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romi
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Paisajes de otoño

15 de Septiembre de 2013 a las 12:14

Bubok

PAISAJES DE OTOÑO

 

               Al caer la tarde, se le vio caminando por la vereda del barranco. Solo, en silencio, rumiando en su corazón los recuerdos y como soñando. Al frente, lejos y en la dirección que marcaba sus pasos, se veían las cumbres de Sierra Nevada. Sin nieve alguna porque el verano hacía solo unos días que se había marchado pero sí como gritando al cielo, que es lo que siempre parecen proclamar estas montañas. A sus espaldas y según se alejaba del barrio blanco, se le iba quedando el laberinto de palacios, torres y murallas de la Alhambra. Clavados sobre la llanura de la gran colina y en su silencio de eternidad. De vez en cuando se paraba a respirar, miraba despacio y al descubrir el silencioso y extraño mundo de esta colina, se decía: “Ni siquiera los que en aquellos tiempos por aquí se afanaban en realizar sus sueños, pudieron sujetar la vida para hacer de ella lo que pretendían. Cada otoño las hojas de los árboles caen, las lluvias regresan, el aire se llena de olores a setas y todo parece como ocurriera por primera vez. Como si una robusta ley interna y por completo invisible, marcara su ritmo derecho a un punto concreto, sin importarle nada más en este suelo. Ni siquiera los días pasados ni los que quedan por llegar”.

 

               Cuando terminó de remontar, la pequeña senda, se vino para el borde de los olivos. Miró y a su derecha, vio las cinco o seis cepas de vid, ya con las pámpanas amarillas pero todavía con los racimos de uvas colgando de las ramas negras. Y recordó en ese momento cuando por aquí pasaba años atrás. Era aun muy joven y se ilusionaba cogiendo algunos racimos de estas plantas. Hoy, después de observarlos durante unos minutos, continuó marcando sus pasos sin cortar ni un solo racimo. Con la senda fue descendiendo hacia la cañada y al poco, se encajó en el pequeño huerto de la vega. Miró y vio que aun estaban verdes las tomateras que el dueño de las tierras, por aquí había sembrado. Se acercó un poco más y descubrió un fruto rojo, muy grande y casi redondo que colgaba de las ramas de la planta. Se dijo: “Sin duda que su dueño se sentirá orgulloso de este tomate. Si yo ahora lo corto y me lo como, saciaré un poco el hambre que tengo pero será a costa de un pequeño hurto”.

 

               Rozó con los dedos de las manos el apetitoso fruto, lo miró despacio durante unos segundos más y luego siguió. Al llegar al arroyuelo, comprobó como la senda se dividía en tres más: Derecha, izquierda y al frente. Recordó en ese momento las palabras que, cuando pequeño, más de mil veces le había repetido el padre: “La vida está compuesta de sendas, en todas las direcciones, tamaños y formas. Pero entre todas, siempre hay una que es la verdaderamente valiosa. Reconocerla y seguirla, importa por encima de todo. Tú ten en cuenta, a lo largo de tu vida, siempre esto”. Tomó por la senda que se iba hacia la ladera y al llegar a los granados, si fijó en los frutos que de las ramas colgaban. Muchos, muy grandes y algunas abiertas y apetitosas granadas que se mecían empujadas por el vientecillo que acariciaba. A su derecha, vio los membrillos también ya muy dorados y un poco más arriba y salpicados por la ladera, aparecían los almendros y las nogueras con sus dorados frutos otoñales enganchados en las ramas.

 

               Buscó la piedra que conocía desde hacía muchos años, se sentó en ella mirando para Sierra Nevada y los paisajes que tenía más cerca y recordó el momento de aquel día. Eran aun pequeño, el padre se sentó en esta misma piedra, lo cogió entre sus brazos y piernas y mirando para los paisajes que ahora tenía al frente, le dijo por última vez:

- Hijo mío, son muchas las sendas que a lo largo de tu vida tendrás antes ti para recorrer. Pero una sola de todas estas sendas, será la que de verdad te lleve al sitio que necesitas y donde serás feliz eternamente. Ve siempre con cuidado y antes de ponerte a recorrer cualquier camino que se te presente, escoge el certero, aunque no sea ni el más cómodo ni el más bello.

 

               La tarde caía al fondo de la Vega de Granada, el cielo se iba tornando color ascuas, no hacía frío ninguno ni tampoco calor, a su izquierda y algo lejos, veía ahora la colina de la Alhambra y todo le parecía envuelto en un silencio único, hondo y misterioso. De nuevo se dijo: “El calor de su último abrazo y aquel momento, todavía palpita en mi corazón y más aun en esta tarde de otoño. Por eso, ahora también comprendo que además de escoger la senda buena de las muchas que la vida nos va presentando, también es necesario aprender a ignorarlos. No hacer ni chispa de caso a lo que me digan unos y otros. Al final del todo y, como en este momento, estaré solo y seré yo el único responsable de mis actos”.       

 

 

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