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Foro para escritores de Bubok

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tenientetulip
tenientetulip
Mensajes: 842
Fecha de ingreso: 26 de Septiembre de 2008

VIII CERTAMEN DE RELATOS DE BUBOK

11 de Mayo de 2009 a las 17:20

(Acabo de conectarme después de dos días. No he leído ningún "comunicado oficial" de Bizarro pero, vistos vuestros comentarios, voy a dar por cierto el desenlace. Así que...)

GRAAACIAS!

(Ahora llega el momento Coca-Cola)

A los que habéis leído los textos y os habéis devanado los sesos para repartir 5 puntos que a veces sobran y, tantas veces, no alcanzan para nada, a los que habéis escrito para que los demás os leyéramos, a los que habéis decidido que "Máquinas Pachinko" merecía puntos y, cómo no, a los que, además, creísteis que merecía un 5.

El final del certamen pasado, el final de éste (tengo a R2 y a Oniria en el cogote) y, la semana que viene, Eurovisión. Yo no tengo cuerpo pa poder con todo...

Vamos con lo que os interesa: el tema. El caso es que hoy me acordé (como casi siempre) de mi debilidad: mi ahijado de 4 años, Dani (o Spiderman, o el Doctor Octopus o un Anquilosaurio... depende del día que tenga). Y me acordé de que una vez, sabe dios a santo de qué, me pidió que le contara "el cuento de la princesa mala que se pintaba de rosa para disimular". Así que...

TEMA DEL VIII CERTAMEN BUBOK:

CUENTOS INFANTILES

Nota aclaratoria: no se trata de inventar cuentos infantiles, sino de reescribir los que ya existen. Un giro a "Hansell y Gretell", o a "Pulgarcito", o a "Blancanieves" o al que más rabia os dé. Podéis tirar de esa segunda lectura que casi todos los cuentos tienen (¿paradigma? Caperucita Roja) o modificar la trama. En vuestras manos está...

Buena suerte y juego limpio.

La Teniente

tenientetulip
tenientetulip
Mensajes: 842
Fecha de ingreso: 26 de Septiembre de 2008
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  • 11 de Mayo de 2009 a las 17:23

¡Mierda, los plazos! Siempre se me olvidan...

Fecha fin para presentación de relatos:

24:00 horas del jueves 21 de mayo

(Qué poquitos días y yo ya tendré un año más... No somos nada...)

jdgreenfield
Mensajes: 1.067
Fecha de ingreso: 16 de Abril de 2008
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  • 11 de Mayo de 2009 a las 18:20
Lo vais a flipar. Jeje. Por cierto, ¿se postean aquí con la otra cuenta?
r2-d2
Mensajes: 3.170
Fecha de ingreso: 26 de Diciembre de 2008
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  • 11 de Mayo de 2009 a las 19:41
¿Hasta que edad se considera "infantil"?
danielturambar
Mensajes: 5.077
Fecha de ingreso: 14 de Mayo de 2008
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  • 11 de Mayo de 2009 a las 19:48
Y... ¿no valen textos originales, hay que reinterpretar sí o sí?
tenientetulip
tenientetulip
Mensajes: 842
Fecha de ingreso: 26 de Septiembre de 2008
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  • 11 de Mayo de 2009 a las 20:03

Sí o sí.

Fdo:

El puto sheriff

tenientetulip
tenientetulip
Mensajes: 842
Fecha de ingreso: 26 de Septiembre de 2008
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  • 11 de Mayo de 2009 a las 20:14
cita de bizarro
cita de R2_D2 Hasta que edad se considera "infantil"?

Tu arriesga,jejejeje, a ver lo que consideramos nosotros.

Ests preparado ya para que huela tu nuca hasta la ltima media hora y te adelante elegantemente?

Se junt el hambre con las ganas de comer.

concursoderelatos
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 11 de Mayo de 2009 a las 20:56

La niña y las golondrinas

            Al llegar la primavera, las golondrinas volvieron. Y, como todos los años, hicieron sus nidos en el alero del cortijo. Casi en la misma puerta de la vivienda y no muy alto. Uno de los nidos casi se podía tocar con las manos.

            Por eso la niña, al entrar y salir del cortijo, decía:

- ¡Qué bien que las golondrinas hayan vuelto y qué bien que otra vez sus nidos los hayan hecho aquí tan cerca! Así, cuando nazcan los polluelos, podré verlos y podré jugar con ellos. Nada me gusta más en esta vida que ver y aprender de las debilidades y belleza de pajarillos como estos.       

            Y nacieron los polluelos. A los pocos días de hacer sus nidos las golondrinas pusieron los primeros huevos. Luego se pusieron a encubarlos y, unos días después, nacieron los polluelos. Cuatro en el nido del alero y cinco en el nido que estaba más en la esquina. Y, a partir de este momento, la niña se pasaba muchos ratos asomada en la puerta del cortijo y observando el ir y venir de las madres golondrinas. Admirada y sorprendida decía:

- Hay que ver con cuanto amor las madres cuidan a sus hijos. Como si no tuvieran más misión en este mundo. Por eso, estas avecillas y sus hijos son como el mejor ejemplo de libertad, cariño y gozo por la vida.

            Y claro que era cierto. Por eso a la niña, en cada momento del día, también se le llenaba el corazón de gozo y amor por la vida. A la madre, también de vez en cuando, le decía:

- ¿Sabes, mamá? Es como si en el fondo ahora quisiera que estas golondrinas nunca se fueran y que sus polluelos nunca se hicieran mayores. ¿Podría ocurrir alguna vez este milagro?

- Si en tu corazón lo deseas sinceramente, alguna vez pudiera ocurrir un milagro así.

Y la niña miraba al cielo y luego seguía entusiasmada con las avecillas.  

            Pasaron los días y las crías de las golondrinas se hicieron mayores. A todas horas se les oía reclamando comida a los padres y, en algunos momentos, se les veía asomados por el borde de su nido. Como si ya estuvieran explorando el mundo que les rodeaba y de él fueran aprendiendo. Y seguro que era así porque, cada vez que la niña se acercaba al nido, ellos la recibían como a una amiga suya. Como si la hubieran conocido de toda la vida y era cierto. Y era más especial el recibimiento que siempre le hacía uno de los polluelos. El más grande y el que tenía ya todo el cuerpo cubierto de plumas. Al verlo tan bonito y jubiloso la niña le decía:

- Sí, soy tu amiga y por eso me gusta tanto verte. ¿Sabes? Ojalá nunca te hicieras mayor y siguieran para siempre en este nido con la misma inocencia que ahora tienes.

            Quizá sí o quizá no, el pajarillo comprendía. Pero la niña creía que sí y por eso se alegraba al oírlo pedir comida y saludando siempre jubiloso a la vida. Ella otra vez le decía a la madre:

- Yo creo que me entiende y creo también que es inteligente. Mamá ¿por qué estas golondrinas cada año vuelven al mismo sitio a hacer su nido?

- Porque el comportamiento de las golondrinas siempre ha sido así. Se van y vuelven cada año al lugar donde nacieron.

Y la niña nunca dudaba de las palabras de la madre.

             Hasta que un día, a primeras horas de la mañana, ocurrió lo que nadie esperaba. Al salir la niña del cortijo y mirar para el alero del tejado para ver el nido, descubrió que éste no estaba. Su corazón le dio un brinco y al instante comenzó a gritar:

- ¡Mamá!

Enseguida la madre se hizo presente y, antes de que ésta pudiera decir nada, la niña le dijo:

- Mira, mamá, el nido y los polluelos han desaparecido. Mamá ¿qué puede haber pasado?

            Miró la madre y meditó un momento y luego respondió:

- No lo sé, hija.

- Pero estos pajarillos todavía no podían volar aunque ya tuvieran sus cuerpos cubiertos de plumas. ¿Quién se los ha llevado o a dónde se han ido?

- No lo sé, hija mía.  

            Y, en este momento, por el lado derecho del cortijo y junto a unas matas de hierba, se oyeron los píos de uno de los polluelos. Dijo la niña:

- Ahí está el mayor de ellos, mi mejor amigo.

Y salió corriendo a buscarlo. Enseguida lo vio. Estaba entre las matas de hierba, muy cerca de la corriente del pequeño arroyuelo, con las alas abiertas y sangraba por una pequeña herida en la cabeza. Se lamentó la niña:

- Mamá, esto no es cierto.

            Pero era cierto. El pequeño y hermoso polluelo de golondrina, había llenado de sangre las matas de hierba, la tierra sobre la que se apoyaba y hasta el hilillo de agua que bajaba por el arroyuelo. Sin decir nada más la niña se agachó, cogió a la avecilla con sus manos, tocó suavemente la herida con sus dedos y sus manos quedaron manchadas por la sangre del pajarillo. Dijo a la madre, como suplicando:

- Se está muriendo, mamá, debemos hacer algo.

Y la madre no dijo nada. La niña acercó el polluelo a su cara y la piel de seda de sus mejillas quedó manchada por la roja sangre del pequeñuelo. La sangre se mezcló con las cristalinas lágrimas que manaron de los ojos de la niña a la vez que por sus labios salieron estas palabras:

- ¡Por favor! No te vayas, no te vayas, no te vayas.

 

tenientetulip
tenientetulip
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Fecha de ingreso: 26 de Septiembre de 2008
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  • 11 de Mayo de 2009 a las 23:43

IMPORTANTE:

Se agradecerá que los participantes hagan constar qué cuento están versionando.

Firmado:

El Poder Supremo

concursoderelatos
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Fecha de ingreso: 28 de Enero de 2009
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  • 12 de Mayo de 2009 a las 8:30
CAPERUCITA Y EL CABALLO

“Sólo es un atajo”. Fue lo último que le dijo a su amiga mientras se despedía agitando su mano, con una tierna e inocente sonrisa dibujada en su rostro. “Tan sólo es un atajo”. Repitió, mientras se perdía entre los callejones, al ver que la cara de incredulidad de su amiga no desaparecía.

Y entonces, una vez hubo dejado atrás a su compañera, con su pesada mochila llena de libros de texto de asignaturas que hacía tiempo que habían dejado de interesarle a su espalda, empezó a encadenar esquinas. Las calles se volvieron más estrechas, más húmedas, más sucias. El ambiente� era cada vez más denso y, poco a poco, lo que en un principio era un olor incómodo se convirtió en un hedor nauseabundo. Y es que, sin duda, la humedad y los desperdicios no ayudaban a hacer más respirable la atmósfera de una calle angosta y permanentemente en la penumbra.

Sin embargo, eso no frenó a la joven que siguió caminando con paso decidido, y es que conocía muy bien ese atajo. Siguió cruzando portales, sumergiéndose en ese mundo que parecía tan poco apropiado para una jovencita que vestía aún uniforme de colegiala, su uniforme de colegio pijo y caro, con su chaquetita azul oscuro y su falda de cuadro escocés que se mecía a cada paso que daba, insinuando unas piernas bien torneadas pese a su esbelta, joven y deseable figura.

Y de este modo siguió adentrándose hasta cruzar el portal de uno de esos edificios ruinosos. Parecía claro que en su idea de atajo ese sitio no era precisamente de paso.

Cruzó el vestíbulo, obviando las pintadas de sus paredes, subió tres pisos, por las escaleras, sin prestar atención a los estragos hechos por la humedad. Y, una vez hubo subido esos tres pisos, llamó a la puerta de uno de los apartamentos.

Unos pasos pesados, cansados, se oyeron al otro lado. La puerta crujió cuando su dueño se apoyó en ella antes de preguntar:

-¿Quién es?
-Soy Claudia, ábreme.

Al otro lado se oyó como se corría una cadena y dos llaves giraban, luego, la pesada puerta de madera se abrió mientras emitía un sonido incómodo, muy agudo. Claudia entró y la puerta se cerró a sus espaldas repitiendo el mismo chillido.

-¿Otra vez aquí?-le preguntó el fornido hombre de color que acababa de abrirle.
-Sí, otra vez aquí. -respondió con picardía.
-¿Y qué quieres? ¿Lo mismo de siempre?
-Lo mismo.-respondió la adolescente, esta vez con una insolencia natural.
-Supongo que hoy sí traes el dinero, ¿no?
-La verdad es que esta vez tampoco he podido conseguirlo.
-Sabes que aquí sólo se fía una vez...
-Eso dijiste, pero creí que quizá podrías hacer una excepción.-le respondió poniéndose coqueta.
-¿Y eso por qué debería hacerlo? ¿Por qué me miras con esos ojos tan grandes? ¿Por qué me pones morritos con esos labios tan carnosos? No creo que sean suficiente esas artimañas de niña consentida...
-No sé.-respondió la adolescente mientras sonreía y se le acercaba... mientras intentaba no parecer muy desesperada- pero de camino a este piso he pensado que, si no querías volver a fiarme, quizá podríamos llegar a algún tipo de acuerdo...

El negro sonrió, luego miró de arriba abajo a la colegiala, cuya sonrisa había desaparecido de su rostro y ahora le miraba fijamente mientras mordía con aparente lascivia su labio inferior. La sonrisa del chico creció hasta mostrar toda su dentadura.

-Así que, ¿crees que podremos llegar a un acuerdo?-le preguntó Claudia mientras le daba la espalda y se quitaba sus braguitas rojas de fino encaje, dejándolas caer hábilmente por debajo de la falda.

Un silencio tenso se apoderó de la sala, al que la chica respondió agachándose un poco más, recogiendo un poco el trapito que cubría sus piernas, mostrando algo más que sus muslos y mirando con lujuria al chico.

El joven, finalmente, no pudo más que asentir sin que su sonrisa desapareciera de su boca, se dirigió a la mesita, sacó todo lo necesario y, mientras preparaba la goma y la jeringuilla, miró a la joven y le preguntó:

-¿Qué excusa has dado esta vez a tus padres?

La joven, con una sonrisa pícara en la boca, respondió:

-Les he dicho que iba a visitar a la abuelita.
concursoderelatos
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  • 12 de Mayo de 2009 a las 17:44

LA ESTRELLICA DE ORO

Era un matrimonio que tenía una hija y la madre murió. Se quedaron el padre y la niña, solos. Y cerca vivía otra señora que se había quedado viuda con dos niñas. Y la mujer quería casarse con este hombre y este hombre no quería casarse con nadie porque tenía miedo de que la mujer con quien se casara no tratara bien a su hija. Al final el hombre se casó porque no tenía quien le asistiera. La mujer, al principio se portó bien con la niña pero cuando pasó el tiempo, sus hijas eran sus hijas, las preferidas y empezó a no tratar bien a la niña.

En la matanza la mandó con la canasta de las tripas de los cerdos para que las lavara en el río. La niña era pequeña y no podía ella sola hacer aquel trabajo y no hacía nada más que llorar y llegó a la orilla del río, helaica del frío y se acurrucó temblando y sin dejar de llorar. Empezó a rezar a la Virgen: “¡Ay Virgen mía! Si mi madre estuviera yo no tendría tanto frío”.

    Pasó por allí una señora muy hermosa y le preguntó: “¿Por qué lloras?” “Porque tengo mucho frío y porque me han mandado a lavar las tripas y no puedo”. Y entonces aquella señora cogió la canasta, la metió en el río y al sacarla salieron las tripas limpias y le dice a la niña: “Escucha la campana del reloj. Cuando suenen las doce, mete la cabeza en el agua”.  “Es que tengo mucho frío y el agua está muy helada”. “No importa, tú mete la cabeza en el agua y cuando vayas a tu casa y te pregunten, cuenta la verdad”: 

Pues se fue aquella señora y la niña al escuchar las campanadas ton, ton, ton, en la torre del pueblo había un reloj que daba la hora, metió la cabeza en el agua y salió mojada y no sabía lo que le había pasado. Pero es que se le había marcado una estrellica en la frente que brillaba como el oro. Cuando llegó a su casa y la madrastra la vio con la cabeza mojada y la estrellica y las tripas limpias: “¿Quién te ha hecho eso en la frente?” Y ella asustada: “Nadie” pero la niña se acordó y contó la verdad.

Y la mujer, envidiosa mató otro cerdo y a su hija mayor y le dijo: “Haz  lo mismo que tu hermanastra. Di que tienes frío y que tu madrastra te manda a lavar las tripas a ver si te sale otra estrella”. Y llegó la muchacha y empezó a llorisquear y pasó la señora: “¿Qué te pasa niña?” “¡Ay! Que tengo mucho frío.  “¿Por qué mientes?”. Y la muchacha “¿Y por qué no puedo yo hacer lo que ha hecho mi hermanastra y que me salga en la frente una estrellica de oro?” “Si tú quieres, haz lo que te guste pero la estrellica no sé si te saldrá”. Entonces ella a oír las doce campanadas metió la cabeza en el agua y le salió una cosa como el rabo de un burro. Cuando llegó a su casa con el rabo del asno en la frente la madre por más que se lo quería ocultar no podía. Y entonces dijo: “A ver si a la otra le sale”. Mandó al río a la otra hija y como llegó mintiendo, le pasó lo mismo. Y desde este momento la madrastra le tomó un odio muy grande a la niña de la estrellica de oro.

Pasó el tiempo y un día, el padre se fue de viaje y le preguntó a las hijas: “¿Qué queréis que os traiga?” Las hijastras le pidieron vestidos y telas de seda y a su hija le preguntó: “¿Y tú qué quieres, hija mía?” “Yo quiero que me traigas una varica de virtud”. “Pero hija mía ¿dónde voy a encontrar yo eso?” “Pues si usted no la encuentra no me la traiga nada”.  

    El padre compró los vestidos y todo lo que le habían pedido pero lo que le había encargado su hija, no lo encontraba por ningún lado. Ya se iba aburrido diciendo: “¡Pá una cosica de ná que me ha pedío mi hija y no se la puedo llevar!”. Y oyó que iba un hombre por la calle diciendo: “¿Quién compra varicas de virtud?”. Y el padre: “¡Vaya, parece que encuentro lo que busco!”. Llegó a donde estaba el hombre: “¿Vende usted varicas de virtud?” “Sí, tome una”. “¿Cuánto vale?” “Nada, no vale nada”. Y era un pedacico de madera. Decía el padre: “¡Dios mío lo que me ha pedido mi hija! Lástima, con los vestidos que les llevo a las hermanas".  

Pasado un tiempo les mandaron las invitaciones para que fueran al palacio real porque se celebraba una fiesta y había baile. Ellas se hicieron aquellos vestidos que les había traído el padre y a la muchacha, como no tenía vestido ninguno, le decía la madrastra: “Tú ahí, a hacer las cosas de la casa. Como no le encargaste a tu padre vestidos, te quedas sin ir a la fiesta”. Las otras fueron muy engalanadas con el rabo del burro tapado con los peinados que les hizo la madre y ella se quedó en la casa. Para sí se decía: “Yo quiero ir al baile pero qué voy a hacer si no tengo vestido”. Y entonces pensó: “Con la varita de virtud que me trajo mi padre voy a ver si me concede lo que necesito”. Cogió la varica y dijo: “Varica de virtud, por la gracia que Dios te haya dado, que tenga algún vestidico para  el baile”.

Y como en un abrir y cerrar de ojos se vio con un vestido muy bonico, la peinaron y la varica de virtud le dijo: “Antes de las doce, te vienes a casa”. Y se presentó en el baile y el hijo del rey todo el rato estuvo bailando con ella pero ella en cuanto se iba acercando la hora, se volvió a su casa. Cómo iría de bien arreglada que ni las hermanastras ni la madrastra, la conocieron y cuando volvieron le decían: “Si hubieras estado en el baile hubieras visto una princesa que llegó allí vestida con un traje blanco. Ya no eres tú sola la que tiene la estrellica de oro”.

Pues así tres noches seguida y la noche última se descuidó un poquito y se le perdió un zapato y entonces el príncipe se fue detrás de ella y no la pudo encontrar pero si encontró el zapato. Y dio orden para que fueran buscando a todas las doncellas y vieran a haber a quién le estaba bien. Cuando llegara a la casa de esta señora la madre no tenía más empeño que a las hijas les estuviera bien el zapato y no les estaba bien a ninguna.

Y tenían una perrilla chica y como la muchacha estaba escondida detrás de la artesa del pan, la perrilla no hacía nada más que: “Guau, guau, la del rabo del burro en el coche va y estrellica de oro detrás de la artesa está”. Porque la madrastra se empeñó en que a una de sus hijas le estaba bien el zapato. Y los pajes decían: “Vamos a llevarla al rey para que la vea”.

La montaron en el coche tirada por unos caballos y la perra nada más que morderles en los pantalones: “Guau, guau, la del rabo del burro en el coche va y estrellica de oro detrás de la artesa está”. Y como había un paje que entendía el lenguaje de los animales dijo: “Señora, ¿qué es esto de que estrellica de oro detrás de la artesa está?”. “Nada, señor, esta perra que es tonta”. Y ellos: “Vamos a comprobarlo”.

Y al mirar, se encontraron que estaba allí estrellica de oro con el mismo vestido que había llevado a la fiesta y le pusieron el zapato y le venía bien. La llevaron al palacio, se casó con el hijo del rey y éste le dijo: “¿Qué castigo quieres que le echemos a tus hermanastras por el mal trato que te han dado?” Y ella: “Yo no deseo que las castiguen porque las quiero. Las perdono. Sólo quiero que entiendan que yo sí las he querido a ellas y que si ellas no me han querido a mí, pues que aprendan a quererme un poquito ahora”.

Se las llevaron a la corte y fueron con ella como damas de honor y el pago que les dio por el daño que le había hecho, fue quererlas. Esto me lo contaba mi abuela y a este relato le decía ella LA ESTRELLICA DE ORO.

concursoderelatos
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  • 14 de Mayo de 2009 a las 4:36

Los Tres Cerditos en Imitando a Caín.
(Cuento original en el relato anterior. Gracias al autor/a por allanarme el trabajo de buscarlo en internet)


Érase una vez tres cerditos, hermanos de madre. Y hete aquí que un día, hartos de que el granjero los explotara, se reunieron y decidieron por unanimidad escaparse para ir a vivir al bosque.
Así, los tres cerditos hicieron un hatillo con sus escasas pertenencias y se dirigieron a su nuevo hogar, huyendo entre las sombras de la noche.
Tras arduas horas de camino, por fin llegaron a un claro y se sentaron a descansar.
-R, pásame la comida- dijo el hermano mayor- Hay que racionarla.
-Pero E, tengo hambre...
-Da igual R. No podemos comérnosla toda ahora o nos quedaremos sin nada- E se inclinó a su hermano menor vehemente- ¿Quieres quedarte sin comida antes de tener una casa?- le arrancó a R la mochila de las manos y empezó a revolver en ella.
-La verdad- replicó el hermano mediano- es que deberíamos construir un refugio. En este bosque hay lobos y no tendríamos que estar a cielo descubierto.
-Ya lo sé, D ¿Crees que no?- dijo E- Pero ahora hay que encargarse de la comida. Si quieres construye tú uno.
-¿No podemos hacer una choza con paja en este mismo claro?- inquirió R- Así tardaríamos poco tiempo y podríamos dedicarnos a comer.
-¡No seas estúpido R!- espetó E- No podemos construir una choza de paja. No resistiría ni un ataque de los lobos. Al menos tendría que ser de madera.
-¿De madera? No, no. Tiene que ser de piedra, por lo menos- replicó D.
Los tres cerditos lo discutieron largo y tendido. Sus voces cada vez subían más de tono hasta que, enfadados unos con otros, decidieron construir cada uno su propio refugio.
Así, R construyó una choza de paja en el claro. E, una de madera en la linde, medio escondida por los árboles. Y D aprovechó una cueva natural y sólo tuvo que hacer una pared delantera para conseguir la suya de piedra, mejor acondicionada que las otras dos.
Pronto los lobos se dieron cuenta de que estos tres apetitosos bocaditos vivían en su bosque y quisieron ir a por ellos.
-Tenemos que agenciarnos de los cerditos- decía uno de ellos- Con sólo uno de esos hermanos podríamos alimentarnos largo tiempo. Están bien gordos- se relamió.
-Muy bien- tronó la poderosa voz del capo- Iremos a cazarlos. Donny- llamó. Un gran lobo, con aspecto sucio y ojos dementes, se acercó presto- tú te encargarás. Aún tienes que demostrarnos que vales para formar parte de la manada. Es tu oportunidad.
-Muy bien, capo- Dijo abriendo la boca en una sonrisa lobuna.
El lobo se dirigió primero a la choza de paja. R lo vio y cerró la puerta a cal y canto.
-¿Qué es lo que quieres?
-Quiero comerte nene. Será más fácil para todos si cooperas.
-¿Cómo voy a dejar que me comas?- inquirió escandalizado- ¡Lárgate!
-Tú me has obligado- dijo Donny mientras se tiraba contra la choza de paja, derribándola.
R echó a correr al ver el desperfecto y llamó con fuerza a la puerta de E, colándose rápidamente cuando éste abrió. El lobo, con actitud chulesca, se acercó a la casa.
-¿Qué es lo que quieres?- preguntó E.
-Comeros nene. Será más fácil para todos si cooperais.
-Eso no puede ser- respondió E.
-Tú me has obligado- replicó Donny, arremetiendo contra la cabaña.
-Creo que conseguirá derribarla- dijo E, preocupado- ¡Lobo, espera!- Donny, intrigado, paró y oyó murmullos tras la puerta- Tengo una proposición que nos satisfará a todos.
Donny escuchó con atención y en su rostro apareció un rictus cruel.

-¡Abre D, abre!- gritaba E.
D se levantó sobresaltado y abrió la puerta, dejando así entrar a sus hermanos, que venían corriendo y completamente acalorados.
-¿Qué ocurre?- preguntó preocupado.
-Nuestras casas no valen nada- dijo E- Se han derrumbado.
-Sí- replicó R- Y tenemos miedo de que los lobos nos coman.
-No os preocupeis. Podeis quedaros aquí conmigo. Ya os dije que esas chozas no durarían...
-Gracias D. Tú sí eres un hermano- dijo E, mientras lo abrazaba con fuerza- No te importa que traigamos a un amigo ¿verdad?
R apresó el otro hombro de su hermano. D pasó la vista de uno a otro y, finalmente, a la puerta. Allí se encontraba Donny el lobo.
-¿Qué es esto?- D intentaba escapar, pero sus hermanos no soltaban presa.
-Lo siento, D- dijo E- pero eras tú o todos. Es el mal menor.
-¿Qué dices?- el pánico teñía su voz- ¡Soltadme!
-Ven conmigo nene- dijo el lobo, arrancándolo del abrazo de sus hermanos- Recordad que esto solo no vale- les advirtió- Una vez al mes teneis que procurarnos otro animal de la granja o vendremos a por vosotros.
-Tranquilo Donny- replicó E- Un trato es un trato. Lo mantendremos.
-Más os vale.
Donny desapareció de la casa de piedra con D a cuestas.
En todo el bosque podían oírse unos gritos desesperados, suplicantes, mezclados con sollozos: "¡Hijos de puta! ¡No me hagais esto! ¡Ayudadme! ¡Hijos de putaaaaa!"


Noche cerrada. Dos cerditos, hermanos de madre, están acostados en la cama, preparándose para dormir.
-E.
-¿Sí, R?
-¿Crees que hemos hecho bien?
-R, la supervivencia trata de esto- se arropó bien- Echaré de menos a D, pero nos hemos librado de acabar todos en la barriga de esos lobos.
R se quedó pensativo y se arropó a su vez. Echó un breve vistazo a la tenue luz que salía de la chimenea y calentaba la estancia.
-Y esta casa es mucho más cómoda que las nuestras.
-Eso también R- contestó E, suspirando- Eso también.
-Buenas noches, E.
-Buenas noches, R.

concursoderelatos
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  • 14 de Mayo de 2009 a las 18:55

REIVINDICACIÓN DE UNA BRUJA

(Adaptación libre del cuento Rapunzel, de los Hermanos Grimm)


�Todos los que habitamos a este lado de la realidad, la hecha de fantasía y palabras, sabemos de cierto que, de cuantos personajes protagonizan los cuentos infantiles, son las brujas las que salen peor paradas, seguidas a corta distancia de las madrastras. Esta breve historia pretende reivindicar a una de ellas, no la más famosa tal vez, pero sí una de las más desgraciadas.
�Mi nombre es Philip. Fui bufón de corte durante muchos años y sé qué se siente cuando los otros te desprecian y se ríen de ti. Mi trabajo consistía en divertir al Rey y servir de fardo humano para los golpes y las bromas pesadas de sus hijos. Eso duró hasta que la edad me hizo prescindible. Cierta noche dos soldados de la Guardia personal del Rey vinieron a sacarme del lecho y me abandonaron en mitad de un bosque. El miedo y el hambre casi llegan a matarme. Apareció ella y me salvó, acogiéndome generosamente en su casa, cuando ya habían pasado tres días y agonizaba.
�Una vez restablecido, no me importó trabajar para una bruja (aun a sabiendas de que son irascibles y cambian a menudo de opinión), en parte porque estaba agradecido, en parte porque no tenía lugar al que acudir. Ella fue respetuosa conmigo, y por la noche, sentados al calor de la lumbre, solía invitarme a beber con ella y me contaba historias que a veces me hacían llorar, y otras me aterrorizaban hasta el punto de no pegar ojo en varios días. La más triste para mí, con todo, fue aquella que la tiene como víctima, y es la siguiente:

�Todo empezó a raíz de sus rapónchigos. Eran los más hermosos del lugar, no tanto porque la tierra en la que estaban plantados fuese la más fértil, sino porque usaba para nutrirlos de sortilegios realmente efectivos. Sus hojas ofrecían un color salubre y muy vistoso, lo que despertaba el apetito de los transeúntes al pasar junto al huerto. A ninguno de ellos, sin embargo, se le hubiese ocurrido coger uno solo por temor a la reacción que pudiera haber tenido la bruja, sin pensar que acaso, de haberlo pedido, ella les habría ofrecido gustosa un kilo sin reclamarles nada a cambio.
�La bruja tenía unos vecinos sin hijos que no cejaban en su empeño de ser algún día padres. Cada tarde, a la misma hora, la mujer asomaba a la ventana de su dormitorio y miraba el huerto fabuloso que se extendía a sus pies, y en especial aquella parcela de rapónchigos. La bruja sintió alguna vez el impulso de llenar un cesto con ellos y llevárselos; pero, dado que cada vez que salía, la mujer la miraba con repugnancia, se dijo que no merece favores quien racanea saludos.
�La mujer quedó embarazada al fin y llegaron los caprichos. Seguía asomándose a la ventana, y todas las tardes se encandilaba con la contemplación de las verduras. Fue inevitable, pues, que el marido, al amparo de una noche sin luna, saliera a coger unos pocos de rapónchigos para que su esposa pudiera, a la mañana siguiente, hacerse una ensalada bien apetitosa. Pero la bruja lo sorprendió y le dijo si no le daba vergüenza actuar como un simple ladronzuelo. “¿Acaso no es más sencillo pedir las cosas?” La ira consustancial a su condición de bruja la llevó a exigir al pobre sujeto un compromiso: ella le daba los rapónchigos que él quisiese, pero a cambio de que, una vez nacido su hijo, se lo entregase a ella en propiedad.
�Nació hembra. Niña más hermosa no ha vuelto a conocerse. La bruja le puso el nombre de Rapónchigo, en honor al fruto que había posibilitado que fuese suya. Se desvivió en su cuidado. Nunca le faltó nada. Habría entregado su vida porque ningún mal la afectase. Era la belleza personificada. Contemplarla la anegaba de felicidad y de una ternura desconocida. Sus manos, la piel de los hombros, sus ojos de un azul intensísimo, el pelo, sobre todo su pelo, eran atributos dignos de una princesa. Todas las noches, antes de acostarse, la bruja le pasaba mil doscientas veces un cepillo por su hermoso pelo. Jamás unas tijeras lo mancillaron. Era su joya más preciada; junto a su voz, el orgullo de la bruja.
�La niña creció. Llegaba el momento de ofrecerse al mundo. Pero la bruja se resistía. Con añagazas y promesas futuras, siempre postergaba el instante. No quería compartir el amor que sentía por la muchacha. La había criado ella. De lo más recóndito de su alma había extraído el más mínimo sentimiento de cariño que pudiera tener, y se lo había entregado. Por eso la encerró en una torre, sin puerta ni escaleras, porque el dolor la habría matado en caso de que a la inocente criatura alguien le hubiese hecho daño.
�No había día que no la visitase. Para ascender a lo alto de la torre, Rapónchigo dejaba caer su larga trenza y la bruja, con una agilidad asombrosa, subía. Las horas pasaban rápidas oyendo cantar a la niña, y no pensó en que algún príncipe pudiese oírla también, como así sucedió. Era un príncipe relamido, insultantemente guapo, que aguardó el momento oportuno para darse a conocer a Rapónchigo. “¡Qué nombre más horroroso!”, exclamó con la nariz arrugada. “A partir de ahora, te llamaré Rapunzel”. Ambos, luego de que el príncipe usase de la trenza cada vez que la bruja se retiraba a descansar, compartieron largas horas cogidos de la mano.
�Fue inevitable que la bruja descubriese su relación. Su furia la hizo ser nuevamente cruel. Cortó el pelo a Rapónchigo y la condujo a un desierto. Más tarde, cuando el príncipe descubrió lo sucedido, un conjuro de la bruja lo dejó ciego. Estaba sola de nuevo. Después de todo, se dijo, este es el sino de las brujas y debo aceptarlo. La pena y el remordimiento, sin embargo, no la dejaron vivir en paz más de dos días. Seguía amando a Rapónchigo. Todas las noches soñaba con ella. Había guardado su pelo, lo conservaba en el interior de un cofre, de donde lo sacaba todas las noches para pasarle el cepillo mil doscientas veces como si nada hubiese ocurrido.
�Se sucedieron los meses. El único consuelo de la bruja era saber que Rapónchigo seguía en el desierto y el príncipe lejos de ella. Pero las noticias vuelan como un viento al que no le valen puertas. A oídos del príncipe llegó la buena nueva de que en algún lugar remoto, donde el mundo carece de sombras, vivía una joven encantadora que con su voz hechizaba a las serpientes. No le cupo duda de que se trataba de su Rapunzel. Hizo sacar su mejor carroza y, antes del amanecer, corría guiada por uno de sus lacayos. A la semana, los amantes vivían gozosos en el palacio del príncipe, junto a unos gemelos de distinto sexo que Rapónchigo había parido.
�No tardó en enterarse la bruja. Saberlo le dolió menos de lo que esperaba. En el fondo le alegró conocer que Rapónchigo seguía viva y que, para colmo, había sido madre de dos criaturas. Eso volvió a llenarla de una felicidad que no le cabía en su magro cuerpo. Se propuso hacer una visita a la pareja. Le era necesario conseguir el perdón de aquella que había crecido a sus expensas sin conocer el dolor ni la tristeza en toda su infancia. Llenó un cesto con las mejores verduras de su huerto, y se dirigió al palacio con el convencimiento de que, en cuanto la viera, Rapónchigo saldría a abrazarla y a darle el consuelo de su perdón.
�No fue así. Un criado la hizo pasar a un cuarto en penumbra donde Rapunzel (pues no quería que se la llamara de otra forma), la acogió con una frialdad pasmosa, como si en vez de a la mujer que la había criado tratara con una pordiosera. Pero no fue eso lo que más daño hizo a la bruja, sino ver que los niños lloraban horrorizados mientras ella estuvo presente. Al abandonar el palacio, se sentía como si le hubieran clavado un puñal en el estómago, pues la historia volvía a repetirse…

�Por mi parte, solo puedo decir que junto a ella he encontrado la felicidad. Ha pasado mucho tiempo desde que me hallara en el bosque, y más aún desde que Rapónchigo la ignorara. Es un bruja como todas las que habitan este mundo donde la bondad parece que solo la poseen los nobles o los enanos estúpidos. Pecó de un exceso de amor. Lo comprendí en cuanto pude dejar de llorar tras oír su historia. Al poco le pedí que se casara conmigo. Aceptó. Desde ese instante, creedme, no falta en mi plato una perdiz para cenar todas las noches.

concursoderelatos
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  • 14 de Mayo de 2009 a las 22:55

LA RATITA PRESUMIDA

Erase una vez una ratita, con un pelo plateado con irisaciones doradas que más que una piel parecía el manto regio de una reina; con unos ojos. ¡Qué ojos, aquello no eran ojos, eran el faro de Alejandría por duplicado! ¿Y sus manitas, con sus delgados deditos para coger la escoba con la que barría, toda primorosa ella, la puerta de su casita.

¿Y su rabo? Sí, amiguitos, sí, la ratita tenía rabo; pero aquello no era un rabo, no, era la liana por donde Tarzán de los monos se deslizaba selva arriba selva abajo, en busca de una chita que toda la vida se la pasaba de canitas al aire. Pues si, amiguitos, así era su rabito y con qué aires lo movía de un lado a otro; ¡qué donaire! ¡qué arte!

¿Arte? ¿He tenido la desfachatez de hablar de arte? Bueno, arte era la celestial música que de sus labios salía mientras barriendo cantaba su canción preferida: “Barro mi casita, trá, lará, larita, lavo y friego platos, trá lará, larato…” Y mientras barría, vio como entre el polvo brillaba algo inesperado. Agachándose presurosa y femeninamente, pero con la precaución de poner su pompis de cara a la pared, nunca se sabía qué podría ocurrir, cogió aquel deslumbrador objeto brillante, encontrándose con la sorpresa de una moneda.

¡Oh! ¡Ah! ¡Oé! ¡Una moneda, una monedita para poder comprar caprichitos! ¡Qué alegría! y quedándose pensativa, sonrió ¡eso es, me compraré… ¡Vaya! ¿Qué me compraré? (voz en off: “la maldita duda de toda mujer”)

Y sentándose junto a la puerta, su loca cabecita comenzó a arder

Ya lo sé, me compraré caramelos y llena de alegría se levantó… pero ¡Ah, la maldita duda corroyendo sus entrañas ¡no, no! Que se me picarán los dientes y volvió a sentarse, porque la pobre chiquitina necesitaba todas sus fuerzas para resolver aquel complejo problema

¡Ya está, me compraré unos zapatitos nuevos y fue a levantarse cuando comprobó que los que llevaba los había comprado hacía una semana y sentándose de nuevo pensó. Mientras cavilaba se puso a mover de un lado a otro su precioso y juguetón rabito, hasta que se cansó del juego y…

¡Claro, como no se me habrá ocurrido antes, me compraré un lacito rojo para mi rabito y sin opción a una nueva duda, saltó del asiento y corriendo, usando para ello tanto las patitas como las manitas y, en los cambio de dirección por aquello de la inercia, el rabito, llegó exhalando el penúltimo suspiro a la mercería de su amiga.

Hola corazón. ¿Dónde vas tan presurosa y acaloradita?

A comprar una cosita. Encontré este tesoro barriendo la puerta de mi casita y quiero comprarme con él un gran lazo rojo, para mi desnudo rabito

Pues vas a tener hasta suerte, ratita presumida, porque me acaba de llegar de la china mandarina uno que esto no es un lazo, corazón le decía mientras de debajo del mostrador sacaba una gran caja de cartón y abriéndola chan, ta ta chan y ante los ojos de la ratita apareció el lazo rojo más grande, bonito y provocador que jamás su imaginación hubiere podido “idem” (es por no duplicarme)

¡¡¡Oh!!! ¡¡¡Oh!!! ¡¡¡Oooooohhhhhh!!! exclamo entusiasmada y arrebolada la ratita y ¿Cuánto me costará? Y se lo compró, por supuesto que se lo compró.

Lógicamente tuvo que ir al banco a pedir un préstamo a quince años y sin comisión de apertura, pero se lo compró.

Nada más llegó a casa con su lazo, corrió al espejo y en menos de tres horas (todo un record) salió de nuevo a la puerta de su casa a terminar de barrer, cantando:

Trá, lará, larita, barro mi casita, lavo y friego platos, trá, lará, larato…

Mire usted, for where, dióle por pasar aquella tarde por delante de la casita de la ratita al señor perro; todo un comerciante en pieles de nordicos. Se la quedó atontadamente mirando y dijo

Ratita, ratita, pero qué rebonita estás. ¿Te quieres casar conmigo?

¡Oh, señor perro, cuanto honor! Y ¿Qué hará por las noches?

Guau, guau, guau la ratita, toda asustada, se echó para atrás

¡No, no, que me asustarás el pobre don perro, absolutamente demolido y amargado se fue a su negocio, lo vendió al primero que pasó por allí y se retiró a una perrera municipal.

Dióle por pasar, lógicamente con el tiempo suficiente como para que la ratita pudiere cantar de nuevo: “Trá, lará larita, barro mi casita…” al ilustrísimo señor don Gallo, bien conocido en los corrales de la comarca por que era el que más gallinas pisaba al día (nunca he sabido por qué los gallos pisan a las gallinas cuando todos los demás mortales lo que hacemos es follar) y le preguntó todo soberbio y con la cresta más erecta que la del gallo kiriko

Ratita, ratita rebonita ¿te quieres casar conmigo? —La ratita al oírlo no se lo podía ni creer y su imaginación, siguiendo con ansiedad el rastro de las lenguas del lugar que tanto hablaban de las correrías del Gallo, se desbordó y le preguntó ansiosa

¡Ay, señor don Gallo! ¿Y qué hará por las noches?

¡Ah, por las noches! Kikirikíiiiii

“Vaya” pensó la ratita “con todo lo que dicen de él y ahora me sale cantante de ópera”

Pues, mire usted, señor Gallo, no que me asustará

Otro que salía trasquilado de la peluquería de la ratita. Pero aun no se habían acabado las oportunidades aquel azaroso día y por la esquina apareció todo sigiloso y silencioso el señor don Gato. Cazador nocturno donde los hubiere, por supuesto sin licencia de caza. Vio a la ratita, miró su rabito y luego el lazo y no pudo evitarlo, se acercó sigilosamente y le preguntó

Ratita, ratita, qué requeteguapísima estás

Pues hago muy rebien porque tú no me la das

Pero rarita, ratita…

¡Deja ya de decir ratita coño, y al grano que no tengo todo el día! la pobre ya andaba algo trasquilada de tanto ronroneo

¡Está bien, mujer, no me apremies que esto es algo que hay que pensarlo mucho

Pues a pensar a otro sitio, que ya se acerca el ratoncito de turno

Bueno, ¿te quieres casar conmigo?

¿Y que harás por la noche?

Pues cuando vuelva de recorrer los tejados de la ciudad, maullaré así: Miau

Pues va a ser que no, felino, que me puedo asustar y viendo de reojo como se acercaba ya el ratón, le dio con la escoba al señor don Gato para que desalojara el terreno, no sin comenzar a cantar

Trá, lará, larita, limpio mi casita, lavo y friego platos…

Bueno, cuando hipnotizado por la cantarina voz de nuestra ratita, el señor don Ratón, se paró a su lado, no pudo más que dejarse embelesar por tanta belleza. Sus ojos se dieron la vuelta y su mente, levitando como alma en estado puro, se quedó en blanco, hasta que un tremendo escobazo en plano hocico le sacó de su estupor y cayó con rodilla en tierra.

Viéndolo en tan suplicante postura, la ratita presumida se acercó insinuante, pasándole toda la longitud de su rabo por su amoratada cara.

¿Querías preguntarme algo, señor don Ratón?

¡Ay, ratita, ratita, qué rebonita que estás “otro con la misma historia. ¿Lo habrán aprendido en un cuento?”

Hago pero que muy rebien, porque usted no me la da

Ratita, ¿te quieres casar conmigo?

Depende contestó ella displicente, al mismo tiempo que se daba la vuelta y pasándole de nuevo su rabo por las narices, se alejó como para entrar en su casita

¡Espera ratita, que no he acabado. ¿De qué depende? Y no me contestes una cosa rara que no está en el guión

Pues depende de lo que hagas por las noches

Dormir y callar, dormir y callar no le dio tiempo al pobre ratón a terminar la frase cuando ya la escoba de la ratita le daba de nuevo en plenos hocicos, tumbándolo cuan largo era en la acera.

La ratita, sin esperar más se metió en casa y cerró la puerta pensando:” ¿Es que en este país no hay nadie que folle por las noches? ¡Valiente mierda!

 

 

concursoderelatos
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  • 16 de Mayo de 2009 a las 17:42
               EL PATITO FEO DEL NIDO DE BUBOK

Hacia varios días que esperaba que sus hijitos rompieran el cascaron, para que alegraran aún más la casa de bubok.
Echada sobre el disco duro del ordenador, una pata, llamada Teniente, daba calor a sus huevos.
Escribiendolo en un papel dijeron:
-! Aquí estamos, aquí estamos, aquí estamos !- se oyó de pronto. Y cinco inteligentes patitos salieron del nido, mostrando ya desde un principio sus instintos hacia la escritura.
La pata Teniente, no dudó en llamarlos; Bizarro, idelosan, oniria, lola y rarevalo.
-! Que grande es esta casa de bubok !
-dijo a su mamá el más listo de todos, bizarro.
-! Esto es un mundo! - dijo idelosan
La pata Teniente los acarició tiernamente con el ala, y con su éstilo dulce de siempre les dijo:
-¿Bizarro, idelosan, creeís que solamente esto es la casa? Os equivocaís, hijos; el mundo de bubok es mucho más grande. Se extiende mucho más allá de lo que os podéis imaginar. Ahora mismo os enseñaré a todos como és, para que podáis admirarla.
Cuando la pata Teniente se disponía a abandonar el disco duro, vio, con mucha sorpresa, que medio oculto entre los cables del ordenador quedaba todavía un huevo.
- ! Aún falta un huevo !- dijo con cierto fastidio-.! y qué huevo tan grande y raro es el que queda! Pero, en fin, terminaré de empollarlo.
Mientras la Teniente se echó varios días dandole calor, bizarro, idelosan, rarevalo, oniria y lola, ya habían adquirido un don para la escritura fuera de lo normal, más bien sobrenatural.
Una mañana, la pata Teniente, oyó el llanto del recién nacido.
- ! Haqi estoi, haqi estoi, haqi estoi !- decía éste con boz ronca.
- !Qué feo es!, ! y no sabe escribir !- dijo la pata Teniente en cuanto lo vio-. ¿ No será un troll en vez de un pato?-dijo idelosan-.En fin, ya nos desengañaremos con el tiempo, decían oniria y lola y rarevalo.
Con el paso del tiempo, la pata Teniente y sus hijos, se dieron cuenta de que el patito feo se mantenía con cierta elegancia por la casa de bubok.
- ! Puede ser que nos hayamos equivocado con el ! decian los hermanos del patito feo.
-La pata  Teniente observó que no era tan feo como al principio-.
! No hay duda, éste también se merece estar entre nosotros !-.
Después de que la familia diese unas cuantas vueltas por la casa de bubok, Teniente dijo: -! Bueno, basta por hoy ! Ahora os llevaré a conocer a vuestro padre. Pero no os aparteis de mí, que el mundo de la informatica es muy complicado.
La familia se encaminó al " foro" de la casa, aquello era como un gallinero. El pato padre Incongruente, se acercó al más pequeño y le dió un buen responso.- ! No le riñas ! ¿ que mal te ha hecho el pobre?
- ! Ninguno ! Pero  mira como escribe, parece un troll; Di que si papa, yo creo que está spumeando por la boca a posta.- Dijo idelosan.
A pesar de su enojo, el patito feo dijo que podia permanecer en ese gallinero. Pero como no sabía escribir era siempre el blanco de las burlas y de las criticas.
Un día, dos patos silvestres, jaume y jdgreefield  se le acercaron y entre bromas y risas,
dijo el primero:
- ! Mira que es malo escribiendo !
- ! Cierto, que ridiculo es este bicho !- contestó el otro.
- ! Dios mío ! ¿ Que culpa tengo yo de no saber escribir ?
Pasaron muchos días antes de que tuviera ánimo para seguir aprendiendo
Una noche se le acercaron otro tres patos silvestres, r2d2, javi, y vixa y le dijeron:
-¿ Sabes escribir ?-no
-¿ Sabes corregir ?-no
-¿ Sabes poner huevos ?- Tampoco
- ! Pues entonces no sabes nada ! Aquí no te querra nadie.
Durante largos dias el patito feo permaneció en aquel gallinero aguantando todos los picotazos de las aves silvestres.
Un dia se le acerco una campesina, mortfan, y dos campesinos, picolins y rober, y le dijeron:
-Tú tienes que intentar aprender, no eres un pato silvestre como nosotros, eres un cisne, y por lo tanto tienes que callar por un tiempo y al final todos te querran en éste gallinero.
Con el tiempo el patito feo se dió cuenta, de que en realidad no era el unico cisne que allí había, y con elegancia levantó su cabeza y se puso a escribir con desenvoltura...










concursoderelatos
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  • 16 de Mayo de 2009 a las 18:01

El niño cojo.

(Basado en el cuento El traje nuevo del Emperador, incluyendo una visión adulterada de El flautista de Hamelín).

 

 

            La burocracia de Berlín estaba configurada como un conjunto de reinos que rendían tributo al emperador Adolf Hitler. Cada una de las editoriales alemanas, grandes o pequeñas, eran súbditos del reino de la cultura, y el rey que vigilaba sus destinos era el censor Ludwing Meyer.

            Con motivo de su cincuenta cumpleaños, el censor Meyer había decidido darse un humilde pero emotivo homenaje en el que pretendía reactivar la industria editorial alemana dentro de un sano marco nacionalsocialista. Meyer sacó a concurso la publicación de un cuento infantil que sería subvencionada con dinero del Reitch y que gozaría de pública distribución entre los niños que hubiesen superado con éxito su primer año de escolaridad. El cuento elegido, en cualquier caso, debía servir como sedimento moral para que los infantes alemanes no perdieran la virtud que habían adquirido como derecho de nacimiento.

            El 15 de Abril se abrió el plazo de presentación de propuestas. Se creó una importante cola que salía de las puertas del despacho de Meyer y daba la vuelta a todo el edificio. Los editores esperaban pacientemente, con una mano sujetando el correspondiente portafolios y la otra apretada contra el último botón del abrigo. El trabajo editorial no preparaba a los hombres para los rigores del clima y, aquella mañana, Berlín amaneció despejado y frío como las relucientes paredes de una nevera.

Markus Schaeffer había salido de su casa con el pijama debajo de la ropa y el estómago vacío, y guardaba cola con un buen humor que lo posicionaba más como espectador de las frustraciones de sus colegas que como auténtico opositor al encargo del cuento. 

            Los mejores editores de Berlín abandonaban, abatidos o decepcionados, el despacho de Meyer. Algunos miraban al suelo, reproduciendo en sus cabezas la conversación que habían tenido con el censor, intentando recordar en qué momento, o con qué frase, sus posibilidades se habían esfumado. Los más atrevidos o enojados, tras la derrota dialéctica, se encogían de hombros mirando a sus compañeros y se alejaban de allí, apretados a sus portafolios como si quisieran consolarlo por la ofensa.

            Steffan Liebber, a pesar de poseer la imprenta más pulcra de Berlín, a pesar de contar con el mejor ilustrador de toda Alemania, y a pesar de haber presentado una perfecta adaptación infantil de El anillo de los nibelungos, no pudo medrar en el estricto sentido germano del Rey Ludwing Meyer. Dedicó una reverencia a todos los que aún esperaban en el exterior del edificio, soltó una tremenda carcajada y dijo:

-          ¡Buena suerte!

Después, se alejó de allí rompiendo una por una las ilustraciones de su

proyecto. Los editores, por supuesto, entraban cada vez con mayor preocupación, con ánimo funesto. Markus Schaeffer, sin embargo, se tomó todo aquello a broma y abordó la visita con buen humor, diciéndose a sí mismo: “¡No tengo nada que perder! Voy a intentarlo con el cuento más semita que se haya visto desde la fábula de la hormiga y la cigarra”.

            Así que, cuando le correspondió entrar en el pulcro despacho, Schaeffer ya no veía al censor Meyer como a un obstáculo, sino como a una secreta diversión.

-          ¡Hail Hitler! – dijo levantando su brazo.

El brazo de Meyer debía estar cansado, porque sólo le hizo un discreto gesto de

admisión, levantando la cabeza lo justo para que sus ojos asomaran por encima de las gafas.  Meyer tenía buen aspecto, el pelo muy negro a pesar de sus cincuenta próximos años, y el pecho muy lleno por encima del brillante cinturón de cuero. A su derecha, había un secretario delgado, amarillento, y con unos desdichados labios secos que parecían incapaces de sonreír.

-          ¿Nombre? – preguntó el secretario, posando sus dedos sobre la máquina de escribir, como patas de una araña ahorcada.

-          Markus Schaeffer – respondió el editor, quitándose la gorra y apretándola contra su barriga.

-          ¿Proyecto?

-          “El flautista de Hamelín”.

-          No me lo puedo creer – intervino Meyer.

Lanzó una mirada de complicidad al secretario, que hizo un casi sonoro esfuerzo

para apretar los labios aún más, lo que en su tribu de insectos debía interpretarse como una sonrisa. Meyer puso ambas manos sobre la mesa.

-          ¿El flautista de Hamelín? ¿Ese cuento en que un músico mercenario exige dinero a cambio de salvar a un pueblo de una invasión de ratas, y luego secuestra a los niños del pueblo como garantía para recuperar el dinero? ¿Ese cuento?

-          El flautista de Hamelín – respondió el editor, sin un asomo de duda.

-          ¿No le parece que es un alegato a favor de la usura, señor...

-          Schaeffer – le auxilió el secretario.

-          Muy al contrario, señor – dijo Markus.

-          Será mejor que se explique con rapidez – exigió Meyer, algo menos cansado.

Metido en ese compromiso, Schaeffer ya no podía retirarse sin parecer un ciudadano sospechoso. Y, realmente, se le había ocurrido una interpretación perfecta del cuento para la mentalidad nazi. Pero, al estar a punto de verbalizarla, sintió que una palabra se atravesaba en su garganta: ratas. Dudó.

-          ¿Señor Schaeffer? –exigió Meyer.

Se había aprendido su apellido. El editor sintió el miedo como una transfusión de

hielo a través de las piernas. No había marcha atrás.

-          Las ratas son el pueblo judío – dijo lentamente. El censor frunció el ceño y apoyó la barbilla en uno de sus lustrosos puños. La idea estaba funcionando – El flautista representa a la nación alemana, que quiere salvar a Europa, a Hamelín, de los judíos. Y todo el pueblo quiere ser salvado de los judíos. Pero, cuando el flautista reclama el reconocimiento por su labor, Hamelín, Europa, le da la espalda. ¡Como está sucediendo en estos momentos, señor! Entonces, el flautista se ve obligado a ir a la guerra y ocupar dichas naciones bajo su protección, separar a los niños de esos padres irrespetuosos y olvidadizos que ya no recuerden lo insidiosa que era la presencia de las ratas...

Ludwing Meyer meditaba sobre su puño. Estaba a punto de sonreír, pero una

idea le incomodaba. Llegados a ese punto, Markus Schaeffer sentía tanto asco de sí mismo que esperaba que el censor rechazase su proyecto con vehemencia. Cuanta más vehemencia usase, tanto mayor sería el alivio para Schaeffer.

-          ¿Y el niño cojo? – preguntó el censor.

            “No me lo puedo creer”, pensó Markus, “lo está valorando en serio”. Apretó los puños, sintiendo como agua sucia dentro de las tripas.

-          El niño cojo somos nosotros – respondió – Los editores de este país, aunque en principio nos sentimos ofuscados con erróneas ideas librepensadoras, por nuestra propia reticencia a la acción podemos reflexionar... y encontrar así el camino de vuelta a casa.

            Meyer abrió la boca apretando los dientes, como si acabase de tragar humo de un cigarrillo. Luego, miró a su secretario y dijo:

-          Me gusta – dio un golpe en la mesa y se levantó para abrazar a Schaeffer – Así que ratas, ¿no es eso? ¡Me gusta mucho, amigo! ¡Gracias por este regalo de cumpleaños!

-          Señor... – acordó sumisamente Markus, recibiendo el abrazo del censor con un escalofrío.

 

 

 

Un mes más tarde, delante de una cerveza y de un ejemplar de “El flautista de

Hamelín”, de ediciones Schaeffer y asociados, Stefan Liebber soltaba una de sus tremendas risotadas y miraba a sus colegas como si nada en el mundo pudiese ser más divertido.

            Los otros editores reunidos en la cervecería, celebrando el éxito de Schaeffer a la vez que intentando ganarse su favor, sacudían la cabeza, se encogían de hombros o, simplemente, brindaban al techo sin querer declararse ni serios ni bromistas.

-          ¡Así que El flautista de Hamelín!- voceó Liebber, sacudiendo el hombro de Markus Schaeffer – Un cuento que nos enseña que, si no pagamos nuestras deudas, el banco te puede quitar hasta a tus hijos. ¡Qué mundo este! ¿Cómo lo conseguiste, maldito zorro? – Schaeffer bebió cerveza. Liebber le perdonó la vida y levantó la jarra, desafiando con su integridad y osadía a todos los presentes - ¡Brindemos entonces por el nuevo traje del Rey! Pero, ¡ojo!, ¡que a nadie se le ocurra decir que el traje nuevo no tiene ni una pulgada de tela!

“Así que ratas, ¿no es eso?”, recordó Markus Schaeffer mientras apuraba su

cerveza. Pidió otra con un gesto de la mano. Tenía dinero para invitar a todos los presentes durante una noche que durase un año entero. Y también tenía el secreto y vergonzoso deseo de padecer algún tipo de cojera que justificase su éxito.

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  • 17 de Mayo de 2009 a las 13:21

EL FLAUTISTA (inspirado en El Flautista de Hamelín)

Era extraño, aquel flautista... Olía a bosque, a tierra húmeda, a tormenta. Nunca llevaba zurrón, nunca compraba nada, nunca reverenciaba los lugares sagrados del pequeño reino, ni hacía las cosas que se presupone que hacen los seres vivos. Rondaba ocasionalmente la aldea que se alzaba junto al bosque, pero siempre a distancia, siempre evitando el contacto con los lugareños. Prefería la soledad, y jamás hablaba.

Solía pasar su tiempo en lo más profundo del bosque, cerca de la negra montaña que marcaba, exactamente, el centro del reino mágico; un lugar que los aldeanos evitaban siempre que podían, como evitaban mirar la montaña. A él, sin embargo, no parecía importarle la impresión de magia demasiado antigua, demasiado agreste, que emanaba de aquella mole oscura. Sentado en una loma, junto al nacimiento del río, tocaba su flauta durante horas y horas, siguiendo el melódico rumor de la corriente, encadenando notas como otros encadenan palabras…

Decían que comía ratas. También decían que comía niños.

Nadie le vio, nunca, comer nada…

Lo único realmente vivo en él, parecían ser sus manos, una idea que surgía de su movimiento, no de su aspecto. Al igual que su rostro de ojos yermos, eran demasiado pálidas. La piel, translúcida, endeble como la de un pescado, parecía estirada hasta lo imposible sobre los finos huesos; y, en ella, se distinguía el ramaje de unas venas monstruosamente hinchadas, llenas de bultos y deformidades, que dibujaban signos perturbadores al entrecruzarse una y otra vez sobre sí mismas.

Sin embargo, esas manos se movían sorprendentemente ágiles, veloces, llenas de vital entusiasmo, por la larga flauta.

Nadie conocía el origen del flautista, nadie sabía qué había ido a hacer allí, qué podía haberle conducido a aquella parte recóndita del reino mágico, donde sólo había una aldea, un bosque, un río, y una oscura montaña; pero cuentan las leyendas que, una noche, la vieja Úrsula, la bruja que vendía pócimas, sacaba muelas, y leía el futuro, le vio, en lo alto de su pequeña loma, recortado nítidamente contra una enorme luna llena. Y escuchó cómo empezaba a tocar su flauta, todo él inmerso en el ritmo lánguido de una música tensa, inquietante, angustiosa…

El bosque entero se puso en guardia cuando aquellas notas se extendieron por la maleza como un crepitar cansado, agitando los arbustos, multiplicando las sombras, dibujando a su paso runas extrañas, casi invisibles, en los troncos de los árboles. Los animales, las plantas, los seres mágicos, incluso los tremendamente antiguos, aquellos que vivían en el dibujo de las telarañas o reflejados en los charcos, intuyeron que había algo distinto en esa tonada, algo retorcido, y siniestro…

La música se acentuó, y se quebró en una larga, larga nota.

Algo se oyó, en la vertiente del río, un gorgoteo pesado…

Entonces, la noche se llenó de sonidos, chillidos fuertes, histéricos, que llegaron acompañados de una multitud de movimientos bruscos entre el boscaje, de ruidos de piedras, de tierra removiéndose violentamente, de chasquidos de ramas… Y, de pronto, de todas partes, empezaron a surgir ratas, ratas grandes y pequeñas, ratas gordas, flacas, largas, deformes, ratas enfermas, jóvenes, viejas, y pequeños ratones. Decenas, cientos, una marabunta, una cascada interminable de movimientos convulsos. Los enloquecidos animales pasaron por los lados de Úrsula, esquivándola apenas, golpeándola a veces, y se lanzaron al río.

La vieja Úrsula, que conocía bien el olor de la magia, dijo que pocas ratas estaban vivas para cuando llegaron a tocar el agua. Esa música aberrante las había matado ya, o las estaba matando mientras se acercaban, atravesando un bosque alterado por los hechizos de aquella nota. Y contó cómo, en un solo segundo, todo el río se encontraba completamente cubierto de cuerpos peludos y sucios, un agitar continúo de miembros temblorosos, agónicos.

Ninguna rata llegó a hundirse; mucho antes de que les diera tiempo a hacerlo, algo fluctuó, separándose de las primeras peñas de la montaña, de la inquietante cascada en la que nacía el río.

Era… eso, nadie sabe decirlo, con certeza; sólo podría asegurarse que se trataba de algo más antiguo incluso que los que se reflejaban en los charcos, o los que vivían en los enrevesados dibujos de las telarañas. Ante los ojos mortales de Úrsula, se mostró como una masa negra y repugnante, una profunda oscuridad que se extendía desde la negra montaña, unida a ella como por un largo cordón umbilical que rezumara sombras. Alcanzó las ratas, las tocó, las envolvió en su negrura, reventando sus cuerpos, aspirando con gula sus fluidos estancados, reduciendo carne y hueso, convirtiéndolas en una pasta maloliente, rojiza y espesa, que cubrió como una manta la superficie del agua…

La criatura empezó a alimentarse, lentamente, lentamente, al ritmo de aquella cadencia angustiosa.

Todo fue sangre. Todo fue muerte. Todo fue oscuridad…

El tiempo se detuvo. El sonido se detuvo.

En la loma, el flautista se quedó muy quieto, los brazos en alto, la espalda arqueada hacia atrás, la flauta en los labios, iluminada en frío por la luna... Aquel silencio antinatural se extendió durante un segundo eterno, y, luego, se rompió en una nueva nota, distinta, terrible.

No había sido suficiente. Incluso Úrsula, acostumbrada a no mirar directamente la montaña, a no pensar en esas magias antiguas y perversas, pudo sentirlo. Las ratas no lo habían aplacado. El hambre, un hambre terrible, ansiosa, cegadora, se palpaba en el aire, en la música, en el negro del cielo, en los turbadores remolinos que formaban las aguas del río.

Y, mientras le veía dirigirse con paso firme hacia la aldea, Úrsula se preguntó qué nuevo alimento conseguiría el flautista, para su monstruo.

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  • 17 de Mayo de 2009 a las 20:33
LA BELLA DURMIENTE (versión libre de su homólogo de igual título)

La oscuridad empezaba a apoderarse de los bosques a medida que el sol se ponía en el horizonte. Al comprobar cómo la maleza se hacía cada vez más impenetrable y las huellas del animal se volvían casi imposibles de distinguir, el príncipe empezó a arrepentirse de haber abandonado la compañía del grupo de caza, para perseguir en solitario a su pieza, pero, siempre había sido demasiado impulsivo. Además, odiaba profundamente la compañía de aquellos repelentes y aduladores nobles de la corte, por lo que, cuando aquel lobo, de blancura deslumbrante y ojos de fuego, surgió frente a su montura, no dudó en perseguirlo, abandonando a los demás.

Ni siquiera dejó la persecución del esquivo animal, cuando éste se internó en los bosques prohibidos, aquellos en los que la leyenda dice que una corte entera yace embrujada y atrapada en un sueño eterno. Nunca le había dado importancia a aquellos cuentos para viejas, pero, cuando su caballo empezó a relinchar sin motivo aparente, negándose a avanzar, un escalofrío de aprensión recorrió su espina dorsal. Aún así, continúo a pie la persecución, diciéndose así mismo que ninguna superstición haría que el príncipe del reino se amedrentase como un lacayo.

La oscuridad siguió avanzando, dificultando su marcha, hasta que llegó un momento en que fue incapaz de distinguir las huellas del animal. Estaba a punto de abandonar, cuando el lobo apareció frente a él mirándole fijamente. Era una bestia magnífica; su pelambre era tan blanco que parecía resplandecía con luz propia en la oscuridad y sus ojos rojos brillaban con la luz de una inteligencia desafiante. El príncipe levantó lentamente su arco mientras extraía una flecha de su carcaj. Le apenaba tener que matar un animal tan magnífico, pero necesitaba demostrar a su padre que no era el pusilánime y débil de espíritu que suponía. Si conseguía llevarle una presa cómo aquella, capturada sin ayuda, estaba seguro de que el rey empezaría a verle como un heredero digno.

El animal desapareció con velocidad infernal, internándose por una abertura entre dos enormes piedras de granito. Maldiciendo su suerte, pero decidido a cobrarse su presa costase lo que costase,  el príncipe se introdujo por el estrecho paso siguiendo al animal.
Al otro lado de la brecha se encontró con un paisaje completamente inesperado, que le hizo sobrecogerse por el miedo. Una maraña enorme de zarzas gigantescas, que se enredaba unas sobre otras, creaba un caos aparentemente imposible de atravesar. La leyenda acudió a su mente de inmediato, ya que aseguraba que, tras ser maldita una bella princesa al pincharse con una rueca y quedar dormida junto a toda su corte, la bruja responsable de su terrible destino había rodeado todo el palacio de enormes zarzas, para que nadie se pudiese acercar a ayudar a los desafortunados.

Al comprender que la leyenda podía ser real, el príncipe se sintió atemorizado e indeciso sobre qué hacer a continuación. Consideró volver sobre sus pasos y regresar a la seguridad del palacio, ya que, en aquellas condiciones, localizar a lobo blanco era una tarea imposible. Pero sabía que, si regresaba con las manos vacías, sería la burla de todo el reino y una vergüenza para su padre, por lo que, al final, decidió armarse de valor e intentar localizar el palacio de la princesa encantada. Si conseguía liberarla de la maldición, no sólo ganaría la admiración de todo el pueblo, sino que, según narraba la leyenda, obtendría a la doncella más bella del mundo.

Cogiendo una rama, improvisó una antorcha y comenzó la laboriosa tarea de atravesar el enmarañado campo de zarzas. A pesar de que avanzó con lentitud y cuidado, a los poco minutos eran ya numerosos los arañazos que rasgaban su ropa y su piel, pero, a pesar del dolor creciente de sus heridas, no se dejó acobardar y continuó la marcha.
Llevaba casi una hora de penoso avance, cuando creyó distinguir la silueta, recortada contra la luz de la luna, de una torre que se elevaba hacia los cielos. Convencido de que debía tratarse del mítico palacio, apresuró su paso, hasta llegar al pie del edificio.

No era el hermoso palacio con paredes engastadas de oro y plata que esperaba, sino una enmarañada estructura, cubierta de una espesa red de raíces y enredaderas, que parecían pelearse en su afán por envolverla por completo. Diciéndose a sí mismo, que su extraño aspecto no era más que otra consecuencia del maleficio que había atrapado el lugar, el príncipe empezó a escalar la pared, con la esperanza de de encontrar alguna entrada, que le permitiese acceder al interior.

Aunque en un principio pensó que la escalada sería sencilla, dada la gran rugosidad de la superficie, resultó que toda la torre exudaba una especie de líquido oleaginoso, que hacía sumamente difícil adherirse a la pared. La única forma de avanzar era ir clavando su cuchillo cada pocos centímetros, utilizándolo como ancla. Lo que no se esperaba el príncipe es que, según sacaba el cuchillo para volver a clavarlo unos centímetros más arriba, la hendidura recién abierta, se volviese a cerrar de inmediato, como si el edificio estuviese vivo y se curase a sí mismo. Una vez más, desechó el temor que aquello le provocaba y continuó su lenta subida, ignorando el repugnante tacto y comportamiento de la maraña de ramas, que abrazaban con sus apéndices retorcidos la antigua torre.

Poco a poco, el príncipe consiguió alcanzar la cumbre. Allí, iluminada con fuerza inusitada por la luz de la luna, se encontró con una escena que le sobrecogió el corazón. Toda la cúspide del extraño edifico estaba ocupada por una gran sala circular, cuyo suelo estaba formado por la misma extraña vegetación que las paredes de la torre. En su centro, destacando como un diamante en medio de la oscuridad, se encontraba una especie de altar cubierto de sedas y terciopelos. Conteniendo la respiración, por la mezcla de temor y emoción que le embargaba, avanzó por el suelo húmedo y palpitante, hasta llegar al altar, que se descubrió como un lujoso lecho, en el que yacía la más hermosa mujer que jamás habían contemplado sus ojos.
Parecía muy joven, su cabello era dorado como el oro y su piel, perfecta y blanca como las nieves de las montañas. Casi como si la belleza de la muchacha le hubiese hipnotizado y ya no fuese dueño de su propio cuerpo, el príncipe se aproximó hasta acercar su rostro al de ella. Al contemplar sus mejillas sonrosadas y sus labios húmedos y palpitantes, se sintió maravillado por el poder de un hechizo, capaz de mantener a la princesa tan lozana como si se hubiese dormido hace sólo unas horas, después de cientos de años de yaciente espera. Incapaz de resistir por más tiempo sus deseos, el príncipe empezó a besarla en los labios con pasión y ternura.

De inmediato supo que algo no iba bien, el cuerpo de la muchacha se agitó y sus párpados se abrieron, mostrando unos ojos invadidos de una negrura total. Intentó apartarse horrorizado, pero sus labios parecían haberse fundido con los de la joven. Sintió como un extraño apéndice se introducía en su garganta violando el interior de su cuerpo, a la vez que, lo que había creído una preciosa mujer, empezaba a transformarse en una maraña de tentáculos verdes y repugnantes, que reconoció como la misma extraña materia que formaba la torre.

Las fuerzas empezaron a fallarle como si aquella cosa le estuviese absorbiendo la vida misma con su abrazo demoníaco. En un último destello de consciencia, antes de desaparecer engullido por una maraña de raíces infernales, el príncipe recordó cómo algunas plantas eran capaces de camuflarse para imitar el aspecto de las hembras de algunos insectos, atrayéndolos así, para luego engullirlos sin piedad, y supo cuál era la naturaleza verdadera de la leyenda.

Cuando el cuerpo del príncipe fue consumido, hasta desparecer en las entrañas de la extraña planta, la maraña de raíces comenzó a recuperar su forma inicial, hasta adquirir de nuevo la forma de la princesa yaciente. De uno de los lados del falso altar, un grupo de raíces se separó del resto transformándose es algo distinto; un hermoso lobo blanco de ojos de fuego. Aún había muchas presas que cazar ahí fuera.

FIN

concursoderelatos
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  • 18 de Mayo de 2009 a las 7:55

No preguntes...


PSIQUE: ¿Por qué te llamas Barbie-Azul?

BARBIE-AZUL: No preguntes....

Fue ella la primera en enviar un privado, y él quien se adelantó a facilitar su correo. El volvió a preguntarle por su nick, y ella le hizo de espejo: “¿Psique?”. “Porque soy enamoradizo y de fácil embeleso”. “Llévate cuidado”, le dijo ella, “hay mucha loba suelta, caperucito”. Y le envió su foto. En ella se presentaba con gesto incierto: la cara desviada detrás de una cascada de rizos oscuros, o bien quizás sólo encaminada hacia alguien muy pequeño que tiraba de su lado. Una sonrisa sin destino conocido, de labios finos y atirantados. Completaban la careta unas gafas como el antifaz del Zorro, sobre una nariz afilada.

Se esconde. ¿Por qué? ¿No se siente guapa? Como Barba Azul, concluyó él.

El pretexto para encontrarse fue una exposición de libros infantiles cerca de donde ella vivía. Hablaron por teléfono. La voz de ella sonaba más rigurosa de lo que él esperaba. La de él, tan azorada que se extravió entre las zalemas que había urdido. “Hola, Barbie”. “Hola, Psique”.

El vio la exposición de arriba abajo varias veces, con el teléfono en la mano esperando que ella le llamara para disculparse por no acudir a la cita. Horas después, cuando por fin sonó, ella sólo dijo: “Lo siento. No he podido avisarte. Te recojo en media hora”.

Aquella tarde y aquella noche él se acostumbró a la caricia ronca de su voz, a la sonrisa estirada de sus labios, al contorno de su cara sin cortinas ni máscaras. Y ella se envolvió poco a poco en el deleite que él le reflejaba. No ocurrió nada más, y se despidieron hasta el día siguiente en el museo.

Esta vez ella fue ella la primera en llegar, y cuando sólo llevaban cuatro salas recorridas, le cogió de la mano y le dijo: “¿Quieres que nos vayamos?”. “¿Adónde?”. “A mi casa”.

Horas después, ella lo dejaba en el aeropuerto.

El volvió quince días más tarde, ya sin reserva de hotel. Ella lo recogió en el aeropuerto. Al abrazarla, él notó el hierro debajo de la axila. “Tranquilo, es una pistola”. “¿Pistola?”. “Soy policía”. “Y yo voy preso a la cárcel de tu amor”. “No. Sólo detenido por setenta y dos horas. Te dejaré en libertad sin cargos”.

Triste libertad, cuando ella volvió a llevarle al aeropuerto. En la distancia, él aprendió a conocer sus caóticos turnos de trabajo por sus apariciones a deshoras en el messenger, o la premura o la demora con la que respondía al teléfono.

El perseveró todos los fines de semana, a pesar de que ella tenía muy pocos libres. Una mañana veló su sueño hasta el comienzo de la tarde, y una tarde encadenó tres películas en el mismo cine mientras ella trabajaba. A él le gustaba saber, después, que habían detenido a un maleante, recogido a una mujer en medio de la noche o devuelto a un niño al hogar de donde se había escapado. Se imaginaba sus manos de caricia enseñando la placa o poniendo los grilletes; su voz, que ya le parecía de miel, dando órdenes con la autoridad inapelable del amor.

Una tarde, al recogerla a la salida de “Base”, como ella decía, se acercó demasiado a la puerta. Tanto como para asistir al ritual de las despedidas entre compañeros de trabajo: ”¿Vienes mañana, Cati?”, decía uno con el cuerpo en escorzo y la mano levantada en un adiós. Se acercó demasiado, tanto como para acabar enredado tomando unas cañas con dos compañeros de ella. El que se llamaba Nacho dijo: ”Venga, Cati, preséntanos a Psique”. Supo que Nacho y ella patrullaban juntos por los foros en busca de pederastas, y que Nacho había sido testigo de los primeros posts cruzados entre él y ella. Sí, se había acercado demasiado: tanto como para sentirse demasiado lejos y fuera de aquel mundo, que era el mundo de ella, su otra vida más allá de sus encuentros de fin de semana.

Ella no percibió nada, ni entonces, camino de un teatro en el que él fue espectador ausente, ni después, camino de un piso que a él le intrigaba tanto ya como el castillo de Barba Azul. O quizás si. Quizás ella percibió que lo que hasta entonces había sido un contraste encantador en la cómoda de su habitación -la ropa interior femenina junto a la sobaquera con funda para la pistola, los grilletes y un cargador-, ahora empezaba a ser un demonio para él. Que él empezaba a desvariar sobre sus noches de trabajo a bordo de un patrulla camuflado, el recorrido nocturno por el Madrid del vicio y de la bronca, con muchas pausas, muchas esperas en lugares discretos, muchos Nachos.

Aquella noche el encuentro entre las sábanas tuvo un punto amargo para él. Quizás para ella. Ninguno de los dos lo hizo patente. A la mañana el teléfono sonó para avisarle a ella que debía presentarse en Base con urgencia. “Serán dos horas. Aún tendremos toda la tarde para nosotros”, le dijo mientras se enfundaba los vaqueros, un jersey ceñido y la funda sobaquera debajo de la cazadora. “Vale, ¿te espero aquí?”. “Sí, mejor”.  El se quedó mirando la pistola y los grilletes. “¿Me dejas el ordenador y miro que está pasando en el foro? Hace días que no entro”. Ella retuvo el aire antes de contestar.

“Vale. Te apunto la contraseña. Sólo te pido una cosa: no fisgonees en mis cosas”. “¿Tus cosas?”. “Ni el Outlook ni Mis documentos” Sin decir nada más, la sola mirada añadía: “Ni se te ocurra”

Y no lo hizo al primer intento, ni en la primera media hora. Sólo tras leer algunos diálogos del foro, se imaginó a Nacho de patrulla por la red. Vio el avatar de Garfio, el de las réplicas cómplices con ella, siempre presente en todos los hilos, siempre ocurrente, y cabaló que otro Nacho podría estar detrás de él. Que los dos, cada uno a su manera, pudieran ser algo para ella. Y el puntero del ratón navegó impulsado por sus celos entre Mis documentos, Mis imágenes, Mi música, hasta encontrar aquella carpeta que si hubiera puesto Mis amantes, no hubiera sido más obvio. Cada subcarpeta, un nombre. Y dentro...

Dentro.

Cuando decidió apartarse de aquel infierno, el seísmo de grado nueve que había revuelto sus sentimientos, seguía replicando sin parar. Cerró la sesión, apagó el ordenador, preparó un café, encendió un cigarro, todo a la vez y a trompicones. Fue entonces cuando llamó ella para decirle que volvía ya, que sólo tardaría un poco más. Que ella concluyera con un “Te pasa algo. A ti te pasa algo”, no fue sabiduría policial sino, a lo más, instinto o experiencia de amante. El negó con ofuscada vehemencia, atisbando ya lo que iba a ocurrir en cuanto ella regresara. Pues conocía al dedillo la trama del cuento elegido por ella. Y en ese cuento, era imposible limpiar la llave de la sangre que la manchaba, de la sangre que delataba que la puerta prohibida había sido traspasada.

Sangre.

En la hora que siguió, él peleó con su sangre. Porque quería seguir habitando aquel castillo. Porque no quería huir, no quería que le expulsaran, no quería ser una carpeta más, cerrada, dentro de otra carpeta dentro de Mis documentos. Quería ser la carpeta abierta, la única que importaba.

Se oyó el ascensor llegando al rellano. La llave en la cerradura. Entró ella, con la expresión de quien llega a casa y le espera algo mucho peor que el trabajo del que se libera. El salió de la cocina, despacio, a su encuentro. “Has mirado, ¿verdad?”, decía ella. Pero él ya le decía “No preguntes...”. El ya le decía: “Date presa y no preguntes...”.

Más tarde, los dos frente a frente, sin más luz entre ellos que sus cuerpos desnudos, se repetían con el lenguaje de los besos: “No preguntes...”.

Nunca preguntes.

concursoderelatos
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  • 18 de Mayo de 2009 a las 13:45

La historia del Príncipe (El otro lado de Blancanieves)

Érase una vez, en un reino muy lejano, un príncipe que vivía en un gran castillo. Era el hijo mayor del rey y a sus espaldas tenía las más grandes y mayores hazañas. Su padre, ya anciano, se reunía con él todos los días, y trataba de instruirle en el arte de reinar para que, cuando ya no estuviera, su hijo supiera guiar al pueblo.

Era un joven muy atento, trabajador y muy eficiente, por lo que el anciano no tenía dudas sobre su valía. Sin embargo, había algo que fallaba. Su hijo, el futuro rey, estaba solo. Su timidez y su falta de amistades hacían que jamás hubiera conocido una mujer. Pasaba mucho tiempo estudiando y el poco tiempo libre que le quedaba solía emplearlo en perfeccionar, lo que le convertía en un heredero muy huraño.

Un día el rey hizo llamar a su hijo. Se encontraba débil, y pronto debería cederle el trono. No obstante, no quería que esto sucediera sin que el príncipe tuviera a su princesa. Y con este mismo objetivo, tuvo una audiencia con él.

- Hijo, has de saber que un rey no es nadie sin su reina -comentó el anciano- tú has visto mi reinado, mis logros y mis éxitos. Sabrás que todos fueron conseguidos gracias a la reina, a tu madre.
- Claro que lo sé, padre -respondió con firmeza el príncipe.
- Pues bien, es hora de que encuentres a tu princesa. Es un imperativo que asciendas al trono del lado de una mujer que te ayude. Y debes hacerlo pronto, pues casi no tengo fuerzas y no me gustaría irme sin tener a mi hijo en nupcias.
- Pero, padre, yo no conozco a ninguna mujer que desee quererme. Ni siquiera sé lo que es el amor.
- Tranquilo, hijo, pues los árboles del bosque arrastran un rumor. -susurró el anciano con una pícara sonrisa- dicen que, más allá de la espesura, se encuentra una princesa en apuros. Su madrastra, celosa de su extraordinaria belleza, ha vertido una maldición sobre ella y ahora descansa en un sueño eterno hasta que los labios de un príncipe la despierten. Vive lejos, muy lejos de aquí. Por eso es necesario que partas de inmediato. Toma el corcel real y galopa raudo hasta la espesura. Allí encontrarás a siete enanos que custodian su ataúd de cristal. Pídeles que te dejen verla, y posa tus labios sobre los suyos para romper la maldición de su madrastra.
- Pero ¿Y si no se rompe?
- Se romperá, hijo. La maldición caerá con el primer beso de amor.
- Pero yo no la amo -contestó desconcertado.
- Es infinitamente bella, hijo mío. Cuando la veas, quedarás prendado por su belleza y la amarás. Entonces tus labios se convertirán en el néctar de su salvación.

El príncipe, sin rechistar más a su padre, tomó el caballo real y galopó tal y como le había ordenado el rey. Viajó por el bosque, cruzó el río, ascendió por las más altas montañas y sufrió al solitario desierto, hasta que al fin entró en la espesura del lejano reino.

Entonces, el tímido príncipe aminoró la marcha, mientras se sumergía en sus miedos acerca de la belleza de la muchacha a la que debía despertar. ¿Y si no se quedaba prensado de ella cuando la viera? ¿Y si al posar sus labios, ésta continuaba dormida? Jamás se había enamorado, no sabía lo que era el amor, y tampoco le daba muchas garantías aquello de encomiarse al azar, a la probabilidad de quedarse atrapado de la mujer más bella. Todos sus logros habían sido fruto del trabajo y esfuerzo, y que todo quedase en el aire, a la espera de que una emoción apareciese en el instante de encontrarse con ella, sólo le creaba más inseguridad. Pero prosiguió con su camino hasta que topó con los siete enanos a los que había hecho mención su padre.

- Buenos días -irrumpió con la voz quebrada- Soy un príncipe de lejanas tierras. El bosque dice que aquí hay una princesa en un eterno sueño.

Los enanos le miraron con desconfianza, recelosos por si se trataba de algún tipo de artimaña de la madrastra de la muchacha, pero tras deliberar entre ellos, y de analizar las facciones del apuesto príncipe, optaron por dejar que la viese.

Finalmente se encontró con ella. Sí, era hermosa, y metida en aquel ataúd de cristal daba cierta sensación de fragilidad. El príncipe la miró detenidamente, con un nudo en la garganta y con un peso en el estómago que jamás había sentido. ¿Sería el amor? Se preguntaba, y sin más dilación, se acercó a ella y acarició las pálidas mejillas. A su alrededor estaban los siete enanos, todos expectantes.

- ¿Por qué no la besa? -preguntó uno de los enanos.
- Tengo miedo de que no se despierte, que mis labios no sean aquellos que la saquen de la maldición
- Si está enamorado de ella, su beso la despertará. No tema.
- Pero no sé si esto es amor o sólo es miedo a fracasar por primera vez en mi vida. Me siento extraño. Siempre he estado muy seguro de mí mismo, porque mis éxitos dependían de mi esfuerzo, y me he esforzado siempre mucho. Pero ahora, no depende de mi perseverancia o de mi trabajo, sino de la suerte.
- Pero príncipe, eso es el amor: suerte. ¿Por qué no la besa y así sale de dudas?

El príncipe miró a los enanos y luego a la dama que yacía a su lado. Era cierto, era muy hermosa. La mujer más bella que había visto a lo largo de su vida. Era imposible no enamorarse de ella. Hizo acopio de valor y se reclinó suavemente sobre ella. Sus labios sólo se posaron como una leve caricia, para luego aferrarse con más energía, como si desease que a través de ellos la muchacha recobrara las ganas de vivir y despertara de su sueño. Se reincorporó y esperó unos segundos, extasiado por la emoción  que fluía por sus venas, convencido de que ésta despertaría.

Pero la muchacha no despertó. El príncipe lo intentó de nuevo, ahora con más fuerza, y después probó tres veces más, incapaz de creer que sus besos no sirvieran para ayudarla. Pero la princesa siguió dormida y la tristeza y la pena inundaron el lugar, donde todos los presentes lloraron por ella. Todos salvo el príncipe, quien lloraba porque, antes del amor, había conocido el fracaso.

 

 

concursoderelatos
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  • 20 de Mayo de 2009 a las 0:37

ANÍBAL O LAS PLUMAS DEL VESTIDO

Basado en "El patito feo" de Hans Christian Andersen.


Érase una vez un niño que nació en un pequeño pueblo cerca de las montañas. Sus papás le recibieron con mucha alegría, ya que llevaban esperando tener un bebé desde que se conocieron siendo jóvenes. Le pusieron de nombre Aníbal, en honor de su abuelo que estaba en el cielo. Y aunque a su cuna no se acercaron hadas madrinas ni brujas, Aníbal pareció haber sido tocado por una varita mágica: su risa podía oírse en casi todo el pueblo y sus ojos tenían un brillo especial. Sin embargo, eso no le hizo ser más querido por los que le rodeaban, porque un niño como él no estaba hecho para vivir en un lugar así.
Cuando empezó a ir al colegio se hizo aún más evidente que Aníbal era distinto del resto. Aprendió a leer muy rápido, pero en clase estaba siempre distraído, dibujando en sus cuadernos. Con seis años ya sabía que de mayor sería un diseñador famoso, como los de la tele. Lo supo cuando Ana, su maestra, le dijo que le dejaría hacer su traje de novia cuando se casara.
A pesar de las burlas de los otros niños, a Aníbal le gustaba mucho ir a la escuela. Sobre todo cuando hacían obras de teatro, porque hacían vestidos. Una vez le pidió a su madre montar una obra en el patio de casa para su cumpleaños. "¿Una obra de teatro? Qué ideas tienes, hijo. ¡Ni hablar!", le respondió poniendo cara de enfadada. En realidad a su madre le parecía buena idea, pero no quería decirle a su hijo que ningún niño había respondido a las invitaciones que habían hecho con cartulinas de colores.

Como no tenía amigos, Aníbal pasaba las tardes pintando con sus rotuladores, leyendo, modelando plastelina y ayudando a su madre. Su papá no pasaba mucho tiempo con él, porque a Aníbal le aburría el fútbol, las chapas y los coches. No le gustaba ir al parque porque a veces los otros niños le empujaban del columpio y le hacían sangre en las rodillas. Su madre se ponía a discutir con las otras madres y volvía a casa muy nerviosa. Después de oírla llorar en la cocina, Aníbal dejó de salir de casa, tan solo iba y venía del colegio.
Sin embargo, cuando empezó el invierno incluso el colegio empezó a dejar de gustarle. Cada vez se metían más con él en el recreo, y después de que un día estuviera saltando a la comba con las niñas empezaron a escupirle por la espalda.
Ana la maestra llamó a su madre para que fuera a hablar con ella. Esa noche, mientras preparaba la cena, se sentó junto a él y le habló muy seria:
- Aníbal, tu profesora me ha dicho que hoy un niño se ha metido contigo.
- Sí...
- ¿Y que te ha dicho?
- Me ha dicho que soy marica.
- Eso está muy feo, ¿lo sabes, hijo?
- No se...
- ¿Tú sabes qué quiere decir esa palabra?
- Pues quiere decir que soy como una chica. Pero eso no es malo...
- Pero Aníbal, es que tú no eres una niña, eres un niño...
- Ya, ya lo sé. No soy tonto.
- Claro que no eres tonto... El otro día te escuché hablando con Mónica, y le dijiste que tenías pluma. ¿Por qué le dijiste eso?
- Es que un día Pedro el hijo del lechero me dijo que tenía yo pluma.
- Vaya... Ya hablaré yo con Pedro, cuando lo pille. ¿Y tú sabes qué quiere decir eso de tener pluma?
- Pues... Es como si te dicen marica, pero me gusta más. Porque cuando pienso en una pluma me acuerdo de la chica de la película "mulán rus", que tenía un vestido con plumas muy bonito. Así que no me importa que me digan que tengo pluma, porque tampoco es malo. Mamá, tú eres chica y eres muy guapa, ¿y a que eso no es malo?

Aquellas navidades los Reyes Magos no le trajeron la Barbie que había pedido en su carta, pero sí un Ken deportista.
Cuando empezaron de nuevo las clases, algunos creyeron que se había quedado mudo de repente, aunque no pareció importarles. En casa, su padre llegaba cada vez más tarde del campo, y se sentaba a solas a beber vino hasta que se caía dormido al suelo.
Cuando las nieves cubrían el pueblo por completo, una pequeña ilusión pareció encenderse de nuevo en él cuando la maestra les dijo que harían una gran fiesta de disfraces por carnaval.
Aníbal corrió a su casa a contarle a su madre que quería hacerse un disfraz de conejito de Pascua para la fiesta, pero cuando llegó sus padres estaban gritándose, así que se metió en su habitación y empezó a diseñar el disfraz él solo.

Las semanas pasaron y las nieves se fueron, pero su padre seguía gritando y bebiendo y su madre llorando y durmiendo. Aun así, Aníbal logró hacer su disfraz con ayuda de una vecina.
El día de la fiesta de carnaval llegó al fin, pero su madre se quedó en la cama y la vecina tuvo que llevarle al cole. Cuando terminó la fiesta, fue a buscar a su madre a la verja, pero no estaba. Pasó un buen rato esperando. El cielo, también triste y gris, empezó a soltar sus gotas.
Entonces la maestra se acercó a él con cara de susto y le cogió de las manos temblando. Mientras la lluvia empapaba sus orejas de fieltro, Ana le explicó que su papá había tenido un accidente con el tractor en el campo, y que se había ido al cielo. Con lágrimas en los ojos, la maestra le dijo también que su mamá se había puesto mala y muy nerviosa, y que ahora estaba en el hospital pero que no le pasaba nada grave, y que iba a venir una señorita de asuntos sociales para llevarle a un lugar donde esperar a que su mamá se pusiera buena porque no tenía ningún familiar, ni tíos, ni tías, ni primos, ni abuelos.

Al final la señorita de asuntos sociales llegó unos días después, y en ese tiempo Aníbal durmió y comió en casa de la vecina, y no abrió la boca para nada más. Un coche con olor a pino le llevó a un centro que le explicaron que era como una casa especial para niños que van a estar un tiempo sin ver a sus papás.
Después de varias noches de pesadillas, un chico ocn barba que decía que era psicólogo llegó al centro para saber cómo se sentía Aníbal. Le dió unas cuartillas y unas ceras, y poco a poco empezó a dibujar un vestido de hada con muchos volantes y una cola larguísima. El chico, Marcos, le dijo que pintaba muy bien, así que Aníbal siguió haciendo más diseños, primero sin muchas ganas y luego intentando hacer algo realmente impresionante. El último era un traje para que una modelo embajadora de Unicef fuera a visitar a los niños de África, y a Marcos le encantó.
Las siguientes semanas Marcos volvió a visitarle varias veces, y un viernes llegó con una señora mayor pero muy simpática que le hizo bastantes preguntas y sonreía mucho todo el rato. Por lo que Aníbal respondió, el ser diferente al resto de los niños no solo ya era oficial sino además algo bueno...

Cuando llegó la primavera Aníbal fue al primer día de clase en su nuevo colegio. Aquello no tenía nada que ver con su clase en el pueblo. Todo estaba pensado para que los niños se dedicaran a lo que mejor se les daba. En cuanto Aníbal lo entendió, sacó la carpetilla que llevaba siempre en la mochila. La profesora, que no se parecía nada a Ana pero era igual o más maja, miró los dibujos muy atentamente y escogió el mejor de todos. Realmente era el mejor de todos, y ella lo había averiguado enseguida. La profesora, Marta, colgó el dibujo de un corcho enorme junto a otros dibujos extraordinarios. Los otros niños, menos de diez en total, estudiaron también el dibujo de Aníbal, y Marta les animó a darle un gran aplauso por su trabajo. Él, entusiasmado, les dio las gracias y les abrazó uno por uno.

Jamás soñó que pudiera haber tanta felicidad.
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