
418- JENNI, LA PAYASA
El título de este relato también podría ser: “El Banco de Jenni”. Para hacer honor así y más directamente al banco de piedra donde estuvo sentada la tarde que actuó como payaso para los niños del albaicín y también la tarde que le entregó los dibujos. En este banco, un asiento pequeño en la plaza del Paseo de los Tristes, entre el muro del río y las mesas de las terrazas de los bares. Y no es un asiento solo sino varios que se alinean cerca de unos pequeños arbolitos que derraman sus sombras sobre estos asientos.
Y como aquella primera tarde y también la segunda, era verano y hacía mucho calor, ella escogió el banco primero de los dos grupos que hay entre la fuente surtidor y el comienzo y final. En este primer banco, arropado por la sombre de uno de los arbolitos, la vio sentada la primera tarde, con una pequeña maleta abierta sobre el asiento con algunos objetos para su disfraz de payaso. Y aquí mismo, en este primer banco estaba sentada la segunda tarde, esperándolo con su puñado de dibujos sobre el asiento. De aquí que al verla en esta segunda ocasión, enseguida pensara: “Este será, a partir de hoy, el banco de Jenni. Porque desde ahora y para siempre, cada vez que por aquí pase, al pisar este lugar y volver a ver el banco, la recordaré. Con la aureola de luz, juventud y belleza del primer momento en que la vi”.
Queda este lugar por completo a los pies de la Alhambra, a solo unos metros del río Darro y en la antesala misma del barrio del albaicín. Y el encuentro y todo lo que luego ocurrió, sucedió de esta manera:
Era ya casi final de mes de agosto. Los días estaban decreciendo porque el verano caía hacia el ocaso pero aun así, todavía hacía mucho calor. Tanto que las chicharras no paraban de cantar y por el río de la Alhambra, a su paso por el Paseo de los Tristes, los jóvenes, turistas y hippies, buscaban las frescas aguas para meter sus pies y jugar con sus perros.
Con su sombrero de paja sobre la cabeza para protegerse un poco del ardiente sol, caminaba lento. Cruzando la alargada plaza del Paseo de los tristes dirección al puente del Aljibillo. Ahí se veía el viejo almez que clava sus raíces en el muro mismo de piedra y derrama sombra por el empedrado de la calle. A este lugar, único y especial en toda la ciudad de Granada, acudía cada tarde. En otoño, invierno, primavera y verano para descansar un poco de su largo paseo, observar a los que por aquí continuamente pasan y sentirse acompañado por la figura de la Alhambra sobre la colina. También para meditar sus cosas y alimentarse de los recuerdos. Porque, a pesar de que el tiempo poco a poco apaga y borra las vivencias y recuerdos, en su corazón mil hermosos, alegres y tristes momentos siguen vivos.
La vio sentada en uno de los
bancos de piedra que hay entre los arbolitos y cerca del muro que separa al río
de la plaza. La observó con interés mientras se acercaba y al llegar a su lado,
se paró, la saludó y sin más rodeo le preguntó:
- ¿Qué vendes?
Alzó su cabeza, lo
observó algo sorprendida y respondió:
- No vendo nada. Soy
payasa y preparo estos globos y figuritas.
Y algo extrañado de
nuevo le preguntó:
- ¿Payaso callejero
para los niños de los turistas?
- Formo parte de un
grupo de jóvenes extranjeros y como ahora no tenemos trabajo en nuestro país,
estamos haciendo una pequeña gira por España. Vivo ahora mismo en Dílar, el
pequeño y blanco pueblo a los pies de Sierra Nevada y esta tarde he venido a
Granada y a este lugar con la intención y deseo de ganar algunos dineros. Lo
necesito.
- Pero a estas horas y
con tanto calor, ya ves que no hay turistas ni niños ni otras personas. ¿Para
quién vas a interpretar tus cuentos?
- Esperaré a que sea
un poco más tarde y refresque algo. Las personas pueden salir a pasear y tomar
el fresco con sus niños. Los sorprenderé porque este es un escenario muy
original, único en el mundo y que pocos valoran como se merece.
Comentó algunas cosas más con
ella durante algunos minutos y luego la despidió. Siguió dirección al almez del
puente del Aljibillo y en el muro del río se sentó a la sombra. Miró varias
veces para el banco y la seguía viendo a la sombra del arbolito, en el asiento
preparándose para su actuación. Se dijo: “Yo podría darle algunas monedas para
aliviarla algo. Es joven, recorre el mundo persiguiendo un sueño y parece muy
pobre aunque dé la impresión de que es feliz a su manera. Todos los jóvenes del
mundo merecen ser apoyados y valorados como lo mejor de la especie humana”. Y
después de un rato meditando, se levantó, dejó la sombra del almez, caminó de
regreso y al acercarse de nuevo comprobó que ya tenía su cara pintada de
blanco, azul y rojo. Volvió a saludarla y le preguntó:
- ¿Tú sabes dibujar?
Extrañada y con un
pequeño espejo en una mano y una barra de pintura en la otra, a su vez, también
hizo una pregunta:
- ¿Dibujar?
- Si haces unos
dibujos para mí, te los pago. ¿Quieres?
- ¡Claro! ¿Qué dibujos
son?
Abrió su pequeño bolso, sacó un
cuadernillo en tamaño A6, se lo alargó y le dijo:
- Aquí hay unos
relatos escritos por mí. Léelos y dibuja lo que se te ocurra. Cuando lo hayas
terminado me los das, te pago cada dibujo a tres euros y luego te regalo, cuando
ya lo tenga impreso a color y en papel de muy buena calidad, tres ejemplares de
este librito con tus dibujos como ilustración.
Con interés y dejando
traslucir cierto entusiasmo, cogió lo que le alargaba. En un español muy malo
dijo que haría lo que le estaba pidiendo. Y a continuación añadió:
- Mi profesión y
divertimento es hacer de payaso pero si tú me das esta oportunidad y como necesito
dinero, me pongo y hago lo que me pides. Me marcho a mi país el treinta de este
mes y quizá ya no vuelva nunca más a Granada. Quizá esto me sirva para llevarme
de aquí un bonito recuerdo al tiempo que a ti te dejo contento.
Y el hombre le aclaró:
- En la última página
de este cuadernillo, está mi nombre y demás datos. Me avisas cuando tengas el
trabajo terminado, nos vemos y te lo pago.
- ¡Vale!
La despidió y caminó de regreso, ilusionado y confiando en que haría los dibujos. Dos días más tarde, recibió el siguiente correo: “Buena tarde, y saludos desdeel payaso!Nos reunimosel pasado sábadoen el Paseode los Tristes.He leídolos librosque me distey yacomenzó con lasimágenes.Creo quevoy atener a todoslistos para mañana.¿Tendríastiempo para reunirte y tomaruna mirada en ellosalgúndía de esta semana? Saludos, Jenni”. Y casi al instante le respondió de esta manera: “Hola, gracias por tu correo y por el interés en los dibujos. Yo paso todas las tardes por el Paseo de los tristes entre las cinco o cinco y media de la tarde. Si a ti te viene bien, en este lugar nos podríamos encontrar y ver tus trabajos. Estaré encantado. Mañana mismo paso por el Paseo de los Tristes a la hora que ya te he dicho. Gracias y saludos”.
Al caer la tarde del tercer día,
de nuevo caminaba por la Carrera del Darro. Con su pensamiento puesto en ella y
deseando verla en el mismo banco. Miraba con gran interés mientras se acercaba
y de pronto, quedó sorprendido: en el mismo lugar estaba sentada y para ser
vista, alzaba su mano saludando y como diciendo:
- ¡Estoy aquí! No
pases de largo ni me busques en otro sitio.
Desde la distancia y
todavía al comienzo de la alargada plaza del Paseo de los Tristes, él le
respondió alzando a su vez su mano derecha. Se colocó mejor su sombrero de paja
y sonrió, rumiando para sí: “Ha sido noble y respondiendo gratamente a este
proyecto”.
La saludó al llegar y ya
comprobaba que sobre el banco donde estaba sentada, tenía muy bien colocado un
buen puñado de hojas de papel y en ellas plasmados coloridos dibujos. Se sentó
a su lado al tiempo que le decía:
- Estoy contento y
ardo de emoción por ver tu trabajo.
- Espero que te guste
porque de verdad he trabajado duro y poniendo en ello todo mi interés.
Con cuidado fue
cogiendo cada uno de los trozos de papel, algunos en tamaña A6 y otros en A4,
rectangulares y cuadrados. En cada uno de estos trozos de papel, aparecían
bonitos dibujos con trazos en negro, azul, verde, bermellón y amarillo. Para
excusarse de alguna manera, temiendo que no le gustara lo suficiente su
trabajo, ella comentó:
- Yo no tengo muchos
colores pero me he esforzado mucho para conseguir lo mejor.
- ¿Cuántos dibujos has
hecho en total?
- Catorce porque con
este número creo que queda bien ilustrado el relato que me has dado. Que por
cierto, a mí y a mis amigos, nos ha gustado mucho. No es un texto solo para
niños sino también para mayores. Me gusta lo que describes ahí y de la manera
que lo haces.
- Pues te lo
agradezco.
Pasaban los turistas para arriba
y para abajo, indiferentes a lo que en el banco sucedía. Observaba ella muy
interesada con el deseo de encontrar agrado en la cara del hombre. Pasados unos
minutos y después de haber ojeado con ilusión y detalle el trabajo de la joven,
dijo:
- Me gustan mucho y
por eso te lo agradezco y te felicito.
Se iluminó su cara y
ojos al tiempo que respondió:
- Pues gracias también
de mi parte. Ha sido un reto para mí y ahora me doy cuenta que el dinero, en
cosas como estas y otras, no es lo más valioso.
Unos minutos más tarde, recogió y
guardaba los dibujos que la muchacha le entregaba. Le ofreció a ella los euros
prometidos y al ver las monedas, como del corazón se le escapó:
- ¡Esto es mucho
dinero para mí!
- Es tu trabajo y te
doy lo que te dije.
En su gran bolsa de
tela de colores, guardó las monedas, dejaron el banco, juntos los dos caminaron
por la Carrera del Darro abajo y en la Gran Vía, la despidió, dándole las
gracias de nuevo al tiempo que recibía de ella un trocito de papel y una
aclaración:
- Aquí está mi
dirección postal en Tampere, Finlandia para que me mandes los libritos que me
has dicho cuando ya estén impresos. Me marcho el treinta de este mes, dentro de
unos días y puede que ya nunca más vuelva a España ni nos veamos.
Y en ese momento, él
sintió en su corazón que, además de joven y muy bella, era buena e irradiaba
mucho encanto. Se dijo:
Jenni
“Es alta, delgada, ojos muy azules y claros, con pelo algo rubio y cara suave y dulce. En su nariz muestra dos pequeños aretes y en sus brazos y hombros, luce algunos tatuajes. Sonríe dulce y a pesar de aparentar poca cosa entre y frente a los demás, en su corazón anida un río de ilusión por la vida y ansia de un mundo bello, justo y más hermoso de lo que a diario a su alrededor se encuentra”. Esto pensaba él mientras se alejaba por la Gran Vía, en dirección contraria a como iba ella. Por eso, al llegar a su casa, se puso y escribió los renglones que siguen y que pensó podría ser un poema y por eso le puso por título:
Poema para Jenni
“Conozco yo a un papagayo payaso y que algunos llaman ‘papagayo pamplina’, que se pasa el día alardeando de su título de doctor. Dice ‘hola’ a todo cuanto se mueve y luego, después de mostrar su colorido plumaje, se ríe en las caras de las personas. Piensa que hace gracia y en el fondo, detrás de cada tonta ironía suya, solo deja traslucir soberbia y prepotencia. Y es porque en el fondo, también está acomplejado. Cada blac, blac que sale de su boca, es un desprecio para todo el que le rodea.
Por eso ahora, después de haberte conocido a ti, payasa Jenni, creo que eres grande. Pobre como el más pobre, débil como el más pequeño, humilde como el ruiseñor que la primavera pasada vi por el río Darro y transparente como el cielo de Sierra Nevada. Y como no he podido evitar compararte con el payaso papagayo que conozco, he llegado a la conclusión que ni al talón de tu pie te llega. Porque es prepotente, malo en el fondo y engreído y tú eres tan sencilla, que disfrutas divirtiendo a los niños de los turistas para conseguir unas monedas a cambio. Sin que lo sepas y para siempre, por tu gran corazón y tu fresca inteligencia, yo te he nombrado hoy reina payasa del Paseo de los Tristes a los pies de la Alhambra. Y también para siempre, tu nombre será Jenni, la payasa”.