SINOMBRE Y YO -II // Un día por el Edén Azul

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No sé. El caso es que dejó de jugar con el agua, trotó por entre las violetas, y se acercó al magnolio. Antes de llegar se paró. Volvió su cabeza y miró a los lados, para asegurarse de que nadie lo veía, y se aproximó a las ramas bajas del árbol. Lo estaba viendo yo y él no lo sabía. Y yo lo miraba interesado porque, Sinombre, esta mañana, estaba que apetecía verlo: hermoso como un juguete y mimoso y garboso como un rey. Y vi que alargó su cuello y con su nariz olisqueó la flor que la rama mecía al viento. La que estaba más a su alcance. Y la flor tembló empujada por el cálido alientecillo que salía de su nariz. Creí que al rozarla él se iba a deshacer cual helado bajo el sol y no fue así. La flor blanca del Magnolio Grande siguió en su tallo abierta a la luz de la mañana y, Sinombre, de nuevo la acarició con su hocico. ¿Se la quería comer? Sus intenciones parecían esas. Sinombre se quería desayunar la flor más bonita del magnolio que arropa con sus ramas parte de la Fuente de los Nenúfares.

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