
UN TESORO MÁS
Por toda la colina de la Alhambra, hay muchos tesoros escondidos. Dentro de los recintos amurallados, por donde estuvieron y aun hay algunos palacios, por los espacios ajardinados, en los cimientos de las torres y en las galerías subterráneas y también en las tierras que rodean a las murallas. Por la vaguada al levante y hoy densos bosques, por las laderas que caen para el río Darro, por la umbría y cerro del Generalife y, en especial, por donde estuvieron las huertas, tierras que hoy son aparcamientos y el edificio de la biblioteca.
Por aquí fue donde, en aquellos tiempos, el hombre tenía un puñado de tierra. Solo unos metros cuadrados donde sembró árboles frutales y cipreses junto a una acequia y también cultivaba un pequeño huerto. Levantó, con gran esfuerzo y poco a poco, una humilde y pequeña vivienda y alzó paredes al levante. Vivía solo y con la única persona que compartía algunos de sus secretos y los frutos que le daban las plantas, era con una joven que al lado de arriba vivía con sus padres. A ella le gustaba mucho venirse junto al hombre, sentarse al borde de la acequia y mirando para las torres de la Alhambra, comentar:
- Un día tengo que ir a esos palacios.
- ¿Qué interés tienes en ello?
- Me gustaría ver cómo son las princesas que ahí viven y comprobar de qué modo visten los reyes.
- ¿Pues sabes lo que tienes que hacer para conseguir realizar algún día tu sueño?
- Pienso mucho en ello pero aun todavía no lo sé. ¿Tú puedes ayudarme?
- Voy a intentarlo.
Y al partir de aquel día, el hombre regaba y cuidaba con mucho interés todas las plantas de su huerto. A primera hora de las mañanas y al atardecer, se le veía junto al tronco de una gran morera, mirando para la Alhambra y escribiendo en un papel en blanco. Cada día en un papel nuevo y del mismo tamaño. Cuando terminaba de escribir, enrollaba este papel y lo guardaba en unos cilindros de barro cocido y huecos por dentro. Iba coleccionando estos cilindros y los ocultaba para que nadie los viera o se los robaran. Cuando veía a la joven, siempre les decía:
- Pienso cada día en ti y no me olvido de tu sueño. Ya tengo casi concluido el regalo que voy a darte para que, el día que vayas a la Alhambra, lleves a las princesas y al rey para que te abran las puertas y te enseñen sus palacios.
- ¿Qué regalo y cuándo me lo darás?
- Te lo daré dentro de poco y el regalo, ya lo verás.
Corrieron los días y un año, cuando la primavera llegaba a su fin, el hombre cogió de su huerto bastantes frutos, muy buenos y maduros. Se dijo: “Mañana mismo entregaré a mi amiga estos frutos y los escritos que tengo guardados para que vaya a la Alhambra y se los ofrezca a las princesas y a los reyes”. Y aquella noche, en la puerta de su humilde casa, durmió frente a las estrellas, dando forma en su mente lo que al día siguiente iba a escribir en el papel en blanco que cada día rellenaba con las palabras más acertadas y los pensamientos más bellos. Pero antes del amanecer, se oyó un gran tropel de caballos y soldados. A todo galope y como alocados, entraron por las tierras de su huerto y los que había cerca y también por los terrenos de la familia de su amiga y sin piedad ninguna, apresaron y mataron a todas las personas que iban encontrando. El hombre quiso correr para llegar a casa de su amiga con la intención de prestarle ayuda pero en esos momentos, vio como la apresaban y entre gritos de auxilio se la llevaron. Uno de los soldados, al ver al hombre que corría en busca de la joven, le clavó su lanza y allí mismo quedó sin vida.
Cuando salió el sol aquel día, por el rincón todo parecía como si nada hubiera pasado. Pero ni la joven soñaba ya por allí ni el hombre escribía sus cosas junto al tronco de la morera mirando a la Alhambra. Nadie supo ni se percataron de los cilindros de barro llenos de escritos secretos ni aquel día ni al siguiente ni mucho después. Tampoco al correr el tiempo y ni siquiera ahora. Un tesoro más que aún permanece escondido en la colina de la Alhambra y no lejos de las grandiosas torres y palacios.