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romi
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Zaherido // Mi pequeño homenaje a M. Dlibes

16 de Marzo de 2010 a las 13:08

Zaherido // Pequeño homenaje a Delibes 

         Desde pequeño se afanó en recorrer los campos. Al atardecer se sentaba en la roca de la ladera, frente al sol cayendo, y miraba embelesado. Y, al amanecer, desde la puerta del cortijo, oteaba el horizonte y otra vez se extasiaba ensimismado en la llegada de un nuevo día. Y en primavera, verano, otoño o invierno, siempre recorría los paisajes, con la ilusión del joven más enamorado. Libre como el viento y en todo momento disfrutando del verde en los bosques y del rumor de las aguas yéndose por los regatos.

         Desde pequeño y, según fue creciendo, se despertaba en él la necesidad de recoger y guardar sus abrazos con estos campos. Por eso, a su modo y de la mejor manera que sabía, cada día escribía en su cuaderno. Dibujaba algunos planos, ponía nombre a los árboles, rocas, fuentes y ríos y daba colores a las nubes. Y su cuaderno se fue llenando. De sencillos versos, de relatos vírgenes, de caminos blancos, de flores, de vuelos de pájaros y, sobre todo, de muchos y precisos planos. Y cuando el padre le preguntaba:

- ¿Y para qué quieres todo esto?

Él siempre respondía:

- Para mí mismo. Para tener siempre conmigo las cosas que me gustan tanto.

- Pero todas estas cosas las tienes cada día y en vivo frente a ti.

- Es cierto pero no es lo mismo. Este cuaderno y los planos que en sus páginas estoy dibujando, es como un tesoro único y personal. Como mi mayor fortuna.

         Y el padre callaba y dejaba que siguiera con su juego. Hasta que un día, cuando ya tenía bastante años, se presentó en el cortijo el dueño de aquellos campos. Saludó al padre y luego le preguntó:

- ¿Y tú hijo?

- Con su cuaderno y por los caminos recorriendo los campos.

- ¿Su cuaderno?

Sí, su tesoro más íntimo y preciado.

- Me gustaría verlo.

Y el padre se fue con el dueño en busca del hijo. Desde el cortijo en la ladera, bajaron hasta el valle del río y luego subieron al cerro de los robles. Llamándolo a cada instante y mirando por todos los caminos. Caía la tarde y era primavera. Por eso todos los paisajes olían a hierba fresca, a flores y polen nuevo y cantaban los pajarillos.

         Se lo encontraron sentado en la roca alta, mirando al horizonte, con su cuaderno en las manos y esperando a que el sol se pusiera. Le dijo el padre:

- El señorito, dueño de todas estas tierras, quiere hablar contigo.

Miró él al señorito y le preguntó:

- Aquí me tiene. ¿Qué quiere usted de mí?

- Me han dicho que tienes un cuaderno donde escribes y dibujas cosas únicas bellas.

- En mis manos usted ahora mismo lo está viendo.

- Déjame verlo.

         Y el dueño de las tierras arrebató el cuaderno. Lo abrió y lo ojeó y luego dijo:

- Lo que aquí tienes recogido son cosas que me interesan mucho. Desde hacía mucho tiempo, esto es lo que yo estaba buscando. Me quedo con tu cuaderno para siempre.

- Pero esta obra es mía, es mi sueño, mi tesoro, mi pequeña vida.

- Debes tener en cuenta que yo soy el dueño y estos campos son míos.  

         Se ponía el sol y por el camino del río el dueño se alejaba llevando con él el cuaderno. Sobre la roca sentado, frente a sol de la tarde, triste dijo al padre:

- No tiene derecho. Es mi tesoro, mi íntimo sueño.

- Pero ten en cuenta, hijo mío, que él es el dueño.
   
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