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romi
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¡Qué rico cuando pasa el viento!

22 de Agosto de 2013 a las 12:55
Bubok

¡QUÉ RICO CUANDO PASA EL VIENTO!

 

               A los pies de la Alhambra, cada día ocurren mil pequeñas historias que nunca nadie conoce y quedan para siempre ignoradas. Justo por donde cada tarde pasean los turistas y corren las aguas del río Darro. Y son tan hermosas algunas de estas historias que, deverían ser recogidas para que para siempre queden, con la importancia que merecen, como tantas otras de batallas, reyes, príncipes y princesas en tiempos lejanos.

 

                  Hoy, en este breve relato, voy a reflejar solo un trozo de un bonito acontecimiento, acontecido solo hace unos días. Justo a finales del caluroso mes de agosto, en la tarde que con más fuerza calentaba el sol y rabiosas las chicharras cantaban. Por la calle Acera de San Idelfonso bajaba él, hacia Puerta Elvira, con la intención de recorrer luego toda la Carrera del Darro hasta el Puente del Aljibillo. Porque era por aquí donde, desde hacía mucho tiempo, con frecuencia se sentaba a tomar el fresco y a ver a la gente caminar. Al pasar a la altura de la iglesia de San Idelfonso, donde se abre la plaza y hay un pequeño parque infantil, la vio meciéndose en uno de los columpios. Y como el calor era tanto y la calle y plaza se encontraba por completo desiertas, al verla se dijo: “Es el quinto día que a estas horas de la tarde, cuando más aprieta el calor, me la encuentro aquí meciéndose en este columpio de hierro. ¿Quién será y qué placer encontrará en esto para que sola y con este bochorno, se venga a los columpios a pasar el tiempo?” La observó de reojo y vio que era joven, con el pelo suelto y ondeado por el viento al ir y venir en el columpio. Tenía vestido corto, gafas pequeñas y blancas y cara dulce pero matizada con ciertas pinceladas de tristeza.

 

               Siguió su paseo y a la tarde siguiente, la más calurosa de todo el mes de agosto, al pasar cerca de los columpios, no la vio. Recorrió toda la calle Elvira, atravesó Plaza Nueva, avanzó por el bonito paseo de la Carrera del Darro, a estas horas y esta tarde casi solitario y despacio siguió hacia el puente donde cada día se sentaba. Al llegar el Puente Espinosa, casi a la Altura del Bañuelo, se paró un momento para observar el río. Por aquí viven los gatos que ahora nadie alimentan. Hasta el año pasado, cada tarde una mujer mayor y extranjera, sí le traía bandejas de comida ya preparada y se la echaba al borde del río. Ya no viene por el lugar esta mujer mayor y este verano, los gatos se mueren famélicos, todo el rato esperando mientras duermen al borde de las aguas del río. Al pasar, algunas personas se asoman para verlos, les hacen fotos, comentan algo y luego se van dejándolos ignorados para siempre. Los del lugar, a veces comentan:

- Los gatos del río Darro, ya no son lo que eran ni las personas los aprecian tanto.

Y ni siquiera echan de menos a la mujer mayor que, a lo largo de varios años, les ha traído comida ni se peguntan por qué ya no se le ve por aquí. “¿Se habrá marchado a su país? ¿Habrá enfermado? ¿Se ha cansado o ya no tiene fuerzas ni dinero para comprar comida a los gatos del río Darro?”

 

               En esos momento y mientras se hacía estas reflexiones, vio a la joven de los columpios y el pelo al aire que bajaba por la calle un poco antes del Bañuelo. Por donde el paseo se ensancha, se inclina hacia el Puente Espinosa y a la derecha quedan las ruinas del que fue Puente del Cadí. Caminaba muy resuelta como hacia él, con los brazos alzados y abiertos como si se preparara para dar un gran abrazo. Sonreía y su cara expresaba alegría y mucha belleza. Traía sus gafas puestas, portaba una pequeña mochila en las espaldas y su vestido era corto, de cuadros color negro y blanco. Antes de cruzarse con ella, la miró muy interesado y entonces oyó que dijo:

- ¡Qué rico cuando pasa el viento!

 

               Y era cierto porque, pequeñas ráfagas de viento, se movían calle arriba y era fresco. Sin embargo, el sol caía quemando y las chicharras, en la ladera de la Alhambra y por debajo de las Torres de la Vela y la de Comares, atronaban con sus cantos. Por eso ella, abría sus brazos como en forma de un gran abrazo y dejaba que el fresco vientecillo de la cálida tarde del mes de agosto en Granada,    acariciara su rostro, manos y cuerpo. No la conocía de nada ni tampoco la volvió a ver nunca más pero su joven y bella figura, paseándose en los columpios del parque y luego con los brazos abiertos por la carrera del Darro, desde aquellos días, no la ha olvidado.   

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