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Los muertos también hablan II: El orgullo perdido

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  • Autor: Vega Arámburu Paza
  • Estado: Público
  • N° de páginas: 455
  • Descargas: 1
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Al empezar a hablar de El Orgullo Perdido, quisiera hacer hincapié en varios puntos vitales para nuestro pueblo vasco, hoy mortalmente herido.

Viene a mi mente la cabeza de caballo que el genial pintor malagueño ha inmortalizado en el lienzo titulado “Guernica” y que tanto ha dado que hablar y recapacitar a todos cuantos hemos tenido el honor de contemplarlo en el Museo del Prado y que hoy se expone en el Museo Reina Sofía.

Yo he podido contemplar este magistral lienzo en ambos lugares y mis ojos han sentido la viva imagen del terror que invadió a Guernika el 26 de Abril del 1937, fecha del brutal bombardeo a la ciudad.

No es fácil observar esa imagen, sin sentir un escalofrío recorriendo la espina dorsal, paralizando cualquier sentimiento de rabia, coraje, etc.

Hoy, a 59 años del evento, ¿qué ha florecido sobre aquellas cenizas? ¿Una Euskadi feliz? ¿Una Euskadi con proyección de futuro? ¿ Un pueblo que tiene fe en sus gobernantes?

Yo quisiera creer y hasta convencerme de que es así, pero lo único que puedo ver hoy, a través del lienzo de Picasso, es una Euskadi dividida y perdida, sin esquemas políticos que den un aire fresco en el rostro cada mañana al abrir la ventana.

Tenemos ante nosotros una nueva década y el pueblo vasco anda como barco a la deriva, sin rumbo, a merced de las olas de ese mar bravio y querido que es nuestro Cantábrico.

Hoy, que podemos actuar en libertad, en democracia, permanecemos como esclavos encadenados a nuestro pasado, obstruyendo nuestro presente, ahogando el futuro.

La pérdida de los Fueros, fue algo más que un error político para los vascos. No solamente perdimos nuestra soberanía como pueblo, sino que quedamos divididos en pensamientos políticos, en guerras fraticidas.

Tres guerras Carlistas ahogaron en llantos al pueblo Vasco, en luchas contra hermanos, dividiendo y resquebrajando las ideas políticas, que fueron sucediéndose a través de los diferentes gobiernos que dirigieron España.

Por un lado los intereses de sus gobernantes, por otro, el desgarro de su ideología política a través de los gobiernos de la Reina Isabel II, Alfonso XIII, la República, la dictadura de Primo de Rivera, la Guerra Civil, la dictadura de Franco y la democracia actual, el terrorismo sirviendo únicamente para que, en cada uno de estos eventos, el pueblo vasco siguiera un largo peregrinaje, en el que hoy todavía se halla inserto, perdido, sin estrella que guíe a buen puerto este barco extraviado.

No es momento de lamentaciones, no es momento de acusaciones, pienso yo. A mi juicio, es momento de reflexión coherente hacia quienes tienen en sus manos el timón que puede enderezar esta pesada nave.

De sueños no se labra un futuro, de pobrezas pasadas no se ganan las batallas presentes, hoy hay un reto ante nuestros ojos que es el mañana.

El mañana que desean nuestros hijos, para engendrar a sus hijos, para que puedan vivir en paz y en libertad.

Un pueblo dividido nada halagüeño puede ofrecer; de la unión siempre nace la fuerza y de esta fuerza la esperanza.

Es momento de actualizar el pasado y dejar de soñar despiertos, con un pasado que nada o poco puede ofrecer a los jóvenes de hoy nacidos en el hogar de la tecnología más moderna, como es la aviación, la informática, la televisión, la red INTERNET donde no hay fronteras, ni países, ni distancias.

¿Podemos ofrecer a nuestros hijos el duro trabajo del Baseritarak, sin más alternativas a las puertas del siglo XXI? ¿No es hora de despertar del sueño del ayer y unirnos al carro del progreso? ¿Es que la novia después de la noche de bodas puede soñar con ser virgen de nuevo?

Perdamos el miedo al progreso, porque ése está ahí y con volverle la espalda no defendemos nuestros derechos, más bien estamos obstruyendo la gran oportunidad que tenemos ante nosotros y que algún día nuestros nietos nos podrán recriminar por no haber estado a la altura de las circunstancias que exige la era moderna.

Sin desvincularnos del cordón umbilical del pasado, es hora de tomar conciencia de qué papel queremos jugar, políticamente hablando. Es comprensible que el aldeano vasco, que nos mira con los ojos del ayer, sienta miedo ante la tecnología moderna y sienta recelos y temores al tener que desvincularse del pasado, aceptando de buen grado la invasión de gentes extrañas, con formas diferentes de conductas, hábitos, etc., que puedan influir de alguna manera en sus costumbres ancestrales.

Y ésa es precisamente la reflexión que todos deberíamos hacer juntos: ¿Queremos simplemente el ayer o avanzamos hacia metas más modernas, con los consiguientes cambios que imprime este nuevo rumbo? ¿Acaso no pueden compartirse juntos la historia pasada con la era moderna ?

Pienso que ambas pueden caminar de la mano, costumbres antiguas y hábitos modernos, por senderos de paz, lejos de luchas entre hermanos.

Heridos, sí, heridos como el caballo de Picasso estamos los vascos aún, sumidos en melancolías, en sueños pasados que no volverán, de nosotros depende cerrar esas heridas. A la juventud hay que darle una respuesta y un camino que recorrer con ilusión y esperanza.

Hay algo más que debemos tener en cuenta y es que, divididos, nunca podremos trazar planes coherentes para lograr los medios necesarios, tanto para organizar nuestra industria si es que la deseamos, como si es para enfrentarnos a las labores del campo.

En medio de tanta confusión, hay algo que sí es tangible y necesario que debemos lograr, que es el bien más preciado: vivir en libertad, asumiendo cada uno su libre disposición y aceptación en cuanto a sus planteamientos sean éstos políticos o económicos. Sin olvidar que estamos en Europa que nos mira desde arriba y necesita saber en qué bando nos quedamos.

Elijamos lo que creamos que más nos conviene, pero desde la paz, y para lograrlo se hace imprescindible la unión de todos los vascos, incluidos los que han venido defuera.

La unión hace la fuerza y ésta, en democracia, se hace transcendental e imprescindible. Los vascos poco habremos aprendido de nuestros mayores, si optamos por continuar en guerras fraticidas que sólo benefician a los que ven en estas luchas un posible lucro.

La guerra trae hambre, llanto, desgarro; la paz, armonía, tranquilidad, descanso. Es hora de descansar y de gozar sin el temor a despertar mañana víctimas de las bombas.

Enterremos los odios, los horrores, la amargura, dentro de una fosa común, junto con los caídos, dentro del ataúd, y dejemos que florezcan las rosas sobre las sepulturas.

Vega Arámburu.-Madrid, 11-4-96 

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