
FUENTELIRIA
Capítulo 10 de este gran relato
X- Al llegar el pastor a la altura de la roca donde el hombre de la fruta se ponía a regalarla, se apartó unos metros de la senda, tocó con sus manos la gran piedra clavada en mitad de la ladera y como dominando a Fuenteliria y al valle, de nuevo dijo al científico:
- Cuando todavía mi perra de agua jugaba conmigo, en cuanto podía, siguiéndola a ella, nos veníamos a esta roca para encontrarnos con aquel tan especial hombre. Y ahora recuerdo el cariño tan dulce y amable que él siempre nos daba y las palabras tan bonitas que nos regalaba. Y recuerdo aquel día caluroso del mes de julio. De sus higueras, muy temprano él había cogido bastantes brevas muy maduras. Las colocó muy bien en su cesta de esparto, cubriéndolas con algunas hojas de las mismas higueras y se vino a esta roca. Llegué yo aquel día el primero, acompañado de mi inseparable perra de agua y en cuanto me vio, me saludó con las palabras más amables. Luego me dijo:
- Estas brevas mías hoy no están muy maduras pero es que tanto los mirlos como los gorriones, arrendajos y palomas, las picotean en cuanto las ven un poco blandas. Toma tú y cómete estas cinco o seis mejores que las otras y luego te quedas aquí conmigo que tengo que hablarte de un gran asunto.
- ¿Se trata de un tesoro o de un cuento fantástico como el que me narraste el otro día?
Le pregunté enseguida. Y me respondió:
- Las dos cosas y una tercera aun más hermosa y buena.
A su lado me senté en esta misma roca y mirando al valle de las higueras y para el arroyo de Fuenteliria, comencé a pelar las brevas y a comérmelas. Y recuerdo ahora que sabían a gloria por la dulcísima miel que destilaban y lo fresquitas que estaban. Mientras emocionado saboreaba estos frutos, él me miraba y vi que su cara irradiaba una felicidad limpia y hermosa como la misma luz del día que nos abrazaba. Nunca en mi vida he visto yo a una persona más feliz y con tanta paz como la que transmitía aquel hombre en aquel momento. Le pregunté:
- ¿Y qué gana usted regalándome a mí y a otras personas esta fruta tan buena cada día?
Me alargó, con mucha amabilidad y afecto, una breva ya pelada y partida en dos mitades al tiempo que respondía a mi pregunta:
- Lo gano todo, hijo mío.
- ¿Qué es todo?
- Un tesoro que no se ve con los ojos de la cara ni tampoco lo pueden robar los ladrones, ni roer la carcoma.
- ¿Qué tesoro es ese y dónde se encuentra?
- Es el tesoro del paraíso del cielo en la eternidad.
Al pronunciar estas palabras, miró triste para el valle de las huertas y para el arroyo de Fuenteliria, permaneció mudo durante unos segundos y como yo no acababa de entender el significado de lo último que me había dicho, no le pregunté de nuevo. Sí él, transcurridos unos segundos otra vez me dijo:
- Como ya habrás visto en el trozo que vida que llevas recorrido, todas las personas en este mundo, luchan y se afanan para alimentarse, tener una casa donde vivir y poseer cuantas más cosas y dinero le sea posible. No es malo esto sino que Dios así nos lo tiene mandado pero la mayoría de las personas en este suelo, se comportan como si no hubiera más vida después de ésta ni otro mundo más allá de esta vida y esto no es así, hijo mío. Esta vida es solo una mala noche o una fría mañana de invierno que pasa pronto. Al final de la mala noche o la fría mañana, se encuentra y nos espera un bello momento que dura toda la eternidad en un lugar indescriptiblemente bello. Estoy yo por completo convencido de que lo que te digo es cierto y por eso me comporto con todos vosotros del modo en que estás viendo. Porque sé que, no dentro de mucho, voy a marcharme de este suelo y conmigo no puedo llevarme nada de lo que aquí acumule. Pero sí podré llevarme conmigo las buenas cosas que haga ahora a las personas que tengo a mi lado. Este es el tesoro que te decía antes y que poseo y cada día agrando un poco.
Sabes, hijo mío, tú deberías procurar no enamorarte nunca ni de nadie ni de nada en este suelo. Trata siempre con mucho respeto a las personas y darle todo el amor y ternura que puedas pero no les pidas nada ni esperes nada de ellas. Acurrúcate en el cielo y lucha para ir juntando allí la mayor riqueza que puedas. Será tu gran felicidad eterna y el momento en el que te encontrarás con todas aquellas cosas y personas buenas que tu corazón hayas deseado en tus días por este suelo. No hay mayor tesoro que éste en el mundo ni más grande sabiduría en el ser humano.
Terminó de pronunciar estas palabras y otra vez guardó silencio. Mi corazón ardía y mi alma se elevaba en esos momentos. Apuré el último trozo de la breva que me había dado y le pregunté:
- Pero las pequeñas cosas que a mi corta edad ya he amado en este suelo y se me han muerto ¿cómo podré recuperarlas y tenerlas conmigo para siempre?
- Las pequeñas cosas que a todos en la vida se nos van muriendo, serán siempre parte de nosotros y por eso sufrimos cuando las perdemos. Dios así lo quiere para que descubramos el valor que estas pequeñas cosas tienen. Es una forma de enseñarnos y, al mismo tiempo, prepararnos para el cielo que te vengo diciendo. Nada de lo que de verdad se ama en este suelo, se pierde nunca.
Y con estas palabras, puso punto y final a su charla conmigo aquella mañana. Volví por este mismo sitio dos días más tarde y ya no lo vi en esta piedra sentado regalando sus frutas como sí otros días. Pregunté a los conocidos que vivían en las casas de la loma y ninguno supo decirme qué había sido de él. Sí, igual que yo, lo echaban de menos y sentían pena que de la noche a la mañana, se hubiera ido de por aquí y para siempre. Lo mismo me pasaba a mí pero mi dolor, solo conmigo y el silencio de estos campos, podía compartirlo.