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Resistir en la esperanza. Tertulias con el tiempo.

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  • Autor: Miguel Alberto González González
  • Estado: Público
  • N° de páginas: 126
  • Tamaño: 150x210
  • Interior: Blanco y negro
  • Maquetación: Pegado
  • Acabado portada: Brillo
  • ISBN Libro en papel: 978-958-44-84-82-6
  • Ebooks vendidos: 1
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Prólogo

 

Luego de la orgía, después de la totalización positiva del mundo y su exhibición en las redes, deviene la indiferencia. Tras el desencanto y la pérdida de lo secreto y lo mítico, el presente ensordece y colapsa. El tiempo y el espacio permanecen ajenos lo cual se cierne sobre los sueños de humanidad.

Dialogar con el tiempo implica reconocer la desmesura, el exceso de una época desencantada que se viste de simulacros para abandonar el presente o se exilia del  futuro para perderse y olvidarse.

Tiempos de un presente despreciado, de un asesinato del alma colectiva, de relatos olvidados y sensaciones ausentes, desesperos y hombres solitarios.

Tiempo de interconexiones, máquinas cibernéticas, pantallas, ciencias  positivas, poderes e imperios, mesías y simulacros. Tiempo sostenido por valores que son de otros tiempos, por memorias exhaustas, por olvido de futuros.

Allí el hombre permanece indiferente, huérfano y exiliado del mundo. Allí dice el poeta y el filósofo:

 

—“cualquier abandono de una época es por no aprender a platicar con el tiempo, por no saber resistir en la esperanza.”—

 

Paisajes de vacío que son ausencia de sujeto, de palabras, de dignidad y de esperanza. Olvido de humanidad devenido tras la promesa incumplida del sueño moderno de progreso y felicidad.

Muchos poetas y narradores extraviaron su alma entre tantos excesos. Arlt, Quiroga, Silva, Pizarnik recorrieron muchos de los camino que atormentaron también a Goya, Nietzsche o Artaud.

Desesperos de la modernidad ante un mundo que ya no encanta, solo produce: conocimientos, artefactos, técnicas, máquinas de control, violencias, transparencias.

No se trata sólo de las promesas incumplidas sino también de las cumplidas; la ilusión positiva del conocimiento ha sido realizada y el mapa del reino, como lo adelantó Borges, cubre la totalidad del territorio.

Aquella transparencia de las estructuras del mundo —racionalizado, mostrado, exhibido— ha dejado un saldo dramático: la soledad del hombre, la imposibilidad de estar juntos, indiferencia, violencia, depredación, olvidos, esperanzas destrozada:

 

“…al fin de cuentas llevamos siglos luchando por tener sabiduría y, pese a ello, el hombre labra más tumbas y elabora más armas; entonces, tendríamos que figurarnos lo por venir con un hombre que ame más y sepa menos, que no finja el amor.” [1]

 

 

Exaspero o deuda de humanidad ante un mundo disuadido por la amenaza del terror o el simulacro, el pánico o la seguridad, la guerra y el exterminio. Abusos de humanidad que Baudrillard define como pospolítica —final de la escena política, del conflicto, de lo social, del encanto— y que Miguel González describe como ‘bella indiferencia del presente’ o también como ‘crisis de identidad del presente de no querer estar en el tiempo de los hechos-acontecimientos-sucesos’.

La bella indiferencia ante un presente sin conflictos, o más bien, donde los conflictos se visualizan como anomalía o disfunciones que deberán ser corregidas por técnicos o especialistas.

Anonadamiento del presente, estrechamiento del espacio, olvido del hombre, desgarramiento de un mundo sin futuro y sin pasado, asesinato del tiempo: paisaje desolador que estremece al humanista.

Los horizontes desolados pueden convertirse, no obstante, en horizontes humanos si resistimos en la esperanza, si recuperamos la vocación por las utopías, si esperamos “en el candor de la eterna espera”:

 

“Es posible que al dejar fugar la ilusión del aquí y del ahora, estemos perdiendo la posibilidad de habitar el presente y, en consecuencia, estemos permitiendo que el hombre divague, que se pierda en la dialéctica del tiempo y que, como lo cita el dadaísta Arango, ande perdido por no querer buscar, por negarse ese derecho. ¿Si eso es el hombre, qué es el hombre? Diremos, en consonancia con Pandora, que el hombre, pese a cualquier olvido de humanidad y pese a lo que se diga, es un ser para resistir en la esperanza”.[2]

 

Está en el destino del filósofo, nos aclara Miguel, “no conformarse con el mito ni acomodarse en las sombras de los espantos”.

El mundo no es sólo reproducción, como pretenden los poderes, la técnica, los medios, la ciencia, es también —tal es la enseñanza de estos diálogos con el tiempo— creación, de mundos posibles, de lenguajes, de utopías.

Enseñanza cuya didáctica es la del perdón, aunque no se trata de perdonar para promover el olvido:

 

“…sino para aliviar el dolor y desmoronar los deseos de venganza y, a lo mejor, la única venganza posible, y en algo plausible, sería la de afrontar los olvidos.” [3]

 

En aquella didáctica, una política nocturna busca politizar el mundo a través de una educación de la noche, de una esperanza sin luz ni iluminaciones, puesto que lo diurno, la claridad fracasó e hizo estragos al presente.

Ciencia nocturna cuyo fin es el deseo de vida, la invención o la creación. Su  medio es la narrativa, la poesía, el humor, las sensaciones, sin duda también la ironía —como pretende Rorty—, para quien la filosofía ironista no es otra cosa que una de las grandes tradiciones literarias de la modernidad, cuya utilidad política está más cerca del relato que de la ciencia positiva. [4]

Finalmente, la enseñanza que propone estos diálogos tiene su táctica, que es la del amor:

 

“Sin muchas objeciones, enseñar es hacerse inolvidable para el corazón del alguien”.[5]

 

Lección sublime para una filosofía de la educación; también para una política y una ética del sujeto que no se acostumbra al desierto —como quería Arendt— y aún  cree en las utopías libertarias.

Más allá de ello, lo mejor de estos diálogos está en el estilo de su escritura, en su impronta inventiva, en la creación de lenguaje, que permiten describir el presente con los términos del poeta, del filósofo, del humanista, e imaginar nuevas realidades, nuevos mundos posibles.

 

 

 

 

 

  Eduardo de la Vega

Phd en psicología

Docente e investigador Universidad del Rosario

  Firmat, Argentina


 


[1] Pp. 70.

[2] Pp. 54.

[3] Pp. 44.

[4] Rorty, R.: (1991) Contingencia, ironía y solidaridad. Paidós. Barcelona.

[5] Pp. 44.

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