El inadaptado
I- El que tenía autoridad, aquella mañana lo llamó y le dijo:
- Como ya sabes, solo me queda un año al frente de la institución. Por eso, en esta ocasión, voy a ser sincero contigo diciéndote las cosas claras.
Sentado frente a él, en la pequeña estancia con vista al jardín, al hombre se le nublaron los ojos. Nada más oír las primeras palabras del que tenía autoridad, como en un veloz sueño, en cuestión de segundos, por su mente pasó lo que a lo largo de de toda su vida había temido. El miedo se apoderó de él y por eso ni siquiera tuvo valor mirar de frente al que tenía ante sí. Agachó la cabeza, se recogió en sí y, acudiendo al cielo, en su corazón exclamó: “¡Dios, me lo estaba temiendo”.
El que tenía autoridad continuó exponiendo:
- Tu forma de comportarte no es correcta. Desde hace años te lo venimos diciendo y ni chispa de caso has hecho. Ha llegado el final. Puesto que no te adaptas ni cumples con honradez lo que la institución te pide, te expulsamos de ella.
Y el hombre tragó saliva. Ahora sí miró de frente y quiso hablar: “Tengo ya sesenta y siete años y entré a esta organización cuando aun no había cumplido los diecinueve. Si me expulsáis ¿adónde voy yo ahora y qué hago con mi vida, sin casa donde vivir, sin familias donde acogerme, sin amigos que me den una mano...? Quiso exponer al menos esto pero ni siquiera abrió la boca. Siguió mirando al que tenía delante y dejando que dijera todo lo que tuviera ganas. En el fondo, ya no prestaba atención a lo que le estaba señalando. Como si ya no le importaba lo que le dijera. Porque, lo que más había temido a lo largo de toda su vida, ya lo había oído. “Te expulsamos de la institución. Desde este mismo momento ya no tienes ni el apoyo del organismo ni el mío ni el de los que han sido tus compañeros”.
Y media hora después, dio comienzo su nueva realidad. El hombre salió de la pequeña estancia, subió a su habitación, sabiendo que ya no le pertenecía ni la casa ni las escaleras ni los pasillos. De su habitación cogió un par de cosas. También sabía y sentía que nada de lo que en su habitación había ya le pertenecía. Pero cogió algunas cosas, las guardó en un viejo saco y poco después salió por la puerta de la casa. Con su saco acuestas y el corazón lleno de dolor y miedo.
Y durante mucho rato caminó sin rumbo por algunos de los lugares que conocía. Hasta que la noche cayó. Buscó, en un caserón viejo fuera de la urbe, un rincón y junto al saco se acurrucó. Sintiendo el alma rota y su estómago vacío. Se acurrucó mucho en sí mismo, como si necesitara encerrarse en el más diminuto espacio y lo más hondo posible del dolor que le aprisionaba el corazón. Y, mientras se acurrucaba y el frío del ambiente se le empezó a colar por las carnes, lloraba. Y, mudamente en su alma, se decía: “¿Qué va a ser de mí, Dios mío, a partir de ahora?”.
II- Era otoño, ya casi final de noviembre y no hacía mucho frío. Ni siquiera habían caído todavía las primeras lluvias ni las primeras nieves en las altas cumbres ni helaba por las noches. El otoño de este año estaba siendo muy caluroso y por eso aun parecía que era verano.
Aquella mañana apareció algo nublado. Con nubes muy altas, nieblas en el horizonte que no eran nieblas sino suciedad en la atmósfera y con el viento en calma. Ya los árboles, los de las riveras del río y las umbrías en las montañas, se mostraban repletos de colores. Ocres pálidos y tonos oro brillante. Porque el otoño estaba muy avanzado a pesar de las altas temperaturas. Por eso, aunque las lluvias no habían llegado ni tampoco los fríos, la sensación de que todo iba ya hacia el final del otoño, se palpaba por todas partes.
Sentado sobre la alta roca, a la derecha del río y al comienzo de la torrentera, miraba y se acurrucaba en sí. No hacía frío pero sí se notaba desvalido, solo y tristemente pobre. Desde que tenía consciencia de haber sido echado de la institución por no respetar y cumplir las reglas al modo en que estaban escritas, vagaba sin rumbo ni sentido. Por los sitios que, muchos años atrás, había pisado cuando todavía era niño. Buscando siempre alguna baya que llevarse a la boca para aplacar el hambre: madroños, almendras, bellotas, nueces, granadas… Y para dormir y refugiarse por las noches, había buscado la cueva más oculta, frente a las aguas del río. Para de este modo vivir, aunque no fuera cierto, en lo que siempre había sido el mundo de sus sueños. Con los paisajes que abrazó de pequeño, siempre antes sus ojos y con los olores que más le alimentaban, aspirándolos por todas partes.
Ya no creía en Dios y por eso apenas rezaba. Aunque sí creía en Dios y rezaba a su manera. Solo que creía en el Dios que de siempre había llevado en su corazón y no en el que le habían enseñado en la institución. En este Dios, el de los libros y golpes de pecho, no podía seguir creyendo. Porque ellos le habían enseñado que someterse a las reglas y cumplir exactamente lo legislado, tenía que ser lo más importante. Y su corazón se resistía a someterse a esta forma de vida. En el fondo, intuía, sabía que esto no podía ser sincero y por eso se notaba vacío. Como en un absurdo tremendo aunque fuera lo establecido desde hacía siglos y siglos.
Sentado en lo más alto de la roca y al comienzo de la torrentera, se acurrucaba en sí y miraba para el profundo valle del río. Por entre los fresnos, álamos, cornicabras, rocas y pendientes, se deslizaba la corriente. Clara como el viento más puro y reflejando todos los tonos del otoño presente en los bosques de las laderas. Y miraba, además de las aguas saltando en cascadas, al que unos momentos antes había bajado por la torrentera. Durante largo rato lo había observado, sentado cerca de la roca que él ocupaba ahora. Con su macuto abierto y sacando de ahí alimentos: bocadillos, leche, chocolate, frutas… para alimentarse bien antes de su faena de pesca en los charcos del río.