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---------------------------- 1º en el VIII Certamen: Cuentos de Hadas ---------------------------- EL FLAUTISTA Era extraño, aquel flautista... Olía a bosque, a tierra húmeda, a tormenta. Nunca llevaba zurrón, nunca compraba nada, nunca reverenciaba los lugares sagrados del pequeño reino, ni hacía las cosas que se presupone que hacen los seres vivos. Rondaba ocasionalmente la aldea que se alzaba junto al bosque, pero siempre a distancia, siempre evitando el contacto con los lugareños. Prefería la soledad y jamás hablaba. Solía pasar su tiempo en lo más profundo del bosque, cerca de la negra montaña que marcaba, exactamente, el centro del reino mágico; un lugar que los aldeanos evitaban siempre que podían, como evitaban mirar la montaña. A él, sin embargo, no parecía importarle la sensación de magia demasiado antigua, demasiado agreste, que emanaba de aquella mole oscura. Sentado en una loma, junto al nacimiento del río, tocaba su flauta durante horas y horas, siguiendo el melódico rumor de la corriente, encadenando notas como otros encadenan palabras… Decían que comía ratas. También decían que comía niños. Nadie le vio, nunca, comer nada… Lo único realmente vivo en él, parecían ser sus manos, una idea que surgía de su movimiento, no de su aspecto. Al igual que su rostro de ojos yermos, eran demasiado pálidas. La piel, translúcida, endeble como la de un pescado, daba la impresión de estar estirada hasta lo imposible sobre los finos huesos; y, en ella, se distinguía el ramaje de unas venas monstruosamente hinchadas, llenas de bultos y deformidades, que dibujaban signos perturbadores al entrecruzarse una y otra vez sobre sí mismas. Sin embargo, esas manos se movían sorprendentemente ágiles, veloces, llenas de vital entusiasmo, por la larga flauta. Nadie conocía el origen del flautista, nadie sabía qué había ido a hacer allí, qué podía haberle conducido a aquella parte recóndita del reino mágico, donde sólo había una aldea, un bosque, un río, y una oscura montaña; pero cuentan las leyendas que, una noche, la vieja Úrsula, la bruja que vendía pócimas, sacaba muelas y leía el futuro, le vio, en lo alto de su pequeña loma, recortado nítidamente contra una enorme luna llena. Y escuchó cómo empezaba a tocar su flauta, todo él inmerso en el ritmo lánguido de una música tensa, inquietante, angustiosa… El bosque entero se puso en guardia cuando aquellas notas se extendieron por la maleza como un crepitar cansado, agitando los arbustos, multiplicando las sombras, dibujando a su paso runas extrañas, casi invisibles, en los troncos de los árboles. Los animales, las plantas, los seres mágicos, incluso los tremendamente antiguos, aquellos que vivían en el dibujo de las telarañas o reflejados en los charcos, intuyeron que había algo distinto en esa tonada, algo retorcido, y siniestro… La música se acentuó y se quebró en una larga, larga nota. Algo se oyó, en la vertiente del río, un gorgoteo pesado… Entonces, la noche se llenó de sonidos, chillidos fuertes, histéricos, que llegaron acompañados de una multitud de movimientos bruscos entre el boscaje, de ruidos de piedras, de tierra removiéndose violentamente, de chasquidos de ramas… Y, de pronto, de todas partes, empezaron a surgir ratas, ratas grandes y pequeñas, ratas gordas, flacas, largas, deformes, ratas enfermas, jóvenes, viejas, y pequeños ratones. Decenas, cientos, una marabunta, una cascada interminable de movimientos convulsos. Los enloquecidos animales pasaron por los lados de Úrsula, esquivándola apenas, golpeándola a veces, y se lanzaron al río. La vieja Úrsula, que conocía bien el olor de la magia, dijo que pocas ratas estaban vivas para cuando llegaron a tocar el agua. Esa música aberrante las había matado ya, o las estaba matando mientras se acercaban, atravesando un bosque alterado por los hechizos de aquella nota. Y contó cómo, en un solo segundo, todo el río se encontraba completamente cubierto de cuerpos peludos y sucios, un agitar continúo de miembros temblorosos, agónicos. Ninguna rata llegó a hundirse; mucho antes de que les diera tiempo a hacerlo, algo fluctuó, separándose de las primeras peñas de la montaña, de la inquietante cascada en la que nacía el río. Era… eso, nadie sabe decirlo, con certeza; sólo podría asegurarse que se trataba de algo más antiguo incluso que los que se reflejaban en los charcos, o los que vivían en los enrevesados dibujos de las telarañas. Ante los ojos mortales de Úrsula, se mostró como una masa negra y repugnante, una profunda oscuridad que se extendía desde la negra montaña, unida a ella como por un largo cordón umbilical que rezumara sombras. Alcanzó las ratas, las tocó, las envolvió en su negrura, reventando sus cuerpos, aspirando con gula sus fluidos estancados, reduciendo carne y hueso, convirtiéndolas en una pasta maloliente, rojiza y espesa, que cubrió como una manta la superficie del agua… La criatura empezó a alimentarse, lentamente, lentamente, al ritmo de aquella cadencia angustiosa. Todo fue sangre. Todo fue muerte. Todo fue oscuridad… El tiempo se detuvo. El sonido se detuvo. En la loma, el flautista se quedó muy quieto, los brazos en alto, la espalda arqueada hacia atrás, la flauta en los labios, iluminada en frío por la luna... Aquel silencio antinatural se extendió durante un segundo eterno, y, luego, se rompió en una nueva nota, distinta, terrible. No había sido suficiente. Incluso Úrsula, acostumbrada a no mirar directamente la montaña, a no pensar en esas magias antiguas y perversas, pudo sentirlo. Las ratas no lo habían aplacado. El hambre, un hambre terrible, ansiosa, cegadora, se palpaba en el aire, en la música, en el negro del cielo, en los turbadores remolinos que formaban las aguas del río. Y, mientras le veía dirigirse con paso firme hacia la aldea, Úrsula se preguntó qué nuevo alimento conseguiría el flautista, para su monstruo. |
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---------------------------- 1º en el XIV Certamen: Apocalipsis ---------------------------- UN MUNDO LLAMADO PAULA Suena el despertador. Otro día de mierda en el que las horas se mueven a velocidad de crucero. Cinco minutos de más en el baño. Genial, a partir de ahora, serán diez menos. – ¿Qué te has hecho en el pelo? – me pregunta mi madre, atónita, al verme entrar rapada en la cocina. Ya lo sé, ya lo sé, queda horroroso, feo como patear a un cojo, pero es barato. No quiero insinuar que fuese mucho a la peluquería, que no estamos para lujos, pero joder, lo que se gasta una en que si gel que si espumas... A tomar por culo, pelo pincho, que está de oferta. Claro que, no se lo voy a decir. – Tenía calor. Me mira. No me cree. – Hay café. Tengo una madre muy diplomática cuando quiere. Dejó de meterse en mi vida a los quince. Una pena. De haber sido de otro modo, quizá no tendría yo ahora veinticinco y dos críos de ocho y nueve años, pequeños clones del canalla de su padre, Dios me perdone. Bebo café. Mordisqueo rápida una tostada seca, digo que no tengo ganas de mantequilla. Se está acabando y aún tiene que durar. Para no ver sus ojos, hago como que reviso la correspondencia. Facturas, facturas, facturas... Una carta azul me hace ilusión, pero es otra factura. – ¡Niñoooooosssss! – grito, hacia el pasillo, hacia la puerta del dormitorio de mis hijos. Ellos no tienen despertador, pero tienen madre. Total, me hacen el mismo caso, para qué andar con gastos. – Es muy pronto, ¿no? – dice mi madre. – Quiero ir andando al trabajo. Estoy como una foca. – ¿Tú? – ríe. No me cree – Lárgate, anda. Yo llevaré a los niños al colegio. – Vale – veo unos cuadernos coloreados sobre la mesa. Uno de mis hijos ha dibujado una casa ardiendo, gente chillando agita los brazos por las ventanas; el otro se ha esmerado más, se ve la Tierra abriéndose por la mitad, entre grandes explosiones rojas, amarillas y… ¿verdes? Una imagen fascinante. Me pregunto si se puede votar para que ocurra de una puta vez el Fin del Mundo – ¿Qué es esto? – Ayer jugamos a dibujar lo primero que se nos ocurriese – mira el dibujo del planeta – El Apocalipsis. Tienen talento, las criaturitas, ¿eh? – Sin duda. Estoy segura de que uno de los dos es el Anticristo, aunque aún no descubrí cuál – tengo que buscarle un psicólogo al de la casa en llamas. O al otro. Mejor a ambos. Claro que antes me tengo que buscar un amante que lo pague. ¡Un amante psicólogo! ¡Genial idea que lo arregla todo! Me paso la mano por el pelo. Cualquier intento desesperado de seducción tendrá que esperar, así que los niños se quedan sin psicólogo. Que quemen casas o que destruyan planetas. Serán males menores – ¿Luego te ocupas de la compra? – Sí. Prepararé la comida y… – se dobla, con un gemido. Dejamos de simular ser muy duras y muy fuertes, sólidos bloques de granito capaces de resistirlo todo… Joder, si sólo somos piedra pómez... La abrazo. – Mamá, mamá… – Estoy bien. Tranquila, estoy bien. Bien, no, aunque no sabemos hasta qué punto está mal. Tiene cojones la cosa, puta lista de espera del Seguro, aún tiene que aguardar nueve meses para hacerse la ecografía. ¡Lo que hace el ser pobre! La pensión de mi madre es de esas que te producen auténtica risa, qué gracia, qué chiste que haya cifras así tras toda una vida de currar mi padre como un imbécil. Ja, ja, ja. La hipoteca de la casa se come prácticamente todo mi sueldo, y eso cuando no tengo gastos extras, como el dentista de los críos. El mes pasado tampoco pude pagar al Banco, y ayer me llegó una amable nota, indicando que, o me pongo yo al día de inmediato, o me ponen ellos en la puta calle. En fin… Le acerco a mi madre una pastilla. Es rosa. Menuda chuminada. Rosa chicle, para más señas. El médico dijo que le vendría bien, yo sospecho que pensaba en nuestro bolsillo. Dudo que haya pastillas rosa chicle más baratas en el mercado, y las cubre en parte el Seguro. Si no como mantequilla, podré pagarlas. – Lárgate, anda – me dice, tras tomarla, con un hilo de voz. Mueve una mano en el aire. Me sorprendo recordando un bofetón que me dio una vez – Vete, estoy bien. ¡Niñooos! – grita. Es grito de abuela, no de madre. No llega a categoría de despertador, pero como tengo prisa lo dejo estar. Cojo la mochila y salgo zumbada. Sigo zumbada. Joder, cada día hay más gente que tiene coche, qué bien les va a todos. Aunque no sé si compadecerles, total, hay atascos por todas partes, y yo corro y vuelo y sólo estoy a punto de ser atropellada un par de veces, una de ellas por el autobús que solía tomar antes de las pastillas rosas, de las facturas azules, de los dientes blancos de mis hijos… Llego a la fábrica. Vaya lío se ve desde fuera. Joder qué mogollón. ¿Qué coño sucede? Gutiérrez pasa corriendo por mi lado y casi me tira la mochila. Lleva dos años intentando meterse en mis bragas y resulta que ahora ni me ve. Será el pelo. Con este pelo parezco una cosa mala. Qué cojones, a quién le importa lo que parezco. Veo a Sara y a Lola entre el montón de gente. Están preocupadas. Alguien se ha muerto, seguro. Ojalá sea el jefe. – Hola, qué pasa – saludo. Me miran con horror. Normal. – ¿Pero qué te has hecho en el pelo? – pregunta Sara. – Estás horrorosa – dice Lola. Así me gusta, las cosas claras. Me paso una mano por mi patético cuero cabelludo esquilmado a tijeretazos. Aquí más largo, allá más corto. Pues vale. – Tenía calor. ¿Qué ocurre? – No sabemos. No podemos entrar. Algo va mal con las tarjetas magnéticas, parece. Se forma todavía más barullo. Intrigadas, vamos a mirar. En el interior de las puertas de cristal de la fábrica se divisa una línea de seguratas. Qué raro, casi parecen una muralla humana, dispuestos a defender con uñas y dientes los bienes de sus amos de… ¿nosotros? Me debo estar confundiendo... Conozco algunos rostros. Incluso salí con uno de ellos, maldita sea mi sombra, mira que no aprendo. Me devuelve la mirada, con expresión de culpa, y luego aparta los ojos. ¿Qué coño pasa? Martín y Daniel, dos de mis compañeros de planta, están en la puerta, llamando y discutiendo. Uno de ellos golpea el cristal con el puño, cada vez con más rabia. Otros le imitan. Y más, y más. Empieza el caos. – Pero qué ocurre… – Lola y Sara miran también asombradas. Las voces suben de volumen. Se va extendiendo la noticia. Nos han despedido. ¡Nos han despedido! ¡NOS HAN DESPEDIDO! ¡Nos han dejado en la puta calle, sin aviso previo, sin nota de agradecimiento, sin patada en el culo, sin cara hipócrita de lástima, sin nada! ¡Trescientos despedidos, dice alguien! ¡Trescientos, como los puñeteros griegos de las Termópilas! Pero, a nosotros, ni siquiera nos queda la gloria, la esperanza de ser recordados. A nosotros sólo nos esperan el frío, el hambre, la desesperación, la indigencia... Nos queda saber que no tenemos un sitio en este mundo, que este no es nuestro universo, que no es nuestra oportunidad ni nuestra vida, sino la de otros, esos que viven muy bien sin mirar a los lados, sin mirar atrás… – No puede ser… – susurro. Sara ha palidecido. Lola se muerde las uñas – ¿Despedidos? No puede ser… Las pastillas rosas. Las facturas azules. Los dientes blancos. La mantequilla amarilla, el autobús rojo. Las necesidades de mamá, los gastos de los niños, la hipoteca… La calle, el frío, la nada. La miseria absoluta, la desesperación. El fin… – ¡Paula! ¡Paula! – dice alguien. Estoy en el suelo. Veo rostros, pálidos, extraños. Giran a mi alrededor dando vueltas y vueltas. Todo retumba. Cuánto estruendo… Alguien me trae agua. No, no quiero agua, no necesito agua, necesito ayuda. Socorro, socorro, por favor, me estoy muriendo, se me viene todo encima, siento una presión en el pecho, no puedo respirar, me ahogo... No van a ayudarme, nadie va a ayudarme. Mi mundo se hunde en un barullo de voces y gritos y llantos de asombro, que son también mundos destruidos… Tengo tanto, tanto miedo… Grandes explosiones rojas, amarillas y… ¿verdes? Apocalipsis. No puedo seguir haciéndome la dura. Todo se acaba. Todo se acaba… |
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---------------------------- 1º en el XIX Certamen: Relatos Bíblicos ---------------------------- LÁZARO EN LA OSCURIDAD Yo soy Lázaro, Lázaro de Betania, hermano de María y Marta, y recuerdo que aquel día desperté súbitamente de una profunda oscuridad. Me encontré sentado en una piedra, junto al viejo pozo, a pocos metros de mi casa, con una ramita larga y esbelta en la mano. En el cielo brillaba un sol penetrante, despiadado, separando con brusquedad intensos blancos y negros densos, aplastándolo todo con un peso invisible; el polvo dibujaba remolinos en el viento y había un mensaje escrito a mis pies, sobre la tierra muerta. “Se acerca…” Parpadeé y me detuve, la ramita temblando entre mis dedos. Incluso ahora, sigo sin recordar haber escrito esas palabras. Me sentía absolutamente desconcertado. En ocasiones, mi mente naufragaba por completo en esa bruma viscosa que se enredaba en mis pensamientos, la que me traje del sepulcro hace años, cuando Jesús de Nazaret me recuperó de la muerte, pero nunca antes había escrito nada estando en ese extraño trance. Dejé caer la rama, y miré a mi alrededor, buscando respuestas. ¿Qué se acercaba? ¿O quién? ¿Y para qué? No había allí nada importante, tan solo un muerto viviente y mucha pobreza. Contemplé mi humilde casa, el desvencijado corral donde rumiaban parsimoniosamente dos cabras flacas, el sendero que conducía a la salida del pueblo de Betania, deslizándose torpemente entre peñascos y árboles. Recuerdo que pensé que yo era como ese camino, en mí también se entremezclaban confusamente lo vivo y lo muerto. La única diferencia era que él sí conducía a alguna parte. Yo únicamente era “vacío”. Lo llamaba así porque no sabía qué otro nombre darle. Era algo difícil de describir con palabras, algo que no se explicaba, que sólo podía sentirse. En aquel tiempo siempre tenía la impresión de que me rodeaba un círculo de nada absoluta, un espacio que sólo parecía existir para recordarme que no estaba donde debería estar, que ya no pertenecía a este mundo lógico calcinado por el sol. Más allá, siempre un poco más allá, quedaba el tumulto de lo normal y cotidiano, el eterno estrépito de la vida. Inalcanzable. En eso pensaba, cuando vi que venía alguien por el camino, surgiendo tras la pronunciada curva que formaban los peñascos, un individuo moreno, de complexión ligera, la barba y el cabello largos, ondulando con el viento. Se sujetaba el costado con una mano, el lugar exacto donde la sangre manchaba de rojo intenso aquella túnica tan blanca. De entre sus dedos caían densas gotas, que siseaban de forma aterradora al tocar el camino y desaparecían en el polvo, absorbidas con ansia. Tras él, siguiéndole como un manto de ondulantes grises, avanzaban gruesas nubes de tormenta, ocupándolo todo, y el viento arreciaba, pegando fuertes bandazos. La tempestad se tragaba la luz, las formas, el mundo… Y aquel hombre se dirigía directamente hacia mí. Era Jesús de Nazaret, mi amigo, mi hermano. Aquel que un día, hace años, pronunció mi nombre para traerme de vuelta; jamás, en lo que me quede de esta vida prestada, podré olvidar aquel potente “¡Lázaro, levántate y anda!” que me despertó de pronto, arrancándome de la tumba. Ahora, tras su ejecución en Jerusalén, era él quien regresaba del otro lado... Sentí miedo. Contemplé las nubes, vapores enfermos que consumían el azul del cielo y retrocedí hacia mi casa, dando tumbos. Estaba ya dentro cuando Jesús alcanzó el pozo. Nos observamos mutuamente, a través del resquicio que dejé en la puerta. No sé qué vio él, yo contemplé un hombre que era muy distinto al que conocí en vida. Estaba muy delgado, mortecino, los ojos consumidos, como si hubieran visto demasiado en demasiado poco tiempo. Las uñas de la mano con la que se sujetaba el costado estaban rotas; las imaginé destrozadas contra la tapa de un sepulcro. – Lázaro… – susurró. Reconocí su voz, pero parecía llegar de muy lejos, de muy hondo. De una fosa profunda, oscura, fría, que esperara ansiosa su retorno – Lázaro… – ¡Vete! – mi orden sonó a súplica. Supongo que lo era – ¡Déjame, Jesús! ¡Ten piedad de mí! – Lázaro… – volvió a gemir, tendiéndome la mano libre – Mi Padre me dijo que tú me ayudarías. Tú abriste el sendero entre la vida y la muerte. Conoces su tacto, su sabor, y puedes librarme de la oscuridad, purificarme… – ¿Purificarte? ¿Pero qué puedo hacer yo? ¡Sólo conozco el vacío! ¡Un espacio helado que me mantiene eternamente al margen! ¿Te ocurre igual? – él asintió, aturdido – ¡Hemos cruzado una línea que no se puede cruzar, hemos vuelto por un camino sin retroceso, haciendo trampas! ¡Y ahora el mundo está lejos! ¡Lo que hacemos es contemplar la vida, intentando rozarla con las puntas de los dedos, pero sin vivirla realmente! ¡Ya no podemos alcanzarla! Algo brilló en sus ojos. – No es cierto. ¡Me dijo que viniera, que te buscara! – miró a lo alto, hacia el vórtice oscuro que estaba gestando su tormenta – ¡Padre, Padre! ¿Por qué me has abandonado? – todo tembló. El aire onduló a su alrededor de una forma casi perezosa, y luego se expandió repentinamente, con fuerza infinita, en todas direcciones. El corral quedó destrozado en un instante, las cabras balaron mientras huían buscando refugio. La energía alcanzó la puerta, sacudiéndola violentamente. Grité, y luché como pude por mantenerme en pie, mientras la tempestad se extendía de horizonte a horizonte. La noche cayó de pronto sobre el pueblo de Betania, en pleno mediodía. Una noche oscura y sin esperanza, que presagiaba como único amanecer el Apocalipsis. ¿Qué podía hacer yo? Creía, de verdad, que nada. Al fin y al cabo, sentía que no estaba aquí, ni estaba allá, odiaba mi situación y no conocía más respuestas que mis propias dudas. Purificarle… ¿Sería cierto que Dios le había dicho que me buscara…? Jesús seguía junto al pozo, muy erguido, el cabello arremolinándose locamente alrededor de su cabeza como una extraña aureola. Luchando contra el vendaval, y contra mis miedos, me acerqué a él y le abracé. Había tocado a otros desde mi regreso, había abrazado a mis hermanas y a sus esposos, a mis sobrinos, había acariciado animales… pero ninguno de esos roces me pareció real. Ese contacto, sí. Noté la fuerte corriente, el río de emociones estableciéndose entre nosotros. Curándole, curándome… Todo encajó de pronto, todo adquirió un sentido. Casi me eché a llorar de puro alivio al comprender que Dios me había devuelto la vida para que, más tarde, pudiera ayudar en ese terrible trance a su Hijo. La oscuridad de la tumba dejaba ciego, el frío aturdía… Jesús no hubiera podido superarlo, al menos en mucho tiempo, sin mi ayuda. Nadie podía hacerlo totalmente por sí mismo. Te quedabas lejos, al margen, en la línea, sin acabar de cruzar hacia ningún lado. Hasta ese momento, hasta ver a otro en la situación, yo no había podido entender realmente la única verdad: que la vida “siempre” es un regalo, la vida “siempre” es un Don del Señor. No importa si se nace de forma natural, o si se surge de la tumba por su divino poder. – Ha quedado atrás… – susurré – El frío, la oscuridad, olvídalos, ya no pueden alcanzarte… Vuelves a estar vivo, estás vivo, Jesús… Aumenté la fuerza de mi abrazo; absorbí su frío y su oscuridad, como el camino había absorbido su sangre. Juntos borramos dudas, miedos, desesperación. Nuestras almas muertas se fundieron, se completaron, renacieron. El dolor fue menguando hasta desaparecer, como desapareció la tormenta. La luz del sol nos iluminó. Jesús se apartó, me miró a los ojos y me sonrió; el mismo Jesús de otros tiempos, aunque ya era más que un hombre, era Dios. Y, sin embargo, nunca le había sentido más humano. En algún momento, me besó en la mejilla y se marchó. Sé, porque me lo han dicho, que muchos le han visto y algunos han hablado con él. Milagros, prodigios, portentos, maravillas… Siempre se usan esas palabras en lo referente a su ascensión en cuerpo y alma a los cielos. Un cuerpo y un alma que no conservan rastro alguno de la oscuridad de la muerte. Y yo también volvía a sentirme vivo. Realmente vivo. Estaba atardeciendo cuando me senté en la piedra junto al pozo. En el cielo, de un azul sin mácula, brillaba un sol penetrante, despiadado, separando con brusquedad intensos blancos y negros densos, aplastándolo todo con un peso invisible; el polvo dibujaba remolinos en el viento y un mensaje se había borrado a mis pies, sobre la tierra muerta. |
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Yo me decantaría sin duda por "Lázaro en la oscuridad". Si bien "Un mundo llamado Paula" resulta un relato desgarrador y anticipativo a los tiempos que corren (esa es una virtud que se me había escapado a la hora de elegir el relato). La fuerza poética de "Lazaro..." le supera. Mi elección es "Lázaro en la oscuridad"
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Gracias, Pelagio ;D El relato de Paula surgió tras ver en las noticias el despido de Nissan, en el que 300 empleados que llegaron para un día normal de trabajo, descubrieron que no podían entrar, porque habían sido despedidos sin mayor trámite. Inaudito. Absolutamente vergonzoso. A ellos se lo dedico. |
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Todavía no me he enterado bien de como va esto, pero, si hay que elegir uno solo de los tres relatos, prefiero Lázaro en la oscuridad. Reconozco la casi perfección con la que están escritos los tres relatos, habitual de ella, oniria, pero el sentido "lógico" que su versión de la resurrección de Lázaro le da es espectacular. Yo, que soy un estudioso de esta figura inigualable de Jesucristo, reconozco que nunca había pensado en el oculto sentido que la resurrección de Lázaro podía tener. Me gustó mucho entonces y vuelve a gustarme aún más ahora. Pero si hubiese que votar a los tres relatos, le daría el dos al cuento y el uno a Paula. Saludos. Creo que relatos como estos mejorarán la calidad del futuro libro de relatos. |
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Vamos allá... Sobre Un mundo llamado Paula, Danielhr dijo... Un mundo llamado Paula (4 puntos): He de reconocer que, tras una primera lectura, el relato no me llamó mucho la atención. Una segunda terminó de meterme en la historia, rompiendo a reír al imaginar la cara de estupefacción que se les quedaba a Paula y su madre tras contemplar los dibujos de los pequeños. Efectivamente, se trata de un apocalipsis, pero no del fin del mundo, sino del final de un mundo: el de Paula, que ve como toda su vida se viene abajo. El desenfado de la protagonista cuando sale del baño después de cortarse el pelo contrasta con la cruda realidad en la que vive. Pese a su dureza, Paula es un personaje tierno, siendo un completo desastre en sus relaciones con los hombres pero consciente de cuando tiene que sacar las uñas. Ágil y encantadoramente sencillo. Genial. Sobre El flautista, Danielhr dijo... El flautista: ¡Qué caray! Me gustó. Hay partes que me pusieron la piel de gallina. Ese flautista errante, con aires de Frankestein y sátiro, verdaderamente llega a impresionar. Mientras que en el interior de los bosques, hay peligros más antiguos que el propio hombre a los que hay que apaciguar, los seres fantásticos viven en la superficie de los ríos y en las telas de araña (ésta última parte es mi favorita). Genial. ¿La pega?: Había relatos que llamaron más mi atención. Lo que sí es cierto que, de seguir por este camino, Oniria va a terminar por odiarme. (Ya sé que no es la primera vez que que te lo hago y te dejo fuera del podio). Sorry :-) Bien, dicho esto, me quedo con Un mundo llamado Paula, aunque echo de menos El árbol, el montículo, el día quieto y cálido, un relato que entonces se quedó fuera de mis votaciones (como injustamente, otros tantos de Oni) y tenía la esperanza de poder redimir. El flautista me gustó muchísimo en su momento, pero es difícil resistirse a la ironía de Paula (aparte de que son dos relatos completamente distintos: mientras que Un mundo... está contado con agilidad y rapidez (cosa que me encanta), El flautista presenta un lenguaje más cuidado y elaborado, de ésos que hacen que tengas que leerlo atentamente para disfrutarlo bien). Lázaro en la oscuridad pertenece a mi última etapa del concurso y fue uno de los pocos relatos que me quedaron por comentar en aquella edición. Me gusta como está escrito, pero le pasa lo mismo que al flautista (otra vez el recuerdo de Paula...). En fin, que me quedo con el apocalipsis social ;D
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De los tres relatos voto por El flautista, que tiene una densidad verde oscuro, de bosque y putrefacción vegetal como pocas veces hay oportunidad de leer. Se inicia con una gran habilidad a la hora de definir cómo es el músico y la descripción de la cosa es fantástica, redonda, acre. Es un cuento con "textura", olores y asco, que te sitúa en ese bosque de tablero de rol. Tengo la impresión, por otra parte, de que está más próximo al mundo Oniria que los otros dos; además, que estoy saturado de relatos bíblicos. |
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Me decanto por "El Flautista", sin duda. Es un relato fascinante y muy cuidado. Lázaro en la Oscuridad... en fin, no puedo negar que odio los relatos bíblicos, supongo que por la ambientación. Un Mundo Llamado Paula está también muy bien, pero no tiene la sofisticación de El Flautista ni exhibe tanta riqueza literaria. |
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- 3 votos Un mundo llamado Paula (relato realista, muy rítmico y con gran contenido dentro de la simplicidad del mundo y la personalidad atrayente de la narradora/protagonista. Me encanta) - 2 votos El flautista (bien escrito, mantiene el temor, interés, asco y la átmosfera de cuento) -1 voto Lázaro en la oscuridad (interesante narración, bien ambientada y escrita, pero lo bíblico en este momento...) |
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Yo voto por "Paula". Para mí, era el "Apocalipsis" más original de todo el certamen, y una forma de enforcarlo que jamás se me hubiera ocurrido. En su momento escribí esto: Un mundo llamado Paula: NOTA relato 8,2 NOTA tema 8 NOTA técnica 8,8 NOTA media ((8,3)) Me gusta mucho este estilo irónico, rozando la sátira a la sociedad capitalista moderna. Es un estilo crudo, con un tono adulto, frío pero que calienta a uno, sin miramientos. Es un estilo muy personal, creo, y muy difícil de trabajar ya que hay muchos diálogos y deben ser creíbles y conseguir que te metas en la piel de la protagonista. Y creo que lo consigue de sobras. Las frases son cortas y concisas, al igual que los diálogos y la narración de sucesos, todo pasa ágil. Hasta el final, dónde todo se lía y se complica, hasta la vergonzosa noticia y la espera o la creencia, de que llega el final. |
Todavía no me he enterado bien de como va esto, pero, si hay que elegir uno solo de los tres relatos, prefiero Lázaro en la oscuridad. Reconozco la casi perfección con la que están escritos los tres relatos, habitual de ella, oniria, pero el sentido "lógico" que su versión de la resurrección de Lázaro le da es espectacular. Yo, que soy un estudioso de esta figura inigualable de Jesucristo, reconozco que nunca había pensado en el oculto sentido que la resurrección de Lázaro podía tener. Me gustó mucho entonces y vuelve a gustarme aún más ahora.
Pero si hubiese que votar a los tres relatos, le daría el dos al cuento y el uno a Paula. Saludos. Creo que relatos como estos mejorarán la calidad del futuro libro de relatos.