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Desde mi cabaña

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  • Autor: Antonio Ruíz Heredia
  • Estado: Público
  • N° de páginas: 101
  • Tamaño: 170x235
  • Interior: Blanco y negro
  • Maquetación: Pegado
  • Acabado portada: Mate
  • Vendidos: 48
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Los árboles, si se les deja, tienden a ser bastante longevos. Ellos sobreviven al presente, como nosotros; conservan del pasado su porte y sus anillos concéntricos al igual que nosotros. Con el paso del tiempo nuestra figura se rellena de recuerdos, animados unos, inanimados y estáticos otros, rodeados siempre de cierta corteza que se aja y desquebraja con los años, como la de los árboles.

Compartimos con los árboles la inexistencia impalpable del futuro –tanto inmediato como lejano- así como también la esperanza de llegar a él y por tanto la elaboración de planes y proyectos, del  mismo modo y manera que el árbol planifica a lo largo del invierno la primavera que se acerca, engrosando las yemas y brotes de sus ramas, prestos a resurgir.

En cuanto al presente, lo llevamos exactamente de igual modo: solamente existe el instante preciso de ese “ahora” que nosotros hilvanamos presta y hábilmente con el que le sigue y luego con el otro, en un alarde de previsión cual empalme de fotogramas impresionante.

El árbol también.

Su momento presente lo conforma el último y más extenso anillo de crecimiento protegido bajo la dura corteza; al tiempo, el anillo anterior, que es el pasado inmediato, va lentamente secando, compactando y endureciendo para ayudar a sustentar ese conjunto de antiguos anillos que conforman el todo que es cada árbol.

Nosotros también.

El futuro añillo, ya en ciernes como una laminilla somera, comienza lentamente a formarse para llegar al próximo presente, que es su mañana.

Pero este increíble captador del tiempo que es cada árbol, cuando tiene la suerte de estar acompañado puede llegar a formar multitud, que es aquello a lo que denominamos “bosque”.

Cada bosque constituye una entidad distinta, se trata de una agrupación compacta, interrelacionada, que se alimenta del  sustrato al tiempo que lo fabrica; que protege aquel soporte fértil que es el suelo, de la terrorífica y destructiva erosión, componiendo al tiempo refugio y hogar de fauna diversa; también de flora ya que acoge en su seno multitud de arbustos, flores, hierbas, musgos y líquenes que se aferran a rocas, troncos caídos y cortezas de los que permanecen en pié. En su suelo fértil prosperan representantes del Mundo Fungi, cuyos “frutos” a los que denominamos “setas”, extienden invisiblemente sus redecillas por debajo de la superficie del suelo; invadiendo el bosque, intercambiando alimento con las raíces de muchos árboles con los que se asocian o ayudando a transformar leña caída en nuevo, fresco y nutritivo humus.

Creador de claroscuros y fabricante de historias, el bosque nos sugiere sensaciones, experiencias y facilita sombra y frescor a nuestras aventuras y correrías.

Es, como digo un conservador de hechos pasados, que atesora historia en los anillos de todos sus componentes y un fabricante de ilusiones futuras, los que anuncia mediante sus múltiples brotes y yemas, al igual que nosotros.

Pero este libro no trata de árboles precisamente, no al menos de individualidades, sino de la realidad que forma esa muchedumbre a la que llamamos bosque, entre cuyo ramaje, huecos, intersticios y laberintos aprovecha un gentío de seres increíbles para nacer, vivir, cazar, exhibirse y procrear. El bosque es a su vez protagonista mudo y los seres que lo habitan no podrían ser quienes son, sin ese soporte que crea paisaje, verdor, follaje y mantillo a manos llenas.

Todos ellos son sus protagonistas y participan de los hechos que suceden en su seno, en el interior del bosque. Cosas que yo he visto, de las que he disfrutado, con las que me he reído,  que os cuento y que os invito a  compartir con vuestros hijos.

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