El Alkoholismo de las mariposas

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-MIS?GINO - A mitad de pasillo comienza el reguero de viagra y plumas ostentosamente grises, ostentosamente inocentes y ostentosamente ingratas: en el primer tramo son pocas, pero van amontonándose hasta elevarse un palmo a medida que insisten en negociar una rendición con el suelo, a cambio de la posibilidad de provocar una lluvia copiosa en la isquemia con voz de orquídea treintañera de tu espalda. Todo está demasiado sucio. Cosas de niños: el aire de la calle, que nunca ha tenido vértigo ni miedo al agua, está paralizado en el borde de un trampolín despagado... no se atreve. No entra en el piso. No quiere... pero a la misma vez el oxígeno sí, así que antes de irse y no volver más deja en el cristal la marca de sus labios de paradojas que le embastan los gestos bajo la sotana. ?l. Sentado en el sofá. Un sofá que cojea. En la pata que cojea ha puesto, para que no baile, un papel doblado varias veces en el que está escrita la dirección del lugar donde se originan los orígenes de las infamias corporales de sus fetiches menos etéreos. Así son las cosas amigo. Así son las cosas. Y la compra de la semana por hacer. El gato más pequeño de la camada maúlla en el descampado. Entonces ahí está la victoria, ¿verdad?; ella solo tarda la vida entera de un absurdo gemido ausente, desde que nace por cesárea de una hipérbole sin planes de futuro en la esquina del balcón donde se pudren tus palabras, hasta que te abraza y trata de encajar su acertijo casquivano de ángel con tus senderos con velas a los lados. En ese momento, cuando la mugre de la ciudad entera pide desesperadamente un movimiento hacia abajo ellos se levantan: ”Jódete mundo, el vértice está desnudo degollando a la física cuántica encima de mí. En los preliminares siempre acabamos por criogenizar vivo algún fundamento básico para los humanos. Después todo se acelera: cometas, atraparse en el escalofrío corroído del genocidio de las escalas musicales, especies, puntos de placer, nuestro erotismo proponiendo beatificar al primer misántropo que inauguró el orfanato que levantamos aquí con el sudor de nuestras alas... Es como si nos tocáramos. Empieza a llover, y si yo digo “desafinado” él contesta “piel”, si yo pronuncio “egoísmo” él dice “orgasmo” y yo replico “mirada”, y el final del polvo se acerca, y los descampados son el ombligo que el universo se mira, y las discusiones desproporcionadas son algo relativo, y nosotros dos cerramos los ojos con fuerza antes de dejarnos caer desde lo alto de la catarata, y entonces... pasa”. Tan simple. Tan secreto. (Tratado del sexo de los ángeles -Capitulo 25: el sexo del ángel exterminador)

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