Esta web, cuyo responsable es Bubok Publishing, s.l., utiliza cookies (pequeños archivos de información que se guardan en su navegador), tanto propias como de terceros, para el funcionamiento de la web (necesarias), analíticas (análisis anónimo de su navegación en el sitio web) y de redes sociales (para que pueda interactuar con ellas). Puede consultar nuestra política de cookies. Puede aceptar las cookies, rechazarlas, configurarlas o ver más información pulsando en el botón correspondiente.
AceptarRechazarConfiguración y más información

Foro para escritores de Bubok

Para participar en los foros de Bubok es imprescindible aceptar y seguir unas normas de conducta básicas. Puedes consultar estas normas aquí
X
romi
Mensajes: 678
Fecha de ingreso: 25 de Abril de 2008

Los tres hermanos

12 de Enero de 2014 a las 11:48

Bubok

LOS TRES HERMANOS            

                                                                             No es bueno obligar a las personas a que

                                                                                   hagan cosas en contra de su voluntad.

 

               La casa tenía tres pequeñas habitaciones. En la habitación de la derecha, dormía el matrimonio y en las dos pequeñas de la izquierda, los dos hermanos, en una y la niña, en la otra. Y como al menor de los dos varones le gustaba mucho las avecillas del bosque y las que hacían sus nidos por entre los árboles en los huertos junto al río, siempre tenía algunas de estas aves en la habitación. Por eso, el hermano mayor, constantemente le decía:

- Llegará un momento que tendré que dejarte la habitación para ti solo y para los pajarillos que cada día recoges de los campos.

- Es que cuando me los encuentro caídos del nido, sin fuerzas y dejados de los padres, no tengo más remedio que cogerlos. ¿Tú sería capaz de dejarlos morir de frío y sin alimentos?

- Yo no ni tú tampoco pero lo que te digo es cierto: un día tendré que dejarte la habitación para ti solo y para tus pájaros.

 

               La hermana mediana, sentía especial cariño por el hermano menor y respetaba mucho al mayor de los tres. Por eso ella, siempre que podía y cuando el hermano mayor no la veía, se ponía del lado del pequeño, mostrando interés por lo que éste hacía y apoyándolo. A veces, le ayudaba a buscar pajarillos indefensos por las riveras del río o por los bosques de las laderas a un lado y otro. Otras veces, se ocupaba en buscar comida para algunas de estas avecillas, como saltamontes, lombrices o semillas silvestres. Y en otras ocasiones, cuando algunas de estas avecillas enfermaban o las veía débil, las acurrucaba en sus manos para calentarlas al tiempo que les susurraba palabras buenas y le daba ánimo. Les decía:

- Tienes que ser fuerte y ponerte pronto sano porque así te dejaremos libre para que te vayas con los tuyos al campo.

Le gustaba esto mucho y le llenaba de ánimo al hermano pequeño y se lo gradecía también a escondidas del hermano mayor.

 

               Hasta que un día de primavera, muy hermoso y con todos los campos llenos de hierba y muchas flores silvestres, el hermano menor preguntó a la pequeña:

- ¿Me acompañas?

- ¿A dónde?

- En la cañada de los tres servales, a la derecha del río Darro, hace unos días vi algunos nidos de pajarillos. Me acuerdo de ellos porque me preocupa que la tormenta que anoche descargó por esas montañas, los haya dañado. Por eso quiero ir a ver qué ha pasado por allí.

- Pues te acompaño pero no se lo digas a nuestro hermano mayor. Si se entera, seguro que nos lo prohíbe o se enfada con nosotros.

- Estoy de acuerdo contigo. Vamos sin que lo sepa y nos llevamos con nosotros una jaula pequeña por si algún pajarillo está herido y necesita ayuda.

 

               Salieron de la casa, recorrieron las calles del barrio, remontaron por las veredas a los cerros por la derecha del río Darro y le entraron a la cañada de los servales desde abajo. Fueron subiendo poco a poco y al llegar a donde brotaba un pequeño manantial y crecían varios avellanos, el hermano dijo a la niña:

- ¡Espera un momento!

Se quedaron quietos y escucharon con atención y al instante oyeron el piar de unos pajarillos llamando a sus padres. Dijo el hermano:

- En ese avellano tiene el nido una pareja de verderones. Lo vi hace unos días y las avecillas ya mostraban las primeras plumas.

Miraron y no vieron a los pajarillos en el nido. Sí al momento los encontraron desperdigados por entre la hierba, casi sin fuerzas, llamando a los padres y por completo asustados. En unos minutos, cogieron a las tres avecillas, las metieron a la jaula, regresaron por los caminos y aquella noche, el hermano mayor, discutió con el pequeño. Bastante enfadado y casi a voces, le decía:

- Te he dicho mil veces que no quiero más pájaros en esta habitación nuestra. En cuanto amanezca, los voy a coger todos para acabar con ellos tirados en el río.

 

               La hermana pequeña, desde su habitación, oyó toda la discusión que por la noche el hermano mayor había tenido con el menor. Por eso, en cuanto amaneció fue a buscar la borriquilla que el padre tenía para los trabajos en la huerta. Le puso el aparejo y cuando salía el sol por encima de las cumbres de Sierra Nevada y comenzó a iluminar las torres de la Alhambra, surcaba las calles del barrio montada en la borriquilla. Al verla una vecina le preguntó:

- ¿A dónde vas sola y tan temprano?

- Me marcho de mi casa y de este barrio.

- ¿Pero a dónde te marchas y por qué?

- A un país muy lejano donde todas las personas sean amantes de los pájaros y del campo.

- ¿Pero qué sueño es este tuyo?

Y despacio, la niña le explicó los problemas de sus dos hermanos. La mujer la escuchó paciente y al final le dijo a la niña:

- Pero mujer, en este mundo, cada persona tenemos nuestra forma de ser, nuestros gustos y carácter. Tú y tus hermanos, como hacemos todas las personas, tenéis que aprender a respetaros para convivir.

- Las cosas serán así pero yo ahora me marcho para siempre de mi casa y de este barrio en busca de un mundo nuevo. Deme usted un beso y cuando vea a mis hermanos, les da a ellos otro de mi parte.

 

               Besó la niña a la mujer casi llorando y luego la despidió. Siguió montada en la borriquilla y poco a poco la fue guiando hacia al río y para donde se encontraban los huertos. La mujer enseguida fue a casa de los padres de la niña y les contó lo que había visto y oído. Rápido el padre y el hermano pequeño salieron de la casa y corrieron por las calles en busca de la hermana. La encontraron al lado de arriba del pequeño huerto, como escondida entre unas rocas y matas de lentiscos. En cuanto el hermano menor la vio, salió corriendo, la abrazó y le dijo:

- Yo no quiero que te vayas y me dejes solo. Quiero irme contigo a ese mundo nuevo que dices y llevarme conmigo a todos los pajarillos que tengo en mi habitación.

Se presentaron en ese momento el hermano mayor y la madre que enseguida dijo a la pequeña:

- Hija mía, si mundos maravillosos como los que tú buscas no los hay en ningún lugar de la tierra.

- Pero mi hermano tiene derecho a ser amigo de todos los pajarillos que quiera sin que nadie se lo prohíba. Y yo no quiero ser mala ni enfadarme con ninguno de vosotros.

 

               Se acercó el padre a la pequeña, la abrazó con ternura, se sentó en el suelo junto a ella, le pidió al menor de los hermanos que se sentara delante de él, entre sus piernas y también le dijo al mayor de los tres:

- Y tú siéntate aquí a mi derecha.

Le obedecieron los dos hermanos y cuando la madre también estuvo sentada en el lado de arriba y sobre una roca, el padre habló y dijo:

- En el alero de este pequeño edificio que aquí en el huerto tengo para guardar las herramientas, desde hace muchos años, una pareja de golondrina viene y hace su nido. Nunca yo las molesté ni me preocupé en ayudarles en nada. Simplemente las dejé que vivieran sus vidas mientras yo me dedicaba a mis cosas. Y este año, de nuevo ahí las estamos viendo. Van y vienen con pequeñas pellas de barro, plumas y hebras de pasto para reparar el nido y criar otra vez a sus polluelos. Y si miramos al frente, por el río y laderas a derecha y a izquierda, observaremos cientos de pájaros por ahí revoloteando. Currucas, verderones, ruiseñores, gorriones, chamarices, mirlos, oropéndolas, palomas y tórtolas. Todas, igual que estas golondrinas, se afanan con sus nidos y las crías, indiferentes a mi presencia por aquí y lo mismo yo con ellas.

 

               Hizo el padre un pequeño alto en su relato y la pequeña aprovechó para preguntarle:

- ¿Y qué es lo que deseas enseñarnos con esto que nos dices y muestras?

- Algo muy sencillo y que entenderéis con toda claridad. Que todos los pájaros que por aquí hay y otros muchos que viven a lo largo y ancho de la gran naturaleza de montañas, ríos y valles, se enfrentan a la vida y la superan o no sin que nosotros les ayudemos en nada. Y esta es la gran verdad: que la naturaleza y los seres vivos que la pueblan, cuanto más libre y en paz la dejemos, mejor sabe adaptarse, desarrollarse y vivir. Y nosotros sí que podemos coger de la naturaleza aquello que sea bueno y necesitemos, respetando por encima de todo y no intentar dirigirla y domesticarla a nuestro gusto o capricho. Y lo que quiero deciros es que la mayor ayuda que podamos prestarle a las estas avecillas que viven por aquí y a las del mundo entero, es admiraras, disfrutar de sus cantos, vuelos y verlas libres y en paz. Dios ha impreso en ellas sabiduría y conductas que nosotros desconocemos y por eso es bueno y hermoso no intervenir en sus vidas.

 

                Guardó silencio el padre y también los tres hermanos. Y fue justo en este momento cuando, las dos golondrinas que por el aire revoloteaban, de repente se posaron en el suelo. A solo unos metros de ellos y, como si buscaran la mejor hebra de pasto para el nido, emitían sus trinos y miraban a un lado y otro, sin asustarse y como si les gustara estar ahí. En silencio observó la niña, el hermano pequeño y el mayor y, cuando después de unos tres minutos, las dos golondrinas alzaron vuelo y se fueron al nido, la pequeña dijo:

- Nunca antes había visto nada igual.

 

 

   
Chat de soporte de Bubok ×