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romi
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El huerto maravilloso

6 de Febrero de 2014 a las 11:15

Bubok

EL HUERTO MARAVILLOSO

 

               Desde la puerta de la casa, se veía muy bien todo el surco del río Darro, la clara corriente que por ahí se deslizaba, los remansados charcos y las pequeñas playas de arena. Al otro lado del río, casi por completo frente a la casa, se veía la umbría que remontaba hacia lo más alto, las murallas de la Alhambra recorriendo toda la colina y las altas torres y ventanas. Con tantos detalles y tan vivos se veían los ventanales de las torres desde la puerta de su casa que, cuando la joven se asomaba al rellano y miraba, con frecuencia exclamaba:

- Es como si desde cada una de aquellas ventanas a todas horas nos estuvieran vigilando. ¿Les interesará a ellos tanto nuestro huerto, los árboles que crecen en estos terrenos y, en especial, la vieja higuera y los cerezos?

Y la madre siempre le decía:

- Los que se mueven dentro de aquellas torres y los que viven en las estancias de los palacios de la Alhambra, pasan de nosotros, de nuestras cosas y huerto.

- Pero entonces ¿por qué yo siempre pienso que desde allí nos observan incluso hasta en las noches de luna llena?

Y la madre callaba aunque en el fondo, le inquietaba bastante este oculto miedo en el corazón de su hija. Se decía: “¿Pensará ella que aquellas personas son malas y que un día vendrán por aquí y le robarán algunas de los árboles del huerto o las cosas que sueña?”

 

               La casa, de paredes muy viejas y techo de chapa, monte y madera, se alzaba sobre un pequeño bancal o terraza a unos trescientos metros del río Darro. Justo a media ladera entre lo más alto de la colina del Albaicín y la corriente de las aguas. Por eso, entre la casa y el río, quedaba una muy buena porción de terreno que ellos cultivaban. No porque fueran dueños de las tierras y de la casa sino porque después de las últimas guerras y revueltas, todo por el lugar se había quedado destrozado y como para siempre perdido. Desde las montañas al norte de Granada, llegaron una mañana montados en su enclenque borriquillo gris y al ver las ruinas de la casa, se refugiaron en ella y se pusieron a reconstruirla. Y como no tenían dinero y carecían hasta de ropa y alimentos básicos, la casa la techaron con trozos de chapas, algunos troncos de árboles, retamas, lentiscos y juncos. Los pocos vecinos que había cerca, enseguida dijeron al padre:

- Ni se te ocurra cortar algún día la vieja higuera que hay junto al pozo, antes del río y no lejos de la parra.

- ¿Y eso?

- Porque esa higuera crece ahí desde tiempos inmemoriales. Ni los más antiguos de este barrio, saben cuándo la plantaron. Por eso nosotros la consideramos un monumento mucho más importante que todos los palacios que hay en la colina de la Alhambra. Puede que tenga más de trescientos años y, si la cuidamos, quizá dure un siglo entero.

 

               Y desde aquel momento, tanto el padre como la madre y la hija, cada vez que se asomaban a la puerta de su vieja casa, palacio fantástico para ellos, miraban embelesados para las tierras de su huerto. A solo unos metros de la vivienda, crecían varios granados, algunos cipreses, dos o tres gruesas moreras, un par de almendros y al final, en el punto más estratégico del terreno, se veía la grandiosa higuera. Achaparrada, abierta como un paraguas gigante y con el tronco gris negro y retorcido. De verla tan hermosa, fresca y frondosa, la joven se fue enamorando de ella y por eso la visitaba todos los días. Sobre todo, en los días de primavera y verano, que era cuando se llenaba de hojas, maduraban las brevas y la cosecha de higos. Le decía a su padre:

- Los vecinos tienen razón. Esta higuera, solo su tronco y retorcidas ramas, tienen mucho más valor que todas aquellas torres de la Alhambra.

 

               Y también comenzó a compartir esta emoción con las demás muchachas del barrio. A las más amigas les decía:

- Si un día yo tuviera dinero ¿sabéis lo que haría?

- Irte lejos de este barrio a recorrer mundo y acrecentar aun más tu fortuna.

- Puede que hiciera eso pero antes, en las tierras del huerto que hay por debajo de mi casa, ahí donde se encuentra el pozo y por donde también crece la parra, me construiría un gran palacio.

- Si ya sobre la colina de la Alhambra, tienes el más bello palacio del mundo ¿para qué quieres construirte aquí y solo para ti otro palacio nuevo?

- Es que este palacio mío no tendrá murallas ni torres pero sí jardines, acequias con claras aguas y, sobre todo, multitud de árboles frutales.

 

               Pero fue pasando el tiempo y ni la joven reunía el dinero que soñaba para la construcción de su palacio en las tierras donde crecía la higuera ni tampoco los padres remontaban su pobreza. Más bien sucedía todo lo contrario, que cada día tenían menos medios para vivir y las tierras del huerto, se las iban quitando poco a poco. Porque de la Alhambra, personas importantes y con dinero, comenzaron a construirse pequeños palacios y casas lujosas cerca de las aguas del río Darro. Hasta que un día, cuando la joven miraba desde la puerta de su casa para el terreno donde crecía la hermosa higuera, los granados, la parra y se abría el pozo de las frescas aguas, vio como un grupo de hombre iban y venían por el espacio. Enseguida bajó por la sendilla, llegó al pozo, se acercó al grupo de hombre que tanto le estaban intrigando y al que parecía el jefe, le preguntó:

- ¿Qué están haciendo ustedes?

- Damos forma a un proyecto.

- ¿De qué proyecto se trata?

- Yo soy el gran administrador del grupo de señores más ricos y poderosos de la Alhambra y aunque puedo explicarte las cosas, no lo haré. ¿Qué razón tengo para hablar contigo contarte mis planes y proyectos?

- Mis padres cultivan estas tierras y yo soy la dueña de estos maravillosos árboles y de la grandiosa higuera que hay por debajo del pozo.

- Sueños tuyos que ni siquiera merecen dos palabras.

 

               Tres días después, el mismo grupo de hombres a las órdenes de señores de la Alhambra y comandados por el administrador, cortaron la vieja higuera, cortaron luego los granados, la parra y los cipreses y en los terrenos, comenzaron a levantar un palacio. Desde la puerta de su casa de chapas, la joven observaba todo el movimiento y lloraba de pena y desesperación. Unos meses más tarde, sus padres y ella, tuvieron que irse a una cueva río arriba porque la casa de chapas también fue derribada. En las tierras donde la joven había soñado su huerto maravilloso, se alzaron no uno sino varios palacios que se mantuvieron en pie durante muchos años. Hoy por el lugar, aun se ven algunos de estos lujosos edificios con paredes de piedra y escudos tallados sobre las puertas. Los turistas, cuando pasan, miran y hacen fotos, con la Alhambra de fondo pero nadie sabe nada ni de aquella joven ni de las tierras que un día fue un gran huerto ni de la vieja higuera. Sin embargo, y de alguna forma misteriosa, parece que aquel árbol aun clava sus raíces por aquí y bajo la higuera, sueña la joven. Como esperando el momento de tener suficiente dinero en sus manos para construirse un palacio, junto a la parra, cerca del pozo y del río Darro y al lado de la higuera.

 

               Y hasta parece que en las noches de luna clara y cuando las torres de la Alhambra se recortan sobre las estrellas, la joven se asoma a la puerta de su cueva y mira triste para lo que fueron tierras de su huerto. La madre se le acerca y le dice:

- Hija mía, las personas pobres, siempre tendremos que conformarnos con las migajas que caiga de la mesa de los ricos. Y aun así, debemos de estar agradecidos porque nos dejen vivir en esta cueva.

- Pero yo tengo derecho a soñar y ver convertido en realidad un día mi sueño igual que esas personas ricas que nos han quitado nuestras tierras.

- Es lo que a los pobres no podrán quitarnos nunca: nuestros sueños y la convicción de que un día, en algún lugar, Dios nos regalará un cielo completo y todo para nosotros. Este sueño tampoco nadie puede arrebatárnoslo sobre la tierra.   

 

   
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