Desde niña me ha gustado imaginar historias de mundos fantásticos y de ciencia ficción. También historias románticas, sin caer en lo empalagoso, donde ambos protagonistas tuvieran el mismo valor, fueran complementarios y resultaran igual de importantes para la historia. Así, mis relatos siempre han tenido un componente humano dentro de mundos de aventuras y de lo surreal.
Por otra parte, siempre me han atraído la mitología, las leyendas y el lado oscuro de las cosas. Cuando murió mi madre fue el momento en el que me sumergí en el mundo de la cultura gótica y en todos sus aspectos: la oscuridad, la melancolía y la belleza que habita en aquello que muchas personas rehúyen, como la muerte. Adopté su estética y su pensamiento introspectivo. Amo el silencio de la noche y disfruto de los momentos de soledad, esa soledad de estar contigo misma.
Todo esto lo he vivido entre el mundo “tradicional”, que no excluyo, sino que también comparto, ya que mi familia forma parte de él.
Mi padre me inculcó el amor y el respeto por la naturaleza y los animales, algo que yo misma he transmitido a mis hijas.
Cada una de estas vivencias ha influido en esta obra, una novela que me ha llevado años escribir, porque es el fruto de mis distintos momentos de nuestra vida: algunos productivos, otros de reposo, necesarios para ir dándole forma. A veces no ocurre nada destacable, y otras suceden cosas que nos marcan para siempre. Durante todo ese tiempo, sus personajes se convirtieron también en familia, como si fueran reales, como si existieran, otorgándoles así su propia vida.