Érase una vez un reino muy muy verde y lejano donde a los niños se les animaba a construir cometas.
- Haced cometas grandes o pequeñas, de muchos colores o en un tono liso, con ojos de phenix o garras de dragón- les decían - Haced cometas de papel o de lino, con varas de sauce o de álamo.
Y a los niños se les abrían los ojos como platos y corrían a constuir sus cometas, ya fuera con la típica forma de rombo o con forma de gaviota, algunas hasta con largas colas que caracolearían al viento. Y los niños iban los verdes verdes prados del lejano reino y algunos hacían volar sus cometas mientros otros miraban boquiabiertos; algunos preguntaban por qué sus cometas no alzaban el vuelo y encontraban ayuda entre sus compañeros; también había, claro está, quien hacía mofa de la desafortunada combinación de colores, de la desagradable forma o de los torpes vuelos; otros simplemente se fijaban en cómo las habían decorado los demás y con el tiempo terminaban construyendo y haciendo volar sus propias cometas en el cielo del lejano reino de prados muy muy verdes.
Un día, el rey y señor del alegre reino, cercó el verde verde prado y prohibió que en él siguieran los niños jugando con sus cometas.
- No digo que no las construyais, no digo que no las hagáis volar desde el torreón del castillo, pero en mi verde verde prado no quiero verlas a más de un metro del suelo.
Y los algunos niños se asustaron y las bajaron corriendo sus cometas y las recogieron y nunca más la volaron. Y algunos fueron obedientes y se fueron al torreón, pagando el peaje de la puerta del castillo. Pero allí cabían pocos niños, y apenas había risas y otros juegos, y nadie se quedaba boquiabierto; nadie bajaba preguntando porqué su cometa no volaba bien, porque sabía que subir al torreón tenía un alto precio; y, aunque sí llegaron las mofas desde los que pateaban en el suelo, hubo menos niños que se sintieron capaces de hizar algo hecho por sí mismo al cielo...
Entonces suceció, como no podía ser de otro modo, que un grupo de los más atrevidos y traviesos, sin siquiera planearlo, simplemente haciendo lo que siempre habían hecho, cogieron sus cometas más hermosas y fueron al verde verde prado, saltaron el cercado, y corrieron para hacer que sus cometas llegaran de nuevo donde todos pudieran verlas, riéndose por lo bajo de su atrevimiento.
Sucedió, como cabía esperar, que el rey envió a sus soldadados al muy muy verde prado. Pero sólo a un pequeño dijeron.
- Está prohibido volar cometas desde este prado, ve al torreón a hacerlo o atente a las consecuencias.
Y al resto dejaron volando sus nuevas y viejas cometas en el mismo prado prohibido. El niño no dijo nada y se marchó a casa en silencio. El resto ni se dio cuenta de que el un Ave del Paraíso azul había abandonado sus juegos. Ninguno salvo uno, que miraba sin más las cabriolas y que le preguntó a los soldados.
- ¿Por qué esta cometa no y sí el resto?
Pero los soldados sólo le brindaron silencio. Así que el pequeño armó con cuatro palos y su chaqueta una torpe cometa que apenas consiguió levantar dos palmos, esperando a que el rey de aquel injusto y lejano reino comprendiera que sin cometas en el verde verde prado su torreón se quedaría desierto.
¿FIN?
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