérfana y entre sí discutían, cuando en sus conversaciones llegaban a estas reflexiones, unos callaban, otros se iban en silencio y algunos movían la cabeza, como gesto de aprobación o lo contrario.

 

               Y una hermosa mañana de primavera, después de varios días de lluvias continuas y densas, el sol apareció por entren las nubes, brillando con una luz muy limpia. No hacía frío ninguno y sí se veían, por las laderas de enfrente, muchas durillo con sus blancas flores abiertas. El río Darro, el que pasaba a los pies de la cueva de la hermana, bajaba repleto de aguas color naranja y en la laderas, a un lado y otro, corrían algunos arroyuelos. Bajó el hermano pequeño por la sendilla que descendía desde lo más alto del cerro y se fue derecho al recogido trozo que en forma de mirador se asomaba a la cueva de la hermana. Nada más llegar al sitio, se paró, se asomó al borde del pequeño acantilado con la intención de ver la cueva y comprobar si estaba la hermana y qué hacía y la vio. Salió en esos momentos de su cueva, con su niño en los brazos. Buscó la sendilla de la izquierda que, casi en forma de escalera, subía por el barranco hacia el mirador. Ascendió lentamente por este caminillo, seguida por las miradas del hermano en todo lo alto y quince minutos después, coronó a la pequeña plataforma. Con su niño en los brazos y todo el vestido roto y lleno de tierra.

 

               Ni siquiera se dio cuenta ella de que el hermano estaba en aquel recogido trozo de tierra. A la izquierda de la senda que acababa de recorrer y un poco tapado por una gran piedra que en ese lado del balcón había. Por eso ella, por completo ajena a que alguien la observara, al llegar a la llanura de la pequeña plataforma, se acercó al borde del precipicio que caía para el barranco. Por donde abajo, a unos doscientos metros de distancia, se veían las rocas que formaban la puerta de su cueva. Miró a su niño, lo besó y le dijo:

- No te abandono porque eres sangre de mi corazón y lo único que quiero y tengo en este mundo. Pero debo irme porque todos por aquí me han dejado sin dignidad y ya no hay aire para que respire yo en este suelo. Te dejo en manos de Dios y por eso, a pesar de mi dolor, me voy tranquila sabiendo que el cielo va a perdonarme y a bendecirte a ti con el más sincero de los besos.

 

               Hasta los oídos del hermano, llegaron estas palabras y en su corazón la sangre se le heló. Sintió el impulso de salir de su escondite y presentarse ante la hermana pero se mantuvo quieto. Mirando asombrado y vio que la hermana, se acercó un poco más al precipicio. Sobre una piedra que sobresalía del terreno y colgaba un poco en el aire, en el vacío hacia el barranco, sentó a su niño. Con todo el cariño y cuidado al tiempo que le pedía que no llorara.

- Todo será rápido y ocurrirá como en un sueño. En realidad, la vida en este suelo es solo eso: un misterioso sueño que, aunque parece largo, al final es breve y de él todos despertamos. Y lo hermoso, lo verdaderamente valioso y que da sentido a todo cuanto en este suelo vivimos, es lo que al despertar de este sueño que es la vida, encontremos.

 

               Su niño, como si entendiera lo que la madre le decía, ni lloraba ni parecía sentir ninguna molestia. Dulce sonreía y la fina piel de su cara brillaba pura iluminada por los limpios rayos de sol de la mañana. Tal como la madre lo sentó en la piedra que colgaba en el vacío, se quedó como mirando y esperando. Esto le dio tranquilidad a la madre que, en cuanto dejó a su niño sentado en la piedra, se aproximó un poco más al acantilado. Miró para la Alhambra, para las blancas cumbres de Sierra Nevada, para el río Darro y para donde su niño parecía esperar confiado. Y sin más, la hermana inclinó su cuerpo hacia el vacío y al instante, se le vio caer como volando.

 

               De su escondite, el hermano saltó como impulsado por un resorte al tiempo que gritaba:

- ¡Hermana, no!

Pero aunque corrió veloz hacia ella, nada pudo hacer para retenerla. Sí tuvo tiempo de asomarse al vacío y verla caer. Como volando en un vuelo mágico y, unos segundos después, vio su cuerpo estrellarse en las mismas rocas de la puerta de su cueva. Y en este preciso momento, comprobó asombrado como del punto en que su cuerpo chocaba contra la roca, surgió como una bandada de estrellas muy brillantes. Una densa nube que según se elevaba por el aire, se abría en pequeños puntos luminosos que palpitaban como finas alas de mariposas. Barranco arriba y surcando el aire como en busca del niño asomado al vacío, se elevaban muchos de estos puntos luminosos y otros se esparcían como hacia las aguas del río y luego comenzaron a irse lentamente hacia las torres y palacios de la Alhambra. Como si por ahí pretendieran esparcir o revelar algún secreto.

 

               Absorto y restregándose los ojos estuvo el hermano durante unos segundos y luego, con el corazón oprimido y lleno de miedo y confusión, se acercó al niño, lo cogió en sus manos, lo abrazó fuerte y como susurrando le dijo:

- Tú no te preocupes por esto que ha ocurrido y los dos acabamos de ver, porque ella no se ha ido. Solo se ha marchado al paraíso de sus sueños, donde vivirá para siempre y desde donde continuamente estará contigo dándote su beso. Y lo ha hecho de este modo porque no tenía otra forma de decir a los demás que el camino para un mundo amable y bello, no es la crítica y destrucción de las personas sino todo lo contrario: la dignidad de cada uno, la libertad y la búsqueda de lo bello. Ella acaba de poner su granito de arena para que el mundo y las personas crezcamos hacia el amor, la belleza y lo eterno. Y de este modo, a partir de ahora, tú también tienes una razón muy poderosa para luchar por la vida y el mundo amable y bello que a ella no se le ha permitido vivir en esta tierra. Esto es lo que nos ha dicho y quiere para nosotros y para el mundo entero.   

 

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