
419- LA CASA DE LOS MÁRMOLES
Al caer la noche, todo el cielo se llenó de nubes. Negras y densas como de tormenta y se levantó un poco de viento. Oscureció y salió al jardín con la intención de dar un pequeño paseo y vivir de cerca lo que el clima anunciaba. Al fondo y por entre los árboles de la parte baja de su jardín, a lo lejos, se veían las luces de la ciudad extendida por la ancha Vega de Granada, desde la colina de la Alhambra, ríos Genil y Darro y el barrio del Albaicín.
Por entre el jardín huerto de su casa, todo era silencio, con el reflejo de las luces a lo lejos, el siseo del vientecillo por entre las hojas de los árboles y la oscuridad en el cielo amenazando lluvia. En su alma, un halo de tristeza y melancolía palpitaba motivado por su ausencia y sentimientos de lejanía. Se dijo sin pronunciar palabra: “Te echo de menos y a veces tanto, que ya ni siquiera soy amigo del viento. Quiero irme al lugar y mundo que tanto y tanto sueño y esta noche, ahora mismo, todo parece estar preparado para ese vuelo. Lo deseo y, porque aun sigo aquí, mi corazón se entristece”.
Comenzó a llover, caminó de regreso, entró a su casa, buscó la cama, se envolvió en las sábanas y al poco lo vio en su sueño. Por las estrechas calles del barrio del Albaicín, caminaba dirección a la lujosa casa. Estaban por completo solitarias todas las calles, olía a otoño, a musgo y hojas secas y sobre la colina de la Alhambra, las frías nieblas revoloteaban. Todo como ocultando un misterio dulce y doloroso al mismo tiempo y con sabor a soledad. Llegó a la puerta de la casa y al encontrarla abierta, entró, atravesó el pequeño patio lleno de plantas y algunas fuentes con agua y se acercó a la segunda puerta. La que daba entrada a la sala de los mármoles de colores. Y al encontrarse aquí, se paró y, como asombrado, miró a un lado y otro. Era tanto lo que abrumaban los mármoles en todos los colores y tamaños que hasta daba miedo pisar el suelo. Las columnas a un lado y otro de mármoles marrones, verdes y blancos y cúpula rematada también con mármoles azules, dorados y negros. Se dijo: “La belleza que desprenden, sin duda que es imponente y ello hace pensar que el dueño de este palacio, es rico y poderoso. Mis ojos nunca vieron ni mi corazón jamás soñó un lugar como este”.
Subió
las escaleras y en la primera planta y bajo unas gruesas columnas de mármol, la
vio. Se acurrucaba en unas ropas viejas y al sentirlo llegar, se incorporó,
restregó sus ojos y lo saludó. El joven le preguntó:
- ¿Esta es la cama donde duermes?
- Ya estás viendo que sí y aun así, debo de estar
agradecida. ¿Te sorprende?
- Claro que me sorprende y mucho. No puedo comprender
como en una casa con tanto lujo de mármoles, una niña como tú, tenga que dormir
en un rincón tan miserable. ¿Dónde está la persona que te somete a esto?
Y en ese momento, de la sala del fondo, salió un hombre
de estatura baja, muy grueso, con melena y barbas negras que dijo:
- Ya era hora que vinieras. Llévatela de mi presencia que
no quiero verla más.
Se
sintió humillado el joven y se sintió humillada la pequeña pero ninguno de los
dos dijo nada. La cogió de la mano, bajó las escaleras, atravesaron el recinto
lleno de plantas y fuentes y al llegar a donde había dejado el borriquillo, le
dijo:
- Sube a él y salgamos de esta casa y de este barrio
cuanto antes.
Sobre la colina de enfrente, las torres de la Alhambra,
se veían iluminadas por la luna y como veladas por las nieblas. Se oía el rumor
de las aguas del río y las calles todas solitarias.
Ya
subida en el borriquillo, la niña dijo al joven:
- Ese hombre que has visto, es el único administrador de
esta casa tan lujosa. Y desde que llegó hace unos meses, a todos nos trata a
voces y con desprecio.
Dijo el joven:
- Sabía yo esto y por eso he venido a por ti. A partir de
ahora todo será nuevo. Yo estaré siempre a tu lado y, aunque no tengas lujos,
vivirás rodeada del mejor cariño y respeto. Lo más digno y hermoso para las
personas en este mundo.
Despertó en su cama y, durante unos segundos, miró en silencio por su ventana. Amanecía y ya no llovía. Tampoco se oía el viento aunque sí olía a musgo, a hojas secas y a tierra mojada. Recordó que era otoño y refrescó en su mente el sueño que había tenido. Se dijo: “Hoy mismo voy a recorrer las calles de ese trozo del Albaicín frente a la Alhambra. Quiero preguntar a ver si alguien por ahí sabe dónde estuvo la lujosa casa de los mármoles y quiero averiguar quién fue ese hombre grueso y violento que he visto en mi sueño. ¿Cómo acabaría su vida y en qué parte del cielo o de la eternidad lo habrá Dios acogido?