LA QUINTA COPA

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La calma que desprendía el salón se asemejaba a lade cualquier día, ya en las postrimerías del verano. Solo quedaba salpicada porel estridular de los grillos; no convertidos en elementos discordantes, sinointegrantes de ese silencio, como mensaje ofrecido por la naturaleza nocturna… Unos pasos lentos surgieron fuera de la casa. Y conellos, dos voces se percibían cada vez más cercanas: –Ahí está la iglesia en ruinas… –Creo que hemos llegado, Lucía... –Mira... Ha dejado la puerta abierta. Entraron con sigilo, cogidos de la mano… Llevaba ella un vestido más bien ceñido, ylos cabellos claros quedaban recogidos en moño; eso le otorgaba cierto aireclásico de veinte primaveras. ?l aparentaba treinta años, y la ropa de sportcolor beige concordaba con su fino porte. –¿Y el doctor…? Es raro que no nos haya recibido–observó la joven.–No sé… Quizá se encuentre arriba. Sentémonosmientras esperamos... La mesa de centro, el sofá y dos butacas, colocadasen los extremos, formaban un conjunto bien definido, como elemento armónico enaquel rectángulo de mampostería. Lucía giró el cuerpo para examinar el lugar conmayor detalle: poseía el salón un estilo acogedor. En la pared del fondo, lalibrería empotrada ofrecía aires grandilocuentes y cultos que contrastaban conla simpleza del pequeño aparador situado a la derecha, destinado como simpleapoyo para el teléfono fijo. Desde allí, una escalera de madera iniciaba surecta trayectoria para comunicarse con la planta de arriba… En el ladoizquierdo de la estancia, al fondo, varias cortinillas ámbar guardaban laocasión para mostrar su tintineo ante cualquier roce. Y situada más cerca, unaventana abierta daba al jardín, justo enfrente de la puerta principal. –¡Qué calor más pesado! –Lucía se quejó de repente.–Sí. Me temo que nos costará conciliar hoy el sueño.–Como… la noche del pasado lunes –recordó ella,pensativa. –¡Bah! Intenta no recordarlo ahora, mujer.–Juan, sigo sin imaginarme a qué obedece esta citacon el albacea de mi padre. –Pues ya falta menos para saberlo.

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