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romi
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Secreto de estado

13 de Abril de 2014 a las 12:45

Bubok

SECRETO DE ESTADO

 

            El gran rey de la Alhambra, llamó al joven al salón de su palacio y le dijo:

- Se trata de un gran secreto de estado y, como confío en ti, quiero encomendártelo.

Intrigado y sintiéndose alagado por el rey, enseguida el joven le preguntó:

- ¿Qué asunto es el que su majestad tiene entre manos?

Y el rey, lentamente y con detalles, le explicó lo que tenía en mente. Al final le confesó:

- Y si todo sale tal como me gustaría, serás recompensado generosamente.

- Gracias, majestad por confiar en mí y, aunque lo que me pide es alto arriesgado y no grato a mi conciencia, le serviré a usted fielmente.

 

               El joven, hijo de una familia de artesanos con vivienda y taller en la Medina de la Alhambra, se puso en acción aquel mismo día. Vigiló por pasillos, salones, aposentos y jardines, al que el rey quería quitar de en medio porque creía que conspiraba contra su poder. Y en un descuido que este hombre tuvo cuando recorría unos pasadizos bajo las murallas, el joven lo atacó por detrás, le clavó un puñal en el pecho y acto seguido le cortó un mechón de pelos y una oreja. También le arrancó los amuletos que colgaban de su cuello y rápido fue a buscar al rey para darle la buena noticia y mostrarle las pruebas. Enseguida éste lo recibió sin disimular su contento y en cuanto descubrió que el joven había llevado a cabo lo que le hubo ordenado, le dijo:

- Bien hecho, amigo fiel. Ahora vete a tu casa y que nadie se entere de nada. Ni siquiera los de tu familia. Recibirás la recompensa en el momento oportuno, según he acordado contigo de palabras.  

 

               Se fue el joven a su casa y ni siquiera a sus padres dijo nada del asunto. Sí ilusionado esperaba recibir el pago que el rey le había prometido. Pero éste, en cuanto el joven salió de los palacios, llamó a unos de sus generales y le dijo:

- El joven, hijo de la familia de artesanos, anda conspirando contra mí y mi reino. Hay que quitarlo de en medio sin que nadie se entere.

- ¿Y qué quiere usted que haga, majestad?

- Debe morir envenenado cuanto antes. Te encargo este caso a ti porque confío en tu honor, lealtad y valor.

- No se preocupe usted, señor, llevaré a cabo lo que me pide y con la mayor discreción del mundo. Solo usted y yo sabemos este secreto que afecta a la seguridad de su corona y de su reino.

 

               Y el general, que era amigo de la familia de artesanos, enseguida hizo llegar al joven lo que el rey urdía contra él. Sin decir nada a nadie, a la mañana siguiente, el joven se vistió de mendigo y salió del recinto amurallado de la Alhambra. Camino por el barranco del Rey Chico, buscó una cueva por las laderas del río Darro y aquí se refugió. Enseguida llegó la noticia al rey de su desaparición y rápido llamó al general y le dijo:

- Bien por tu buen trabajo. Que nadie se entere que este joven ha muerto envenenado y en cuanto pase unos días, serás por mí generosamente recompensado.

 

               Tres días más tarde, el general aparecía ahocado en una de las torres de la Alhambra, con un letrero en el cuello que decía: “Ha sido ejecutado por haber traicionado el reino”. Sentado en su trono en el lujoso salón de los palacios, este rey meditaba: “Así de esta manera y poco a poco me voy quitando de en medio a todos mis enemigos y a los que conspiran contra mí y el reino de Granada. Hay que gobernar con mano de hierro y apartar de mi camino a todos aquellos que pretendan arrebatarme el trono”. Llegó a oídos del joven la noticia de la muerte del general y refugiado en su cueva de mendigo, se decía: “Definitivamente este rey de la Alhambra, se ha vuelto loco. Con tal de mantenerse en el poder, no le importa quitar de en medio a todo el que crea conspira contra él. No es este el comportamiento honesto de un rey ni es esta la forma de gobernar un reino”.

 

               Y arrepentido en su corazón por haber servido a un hombre tan malo, rezaba al cielo y buscaba la manera de llevar a cabo algún plan para acabar con el rey malvado. Vestido de mendigo, por las veredas del río Darro, bajaba a Granada y al barrio del Albaicín a pedir limosna y luego regresaba a su cueva para quitarse un poco el frío y el miedo y de este modo iba soportando su miseria. Los que se lo encontraban por las calles y caminos, decían:

- No sabemos qué habrá ocurrido en la vida de este hombre pero sí desde luego alguien o algo le ha hecho mucho daño. ¡Qué pena que ocurran estas cosas entre las personas!      

  

 

   
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