Pierre-François Godard y los maestros relojeros extranjeros de Bilbao

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El siglo de las luces debe su nombre a un despertar de lasartes y las ciencias, y en general, de todos los ámbitos del conocimiento. Sinembargo, esta eclosión del pensamiento y de la ideas no se dio por igual entodos los países europeos; y así, mientras Francia e Inglaterra progresabannotoriamente, cada una con sus características particulares, la anquilosadaMonarquía Hispánica se mantenía a remolque de estas otras potencias europeas, acosta de introducir esos nuevos conocimientos clandestinamente, así comoatrayendo y captando intelectuales, ingenieros, artesanos y otros profesionalesde más allá de sus fronteras.Desde el punto de vista de la técnica, la relojeríarepresentaba una de las artes y oficios más valorados por su complejidad,minuciosidad y amplitud de conocimientos y capacidades necesarias para sudesarrollo. De tal modo, el territorio español demandaba un buen número de estetipo de profesionales con una alta capacitación para la elaboración de relojestanto de carácter público como, en menor medida, privado.Pierre-François Godard, natural de las afueras de París, yformado en los gremios artesanales de la capital francesa, fue un humildeheredero de la técnica metalúrgica y relojera desarrollada en la capitalfrancesa. Aunque no al nivel de los grandes relojeros franceses que dieronservicio en la corte española, Godard encontró un significativo ámbito dedesarrollo en tierras vizcaínas. Y su labor fue variada tanto en lo geográfico–trabajando en Bilbao, Durango, Lekeitio, Eibar y probablemente otros enclaves–como en la tipología de contratos que llevó a cabo –cuidado y mantenimiento,reparación, y fabricación y venta.

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