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ESENCIAS ARQUITECTÓNICAS Y SIMBOLISMO DE “LA ROJA”. Otra manera de mirar la Alhambra

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  • Autor: Joaquín Lleó
  • Estado: Público
  • N° de páginas: 300
  • Tamaño: 170x235
  • Interior: Blanco y negro
  • Maquetación: Pegado
  • Acabado portada: Brillo
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La subsistencia de los Palacios nazaríes a través de los siglos y el excepcional grado de afectividad entre el hombre y la arquitectura que evidencia su conservación habría que atribuirlo, no solo a valores intelectuales o estéticos, sino, por encima de estos, a la existencia de valores supra-estéticos o religiosos, según la teoría axiológica de Scheler y la sugerente escala que estableció su amigo Ortega y Gasset.  De lo cual se infiere inmediatamente que esas célebres construcciones deben entrañar cualidades arquitectónicas análogas a propiedades del alma humana y análogas, a su vez, a atributos del Creador.

Indudablemente, tal deducción bien contrasta con el supuesto tan romántico y generalizado de considerar que dichos Palacios fueron concebidos como paraíso sensual para deleite exclusivo del monarca, evidenciando, en cambio, que tanto Yúsuf I (iniciador del Palacio de Comares) como su hijo y sucesor Muhámmdad V (autor del Palacio de los Leones), además de poseer una formación intelectual, ética y estética, fueron personas verdaderamente religiosas, es decir, musulmanes –siervos de Dios– con alto grado de vida interior, lo cual hace preciso entender que ambos reyes nazaríes debieron fundamentar su arquitectura en la contemplación del ser humano y, en general, de toda la Naturaleza creada.

Siendo así, ello no necesariamente debe significar que dichas construcciones tuvieran una utilidad no residencial.  Sin embargo, hay que reconocer que ni el Palacio de Comares ni el Palacio de los Leones reúnen, en absoluto, las condiciones adecuadas para la vida doméstica, llamando siempre la atención, por ejemplo, la poca importancia que prestaron a las considerables variaciones climáticas que caracterizan a Granada.  Habrá que concluir, por consiguiente, que esas construcciones tan admiradas no fueron realmente ideadas como deliciosas residencias de sultanes, sino como conjuntos de ámbitos arquitectónicos sugerentes para la meditación y la oración personal, quedando relegada el hábitat de la familia real a un tipo de casa muchísimo más corriente y sobria.

Ahora bien, ¿cómo comprobar –y demostrar, en definitiva– semejantes conclusiones, cuando, a diferencia, por ejemplo, de la descripción tan detallada que facilitó el visir Ibn al-Jatib de su Granada nazarí, nunca hubo documentación original alguna acerca de la vida que se practicaba en la Alhambra?

Sorprendidos nosotros mismos –aunque, en realidad, no hacemos mas que corroborar la hipótesis del célebre arabista Miguel Asín Palacios sobre paralelismo (¿?) entre espiritualidades musulmana y cristiana en el suelo español– creemos haber comprendido el sentido profundo que encierran sus inscripciones, observando que la mayoría vienen fundamentadas en las alabanzas del Antiguo y Nuevo Testamentos, y revelan, además, hechos históricos verdaderamente trascendentes, mientras que el Palacio de los Leones podemos contemplarlo sin dificultad, y hasta dos veces, como si fuese reproducción anticipada y casi exacta del “Castillo interior” o las “Moradas” que describe Santa Teresa de Ávila, cuando esta mística castellana nunca pisó la Alhambra ni leyó alguna vez los poemas del judío Ibn Gabirol.

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