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romi
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Los amigos

12 de Diciembre de 2013 a las 11:23

Bubok

LOS AMIGOS

 

               Las dos familias eran pobres. Vivían en el barrio del Albaicín y, además de un pequeño trozo de tierra que cultivaban como huerto, tenían unas cuantas cabras cada familia. La familia más pobre eran padres de un niño que ya iba casi por los doce años y la familia menos pobre, también tenía una hija rozando los diez años. Y como los padres, tanto de una familia como de la otra tenían que ocuparse en labrar las tierras de sus huertos y hacer otros trabajos para vivir, decidieron que los hijos se encargaran del cuidado de las cabras.

 

               Por eso cada mañana, el niño juntaba sus tres o cuatro cabras con las de su amiga de diez años y por el lado de arriba del barrio y riveras del río Darro, se las llevaban al campo para que pastaran. Mientras el pequeño rebaño de cabras ramoneaba por entre el monte o lo árboles, ellos jugaban juntos a cosas insignificantes pero divertidas. Construían casitas con piedras recogidas en los campos, trazaban caminos, imaginaban edificios llenos de árboles frutales y jardines y, en las arenas del río Darro, a veces querían construir palacios como los de la Alhambra que siempre tenían frente a sus ojos.

 

               Un día, una familia algo más rica que trabajaba en la Alhambra, preguntaron a los padres del niño y de la niña:

- ¿Queréis que nuestro hijo también junte mis cabras con las vuestras y se vayan a cuidarlas por los campos?

- Por nosotros, no hay ningún inconveniente. A partir de mañana mismo tu hijo puede juntar vuestras cabras con las nuestras y hacerse amigo de nuestros hijos.

A la niña sí le gustó esta idea pero al pequeño de la familia más pobre, no le agradó nada.

- ¿Por qué no quieres que el hijo de la familia de la Alhambra sea mi amigo?

Le preguntó la niña a su amigo de doce años.

- Porque cuando estás con él, ya no juegas tanto conmigo y me siento solo y sin cariño.

- Es que es muy guapo, simpático y fuerte y sus padres tienen dinero. A mí me gusta mucho ser su amiga.

Y el niño de la familia más pobre se ponía triste y no sabía qué más podría decir a su amiga.

 

               Pensó que a lo mejor, pasado un tiempo, su amiga volvería a interesarse por él pero no fue así. Según pasaban los días el niño de la familia pobre, vivía y se daba cuenta que la niña siempre buscaba al amigo de la familia rica. Charlaba mucho con él, se divertía y reía con cualquier cosa que hiciera o dijera, jugaban a mil juegos y muchas veces le decía:

- Cuando seamos mayores quiero tener un palacio tan grande y bonito como los de la Alhambra.

- Y yo te prometo que voy a luchar y trabajar duro para hacer real lo que sueñas. No te faltará nunca nada ni te sentirás sola y, si alguien en algún momento se acerca a ti para hacerte daño, te defenderé y derramaré por ti hasta la última gota de mi sangre.  

Y al oír estas cosas, el niño de la familia más pobre, se le quitaban las ganas de seguir jugando con ellos. También se le quitaban las ganas de juntar sus cabras con las de la niña y su amigo rico. Y así fue como una mañana, el niño de la familia de la Alhambra dijo al de la familia pobre:

- Mis padres me han dicho que yo sea el jefe entre nosotros y que me encargue de llevar las cabras a los sitios que yo quiera. También debo decidir a qué hora debemos encerrarlas, llevarlas o traerlas.  

- Pero yo soy amigo de esta niña antes que tú y he sido el que siempre he decidido cómo deben hacerse las cosas. Desde siempre, desde pequeño, he cuidado de mi rebaño, del suyo y de ella. En ningún momento le hice daño ni permití que la despreciaran.

- Pues a partir de ahora se harán las cosas del modo en que me ha dicho mi padre.

 

               Y a partir de aquel día, el niño de la familia pobre, como seguía notando que su amiga cada vez le hacía menos caso, dejó de juntar sus cabras para llevarlas a pastar a las montañas. Pasó el tiempo y los tres crecieron mucho. Se hicieron mayores y el joven de la familia pobre, miraba y miraba cada día con más recelo a su amiga y al joven de la Alhambra. Éste, un día se casó con la joven de la familia menos pobre y aquel día lloró triste y desconsolado el joven de la familia más pobre. No dijo nada ni a sus padres ni a la que había sido su gran amiga cuando pequeño ni al joven que se casaba con ella. Aceptó las cosas resignado y dejó que la joven viviera su vida.

 

               Pasaron los años y el joven de la familia pobre ni se casaba ni quería tener nuevos amigos. Ayudaba a sus padres en el trabajo del huerto y cuidaba de algunos animales hasta que un día se enteró que su amiga se había quedado abandonada. Su marido, el hijo de la familia rica de la Alhambra, le quitó su cariño, la casa que ella había soñado y el dinero que había ido ahorrando. El joven de la familia pobre, pocos días después, vio a su amiga yendo de casa en casa por el barrio pidiendo limosna, toda desarrapada y sucia. Aquella noche y en las siguientes, pensó mucho en ella y para así mismo, continuamente se preguntaba: “¿Hablo con ella y le digo que la quiero y que deseo seguir siendo su amigo?”

 

   
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