EL ABUELO
Hace unos días terminé de leer El abuelo, el libro de Cenani, y debo reconocer que, al cerrarlo, me quedé con una curiosa sensación: había dentro de aquellas páginas todo un mundo de emociones que me había removido por dentro.
En aquel momento pensé que quizá todo aquello tenía que ver con la inmediatez de la lectura, con la cercanía de conocer personalmente al autor o, quién sabe, con esas cosas que uno siente cuando una historia le toca más de cerca de lo que esperaba.
Pero hoy he vuelto a leerlo.
Y he descubierto que estaba equivocado.
Porque El abuelo tiene algo más. Mucho más. Es de esos libros que, cuando los vuelves a abrir, ya no lees exactamente la misma historia: lees también tus propias historias.
Habla de oportunidades que dejamos pasar, de trenes que un día estuvieron en el andén y decidimos —o no supimos— coger. Habla de caminos que no recorrimos, de palabras que dejamos para mañana y de cartas que enviamos cuando, lamentablemente, ya no queda nadie al otro lado para abrirlas.
Y quizá por eso, querido lector, si eres de esas personas que vamos pasando por la vida con cierta prisa, mirando de vez en cuando por la ventanilla y pensando que ya tendremos tiempo para todo, te recomendaría que echaras un vistazo a este libro.
Eso sí, te advierto una cosa: no es un libro que se lea solamente con los ojos. Hay que leerlo también con un poquito de memoria, con algo de nostalgia y, sobre todo, con el corazón. Y ahí puede empezar el problema, porque uno nunca sabe qué recuerdo se va a levantar del sofá y venir a sentarse a nuestro lado.
Dentro de sus páginas hay todo un mundo de sensaciones. Algunas quizá te resulten conocidas; de otras seguramente habrás oído hablar; y habrá alguna que, sin pedir permiso, te llegará directamente al corazón.
A mí me ha pasado.
Por eso, después de haberlo leído dos veces, solo puedo decir:
Gracias, Cenani.
Gracias, Fernando.