
AL CRUZAR EL RÍO
Al llegar a la casa, dijo a la madre:
- A partir de mañana ya no tengo que ir al trabajo.
- ¿Y eso por qué, hijo mío?
- Otra vez me han despedido y ahora creo que es para siempre.
- ¿Y qué harás entonces a partir de mañana?
- Desde la salida del sol, sentarme en la puerta de nuestra casa para dejar pasar el tiempo mientras medito mi destino. Siento madre mía, ser para vosotros tan pesada carga y lamento mantenerme tan inútil y empobrecido.
- Mientras tu padre y yo tengamos fuerzas, ni te faltará nuestro cariño ni un trozo de pan para llevarte a la boca, hijo mío.
- Lo sé bien pero yo me siento desgraciado y por completo hundido. Esta vida que estoy viviendo, madre mía, no tiene para mí ningún sentido.
No durmió casi nada a lo largo de toda la noche pero ya de madrugada, se quedó traspuesto y tuvo un sueño. Se vio como huyendo de su casa, triste y abatido, se acercó a las aguas del río Darro y, por debajo del Puente del Aljibillo, cruzó la corriente. Se decía: “En cuanto llegue al otro lado, me iré por todas las casas y talleres del barrio y le pediré, a unos y a otros, que me den trabajo. Sintiéndome tan despreciado y una carga tan grande para mis padres, nunca tendré paz en mi corazón ni seré feliz como tantas veces he soñado desde que vivo”.
Cruzó las aguas del río y se disponía adentrarse por las calles de las viejas y casi abandonadas casas cerca del río y frente a la Alhambra, cuando de pronto, dos desconocidos le cortaron el paso. A unos metros de ellos, los miró asustado y enseguida intuyó que venían a robarle. Sin pronunciar palabra, saltó para el lado izquierdo por encima de unas tapias y avanzó rápido hacia el corazón del barrio. E iba todo jadeante remontando la estrecha calle que desembocaba en la plazuela cuando de nuevo los vio al frente, quietos y mirándolo impávidos. Uno de ellos dijo:
- Corre y huye todo lo que puedas que aquí te estamos esperando.
Y a unos diez metros de ellos se paró y les preguntó:
- ¿Queréis robarme?
- Eso es lo que pretendemos. Dadnos todo lo que tengas ahora mismo y por las buenas y si no, te atacaremos como al peor de los enemigos.
- Si ahora mismo no tengo conmigo nada más que una angustia de muerte y mucha hambre. ¿Qué puedo daros o vosotros podréis robarme?
Y los dos desconocidos, jóvenes pero mayores que él, sin pronunciar más palabras, se le echaron encima, lo sujetaron por detrás, apretaron con sus manos su garganta y por las espaldas, le clavaron un cuchillo. Se oyó un grito tan grande que retumbó por todo el barrio bajo del Albaicín, por el surco del río Darro y hasta en lo más alto de las torres de la Alhambra. La sangre brotó violenta y comenzó a correr calle abajo. Se asomó en esos momentos la madre a la puerta de la casa y al ver la escena, exclamó desencajada:
- ¡Hijo mío, no te mueras!
Despertó sobresaltado y miró por la ventana. Frente a él, vio la gran figura de la Alhambra, besada por los primeros rayos de sol y de fondo se oía el rumor del agua deslizándose por el río. Se acercó la madre y le dijo:
- En la vida, hijo mío, todo es pura lucha y dificultades pero nunca hay que perder las esperanzas ni abandonar el buen camino.
Y él, melancólico y desorientado, le preguntó:
- Madre, ¿y qué hay que hacer con aquellos que de la vida nos arrancan y nos llevan al borde del abismo?