
La cabaña
Cruzaron el Puente del Aljibillo, torcieron para la derecha, atravesaron la explanada del Rey Chico, alfombrada toda ella de hojas secas de almeces y por una pequeña senda, se adentraron en el bosque de la Alhambra. El bosque de la umbría que cae desde las murallas y Torre de Comares. La tarde caía y al fondo, por donde el río Darro se alejaba y se ve Granada como sosteniendo al horizonte, el sol se fue tiñendo de rojo violeta. Por entre algunas nubes que también se teñían de naranja y gris ceniza. Las dos niñas caminaban cogidas de la mano de la madre y el niño de la calabaza, avanzaba delante. Con gran seguridad y mostrando un entusiasmo que contagiaba. Por el barrio del Albaicín, al frente y ahora al otro lado del río, las luces de las calles y plazas, comenzaban a iluminar.
Preguntó la madre:
- ¿Tú vives por aquí?
Y el niño del agua le respondió:
- Yo vivo en el Albaicín, cerca del Mirador de San Nicolás. Pero a veces, muchas mañanas y tardes, me vengo a esta cabaña mía y aquí me quedo durante mucho tiempo. Solo, casi siempre porque me gusta oír el rumor del agua brotando del manantial, con el chapoteo de la corriente del río de fondo y cuando todo duerme en Granada.
Algo extrañado por lo de la cabaña y lo de quedarse solo aquí por las noches, la madre volvió a preguntar:
- ¿De qué cabaña hablas y por qué te gusta quedarte solo por aquí?
- La cabaña, vamos a verla ahora mismo y lo otro, podréis descubrirlo un poco más tarde.
Y al dar una curva la sendilla que seguían, ya bastante elevada en la umbría, apareció ante ellos la cabaña. Una especie de chozo cónico, construido con ramas y troncos de árboles y techado con retamas, lentiscos y juncos. Abrieron mucho los ojos las dos niñas y admiradas dijeron a la madre:
- Nadie nos había dicho a nosotras que había estas cosas en Granada. Es muy bonito y nos gusta mucho. ¿Podemos hacernos amigas de este niño?
- Creo que ya somos sus amigos porque comparte con nosotros sus juegos y su mundo.
En el centro de la cabaña en forma de chozo cónico, ardía un pequeño fuego, a la derecha se veía como una pequeña repisa construida con tablas y encima de estas tablas, se veían algunos alimentos: naranjas, higos secos y nueces. A los lados y al fondo, había unas camas construidas con monte y cubiertas con panochas de maíz. Sobre éstas, unas mantas de fibra de lana, se veían dobladas. Y en la misma puerta de la cabaña, a la derecha y por donde en todo lo alto coronaba la Torre de Comares, brotaba el manantial. Un chorrillo de agua muy clara que, nada más emerger del terreno, caía a una pequeña y redonda poza y luego rebosaba y, en forma de arroyuelo, seguía surcando la ladera hacia el río Darro, por debajo de la cabaña y no muy lejos.
Junto a venero de agua clara, el pequeño soltó su calabaza y vaso de barro, entró a la cabaña al tiempo que decía a la madre y a las dos niñas:
- Ahora mismo sois mis invitados y por eso os pido que paséis. No es muy grande mi cabaña pero cabemos los cuatro.
Sin dudarlo, la madre y las dos niñas, pasaron a interior de la cabaña, se acomodaron junto al fuego porque el frío ahora ya era mucho, en unos rústicos bancos de madera y en estos momentos una de las niñas preguntó:
- ¿Tú te vas a quedar a dormir esta noche aquí?
- Claro que sí. Les he pedido permiso a mis padres y ya lo tengo todo preparado.
- ¿Y nosotras nos podemos quedar contigo?
- Podéis quedaros si vosotras queréis. Naranjas tengo doce, higos pasos, kilo y medio y nueces, poco más o menos. Podemos comer de esto, beber agua de este manantial mío, mientras nos calentamos en este fuego y luego, cuando nos entre sueño, también tenemos camas para dormir y mantas para arroparnos. Las ha tejido mi madre de la mejor lana de oveja.
- ¿Y es emocionante dormir en esta cabaña tuya, cerca del río, junto al manantial y frente al barrio del Albaicín?
- Lo más emocionante del mundo. Ya lo comprobaréis.
Se hizo de noche enseguida, el cielo se nubló, se levantó un poco de viento y, al rato, la lluvia comenzó a caer. El viento se calmó y en esos momentos, solo se oía el tintineo de las gotas de lluvia quebrándose sobre las piedras por la puerta de la cabaña, en el charco redondo del venero y en las pequeñas cascadas que había en el arroyuelo. El silencio era total y por eso se oía con toda claridad la lluvia al caer resaltada por el resplandor de las luces al frente y por el barrio y el rumor del río deslizándose algo más abajo.
De la tabla en forma de lacena, el niño cogió las naranjas, los higos secos y las nueces, le ofreció un buen puñado a cada una de las niñas y a la madre y les dijo:
- No es una cena muy especial de Navidad pero están buenos estos alimentos criados en el huerto de mi padre.
- ¿Y las naranjas también son de tu huerto?
- Cogidas ayer mismo de los tres naranjos que crecen cerca del río. Ya veréis qué sabor más bueno tienen.
Y una de las niñas también preguntó:
- ¿Y tú solo has hecho esta cabaña?
- Yo he ayudado a mi padre que ha sido el constructor y arquitecto. Pero lo de lacena, estas camas y los bancos de madera, sí es obra mía toda entera. Mi padre siempre me dice: “Vivir en una cabaña como ésta, a los pies de la Alhambra, junto a este manantial de agua tan clara, casi a dos pasos de la ciudad de Granada y del barrio del Albaicín y aquí tanto solo y con tanto silencio, es propio de un rey muy privilegiado”.
Y después de un rato en silencio los cuatro, la más pequeña de las niñas, preguntó:
- ¿Y por eso que dices te contaba tu padre, es por lo que tú construiste aquí esta cabaña?
- Por eso pero especialmente porque en el barrio del Albaicín donde vivo, muchos niños se meten conmigo, me dicen cosas humillantes y también muchos mayores, me juzgan. Me gusta vivir en este lugar porque me siento libre, nadie por aquí se mete conmigo ni me juzga y sí noto muchas veces, que alguien muy grande y bueno, me da su cariño y me quiere de verdad. Sentirme dueño de esta cabaña, el manantial de las buenas aguas, la soledad y el silencio que por aquí siempre hay, me gusta mucho. “El silencio es algo muy valioso y gustar las cosas sencillas y pequeñas, es propio de almas limpias y buenas”, es algo que también me dice muchas veces mi padre.
Y al oír esto, la madre comentó:
- Yo pienso también que en la vida, es muy interesante ser dueño de un sitio especia donde tú puedas decidir hacer lo que quieras, cuando quieras y de la manera que más te guste.
Otra vez se hizo el silencio. Fuera del chozo, se oía la lluvia caer, ahora cada vez más suave y en menos cantidad. Se oía también, muy poco y a lo lejos, el ruido de la ciudad, algunos motores de coches, las voces de algunas personas y poco más. Porque según avanzaba la noche, las personas se refugiaban en los lugares más cálidos de sus hogares y solo iban quedando por las calles, las luces de colores parpadeando y algo veladas por la fina lluvia y algunas hebras de niebla que desde el río se alzaban. En el centro de la cabaña, la lumbre también se iba apagando lentamente aunque desprendía calor suficiente para caldear la estancia y reconfortar a los cuatro que la rodeaban. Hasta sus oídos también llegaba el rumor del pequeño manantial que, según el pequeño, surgía del corazón de la Alhambra.
Mientras se comían las naranjas, ya como postre después de haber saboreado los higos secos y las nueces, la niña mayor comentó:
- Pues nosotras y si nuestra madre quiere, podemos venirnos a vivir aquí contigo. Nos gusta tu cabaña, el manantial, el río, la figura de la Alhambra como vigilando en todo lo alto y vivir aquí en Granada pero en este bosque tan lleno de silencios y todo misterioso.
Y la hermana menor preguntó:
- Mamá ¿tú qué piensas?
- Pienso que ahora mismo es muy bonito todo lo que nos está ocurriendo. Queríamos venir por Navidad a Granada para comprobar y ver cómo se viven por aquí estas fiestas y mirad lo que nos ocurren sin que lo hayamos buscado. Mañana cuando salga el sol y veamos mejor todos estos panoramas, respondo a la pregunta que me has hecho.
De una de sus calabazas de peregrino, el niño vació un poco de agua en unos jarrillos de barro, se los dio a la madre y a las niñas al tiempo que les decía:
- Un poquito de agua con sabor a Navidad para completar la sencilla cena que acabamos de celebrar.
Bebieron despacio, saborearon con gusto el agua que el pequeño les ofrecía y en ese momento, se dejó de oír el rumor de la lluvia. Un poco sorprendida, la más pequeña de las niñas, preguntó:
- ¿Ha parado de llover?
De la lumbre el niño cogió un tizón que desprendía un poco de llama, se levantó, abrió la puerta de madera que servía para cerrar la entrada al chozo, salió fuera, alumbró hacia el manantial y al ver el espectáculo, dijo:
- ¡Está nevando! Venid y veréis qué bonito.
Rápidas las tres se levantaron, salieron fuera de la cabaña y sobre ellas, enseguida cayeron los blancos copos de nieve. Miraron para el barrio del Albaicín y al descubrirlo tan en silencio, como perdido y arropado por una fina capa de niebla, con el resplandor y las luces y la nieve cayendo, comentaron:
- Una Navidad de ensueño como solo aquí en Granada ocurre.
Y al mirar para la Alhambra, la vieron toda iluminada, por completo en silencio y con los copos de nieve revoloteando por entre las torres. Durante un buen rato, observaron este mágico espectáculo. Luego volvieron a entrar al chozo y como tenían frío, se envolvieron en las mantas que había sobre las camas y la madre dijo:
- Aunque mañana, pasado, la semana que viene, dentro de unos meses y a lo largo de los años que aun nos queden por vivir en este suelo, nos ocurran cosas importantes y muchas, no olvidéis nunca esta noche y este momento. Creo que es como un paréntesis en la realidad de este mundo y tiempo, que de pronto se convierte en un trozo de cielo, dentro de una dimensión que se llama eternidad. Nada de lo que a partir de esta noche ocurra en nuestras vidas, será nunca más hermoso, dulce y trascendente que este momento.
Los niños no entendieron mucho lo que la madre les dijo pero sí guardaron silencio. Se acurrucaron un poco más en las mantas porque tenían frío y como el silencio era por momentos más denso y profundo, se quedaron dormidos.