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La pasión de la reina era más grande que el cuadro.

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  • Autor: Margarita García Alonso
  • Estado: Público
  • N° de páginas: 148
  • Tamaño: 170x235
  • Interior: Blanco y negro
  • Maquetación: Pegado
  • Acabado portada: Mate
  • ISBN Libro en papel: 978-2-919441-21-1
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Aquí os dejo este libro, vosotros quienes alguna vez vivisteis para que nunca más volváis.  Czeslaw Milosz

By Teresa Dovalpage

La pasión de la reina era más grande que el cuadro (Spanish Edition)

Una novela divertida y con sustancia, con imágenes nuevas y juegos de palabras que hacen que el lector estalle en una carcajada, antes de detenerse a pensar en qué le han querido decir. El autismo como magia, el exilio, la soledad, el abuso, la locura, son temas abordados con gran maestría por la autora. Los estereotipos se caen: es la mujer cubana que sale al destierro y que no se corresponde con las características que le asignan los españoles a toda cubana exiliada (no los menciono aquí porque va y Amazon me veta la reseña) Por favor, lean este libro que se muene entre Le Havre, Madrid y de rebote, La Habana. La recomiendo definitivamente.

Por  Joaquín Badajoz

 Hace poco menos de dos meses, el 18 de septiembre para ser exacto, recibí tres cuadernos de poesía de Margarita García Alonso; y unas semanas más tarde, el 6 de octubre, para continuar con ese impertinente asunto de la exactitud, un breve mensaje: “la pasión, que explica un poco los poemas”. Al pie me adjuntaba una novella titulada: “La pasión de la reina era más grande que el cuadro”. Como me intrigó el título, tanto o más que el mensaje y, además, juraba que me enviaba las clavículas de Salomón, una carta de marear o clave para entender su poética, fue lo primero que me bebí.  Me gusta, a veces, ser disciplinado, dejarme torear.

Como a esta alturas posiblemente entenderán, le creí; pero la liebre acariciada eriza el lomo, se transforma en gato montés. Pronto dejó de ser la suave pata de liebre de la buena suerte —esa que algunos colgaban de un llavero antes de la revolución vegetariana—, para clavar sus gatunas aguja hipodérmicas, y la inquieta nariz de liebre me sonrió con la grotesca y diabólica mueca casi humana de Popotas, el gato de Bulgakov. Y mientras eso sucedía, mientras seguía el ritmo de su prosa alucinada y gestual, fui comprendiendo que había sido engañado, pero no tanto. No era esta la llave maestra para navegar su poesía, sino para entrar a su atelier, es decir, hurgar un poco entre sus obsesiones y su mundo caótico. “Para contar la historia del cuadro he tenido que engordar quince kilos”. Avanza el imán, con una gravedad, a estas alturas de la vida, andrógina: puesto que la vanidad se maquilla y se viste unisex. Lo que continúa es un episodio, sino totalmente testimonial, descarnadamente veraz, en el que se cuenta, casi todo el tiempo en primera persona, una historia rara y fascinante, la de una mujer, una artista madura, encerrada en su cuarto frente a un ordenador, viviendo al mismo tiempo varios mundos virtuales. Tan potente son sus memorias como su psiquis surrealista, los personajes reales o imaginarios que la habitan; porque esta mujer es un lienzo, un palimpsesto cubierto de infinitas cáscaras de óleo, que se resiste a dejarse concluir. Un cuerpo que cuenta su vida por cicatrices, esos “dispositivos de reminiscencias”, como aseguraba ese otro guajiro galo ilustre, Severo Sarduy, cuando escribía que “cada uno podría, recorriendo sus cicatrices, escribir su arqueología, descifrar sus tatuajes en otra tinta azul” (Arqueología de la piel, El Cristo de la Rue Jacob (Barcelona, Edicions del Mall, 1987). Pero donde Severo va a la marcas que cuentan una historia, Marga se explaya en la depauperación física y mental, la enajenación, que dejan marcas más profundas y deprimentes que cicatrices, ese desgaste que más que a una anécdota precisa alude a toda una epopeya vital, al paso irremisible del tiempo: descubrir frente al espejo que le regaló su hija las imperfecciones de sus poros, “un diente postizo, el antiestético que me colocó el dentista de la Avenida de Graville en Le Havre, a quien no he matado porque partí. Qué horror de diente. Me ha dejado entre el implante y la encía, el manchón negro de la raíz del diente desvitalizado, el cual sigue oscureciéndose y me impide reír. (…) Cuando tenga dinero me haré una sonrisa de capital y trabajaré en el Reina Sofía, o en la televisión española, repleta de animadoras viejas, gordas, arrugadas, tontas y llenas de mimos, quienes ganan altos salarios y no tienen vergüenza en hablar sandeces”. O cuando constata que no le “ha salido otra arruga en la cara, pero el óvalo del rostro sigue cayendo. Cae a partir de la comisura de los labios en la incipiente papada y me deprimo. El doctor me ha anunciado que entro en la menopausia y la palabra me larga a la transparencia. No es como tener ojeras, enojarme, o perder peso. Es nunca tener fines de mes, de treinta a treinta y un día fajándome con las facturas, los manuscritos que se acumulan y contagian esta cara que ya no existe”. 

“La pasión de la reina… “ no es un rosario de penas; es más bien un diario febril, solo que su protagonista tiene suficiente coraje para narrar también sus desilusiones y fracasos, mientras de paso, sufre y vive, disfruta —puedo pensar— una historia más intensa que la de cualquier heroína. Y así, desbordada, riela entre los desahuciados, se deja seducir, seduce, vive vidas paralelas, construye ciudades y ordena —como hiciera alguna vez frente al computador matando la abulia y el sin sentido en juegos virtuales— un reino en el que ella es diosa coronada.

Esta es la historia de la mujer tras el papel, el código secreto, que como ya había anunciado, no me serviría de nada para leer su poesía —si acaso para escuchar otra versión paralela, para avisarme que me esperaban cornetas de bronce y una mirada descarnada contemplando el mundo cuántico—. Un caligrafía y otras son la misma. “Cuaderno de la Herborista”  y “La Costurera de Malasaña” son caóticos libros de labores, un diario del diario, que sería algo así como un hipertexto, asomarse al mundo a través de un laberíntico queso gruyere: con una cara a La Mancha y la otra a Normandía. La costurera y la herborista intercambian oficios poéticos, son dos caras de una misma moneda; son los temas, los ambientes, los que varían, pero la furia es la misma. Donde la costurera escribe: “He de tomar consejo de todos, la fibra rota, el paño ligero para confeccionar el lienzo que me arropará la eternidad”, la herborista sacude la cabeza nihilista, se niega a hacer concesiones, responde: “Ya que no he podido entender a los hombres, recorto y coso pero no me sale un humano, me dedico a las plantas”. Aunque no hay que confundirse, no se trata de seres diferentes, ambas tejerán versos con la misma ironía, la irreverencia femenina que suele ser más transgresora y asexuada que la de muchos hombres cuando se tiene un temperamento volcánico y el demonio súcubo se deja habitar por varones. Persiste en ambas una obsesión por el paso del tiempo, “la vejez como enigma”, llegada de súbito: ¿Qué hice para envejecer/ sin conocer respiros? Cada amanecer me arranqué la piel,/ maduré mi muerte, rompí con martillos/ la extraña jaula, corté las lianas y ahora/ no me pertenece este rostro/ que refleja el espejo.”, dice en Fin de los bellos días, de Cuaderno de la Herborista (pág. 26). Pero dónde mejor se nota es en sus poemas estacionales, que alternan entre ambos libros: dedicados a los meses, la primavera, el otoño, la liturgia de las horas. El tiempo pasa “en un pueblo triste que se escurre/ en el extremo”. También la solitud, pero una soledad rebelde, de tonada y danza, revuela en sus páginas. Los hombres pasan “amante de una noche cálida” (pág. 26), “adolescente de lengua de látigo” (pág. 49), recios e idénticos —como troncos desalmados por la tala: “Los mancebos mostraban ramas/ de una dureza que modelaba/ el horizonte del árbol” (pág. 36), escribe en Lo bueno de comer manzanas. Pasan los hombres y también los desengaños que sofoca impúdica la herborista: “cerradas las piernas emito fuegos/ desde que pinto a un hombre,/ aunque nunca falte el dildo,/ el tildo y hasta el falo japonés/ en su caja decorada con un samurai” (pág. 9, Abejones entretenidos) y la costurera zurce desconsolada: “En una habitación llena de objetos,/ —una silla vieja como mesa de noche/ un flexo torcido—/ aunque no tengo el don de la conversación/ he escuchado muchísimas cosas./ Con ligereza de carrusel tocado/ por la indiferencia de los Hombres/ me asombra la cantidad de amigos/ prematuramente muertos/ de hambre y cosas peores” (pág. 8, Desconsuelo de la costurera) La decepción de sus sujetos líricos, esas laboriosas y cáusticas mujeres —de tijera y hacha, de herbario y cajón de sastre—, trasciende el género. No es simple misandria, ese rechazo al hombre en minúsculas que sienten la mujeres despechadas, sino más bien misantropía, desencanto existencialista, espanto. Ante la falsedad del mundo, la costurera y la herborista se refugian en mundos inanimados, producen sus propias escenografías, insisten en sus faenas. Y esas manualidades encienden un espíritu taumatúrgico, curan la fiebre, regresan como memoria replicada, de una manera tan intensa que  la dictadura de cronos, el dolor y la soledad no acaban de borrar una sutil seducción, un encanto infantil, lleno de erotismo y rebeldía. La costurera y la herborista (y viceversa) se alimentan como Tamerlán, el gato de personal del Conde Cagliostro, de buena literatura; filosofando, más que asistiendo a los debates; luego zurcen y siembran, recortan y podan. Uno de los poemas que más me gusta de La Costurera de Malasaña —que dicho sea de paso, es un feliz título: la madrileña Malasaña encierra furia etimológica, un trágico bautizo y una conexión macabra entre Francia y España—dice: Monederos de piel humana Cuando los jóvenes poetas españoles Celebraron en 1927 el homenaje A don Luis de Góngora, Gerardo Diego confesó Que le había sido de mucha ayuda Las descalificaciones de eruditos. Si un escritor es despreciado Por algún famoso académico, enseguida busca descubrir el hueso de la poesía. Los eruditos siempre aciertan al revés, como los meteorólogos de campanario. Después de esto, no queda otro remedio que hacer mutis, y ni atreverse a tañer la campana retórica, que en la literatura, como en la vida, las palabras más huecas son las que más ruido hacen. Que solo sirvan estas huecas —y ya extensas— palabras mías para anunciar a la poeta.  The Roads, noviembre, martes 13 i 2012.

Por María Eugenia Caseiro

Margarita García Alonso, artista multifacética que ha realizado interesantes y a veces controversiales obras de la plástica contemporánea cubana que se edita fuera de la Isla, no sólo es dueña de un estilo indiscutiblemente dinámico y de aspectos muy destacables dentro de dicha labor, sino de una pluma ciertamente atrevida y a veces insolente, como demuestra su novela La pasión de la reina era más grande que el cuadro (Editions Hoy no he visto el paraíso, 2012). Tal vez el atrevimiento no sea otra cosa que esa manera audaz y ya madura que tienen los artistas de enfrentarse a la crítica, siempre imprevisible, la mayoría de las veces áspera. En tal atrevimiento está implícito el riesgo, que es además un reto, y no hay artista que no saboree de antemano el reto y al que no le invada la temeridad del riesgo.

Nuestra autora toma el camino del riesgo, del reto que ella misma se impone con esta novela, narrada en primera persona, “la reina”, quien nos deja caer por el barranco de una faramalla monofásica y personal en que una sola idea fija fundamenta toda la trama y para la cual Margarita García Alonso, la mujer siempre detrás del personaje, o detrás del color, ha tenido que fabricar el protagonismo. La reina es simplemente un peón del verdadero y único protagonista. Nuestra autora se ha valido de su pericia al aderezar la sustancialidad, poniendo a “su reina” al servicio del verdadero y único protagonista de su novela, la fijeza.

Con gradaciones blanquinegras sobre un tapiz monocromo y ayudada por toda una serie de ingredientes psicosomáticos que se compendian en lo que la propia autora llama “neurastenia”, dispone una descarga que, yendo un poco más allá de lo individual, coloca al interlocutor imaginario en el estribo de su propia realidad dentro de otra de percepciones contrapuestas.

La reina crea universos de maquinaciones y la intriga es capaz de alcanzarnos en nuestra butaca a punto de intentar tasar los diferentes universos creados por ésta que, a pesar de su realidad, concebida desde enfoques paralelos de la misma, hace de todos ellos una amalgama que por momentos pareciera querer a toda costa agotar la paciencia de su consabido e imaginario interlocutor. Y es que Platón dijo alguna vez “donde reina el amor sobran las leyes”. Es precisamente en esos momentos en que la autora, al decir de Lezama (“La nube los destroza / y la mosca gobierna / el ritmo que se goza / en una sola pierna”), representa también desde su estrato de invisibilidad un personaje maldito detrás de su reina, y va saboreando el riesgo, sacando entramados de debajo de la manga, siempre girando sobre la fijeza, la misma fijeza que se renueva una y otra vez para regresar al punto de partida.

La obsesión infra-prismática de la reina creada por Margarita García Alonso es un cúmulo de estados de fatiga amorosa, una red de sentimientos que a su vez encarna la parálisis a nivel evolutivo de esos sentimientos en una especie de encierro de quien ha sobrevivido el cañoneo y lucha a su manera, aunque esa lucha vaya en contra de sí misma. Una lucha que convierte en una especie de juego, obsequioso, de la suspensión de los mundos paralelos para poder recrearlos a su antojo, navegando en contra de su propia corriente de eufemismos que se abandona a una psiquis de propensiones abstrusas.

La pasión de la reina era más grande que el cuadro es un reto que la autora pone a disposición de la crítica, pero sobre todo, que ha sido destinado a lectores que habiendo vivido lo suficiente como para que la ensambladura de un mundo creado no sea un tropiezo, vean en sus páginas de obstinadas y discursivas aleaciones la puerta que un ser –a pesar de toda contradicción, auténtico– ha dejado entreabierta para explorar y conceptualizar un campo minado de fijezas.

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11 de Junio de 2014 por MargaritaGarciaAlonso
“La pasión de la reina era más grande que el cuadro”, por Joaquín Badajoz
Hace poco menos de dos meses, el 18 de septiembre para ser exacto, recibí tres cuadernos de poesía de Margarita García Alonso; y unas semanas más tarde, el 6 de octubre, para continuar con ese impertinente asunto de la exactitud, un breve mensaje: “la pasión, que explica un poco los poemas”. Al pie me adjuntaba una novella titulada: “La pasión de la reina era más grande que el cuadro”. Como me intrigó el título, tanto o más que el mensaje y, además, juraba que me enviaba las clavículas de Salomón, una carta de marear o clave para entender su poética, fue lo primero que me bebí. Me gusta, a veces, ser disciplinado, dejarme torear.

Como a esta alturas posiblemente entenderán, le creí; pero la liebre acariciada eriza el lomo, se transforma en gato montés. Pronto dejó de ser la suave pata de liebre de la buena suerte —esa que algunos colgaban de un llavero antes de la revolución vegetariana—, para clavar sus gatunas aguja hipodérmicas, y la inquieta nariz de liebre me sonrió con la grotesca y diabólica mueca casi humana de Popotas, el gato de Bulgakov. Y mientras eso sucedía, mientras seguía el ritmo de su prosa alucinada y gestual, fui comprendiendo que había sido engañado, pero no tanto. No era esta la llave maestra para navegar su poesía, sino para entrar a su atelier, es decir, hurgar un poco entre sus obsesiones y su mundo caótico.

“Para contar la historia del cuadro he tenido que engordar quince kilos”. Avanza el imán, con una gravedad, a estas alturas de la vida, andrógina: puesto que la vanidad se maquilla y se viste unisex. Lo que continúa es un episodio, sino totalmente testimonial, descarnadamente veraz, en el que se cuenta, casi todo el tiempo en primera persona, una historia rara y fascinante, la de una mujer, una artista madura, encerrada en su cuarto frente a un ordenador, viviendo al mismo tiempo varios mundos virtuales. Tan potente son sus memorias como su psiquis surrealista, los personajes reales o imaginarios que la habitan; porque esta mujer es un lienzo, un palimpsesto cubierto de infinitas cáscaras de óleo, que se resiste a dejarse concluir. Un cuerpo que cuenta su vida por cicatrices, esos “dispositivos de reminiscencias”, como aseguraba ese otro guajiro galo ilustre, Severo Sarduy, cuando escribía que “cada uno podría, recorriendo sus cicatrices, escribir su arqueología, descifrar sus tatuajes en otra tinta azul” (Arqueología de la piel, El Cristo de la Rue Jacob (Barcelona, Edicions del Mall, 1987). Pero donde Severo va a la marcas que cuentan una historia, Marga se explaya en la depauperación física y mental, la enajenación, que dejan marcas más profundas y deprimentes que cicatrices, ese desgaste que más que a una anécdota precisa alude a toda una epopeya vital, al paso irremisible del tiempo: descubrir frente al espejo que le regaló su hija las imperfecciones de sus poros, “un diente postizo, el antiestético que me colocó el dentista de la Avenida de Graville en Le Havre, a quien no he matado porque partí. Qué horror de diente. Me ha dejado entre el implante y la encía, el manchón negro de la raíz del diente desvitalizado, el cual sigue oscureciéndose y me impide reír. (…) Cuando tenga dinero me haré una sonrisa de capital y trabajaré en el Reina Sofía, o en la televisión española, repleta de animadoras viejas, gordas, arrugadas, tontas y llenas de mimos, quienes ganan altos salarios y no tienen vergüenza en hablar sandeces”. O cuando constata que no le “ha salido otra arruga en la cara, pero el óvalo del rostro sigue cayendo. Cae a partir de la comisura de los labios en la incipiente papada y me deprimo. El doctor me ha anunciado que entro en la menopausia y la palabra me larga a la transparencia. No es como tener ojeras, enojarme, o perder peso. Es nunca tener fines de mes, de treinta a treinta y un día fajándome con las facturas, los manuscritos que se acumulan y contagian esta cara que ya no existe”.
“La pasión de la reina… “ no es un rosario de penas; es más bien un diario febril, solo que su protagonista tiene suficiente coraje para narrar también sus desilusiones y fracasos, mientras de paso, sufre y vive, disfruta —puedo pensar— una historia más intensa que la de cualquier heroína. Y así, desbordada, riela entre los desahuciados, se deja seducir, seduce, vive vidas paralelas, construye ciudades y ordena —como hiciera alguna vez frente al computador matando la abulia y el sin sentido en juegos virtuales— un reino en el que ella es diosa coronada.
Esta es la historia de la mujer tras el papel, el código secreto, que como ya había anunciado, no me serviría de nada para leer su poesía —si acaso para escuchar otra versión paralela, para avisarme que me esperaban cornetas de bronce y una mirada descarnada contemplando el mundo cuántico.

JOAQUÍN BADAJOZ Miembro correspondiente de la Academia Norteamericana de la Lengua Española (ANLE). Es presidente de la Comisión de Relaciones Públicas de la ANLE, miembro del consejo editorial de Glosas, de la ANLE, y miembro del consejo editorial de Cuadernos de ALDEEU (Asociación de licenciados y doctores españoles en Estados Unidos). Ha publicado los ensayos Excursión de Thor a Utgard, Colección Premio Calendario, Editora Abril, La Habana, 1996; Reinaldo Arenas a las puertas del delirio, en “Locura y éxtasis en las letras y artes hispánicas”, Cuadernos de ALDEEU, Vol. XVI, No.2, Nueva York, Marzo 2000; Exilio y Nacionalidad. La nación y la emigración en la encrucijada de los estados postnacionales, en “En el centenario de la República de Cuba”, Instituto de Estudios Cubano, Editora Corripio, Miami 2004; La sobrevida: Sonetos de la Muerte de Odón Betanzos, en “Odón Betanzos Palacios o la integridad del árbol herido”, Gerardo Piña Rosales, Ed./Círculo de escritores y poetas iberoamericanos de Nueva York, Nueva York, 2004; España Regurgitada (una lección de antehistoria, un artista cubanoamericano del spanglish y una aventura neosurrealista en la ciudad sitiada), en “Hispanos en los Estados Unidos: tercer pilar de la hispanidad”, Teachers College-Columbia University, Nueva York, 2004; entre otros. Ha publicado reseñas, poesía y narrativa en varias revistas y antologías de Cuba, España, Estados Unidos, Francia y México. Es editor ejecutivo de la revista Cosmopolitan en español. Reside en Miami, Estados Unidos.
11 de Junio de 2014 por MargaritaGarciaAlonso
POR GINO GINORIS
“ soy una pintora sin lienzo, una escritora sin palabras, una mujer sin amor.”

Tengo un sueño, es que algunas veces hago eso, soñar. Estoy sentado frente a la impresora y una a una salen las páginas de una novela azul, el color es importante en este sueño y sí, también sueño a colores. Se me antoja que todo lo que se escribe en Le Havre es de ese color, como el tercer cielo que en ocasiones abraza a la pequeña ciudad del noroeste de Francia y desde la acera va subiendo con majestuosa altivez por los muros que contienen su apacible cotidianeidad.
Yo quería saber por qué una guajirita de Matanzas se había coronado Reina de un paraje tan alejado de los barrios provincianos de mi isla, la curiosidad me la mató al misma autora cuando sorpresivamente me regaló” La pasión de la reina era más grande que el cuadro” su novela más reciente.
Margarita García Alonso sabe de alquimias y pociones mágicas, de otra forma no me explico que un personaje desencantador resulte al final de la novela un ser de alguna forma “perdonado” y aquí dejo constancia de que odié, aborrecí, padecí y al mismo tiempo sentí lástima de Andrei, no sé donde colocar los otros sentimientos (creo que así se dice) que me han dejado esta novela, no soy el más indicado para establecer puntos de abordaje, pero de seguro estarán sobre la cuerda, como yo, buscando el equilibrio necesario entre la vida, la verdadera vida y esta obra que no dejará a nadie indiferente.
Portadora de un lenguaje ríspido, armónico y algunas veces golpeador, la novela nos vuelca de un tirón dentro del equipaje existencial de sus personajes, descritos con una sinceridad fuera de todo límite, los pasajes conmueven, la lectura distrae, entretiene, asusta, rompe conceptos y te hace replantearte algunas formulas que la modernidad nos ha ido imponiendo a los que como yo, un día decidieron aterrizar en cualquier pasto que no fuera aquel “rodeado de agua por todas partes”.
En un juego que nos hace cómplices y de alguna manera partícipes de la cadena de sucesos que aquí se cuentan, Margarita va descorriendo los velos que nunca vemos los lectores, el proceso creativo se desnuda acá, y lo hará de una forma descarnada y hasta atrevida, pero ojo, solo es una trampa , un recurso muy bien utilizado para enrolarnos en lo fascinante de esta historia contada en primera persona, donde el ser humano es el centro de su propio relato, y sobre su espalda, esplendorosamente dibujados y bien definidos van colgados sus miedos, la sordidez de sus intensiones, los conflictos entre el que da y el que recibe, las ausencias todas y esa necesidad casi enfermiza de irnos al descanso de una manera diferente a como nos levantamos en la mañana.

Créanme cuando digo que La pasión de la reina… es una aventura disfrutable y que después de esto las reinas de cualquier comarca vecina anudaran las cintas de sus diarios de vida porque “escribir no es asunto de un buen cerebro, de un corazón generoso, de manos diestras, ni tan siquiera de técnicas o de manuales de redacción y ortografía, escribir es asunto de tripa.”

Ahora que me acuerdo, les decía que tengo un sueño, pues al final de este, bajo la tenue luz del día que se marcha envuelvo en un papel azul la novela terminada, olorosa a tinta fresca, en la cual descubrí porqué Gracia Dediox se convirtió en reina. Luego despierto.

Gino Ginoris. Nació en Cárdenas, Matanzas, Cuba, en 1965. Reside en Chile desde el 2003, donde dirige la revista literaria Verbo des(nudo) en la cual ha editado a diferentes autores. Ha publicado “A la espera del próximo vuelo”, poesía, Argentina 2011; “El otro lado de la Bestia, Chile, 2013; así como poemas y relatos en diferentes revistas y publicaciones digitales de Chile, España, Canadá, Colombia. Ha sido prologado en varias antologías de poesía latinoamericana.
11 de Junio de 2014 por MargaritaGarciaAlonso
La pasión de la reina era más grande que el cuadro (novela). Por Maricel Mayor Marsán

Libro desgarrador donde el exilio y la búsqueda de la felicidad se entrelazan con la amargura de una vida junto a Andrei (personaje odioso) y a otros maltratadores como el padre y el hermano de la protagonista, aparte de brindar una semblanza profunda del bajo mundo madrileño, donde la droga y el vicio se dan cita, para mayor desgracia de los exiliados que tienen que convivir en barrios marginales de dicha capital.
La pintura siempre es un buen pretexto para analizar la vida que nos rodea. Además, esa es la manera en que un pintor plasma e interpreta su mundo.
Hay una frase que me llegó mucho y me recordó una sensación que tuve hace varios años al morir mi propia abuela: “Mi abuela ha muerto y no podrá advertirme que la oscuridad ronda, que debo vigilar” en la sección 0009. Te confieso que me siento muy sola desde que ella se me fue y, me parece, que a tu personaje le pasa igual. Ya no es lo mismo.
Y, para finalizar, me parece genial esta frase, pero a la vez me llena de tristeza que alguien tenga que llegar a esa conceptualización filosófica: “Aprendiste a ser invisible en el exilio, a fuerza de tanto maltrato.”
Cuanto oprobio hemos tenido que sufrir para sentirnos vivos, incluso hasta preferir ser invisibles para evitar más daño.
Tu novela es una catarsis, una fuga de tu dolor interno y el desahogo de muchos años de soledad, que se condensan en la trama principal, a través de los personajes de la misma. Su estilo es muy original.
Maricel Mayor Marsán Santiago de Cuba (1952). Poeta, narradora, dramaturga, profesora y directora de redacción de la Revista Literaria Baquiana. Ha vivido en España y posteriormente en los Estados Unidos desde temprana edad. Entre sus libros más recientes se encuentran: Rumores de Suburbios (2009), Español o Espanglish ¿Cuál es el futuro de nuestra lengua en los EE.UU.? (2008), José Lezama Lima y la mitificación barroca (2007), Poemas desde Church Street (2006), En el tiempo de los adioses (2003), Gravitaciones Teatrales (2002) y Errores y Horrores/Sinopsis histórica poética del siglo XX (2000). Su obra ha sido traducida parcialmente al chino, inglés, italiano y sueco. En el año 1996 la Biblioteca Nacional de Poesía de los Estados Unidos le otorgó el Editor’s Choice Award por su obra poética y en el 2007 resultó ganadora del concurso de relatos breves “Chile con mis ojos” de la Televisión Nacional de Chile. En el 2009 fue invitada como poeta destacada en el Festival Internacional de Poesía de Austin (Texas, EE.UU.). Sus textos han sido publicados en revistas y antologías en América Latina, Asia, Estados Unidos, Europa y el Medio Oriente, tales como: Libertad, Creación e Identidad: Encuentro Mujer y Escritura, publicación del Centro de Solidaridad para el Desarrollo de la Mujer y la Universidad Autónoma de Santo Domingo en República Dominicana (1991); Nosotros los poetas (Antología poética) publicada por el Ministerio de Educación y Cultura en Montevideo, Uruguay (2001); Entrelíneas, revista de la Asociación Israelí de Escritores en Lengua Castellana en Tel Aviv, Israel (2003); Hispanos en los Estados Unidos: Tercer Pilar de la Hispanidad — Acta del Simposio Internacional sobre la Presencia Hispánica en los EE.UU. en Columbia University, Nueva York (2004); Las Letras — Homenaje a Carmen Conde en su centenario, publicado por el Patronato Carmen Conde en Cartagena, España (2006); Final de Entrega – Antología de poetas contra la violencia de género, publicado por la Unidad Mujer del Ayuntamiento de Córdoba en España (2006); Desde una plataforma en Manhattan — Antología de Maricel Mayor Marsán (1986 — 2006), publicada por la Universidad Autónoma de México (UAM) en Ciudad México, D.F. (2008); Nayagua — Revista Literaria de la Fundación Centro de Poesía José Hierro en Getafe — Madrid, España (2008); y la Enciclopedia del Español en los Estados Unidos (Anuario del Instituto Cervantes), publicada por la editorial Santillana en Madrid, España (2008). La prestigiosa editorial Holt, Rinehart and Winston ha incluido su poesía en los libros de texto, Exprésate (2006, 2007, 2008) y Cultura y Lenguaje (2007, 2008), para el estudio del español en las escuelas a nivel secundario de la nación norteamericana
11 de Junio de 2014 por MargaritaGarciaAlonso
Breve reseña de La pasión de la reina era más grande que el cuadro. Por María Eugenia Caseiro “La nube los destroza / y la mosca gobierna / el ritmo que se goza / en una sola pierna.” Lezama
Margarita García Alonso, artista multifacética que ha realizado interesantes y a veces controversiales obras de la plástica contemporánea cubana que se edita fuera de la Isla, no sólo es dueña de un estilo indiscutiblemente dinámico y de aspectos muy destacables dentro de dicha labor, sino de una pluma ciertamente atrevida y a veces insolente como nos demuestra en su novela La pasión de la reina era más grande que el cuadro (Editions Hoy no he visto el paraíso, 2012). Tal vez el atrevimiento no sea otra cosa que esa manera audaz y ya madura que tienen los artistas de enfrentarse a la crítica, siempre imprevisible, la mayoría de las veces áspera. En tal atrevimiento está implícito el riesgo, el riesgo que es además un reto, y no hay artista que no saboree de antemano el reto y al que no le invada la temeridad del riesgo.
Nuestra autora toma el camino del riesgo, del reto que ella misma se impone con esta novela, narrada en primera persona, “la reina”, quien nos deja caer por el barranco de una faramalla monofásica y personal en que una sola idea fija fundamenta toda la trama y para la cual, Margarita García Alonso, la mujer siempre detrás del personaje, o detrás del color, ha tenido que fabricar el protagonismo. La reina es simplemente un peón del verdadero y único protagonista. Nuestra autora se ha valido de su pericia al aderezar la substancialidad, poniendo a “su reina”, al servicio del verdadero y único protagonista de su novela, la fijeza.
Con gradaciones blanquinegras sobre un tapiz monocromo y, ayudada por toda una serie de ingredientes psicosomáticos que se compendian en lo que la propia autora llama “neurastenia”, dispone una descarga que, yendo un poco más allá de lo individual, coloca al interlocutor imaginario en el estribo de su propia realidad dentro de otra de percepciones contrapuestas.
La reina crea universos de maquinaciones y la intriga es capaz de alcanzarnos en nuestra butaca a punto intentar tasar los diferentes universos creados por ésta que, a pesar de su realidad, concebida desde enfoques paralelos de la misma, hace de todos ellos una amalgama que por momentos pareciera querer a toda costa agotar la paciencia de su consabido e imaginario interlocutor. Y es que Platón dijo alguna vez “Donde reina el amor sobran las leyes”. Es precisamente en esos momentos en que la autora, al decir de Lezama: “La nube los destroza / y la mosca gobierna / el ritmo que se goza / en una sola pierna.”, representa también desde su estrato de invisibilidad, un personaje maldito detrás de su reina, y va saboreando el riesgo, sacando entramados de debajo de la manga, siempre girando sobre la fijeza, la misma fijeza que se renueva una y otra vez para regresar al punto de partida.
La obsesión infra-prismática de la reina creada por Margarita García Alonso, es un cúmulo de estados de fatiga amorosa, una red de sentimientos que a su vez encarna la parálisis a nivel evolutivo de esos sentimientos en una especie de encierro de quien ha sobrevivido el cañoneo y lucha a su manera, aunque esa lucha vaya en contra de sí mismo, pero que convierte en una especie de juego, obsequioso, de la suspensión de los mundos paralelos para poder recrearlos a su antojo y navegando en contra de su propia corriente de eufemismos, se abandona a una psiquis de propensiones abstrusas.
La Pasión de la reina era más grande que el cuadro, es un reto que la autora pone a disposición de la crítica, pero sobre todo, que ha sido destinada a lectores que habiendo vivido lo suficiente como para que la ensambladura de un mundo creado no sea un tropiezo, vean en sus páginas de obstinadas y discursivas aleaciones la puerta que un ser, a pesar de toda contradicción, auténtico, ha dejado entreabierta para explorar y conceptualizar un campo minado de fijezas.
María Eugenia Caseiro. Narradora y poeta cubana. Reside en Miami. Miembro de la Unión de Escritores y Artistas del Caribe, de la Unión Hispanoamericana de Escritores, de la Asociación Caribeña de Estudios del Caribe y Miembro Colaborador de la Academia Norteamericana de la Lengua Española (ANLE). Integra la Muestra Permanente de Poesía Siglo XXI de la Asociación Prometeo de Poesía y el Consejo Editorial de La Peregrina Magazine. Ha participado como jurado en certámenes literarios. Ha obtenido reconocimientos por dedicación a la difusión de la cultura. Premio José María Heredia, Primer Premio Narrativa Artesanías Literarias, Primer Premio Poesía Carta Lírica 2011. Ha publicado Nueve cuentos para recrear el café en versión bilingüe, español y francés, y los libros de poemas, ESCAPARATE, el caos ordenado del poeta, que reúne varias épocas de su poesía, y Arreciados por el éxodo, en Imagine Cloud Editions
31 de Octubre de 2012 por MargaritaGarciaAlonso
vidéo promo http://www.youtube.com/watch?v=oHdgEBMNnFw
31 de Octubre de 2012 por MargaritaGarciaAlonso
http://codelamarga.blogspot.fr/2012/10/sobre-la-pasion-de-la-reina-era-mas.html
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