
412- LA JOVEN DESCONOCIDA
En la pequeña plaza del Padre Manjón,
más conocida con el nombre de Paseo de los Tristes, estaba sentada. Justo en el
muro que separa la plaza del río, con la imagen de la Alhambra al frente y
besada por el sol de la tarde. Su cara estaba iluminada, tenía sus piernas
encogidas, con la mano izquierda sostenía un cuaderno y con la derecha un
bolígrafos. Miraba a la Alhambra, se dejaba acariciar por el sol y el airecillo
que pasaba y escribía. Por completo ajena a cuantos por su lado pasaban, hacían
fotos o escudriñaban mapas. Era joven, muy bella, de tez clara, ojos azules y
pelo negro.
Con
una bolsa de plástico en la mano, bajó él por la Cuesta del Chapiz. Al llegar
al Puente del Aljibillo, se paró un momento a la sombra del viejo almez que ahí
mismo crece. Observó a los turistas que llegaban desde la Cuesta del Rey Chico
y a los que buscaban el camino para ir al mirador del Albaicín. Uno de ellos le
preguntó:
- ¿Y las cuevas del Sacromonte?
- Subiendo esta empinada calle, llamada del Chapiz, la
primera a la derecha.
Le indicó y a punto estuvo de abrir la bolsa y ofrecerle
una pieza de lo que hacía unos minutos había comprado. En su corazón, como
siempre, le gritaba el deseo de compartir cosas con las personas. Algo que
desde muy pequeño había practicado y aun ahora, ya muy mayor y bastante
cansado, practicaba.
Limpió
el sudor de su frente y siguió. Justo pegado a la pequeña pared que separa la
plaza del río y, a intervalos, se asomaba a este muro para observar las claras
aguas. Se decía: “Un día, no sé de qué modo ni cómo, aprisionaré entre mis
manos las aguas de este río y se las mostraré a todos los que por aquí pasan.
Para que se den cuenta de la luz, misterio y belleza que regala este pequeño
río de la Alhambra”.
Llegó
a la altura donde la joven estaba sentada escribiendo en su cuaderno, frente a
la Alhambra y al sol de la tarde. Y al verla tan solitaria, recogida en sí,
concentrada en lo que escribía y con su pelo como ocultándole la cara, se paró
junto a ella. La saludó y sin más, abrió la bolsa de plástico blanco que llevan
en la mano y le dijo:
- Te ofrezco una saladilla.
Sorprendida por su presencia y por lo que le ofrecía y de
la manera más natural sin conocerla de nada, ella preguntó:
- ¿Y eso qué es?
- Un producto especial que hacen en el barrio del
Albaicín y venden en las panaderías. Es como pequeños panes salados y acabo de
comprarlos en el Horno del Moral. Media docena me han dado por solo cincuenta
céntimos de euro.
Cogió la joven la pequeña porción de pan
salado, lo miró, se lo llevó a la boca, lo mordió un poco y después de
saborearlo exclamó:
- ¡Está rico! Nunca antes ni lo había probado ni sabía
que en Granada hicieran estas cosas.
El hombre mayor se sintió bien porque al fin regalaba
algo y, en esta ocasión, era a una joven muy guapa, al parecer escritora, al
borde de las aguas del río Darro, frente a la Alhambra y al sol de las tardes
de Granada. Sin importarle nada quién fuera aunque sí ardía en deseo de
preguntarle qué escribía.