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romi
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En las tardes de otoño

17 de Noviembre de 2013 a las 12:23
Bubok

EN LAS TARDES DE OTOÑO

 

               Todavía, en las tardes de otoño y cuando se camina por la Carrera del Darro, parece intuírsele ahí. Sentado al borde del río, mirando en silencio a la Alhambra y al cielo azul que le corona y meditando. Nadie supo entonces ni sabe ahora qué medita o espera pero su silencio y quietud, llena de respeto por la dignidad que desprende y el misterio que encierra.  

 

               Era hijo único de una familia muy rica que tenía su palacio en esta zona de Granada. Cerca de las aguas del río Darro, a los pies mismo de la Alhambra y, donde el barrio del Albaicín se derrama como en un lago por donde el río se desliza. Y su palacio era todo de piedra, con columnas, pilares y salones de mármoles y con hermosos jarrones de vidrio y barro decorado. Del techo de estas salas y habitaciones, colgaban lujosas lámparas y las paredes, todas estaban revestidas con azulejos en todas las formas y colores.

 

               Ya estaba el joven para cumplir los dieciocho años y por aquellos días era amigo de otro muchacho casi de su misma edad. Lo había adoptado la familia después de que su padre muriera en una batalla en los ejércitos de la Alhambra. Poco después murió la madre y como esta familia era muy amiga de los dueños de la casa a los pies de la Alhambra, al quedarse el joven sin padre, se lo trajeron a vivir con ellos. Era un muchacho culto porque había estudiado pero todos decían que tenía un gran defecto. Comentaban:

- Es soberbio como nadie en este mundo y además está acomplejado.

- Y también dicen que es muy vengativo aunque se muestre educado. Detrás de este comportamiento refinado y malicioso, siempre hay malos pensamientos y mucho egoísmo.

- Pues hay que tener mucho cuidado con él. Estas personas traicionan cuando menos te esperas y por eso no son de fiar. Son oscuros, con apariencia de importantes, reaccionan con violencia y atacan con toda crueldad a todo aquel que no se someta a sus caprichos.       

 

               El joven hijo de la familia rica ni era inteligente ni tenía estudios. Sí poseía una pequeña enfermedad síquica. Hablaba gangoso, se comportaba y reaccionaba con torpeza porque su inteligencia era escasa y mostraba siempre mucho interés por el aprecio de los demás y hacia los demás. Por eso los padres lo trataban con mucho cariño y siempre procuraban que nadie ni a nadie hiciera daño. Desde el primer día se comportó muy cariñoso con el joven que los padres habían adoptado aunque éste lo trataba con desprecio. Le decía:

- Tú eres tonto y ni siquiera sabes leer ni escribir. No te quiero a mi lado porque solo tu presencia me quita categoría.

Y el joven con deficiencia mental, le decía:

- Pues a mí me gustan mucho las plantas del jardín de mi casa y por eso quiero ser amigo tuyo. ¿A ti te gustan las flores?

- Vete a freír espárragos y ni te juntes conmigo ni me hables. ¿No te das cuenta que tengo estudios y mis padres han sido nobles? De ningún modo quiero ser amigo tuyo.

No entendía estas cosas el joven hijo legítimo de la casa cerca del río.

 

               Pero un día, esta familia y para hacer un poco más feliz a su hijo enfermo, contrataron a un jardinero. Un joven pobre del barrio del Albaicín, con muy escasa cultura pero amable, bondadoso, trabajador y, sobre todo, muy humilde y generoso con todo el mundo. Enseguida el joven disminuido y dueño de alguna manera de la casa del jardín, se ofreció al jardinero para ser su amigo. Le dijo:

- Quiero que me enseñes a sembrar y cuidar las plantas que dan flores de colores. A mí me gusta mucho verlas crecer y luego cuando abren sus flores y las mariposas y abejas revolotean acariciándolas.

- Pues tú no te preocupes que yo voy a ser tu amigo y los dos juntos, vamos a sembrar muchas plantas para que den flores y también árboles para que echen frutos.

 

               Y se hicieron muy buenos amigos el joven jardinero y el muchacho disminuido. A los pocos días, ya tenían muchas flores sembradas y también, con la ayuda y complacencia de la madre, árboles frutales como higueras, cerezos, moreras, nísperos y azufaifos. Y el joven jardinero continuamente le decía a su amigo gangoso:

- Cogeremos cerezas y luego moras, higos, nueces y almendras en cuanto estos árboles crezcan y den sus frutos. Y ya verás cuantos pájaros van a venir por aquí para llenar de trinos, colores y vuelos todo este jardín nuestro.

- ¡Cuánto me gusta y qué bueno que seamos amigos!

 

               En las macetas y pocos días después, brotaron las plantas que sembraron. Pero no mucho después, el joven adoptado, al descubrir la armonía que existía entre el jardinero y el muchacho enfermo, arrancó las plantas de algunas de estas macetas. Al descubrirlo el joven disminuido, se asustó y se lo dijo enseguida a su amigo el jardinero. Le preguntó:

- ¿Tú lo has hecho?

- De ninguna manera. Ya sabes que soy tu amigo y me gusta sembrar y cuidar las plantas que tanto te gustan a ti.

Al día siguiente, vieron más plantas arrancadas y algunas macetas tiradas por el suelo. Muy disgustado el joven gangoso se lo dijo a su madre y ésta, pensó que podría ser obra del jardinero. No le dijo nada pero como unos días más tarde en el jardín aparecieron arrancados de raíz algunos de los árboles que hacía unos meses habían sembrado, la mujer a los pocos días despidió al jardinero y le dijo:

- Y no vuelvas más por aquí porque mi hijo está muy triste y disgustado.

 

               Se regocijó entonces mucho el joven culto y adoptado y aprovechó para burlarse del enfermo. Éste, al saber que su amigo el jardinero ya no estaba con él, comenzó a irse a orillas del río. Junto a las aguas se sentaba y, en silencio, miraba a la Alhambra y soñaba o meditaba, la madre lo dejaba porque veía que de este modo ocupaba el tiempo y era feliz y el joven adoptado, ni le hacía caso. No mucho después,  en el jardín se secaron todas las plantas y una tarde de otoño, el joven enfermo, salió de su casa, cruzó el río, caminó hacia la Alhambra y siguió avanzando hacia Sierra Nevada. Se decía: “Voy en busca de mi amigo para que me diga el por qué en este jardín se están secando todas las plantas que sembramos y porque lo necesito”. Y desde aquel día, nunca más nadie supo de él.

 

               Sin embargo, hoy todavía, en las tardes de otoño y cuando se camina por la Carrera del Darro, parece intuírsele ahí. Sentado al borde del río, mirando en silencio a la Alhambra y al cielo azul que le corona y meditando. Nadie supo entonces ni sabe ahora qué medita o espera pero su silencio y quietud, llena de respeto por la dignidad que desprende y el misterio que encierra.  
   
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