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Ciega |
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Ojos que no ven... ¡Abre los ojos! Le dice su madre, con la cara congestionada por la ira, la voz chillona y mirada de loca. ¡Abre los ojos! Que te la está pegando delante de tus narices y no te enteras. Ella llora silenciosamente, porque sabe que sus ojos están bien abiertos y que tiene razón. Pero ella no quiere asumir lo que ve. |
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¡Felicidades! [Relato editado a petición del autor] |
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El colirio -Abre los ojos... ahora voy a instilarte un par de gotas de este colirio. En menos de un minuto sabremos si funciona. -Instila el colirio ese... pero lo que no han logrado ni en el Clínico ni en Barraquer... ¡Oye! ¿Qué es esto? ¡Luz! ¡Veo luz! ¡Tu cara! ¡Veo tu cara! ¡Dios mío! ¡Esto es un milagro, veo! -Nada de milagros... la fortuna que tuvimos de comprar este viejo libro de Paracelso en el mercado de San Antonio. Ya te dije que me pareció auténtico desde el primer momento, y no hay duda que lo es. |
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Caverna -¡Abre los ojos! Te pregunto, porque lo vi en un programa. -Dispara. -Si un extraterrestre llega a una Tierra, devastada, ¿sería mejor que encontrara un biólogo, ingeniero o médico? -¿Hay más opciones? -No. Puedes elegir características de cada uno, sólo eso. -Cualquier humano que cuente historias y lo haga bien. La Tierra es humana. -¡Tío!, que eso no le interesa. Lo que necesita saber, según el programa, son datos. -Los datos interesan poco. Necesitas una historia. -Eso no es verdad. Necesitas la información. Vamos a ver, cómo se va a enterar el marciano, si no. -¿Qué pasó con tu novia? |
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El reflejo ¡Abre los ojos!- dice una voz.- Cuando lo hago, veo a la criatura. No soy yo. El reflejo muestra una figura funesta, cuyo rostro se asemeja al de una sombra inveterada. Se retuerce, cual anguila arrancada de la corriente; y me clava las pupilas, como si fueran puñales. No soy yo, sino una copia distorsionada y siniestra, el monstruo que se oculta tras los postigos de mi alma. Atrapado tras el espejo, observo con horror como la sombra se aleja, sonriendo... |
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La nota -Abre los ojos, ¡mírame! ¿Qué es esta nota? Él la miró beodo desde la bañera. -No es culpa tuya pero no aguanto más. -¿Y crees que con esta despedida vale? -Si.- Miró sus pies asomando del agua ya fría. Le asfixiaba, por eso había hecho la maleta aunque no esperaba verla. -Pues no. Ahora te jodes y te quedas.- Ella se volvió ordenando compulsivamente los botes del lavabo. -“Puta”- Pensó justo antes de darse cuenta de que el secador enchufado caía en el agua. -No te preocupes, mi amor, deshago tu maleta y te dejo solo un rato. |
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Sólo una vez -Abre los ojos –y un golpe en la cara me incitó a obedecer. Mi mirada se posó entonces sobre el rostro que durante días se me había estado ocultando. -Hola, guapo. He pensado que te gustaría estar consciente, que me agradecerías poder vivir este momento tan importante en tu vida. Aquello no me gustó. Los discursos nunca son una buena señal. -Vas a morir, amigo, pero… como sólo se muere una vez, no puedes perdértelo. ¿No crees? Tuve que darle la razón y quedarme con las ganas de escupirle a la cara y darle una patada en los huevos. |
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El espejo no miente -Abre los ojos, le dijo al topo la rana. Dame tu mano y te guiaré a mi charca. Te cortaré el rabo, te depilaré a la cera y te enseñaré a dar saltitos como yo. -¿Qué dices insensata?, replicó el topo. ¿Cortarme el rabo y depilarme? ¿Quieres que parezca una rana? -¿Qué pasa? ¿No te parezco guapa? Qué sabrá de belleza un invidente. -¿Qué decir de tu boca, enorme y desdentada, mi querida rana? ¿Quieres un veredicto concluyente? Mírate en el espejo del agua. Que el espejo nunca miente. |
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La conciencia Abre los ojos. Saca la cabeza sobre el embozo: tu cuerpo es como sábana arrugada, sucia. Levántate. Afronta el día crucial para ofrecerte algo mejor. Abre la ventana. Sé valiente. Toma la decisión que desde hace tiempo te ronda. No permanezcas más tiempo asfixiándote en la nociva incertidumbre. Recuerda que los valientes son los que se enfrentan a su verdad y a las mentiras de los otros, y tú las tienes todas claras. Lo demostrarás si saltas ya entre relámpagos y truenos. En la caída, permítete gritar insultos a personas dañinas, a ella, a ti mismo. |
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Abre los ojos Abre los ojos, abre los ojos, abre los o..., abre... ¡Abre los ojos! Por Dios, no te dejes ir, aún no..., aguanta ¡Abre los ojos! ¡Quédate conmigo! ¿Me oyes? ¡No te rindas! Abre los..., eso, así, abre los ojos mi amor, quédate conmigo. ¿Lo oyes?, son ambulancias, están llegando, ya vienen a ayudarnos. Aguanta. No, no ¡no! No los cierres, ¡no te rindas! ¡Sócorro! ¡Qué alguien me ayude, por favor! No, mi vida, abre los ojos, hazlo por mí. Un poco sólo, están al caer, no te rindas al sueño. Mírame, por favor. Abre los ojos, abre..., ¡abre los ojos! |
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Siempre - Abre los ojos. - Me da corte. ¿Por qué quieres que mire? - Para que siempre recuerdes este momento y sepas siempre que yo también lo recuerdo. - ¿Y si mañana, cuando él regrese, nos avergonzamos de esto? - Entonces me odiarás para siempre, también. |
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Cirugía - Abre los ojos despacio cuando te retire la venda, ¿de acuerdo? -él asintió-. Y cuando salga de la habitación, no quiero saber nada de ti durante un tiempo; por muy amigos que seamos, no sé cómo me he prestado a esto... -retiró los últimos restos del vendaje- ¿Y bien? ¿Qué ves? Abrió los ojos lentamente. - Nada -sonrió-. No veo nada. |
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Este relato no entra en concurso, es una propinilla del MdC (es que no he podido resistirlo, ustedes me perdonarán la intromisión). Hambre Abre los ojos. Su garganta arde. Está confundida, desorientada. Hambrienta. Se incorpora, mira hacia abajo. Sus piernas han desaparecido, su vientre desgarrado es una masa de sangre reseca y jirones de ropa y carne. Un hambre atroz anula cualquier atisbo de horror, de dolor. A lo lejos, se oye un grito aterrado. Vuelve su cabeza, ansiosa. Gruñe. Empujada por un irresistible instinto que no comprende se arrastra en dirección a los chillidos, rugiendo, arañando el asfalto. |