
424- LETRAS DE ORO
El río
se deslizaba desde el levante hasta el poniente. El arroyo primero venía como
desde el sol del medio día y el arroyo segundo, descendía como del lado del sol
de la tarde. Y a pocos metros antes de fundirse con el río, los dos arroyos se
juntaban. Justo en una porción de tierra llana que quedaba, a un lado y otro y
por la parte de abajo, delimitado por las aguas de las tres corrientes: el río
que bajaban del levante al poniente y los dos arroyos a los lados.
En el mismo centro de esta bonita isla, se alzaba la pequeña casa. Donde también brotaba un manantial y la hierba, en todo alrededor, crecía en todas las épocas del año. Por eso la casa, muy humilde porque estaba construida de piedras de las montañas, palos y monte, parecía un recogido paraíso. Suficiente para que el matrimonio con sus dos hijos y algunas cabras y ovejas, fueran felices. Tenían ellos aire puro, agua clara, hierba y flores casi todo el año y también lluvia y nieve y eran libres como pocas personas en este mundo con solo su cuatro animales, el río, los dos arroyuelos, su humilde casa y la fresca hierba de la pradera.
Pero el mayor de los hijos, varón
fuerte y sano y de no más de quince años de edad, según iban pasando los días, sentía
más y más necesidad de irse de aquellas tierras a otras partes del mundo. Les
decía a sus padres:
- Sé que no
tenéis dinero para darme y que me marche a conocer otros mundos pero yo voy a
conseguirlo.
- ¿Y de qué
modo vas a seguirlo?
Le
preguntaba el padre.
- Buscaré
pepitas de oro en los arroyo y en el río que baja desde las montañas. Las iré
guardando y cuando tenga un buen puñado, se las venderé a los reyes de la
Alhambra. Seguro que ellos me las comprarán por mucho dinero. Es lo que me ha
dicho quien desde aquellos lugares viene por aquí de vez en cuando.
El padre y la madre callaban y
también la hermana menor. Ésta, por las tardes y mañanas, se iba con el joven y
en las corrientes de los arroyos le ayudaba a buscar pepitas de oro. Los
primeros días, no encontraron nada pero al poco tiempo, sí hallaron unos
granitos muy dorados que aparecieron en sus manos después de lavar la arena que
recogían en las orillas de los charcos. Dijo la hermana:
-
Guardémoslo en un sitio muy seguro para que ni se te pierdan ni te los roben
nadie. Y vamos a seguir buscando a ver si pronto juntamos lo suficiente para lo
que sueñas.
Guardó el joven sus granitos de
oro, envueltos en un trozo de piel de cordero, bajo unas piedras por detrás de
la humilde casa. Siguieron buscando tanto en los arroyos como en el río y unos
días más tarde, encontraron algunos granitos más, estos no redondos del todo
sino como en forma de alambres retorcidos aunque muy delgados. Apenas pesaban
unas décimas de gramos. Pero para ellos de nuevo fue suficiente para animarse y
seguir confiando en lo que soñaban. Pasó por allí, una tarde, el hombre que
subía con frecuencia desde la Alhambra y el joven le dijo:
- No he conseguido
todavía mucho oro pero sí tengo ya algunos gramos. ¿Quieres verlos?
- Claro que
sí ¿dónde los guardas?
- Aquí
mismo. Ven conmigo y te los enseño.
Condujo el joven al hombre a donde tenía su tesoro escondido, levantó la piedra, desdobló el trozo de piel de cordero y le mostró los cinco o seis granitos de oro reluciente. Miró el hombre muy interesado y después de unos segundos en silencio, dijo:
- Es un oro muy bueno porque brilla mucho al darle el sol. Seguid buscando que dentro de unos días, volveré por aquí y me llevaré este tesoro tuyo para mostrárselo al rey de la Alhambra. Estoy seguro que ellos van a darte por él mucho dinero.
Y para sí, enseguida el joven pensó: “Y con todo el dinero que me den por mi oro, me marcharé de aquí, viajaré por todo el mundo, conoceré lugares y personas, haré amigos, viviré grandes aventuras y al final, seré el más feliz de cuantas personas hayan existido nunca bajo el sol. Conocer mundo y vivir aventuras, es lo mejor de todo”. Se marchó el hombre de la Alhambra y al día siguiente y al otro, ni él ni la hermana encontraron oro. Pesó más de un mes y como seguía sin encontrar un solo gramo del metal que buscaban, se preocupó mucho. Y más se preocupó porque ahora tampoco veía por allí al hombre de la Alhambra.
Por eso una mañana, al salir el sol, se acercó al lugar donde tenía escondido su tesoro personal, levantó la piedra, desdobló el trozo de piel de cordero y de pronto, se quedó sin respiración. No veía los granos de oro que en este sitio tenía escondidos pero sí y, como incrustadas en el cuero, descubrió unas letras muy relucientes que enseguida se puso a descifrar. Despacio y como asustado, al final leyó lo siguiente: “La felicidad que sueñas, el tesoro que apeteces y la libertad que deseas, no está en recorrer mundos ni poseer oro ni dinero. El gran tesoro que ansías, lo tienes en ti mismo, en tu propio sueño, en el aire que respiras, en el azul del cielo que te cubre y en las personas que te rodean”.