1. m. Estación del año que, astronómicamente, comienza en el equinoccio del mismo nombre y termina en el solsticio de invierno.
2. m. Época templada del año, que en el hemisferio boreal corresponde a los meses de septiembre, octubre y noviembre, y en el austral a la primavera del hemisferio boreal.
3. m. Segunda hierba o heno que producen los prados en la estación del otoño.
4. m. Período de la vida humana en que esta declina de la plenitud hacia la vejez.
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TIERRA YERMA
La tierra se extenda ante sus ojos, devastada y sedienta.
Cunto tiempo haba transcurrido desde la ltima vez? El pensamiento de Philipe divagaba sin tino, de una idea a otra. Con un hilo de esperanza quiso vislumbrar a lo lejos, sobre el trbido espejismo del horizonte, el boceto incierto de una tormenta otoal en ciernes. Sin embargo estaba seguro de que tan slo se trataba de una vaga ilusin. La maldicin continuaba all, se intua entre las copas desnudas de los rboles, fisgoneando entre los sarmientos que an sobrevivan sobre los lneos de un viedo marchito.
Corra el ao del Seor de 1818.-
Algunos aos atrs, durante los tristes acontecimientos que siguieron a la Revolucin, el Conde Languedoc muri guillotinado en Pars. Su hijo menor, Philipe De Languedoc, consigui cruzar los Pirineos junto a su preceptor. Monsieur Nimes era un maestro de escuela con pinta de fraile, el cual se haba encargado de su educacin desde la ms tierna niez.. A pesar de ser un jacobino convencido, crey conveniente, por una mera cuestin contractual, seguir cumpliendo con sus obligaciones. La fortuna quiso que la familia Languedoc fuese propietaria de tierras en un frtil valle riojano; de este modo Monsieur Nimes y el pequeo Philipe se instalaron en la vieja casona que dominaba el Valle de Haro.
Haban pasado trece aos y Philipe De Languedoc se haba convertido en todo un hombre. Sombro y taciturno la mayora de las veces, pero un hombre a fin de cuentas, adornado por las virtudes de la constancia en el trabajo y la honestidad en el trato.
Cuando tuvo edad suficiente decidi tomar las riendas del incipiente negocio vinatero. El Valle de Haro daba por entonces unos vinos mediocres; un terreno duro y poco acogedor. Unas vides recias que daban unos frutos pequeos y poco agraciados.
-Esta tierra nunca dar unos caldos aceptables, Philipe. -Le repeta Monsieur Nimes da tras da, mientras le acompaaba en sus paseos diarios a lo largo de los lindes que delimitaban la propiedad de los Languedoc.
Aquel ao, un otoo llegado de forma precipitada ti los cielos de un morado intenso. Haca fro desde que caa la tarde, cuando el sol se perda por encima de los cerros. Philipe estaba extraamente taciturno, como si presumiera un acontecimiento doloroso. Monsieur Nimes lo atribuy a la pesadumbre estacional que tanto dao le haca al muchacho.
El inicio de la vendimia estaba previsto para el primer fin de semana de octubre. Como cada ao, el veterano capataz Andrinos Subilla, se subi al pescante de una carreta, azuz las mulas y se fue en busca de braceros a los valles colindantes. Andrinos sola decir, entre borrachera y borrachera, que no haba mejor jornalero que una muchacha joven. Sus pequeos y delicados dedos se colaban entre los sarmientos en busca de los gajos ms minsculos. Cuando hablaba, la mirada vidriosa de Andrinos dejaba escapar un brillo lujurioso difcil de disimular.
Sin saberlo estaba a punto de provocar la perdicin de Philipe De Languedoc. Y esa mala fortuna estaba ligada a la existencia de la dulce Patricia.
A Monsieur Nimes no se le escap el detalle. Conoca al joven Philipe lo suficiente como para distinguir, en el movimiento nervioso de sus dedos, el aspaviento de locura que le caracterizaba. La dulce Patricia viajaba en la parte trasera de la carreta; recostada sobre unas balas de paja era la viva imagen de la lujuria. Un fresco campestre: “donceles y doncellas durante la siega de verano”. La joven exhiba su naturaleza salvaje sin ningn pudor: Sus pechos eran firmes y parecan querer volar tras el corpio, atado de modo descuidado. Poda haber elegido a cualquier moza de la comarca, cualquiera hubiera aceptado yacer con el elegante Conde de Languedoc. Sin embargo eligi a Patricia; desvergonzada y hbil como la serpiente del Paraso. Qu Dios la confunda!
Los encantos de la dulce Patricia no pasaron desapercibidos. Su proceder era a menudo licencioso, pavonendose entre los hombres... incluso cuando las jornadas llegaban a su fin y los jornaleros se reunan para comer y cantar -la comida y la msica espantan la fatiga- junto al fuego. Cuando los hombres se retiraban a sus barracones, las mujeres an solan pasar un rato junto al brocal del pozo. Las historias solan subir de tono -un comentario por aqu, una entrepierna vistosa por all- y casi siempre el latiguillo final, el ms escandaloso, naca en los labios de la dulce Patricia.
El joven Languedoc acostumbraba a observarlas desde el porche, en silencio, rumiando sus desesperadas ansias de hembra. Sin saberlo se estaba convirtiendo en un lobo estepario. Una alimaa que se amparaba la negrura de la noche para acosar a sus presas.
Por aquellos das Francisco era un muchacho vivaracho y nervudo. En los escasos ratos libres que la vendimia le dejaba, suba a los cerros junto con los dems braceros. Competan entre ellos como machos cabros.; lo mismo medan sus fuerzas a pulso que afinaban la puntera como improvisados honderos, derribando tordos o apedreando a los asustadizos conejos.
-Mirad, mirad! Tengo la polla como un litro de vino! -Exclamaba mientras se mostraba impdicamente, cuando el vino se le suba a la cabeza y la sangre a los machos.
Un da, a la cada de la tarde, la dulce Patricia se llev a Francisco de la mano. El joven Languedoc los vio alejarse hacia la era en barbecho que se extenda en la parte baja de la propiedad. Era un llano despoblado; por las noches la helada blanqueaba los terrones cubrindolos con una delgada capa de escarcha.
Ni siquiera eso detuvo a los amantes; vidos de sexo se dejaron llevar ciegos de pasin.
Philipe los sigui. Los malos humores provocados por el vino hacan que tropezara y se trastabillara como un potro recin nacido. Sin desprenderse de la botella, beba a cada paso de su copa. Rea y lloraba a la vez. Maldeca al cielo que le cubra y peda al mismo tiempo que el infierno se lo tragara de una maldita vez, para que as por fin cesaran sus sufrimientos.
No tard en distinguir los jadeos procedentes del barbecho. Intent seguir andando, pero cay de bruces. El vino se mezcl con la tierra, formando una especie de barro apelmazado. Francisco, alertado por el ruido, se incorpor de un salto. Patricia, desnuda de cintura para arriba, con sus plidos senos baados por la luz de la luna, le sigui.
-Zorra! -Fue lo nico que acert a decir el joven Languedoc. Despus rompi a rer. Sus carcajadas provocaron la desbandada de un grupo de perdices que dormitaba entre los matojos que crecan en el barbecho.
-Ests borracho. -Francisco se abalanz sobre Philipe. Su correosa musculatura se tens como la cuerda de un ahorcado.
Fue un instante, tan slo un instante. El pual que Philipe llevaba colgado al cinto centelle, como un momento de vrtigo. El estmago de Francisco se abri igual que las fauces ensangrentadas de una fiera. Ni siquiera grit, tan slo se dej caer de rodillas, con los ojos abiertos de par en par. Su sangre se mezcl con la tierra y el vino.
Patricia grit desesperada, presa del pnico. En un ridculo acto de pudor se tap los pechos con las manos. Los ojos brillantes de Philipe se clavaron en su cuello, estirado y plido. Rugi como un depredador ahto de sangre y se lanz sobre la muchacha. El pual traz un arco indescriptible; los ojos de Patricia pugnaron por seguir su trayectoria, por adivinar el surco que trazaba en el aire, pero tan slo pudo sentir la clida caricia de la hoja sajando su yugular. Un surtidor de sangre caliente brot salpicando el rostro del joven Conde de Languedoc. Un gorjeo ininteligible surgi de la garganta de Patricia, como una queja ahogada.
La sangre manaba cada vez ms despacio y acuosa. El color haba huido ya de las mejillas de Patricia. Lnguidamente se dej caer sobre el cuerpo inerte de Francisco. Fue entonces cuando Philipe aproxim el borde de su copa al cuello cercenado. La sangre resbal por el filo dorado del recipiente, hasta concentrarse en el fondo. El Conde Languedoc verti vino en la copa hasta que el lquido se desbord. Despus, tras hacer un imperceptible brindis a la luna que le contemplaba, bebi de un solo trago.
Al fondo del valle, como el alarido indignado de los dioses, se desat una inesperada tormenta de otoo. El agua arrastr con su riada la tierra mezclada con el vino y la sangre de los dos muchachos. Fue la ltima vez que llovi en el Valle de Haro.
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El capataz Subilla se encarg, siguiendo las instrucciones de Monsieur Nimes, de hacer desaparecer las pruebas del horrendo crimen de la vendimia, sin embargo hay hechos que, sin querer, trascienden a lo fsico y se convierten en leyenda.
Han pasado dos aos. El Conde de Languedoc contempla con ojos tristes el secarral. Aora el tono rojizo de la tierra frtil. Una vez ms, como cada otoo, Andrinos Subilla marcha en busca de una joven a los valles cercanos. Una joven cuya sangre sacie la sed de venganza de la tierra y los cielos. Mientras tanto, Philipe De Languedoc espera resignado que llegue el momento.
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Los guibelurdines ��� Los bosques cercanos al caserío estaban exultantes de verde y fresca vegetación. Se olía en el ambiente un no-sé-qué húmedo y prometedor, que hizo que el abuelo se estremeciera de placer. ��� Un par de horas más tarde, ya de regreso, entornó los ojos. La luz del sol le producía unos extraños reflejos que casi le impedían ver el camino. Le habían dicho que era por las cataratas. Según aquel médico de Durango las tenía muy avanzadas y haría bien en operarse... ¡Operarse él, el abuelo! ¡Vaya tontería! Veía algo peor últimamente, pero se las apañaba bien, y no le apetecía nada entrar en un quirófano. ��� Apresuró el paso para llegar pronto a casa. Su encuentro con aquellos forasteros le había hecho retrasarse un poco. Pero había valido la pena. No siempre se encuentra uno con gente como aquella, tan aficionados como él a la� caza de las setas. ��� Franqueó la puerta del patio y vio a su hija por la ventana de la cocina. La saludó con la mano y le mostró la pequeña cesta, cuyo interior pintaban de verde y blanco un bonito grupo de hongos. ��� –¡Begoña! ¡Ve preparando el fuego, que traigo guibelurdiñas! ��� Cuando entró en la cocina vio a su hija, que se encontraba atareada preparando la comida, y a la señora Isabel, su vecina, sentada en una silla, junto a la mesa de madera. ��� –Pase, abuelo. Déjeme la cesta y siéntese.– dijo Begoña. ��� El abuelo, tras quedarse unos instantes sumido en los� recuerdos de su juventud, hizo un gesto con la mano, como si quisiese correr un invisible velo sobre ellos, y se puso en pie. ��� –Me disculpará, Isabel... Begoña, voy arriba a lavarme y cambiarme un poco. Ya me avisarás cuando esté lista la comida. ��� Cuando el abuelo salió de la cocina, Begoña miró intranquila por la ventana. ��� –Espero que Patxi no tarde en llegar... y que traiga algunos guibelurdines. Se ha llevado la cesta, pues anoche mi padre nos dijo que hoy pensaba ir al bosque a por setas. ��� En efecto, los dos pequeñuelos, con sus mochilas escolares, venían acompañando a su padre. Miren, la pequeña, de ocho años de edad, corría seguida por Txomín, tres años mayor que ella, que pretendía alcanzarla y tirar de una de las trenzas en que llevaba recogido el cabello. ��� –Txomín, ya está bien. Deja tranquila a tu hermana. ��� Patxi se detuvo a pocos metros de la puerta del caserío, mirando hacia las habitaciones donde debía estar su suegro aseándose y preparándose para la comida. Miro luego hacia la cocina. Como vio que Begoña le saludaba, alzó ligeramente la cesta con las setas. Ella asintió sonriendo. ��� –Vamos, niños. Entrad en casa. ��� Cuando media hora más tarde acudieron todos a la mesa para la comida, encontraron al abuelo sentado frente a un plato caliente que desprendía un olorcillo delicioso. Trozos de carne en salsa y abundantes setas recién cocinadas. ��� Tras haberse encomendado a Dios como mandan las tradiciones, comenzaron a comer todos con buen apetito. El abuelo comentó que no había setas mejores que las guibelurdiñas. ��� –Yo prefiero los perretxikos. – afirmó su nieto mirándole y con la boca llena. ��� Los demás rieron ante la respuesta del anciano, que había concluido su frase llevándose a la boca una de las setas de su plato, que acompañó con algo de pan y un buen trago de vino. Dejó el vaso en la mesa y les miró a todos. ��� –Iban buscando esas setas... ¿Cómo las llaman? Rebollones, creo. Llevaban un par de cestas llenas. Me dijeron que las aprecian mucho en su tierra. ��� Acabaron la comida, y el abuelo se levantó. ��� –¿Vas a tomar café, papá? ��� Y Carmelo se retiró, satisfecho y feliz. ��� –Ya habéis oído al abuelo. Ayudad a mamá. Yo voy sacar la basura al contenedor. Dame el cubo, no le diese a tu padre por mirar ahí y descubriese que hemos tirado sus setas. ��� Y mientras el vino y la digestión de la carne y los auténticos guibelurdines adormecían placidamente a Carmelo, su yerno depositaba en el contenedor junto a la puerta del caserío la bolsa en cuyo interior se encontraban cerca de docena y media de ejemplares de la terrible amanita tóxica, que el anciano había recolectado confundiéndolas con setas buenas. ��� Tan convencido estaba aquella mañana de que lo que llevaba en la cesta eran "gorros de fraile", que había insistido en explicarles a aquellos forasteros mil y un detalles sobre las guibelurdiñas. Y tanto les alabó el delicado gusto de aquellas setas, que no sería de extrañar que les hubiese convencido.
��� Los que así conversaban, dos médicos jóvenes, residentes de guardia, se encontraban en la pequeña sala que, en un anexo del área de urgencias, se hallaba dispuesta para� esos momentos en los que, por disminuir el trabajo, podían tomarse un respiro o incluso echar una cabezadita. ��� El reloj circular de la pared señalaba las seis y veinte minutos de la mañana, y las primeras luces del amanecer otoñal entraban ya por las ventanas, cuando vieron llegar dos ambulancias, seguidas de un antiguo y voluminoso coche negro, como lo son todavía algunos taxis de pueblo. ��� –Ese que baja del coche es Felipe Sanjuán.
��� Varias horas más tarde, cuando se reunieron de nuevo en la salita del servicio de urgencias, el Dr. Sanjuán seguía igual de perplejo. ��� –He hablado detenidamente con Miquel y con su mujer y sus hijos. Al parecer confundieron las amanitas con guibelurdines. Son setas del mismo color, muy gustosas, y muy apreciadas en algunos lugares del norte de España. Parece que fue allí, durante las vacaciones, donde las conocieron. Supongo que las verían en algún� mercado o en un restaurante. Pero aquí hay algo que se me escapa pues aparte del color las amanitas tóxicas son bastante diferentes.... ¿cómo han podido confundirlas con guibelurdines? |
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CAÇADORS DE BOLETS Un grupo tan dispar como numeroso esperaba en la pequeña explanada que separaba la masía del bosque. _ Bon dia! ( Buen día! ) -Nosaltres marxem, doncs. ( Nosotros nos vamos, entonces.)- Oyó decir al hombre con el cual acababa de hablar.- Vosté es queda? (¿Usted se queda?). Al cabo de unos minutos el silencio volvió a sustituir el ruido del motor de un automóvil todoterreno y entonces Pou dejó la horca apoyada en la pared exterior del pajar y se dirigió de nuevo al resto del grupo. Ja estic. Que volen fer primer? Si fem el passeig abans d'esmorzar els hi estarà més bo. Com vulguin. ( Ya estoy. ¿Qué quieren hacer primero? Si hacemos el paseo antes de almorzar les estará más bueno. Como quieran). -Miquel! Has posat llenya al puesto? T'ho dic perque si l'has posada me'n vaig a fer el dinar. ( ¡Miguel! ¿Has puesto leña en su sitio? Te lo digo porque si la has puesto me voy a hacer la comida). Pou miró a su mujer y luego a la madre de los críos. Vosté vol venir amb els nens o li ve més de gust esperar-se aquí? Si no vol venir la meva dona li pot ensenyar la masía i li donarà un gotet de vi per anar fent boca abans d'esmorzar. ( ¿Usted quierre venir con los niños o le apetece más esperar aquí? Si no quiere venir mi mujer le puede enseñar la masía y le dará un vasito de vino para ir haciendo boca antes de almorzar). La mujer supo leer entre líneas que estaba siendo excluída de la excursión de la misma forma en que habían sido expulsados los tres directivos: con toda la amabilidad de que era capaz un hombre del campo. Un gotet de vi per fer-me passar una mica el fred si que em ve de gust. ( Un vasito de vino para quitarme el frío si que me apetece): El pagés sonrió y le hizo un gesto con la mano a su esposa para que se acercara. Li vols ensenyar la masia i donar-li un gotet de vi del que em va portar el Jaume mentres em porto els nens a veure això?. ( ¿Le quieres enseñar la masía y darle un vasito de vino del que me trajo Jaime mientras me llevo a los niños a ver esto?) Y entonces, tal vez porque el vino era más fuerte que los que ella solía tomar, o tal vez por el ambiente relajado del lugar, tras una pregunta en concreto por parte de su anfitriona, acabó explicándole los acontecimientos de los últimos meses; el descubrimiento de la enfermedad del pequeño, su reciente divorcio, la angustia provocada por la espera de un órgano que no llegaba... -Mama!!! Hem vist un Bambi petit!!! (Mamá!!! Hemos visto un Bambi pequeño!!!) -Aquesta no es pot menjar, però el nen li volia ensenyar. ( Esta no se puede comer pero el niño quería enseñársela).- Abrió la mano y le mostró una seta de un tono marrón más claro que las que reposaban en el cesto.- Quan estigui la pot llençar a dins d'aquell cubell. ( Cuando esté la puede tirar dentro de aquel cubo). Sin esperar su respuesta entró, y desapareció en una de las estancias que hacía poco le había enseñado su mujer, para salir con una bolsa de plástico, típica de supermercado, anunciando que el almuerzo estaba listo y que podían pasar a la mesa mientras les guardaba las setas. Entraron los tres y se sentaron alrededor de una mesa de madera oscura, decorada con unos platos de pan con tomate, jamón y fuet, una jarra de agua y una botella de vino. Comieron juntos, escuchando las maravillas del bosque de boca del pequeño, entre bocado y bocado y las palabras se hicieron imágenes en la mente de la madre. Podía ver el viento orquestando una canción de rojos y ocres entre las hojas que no tardarían en caer, las pequeñas manchas blancas del cuerpo del cervatillo, el musgo abrazado al tronco de los árboles, la excitación al encontrar una seta camuflada en la capa de humus de la base de un roble, el silencio ribeteado por el trinar de las aves... Sería un buen recuerdo de cara al futuro, así que, aunque ya sabía la respuesta de antemano, mostrró su agradecimiento antes de despedirse. -Qué li dec? (¿Qué le debo?) Y era cierto. |
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Como el espectro de Marlon Brando. � Es el atardecer de un domingo frío del otoño y voy caminando con el cuello del abrigo levantado por los bulevares de Madrid. Las hojas muertas alfombran los paseos y nadie aparece para liberar a la grava de su calida manta El lunes los barrenderos con sus máquinas de aire, ruidosas, la retirarán y expondrán el suelo a los rigores de los fríos que vienen. � Desde el parque del Oeste, bajando de Moncloa, no se ve pero se intuye que la capa gris claro que enladrilla el cielo, llegando como el mascarón de proa de una gigantesca nave que se extiende desde Guadarrama, está a punto de convertirse en ese otro gris oscuro lluvioso y claustrofóbico. Esa atmósfera que hace que escalofríos repetidos recorran mi espina dorsal. � Un taxi pasa a mi lado reduciendo la velocidad. Debe ser el único que se encuentra vagando a estas horas y me interroga con su actitud. Adivino la mirada del chofer e imagino su encogimiento de hombros al saber que este caminante no necesita de sus servicios. � Hace un rato que he dejado a Mariana en la habitación del hotel con el viejo. Hace un rato que me he tragado como un imbécil un apretón de manos y ese nuevo guiño de agradecimiento que me asquea. Ya no sé si es su vida la que está en mis manos o es la mía la que se escapa por el desagüe del lavabo como las lágrimas aturdidas de mi compañera en sus primeras veces con él. Mi compañera, mi conversación, mi hombro y mi, no tan secreto, lamento. � Ahora empieza a soplar desde la sierra ese viento que los de Madrid sabemos que precede a la lluvia. Un viento extrañamente cálido que barre de las azoteas el polvo y sorprende a los ojos despistados anegándolos de barro salado. Polvo más lágrima. Las farolas del paseo de Rosales se encienden pero aún no iluminan nada, aún no han empezado a desperezarse en casa los futuros comensales de los cientos de restaurantes que pueblan este barrio. Una zona tranquila pero efervescente de actividad gastronómica en la hora de las cenas.� � Mariana ha roto el pacto una vez más, un pacto que existe sólo en mi cabeza, de no volver a hacerlo. Al salir del metro he mirado su figura subir las escaleras delante de mí como llevo haciendo tanto tiempo. Sus pantorrillas desafían al paso de los años y cierro los ojos sin cerrarlos para evocar nuestro primer encuentro en otro hotel, en otra época, en otra vida. Con las pupilas brillantes por el humo del local me dio la mano. Esa mano firme, segura de que quien la lleva es fuerte. Segura de que su tacto en mis dedos es, más que una caricia, una promesa.�� � El aire se lleva ese pensamiento y vuelvo al otoño de mi ciudad. Tres adolescentes sentados en un banco me miran pasar con ojos vacíos y masticando algo. Los plátanos de esta zona cercana al colegio de los corazonistas están marcados con nombres y dibujos grabados en su corteza. Amoríos, deseos y sufrimientos intercambiables de primavera. No se sabe con quién acabarán al llegar el verano ni por quién los olvidarán hasta que, llegado el otoño, un movimiento de caderas en la escalera del metro o el olor de castañas de la esquina de Princesa con Altamirano los devuelvan de la neblina del fondo del desván. � No tengo las lágrimas del actor ni mi dolor es tan profundo. Yo no he perdido a Mariana. Ella sigue estando ahí cerca, tanto que está dentro de mí aunque hace por no enterarse. No puede perderse algo que, haciendo honor a la verdad, nunca se ha tenido. Desde aquel primer encuentro no he faltado a nuestras citas, él me paga bien y no tengo, ni he buscado, otra cosa porque cada vez que me sonríe al recogerla en su casa veo en su gesto un millón de atardeceres en una playa, crepuscular como nosotros, �del Atlántico. Hubo un momento en que veía matrimonio, hijos, sexo en la cama, en la ducha, pero ahora que las canas me pueblan las cejas sólo quiero enterrar los pies en la arena y dejarme salpicar por las olas de noviembre. � ����������� Las primeras gotas, grandes y densas, empiezan a caer separadas dejando manchas en las hojas y �yo encamino mis pasos hacia La Cigala, que ahora se llama La Figal, para impregnarme del olor a frito y tabaco rancio que ha permanecido inalterable durante los últimos veinte o quizá cuarenta o cincuenta años. Es un destino común del atardecer, refugio de errantes y expendedor de tabaco. Allí, a pesar de la antipatía crónica del personal, me siento como en casa. Algún día que el encuentro de Mariana con el viejo se ha prolongado hasta la mañana siguiente, lo que no es habitual, he caído por La Cigala en la madrugada emborronada por el alcohol y he compartido unos �cafés con media docena de churros con el recepcionista del hotel, un hombre de mi edad entrado en la cuesta abajo, que me mira con una combinación de comprensión y desdén. Quiere entenderme, sabe lo que nunca le he contado y me desprecia por mi inútil espera. � Pero esta tarde está cerrado y, ya en la puerta, decido acabar por hoy. El aire se ha enfriado y la lluvia es cada vez más fuerte, sin transición ha oscurecido y el cielo de la ciudad aparece rojizo y pesado. Miro hacia la ventana de la suite que siempre le guardan al viejo y digiero como puedo la imagen que aparece en mi cerebro. Imagino el cuerpo flácido y blanco de él, con las gafas y los calcetines puestos, tumbado boca arriba mientras ese otro cuerpo todavía flexible y tan deseable, en el que aún se adivinan las marcas del bronceado, le apaga, le hace desaparecer haciendo que el plano se centre en su espalda. Y un fundido en negro, como en el cine antiguo, no me permite ver más. � Sé que me llamará al salir por si aún estoy por aquí, de esa manera le acompaño en el metro y nos ahorramos el taxi que le paga el viejo. Pero hoy no voy a estar, no me apetece fantasear al verla ni calcular cuantas pastillas ha necesitado él para poder hacerlo. � Subiendo hacia la boca del metro recibo un mensaje de teléfono en el que ella me pide que vaya a la habitación cuanto antes. Así que vuelvo sobre mis pasos, esta vez corro como si me molestara mojarme. Cuando llego al hotel la recepcionista me sonríe con sonrisa mecánica y vuelve a la pantalla del ordenador. Si yo hubiera sido el actor, al menos me habría mirado algo más. En la puerta de la habitación Mariana me espera a medio vestir. Con la blusa abierta mientras se ajusta la falda me abre la puerta y queda grabado en mi retina su ombligo y el negro de su ropa interior. El viejo está tumbado como me había imaginado, con las gafas puestas aunque descolocadas y los calcetines hasta media pierna. Su presencia de un blanco cerúleo destaca porque, a pesar de no respirar y de la mueca de dolor que le ha quedado en la cara con la mano derecha crispada sobre el pecho, conserva una miserable erección inútil y malgastada. � Sin hablarnos de nuevo, Mariana ha terminado de vestirse y revisa la habitación para ver si se deja algo mientras yo saco de los pantalones del viejo la cartera. La vacío con cuidado de dejar unos billetes pequeños y la vuelvo a poner donde estaba. El tipo lleva mucho dinero y creo que no lo va a necesitar. La cojo por el codo y cerrando detrás de nosotros nos vamos. En el ascensor, otra vez sin hablarnos, como siempre, me acerco a ella y lo que yo pensaba que sería un beso tierno y cálido en nuestra primera vez, se ha convertido en un salvaje intercambio de saliva y de manos. La recepcionista no está en su puesto, mejor. � La lluvia nos recibe saliendo del hotel de la mano. Hasta ahora, siempre que veía una pareja de mayores de la mano me imaginaba caminando con ella cuando el viejo palmara aunque tuviéramos que esperar al invierno. Pero no ha sido necesario esperar tanto. En el otoño, yo diría que ella aún está en el final del verano, con este dinero del viejo y con los magros ahorros de ambos vamos a viajar hacia el oeste. Allí buscaremos una� playa ancha donde hundiremos los pies en la arena y podremos esperar a que vengan las olas del invierno a salpicarnos. � El otoño nos ha sorprendido con la lluvia limpiando el aire de Madrid. Desde nuestra calle, al salir del metro, Mariana ha mirado hacia la Alameda y ha comentado lo bonito que está todo con esta lluvia y las hojas amarillas. El viejo ya no nos separa pero nos hemos despedido en su portal como siempre. Con el cuello del abrigo levantado camino por los Carabancheles y las hojas de los chopos hechas una masa resbaladiza se manchan del gris del suelo. |
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Entre la bruma La casa coronaba una pequeña colina de verdes pastos y estaba rodeada de� árboles frondosos. Era un caserío bien cuidado y espacioso, delante de cuyas puertas se extendía un jardín, cultivado con gusto y una huerta con un pequeño invernadero. Abajo, a lo lejos, se divisaba el mar y las curvas de varias carreteras comarcales, estrechas y zigzagueantes que descendían hasta él. Diversas casas de labor y algunos chalets pintaban de color el campo. Pawel subía esforzadamente la cuesta, parándose de vez en cuando a disfrutar del maravilloso espectáculo: los árboles amarilleando en la cima y las aguas grises y espumosas abajo en la costa. Caminaba ligero, mirando a un lado y otro, con las solapas de su viejo chaquetón subidas hasta las orejas para resguardarse del viento húmedo. Estaba a punto de llegar al caserón cuando rompió a llover con unas gotas gordas y heladoras. Una niebla espesa apareció de pronto envolviendo la casa� y casi desdibujando el camino por el que Pawel avanzaba. Cuando, por fin, llegó a su destino estaba completamente mojado y su pelo, rubio y largo, se pegaba a su cara incómodamente. Evaristo miraba a través de los cristales cómo aquel punto oscuro se movía en la carretera subiéndola trabajosamente. Aún dudaba si habría hecho bien o no, pero se hacía mayor y necesitaba alguien que le ayudara en casa y en las labores del campo y resultaba difícil al parecer, encontrar una persona que quisiera vivir en un� lugar tan retirado y solitario. Aquel hombre le había asegurado que no tendría inconveniente en quedarse allí una temporada y que le gustaba el campo. Evaristo sabía lo que era estar solo y alejado de los demás; conocía las noches de viento y los aullidos de los lobos que, por el frío y el hambre, en invierno bajaban desde los bosques altos a buscar alguna gallina u oveja, incluso alguna vaca, si el hambre era mucha. Sabía de las mañanas de primavera, cuando el sol salía iluminándolo todo, insuflando vida a lo que le rodeaba incluido él mismo. Había contemplado muchas puestas de sol en el horizonte de línea perfecta del mar, emocionado por los asombrosos tonos naranjas y violetas. Y ahora veía bajar la niebla lentamente ocultando el caserio entre su algodón y no dejándole ver al hombre que llegaba. Se pusieron de acuerdo: Pawel se quedaría a vivir en la casa; organizaría para él un rincón en el cobertizo que solía utilizarse para la matanza y que ya nadie usaba y se encargaría de las labores, la huerta y el invernadero. El viejo se ocuparía de las pocas gallinas y conejos que aún tenía. A cambio Evaristo le pagaría un sueldo aceptable, la estancia y la comida. Regatearon un poco, se dieron la mano y cerraron el trato. Pawel hizo sus cuentas y pensó que podría guardar casi todo su sueldo y además, permanecería apartado de los curiosos durante un tiempo prudente. El otoño se portó ese año como un invierno benigno. Al polaco le costó hacerse a aquel silencio y sobre todo a no poder alejarse demasiado de la casa. Muy de vez en cuando bajaba en la vieja Renault de Evaristo al pueblo más cercano y traía las cosas que les faltaban. La lluvia caía incesante envolviéndolo todo en aquella niebla que empezaba a resultarle familiar. Evaristo pasaba el tiempo mirando por la ventana, sentado en su butaca;� era un hombre� parco en palabras, hacía pocas preguntas y daba menos explicaciones.� Pawel sabía estar solo, pero llevaba mal estar encerrado, así que empezó a sentirse como un animal en una jaula. Una noche, mirando la televisión, el polaco se sobresaltó de pronto cuando se vio a sí mismo reflejado en las últimas noticias. ¡No se habían olvidado de él, los muy cabrones! Porqué no le dejaban en paz. Nunca quiso matar a aquel hombre, solo quería el dinero, pero él se empeñó en hacerse el héroe y no le había quedado otro remedio. Y después aquel guarda jurado haciendo de Harry el Sucio, que se interpuso en su camino y se buscó él solito el tiro que le había dado. Miró al viejo que dormitaba en aquella raída butaca a cuadros, junto a la chimenea encendida y se tranquilizó al ver que no se había enterado de nada. Aún no era el momento de marcharse de allí. Si el otoño resultaba tan frío, no quería ni pensar cómo sería el invierno y por nada quería pasarlo huyendo a la intemperie sin un lugar donde resguardarse. Había sido un milagro ver aquel anuncio en el periódico, cuando tomaba un café en la gasolinera mientras esperaba al autobús que lo llevaría a la frontera. Evaristo había cerrado los ojos rápidamente. Su corazón palpitaba a toda velocidad y por un momento pensó que iba a explotarle. Era incapaz de pensar, como si todas las ideas hubieran desaparecido de su cabeza. Pronto una sola martilleaba en su interior: ¡Es un asesino! Tenía en su casa a un delincuente peligroso y él estaba allí, solo y a su merced. Su cuerpo temblaba casi visiblemente, se sentía mareado, confuso y también aterrorizado. Pero permaneció quieto y con los ojos cerrados, como si durmiera profundamente, aparentando no haber visto nada. En la casa reinaba el silencio. Si Evaristo acostumbraba a hablar poco, durante todo el día siguiente aún estuvo más callado que de costumbre y Pawel permaneció sentado en un rincón de la cocina encerrado en sí mismo y rumiando sus pensamientos. Veía a su madre sangrando por la nariz, tirada en el suelo y a su padre dándole patadas como si hubiera perdido el juicio definitivamente. No pensó en lo que hacía, sólo decidió que iba a ser la última vez que aquel bastardo la golpeaba. Le dio tantos golpes con la sartén que la sangre salpicó toda la cocina. Se fue de Lubatówka esa misma mañana, no podía quedarse allí; cuando su padre se diera cuenta de lo sucedido lo mataría y si no, él mismo acabaría matándolo a él si se quedaba. Después de todo ¿qué futuro tenía en aquella aldea miserable?� Dio tumbos de un lado a otro y cada paso fue una carrera hacia el fondo, hasta que no pudo más. Ni siquiera lo planeó realmente la noche que asaltó a aquella mujer y le robó todo lo que llevaba encima. La muy puta se revolvió y en el forcejeo calló al suelo y se dio un golpe en la cabeza. No se enteró de que había muerto hasta que no escuchó la noticia. Y también supo que lo andaba buscando la policía. Salió huyendo. Huir era lo suyo, salir corriendo de todas las responsabilidades, escapar y olvidar. Esa era su vida. Había huido de su casa y había dejado allí, sola, a su madre con aquel energúmeno que decía ser su padre. Y después huyó de Valeria porque las cosas se complicaban, cuando supo que estaba esperando un hijo suyo y eso que estaba seguro de que la quería. Jamás había vuelto a verla. Y ahora seguía huyendo, una vez más, en aquel país extraño, tan diferente al suyo, sin apenas entender el idioma y sin papeles. Había vivido en relativa paz durante un tiempo, pero las cosas no iban bien para nadie y ya no encontraba trabajo en ninguna parte, ni siquiera uno de esos miserables para indocumentados así que, tomó el camino de siempre, el fácil. Entró en la joyería y atracó a aquel hombre. Había sido culpa suya que tuviera que matarlo. Fuera, el viento soplaba fuerte. Los granizos golpeaban las ventanas y un vapor blanquecino empañaba los cristales. Evaristo pidió a Pawel que lo llevara a la cama. No se atrevió a mirarle a la cara, su cuerpo temblaba cuando lo agarro por los hombros y lo condujo hasta su cuarto. Le ayudó a desvestirse� e ir al baño y finalmente le acostó y apagó la luz. Se quedó quieto, sin mover ni una pestaña. Estaba muy asustado pero finalmente consiguió tranquilizarse y decidió que tenía que hacer algo. Pero ¿a quién podía recurrir? Hacía mucho que se había quedado viudo y no habían tenido hijos. Su familia era lejana y además no vivían en el pueblo. ¿A quién podía pedir ayuda si el vecino más próximo estaba a 5 kilómetros por lo menos y nunca había hablado con él. Tomó una decisión. Consiguió levantarse con mucha dificultad y arrastrando los pies llegó hasta la cómoda, buscó en el primer cajón su teléfono móvil. Estaba, como siempre, apagado. No esperaba ninguna llamada de nadie así que solo lo encendía cuando tenía que usarlo por necesidad. Cuando lo hubo conectado marcó el 112 y esperó a que respondieran. Llamar a la policía sería lo mejor. Lo dejó sonar, pero nadie contestaba. ¡Venga, venga! Se decía, mirando llover a través de la ventana, las luces apenas brillando en la aldea, junto al mar. No le oyó entrar y tampoco sintió nada especial cuando le dio el golpe en la cabeza, mucho menos cuando se ensañó con él una y otra vez, hasta que su rostro sanguinolento le hizo parar, horrorizado por lo que estaba haciendo. El cuerpo del viejo se desplomó pesadamente y quedó allí tendido. Pawel se contempló las manos llenas de sangre y luego observó sus ropas salpicadas acá y allá por pequeños trozos de sesos y piel. Cualquier atisbo de expresión había desaparecido de su cara. Miró distraídamente por el ventanal, con aquellos ojos azules, fríos y distantes; la niebla lo cubría todo y atravesándola, tamizado por ella, un rayo de luna. Algunas hojas hacían su camino hasta posarse en la tierra mojada, amarillas, ocres, muertas Podría pasar allí lo que quedaba de otoño, se dijo y a lo mejor, con suerte, también lo peor del invierno. Arrastró el cuerpo del viejo hasta la despensa de la leña para la chimenea y lo dejó allí. Nadie le iba a echar en falta. Al menos, si alguien lo hacía sería después de un tiempo, el suficiente para que él hubiera desaparecido. Luego pensaría lo que iba a� hacer con él, ahora se iba a dormir. |
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EL OCEANO PODRIDO El hombre era pequeño y enfermizo, débil, tanto que nadie vio necesario atarlo a la silla. Braulio Marestango, ingeniero técnico industrial, ingeniero técnico informático, políglota y genio del crimen. Estaba rodeado de polis que, en poco tiempo, dejarían de ser polis; pero no estaban en una comisaría. ¬
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EL PRÓXIMO OTOÑO En Madrid, a tres de noviembre de 1990 � Sr. Juez:
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DÍAS DE LLUVIA 1 de noviembre Hoy no hay clase. Los comercios están cerrados. Toca ir al cementerio a rendir homenaje a los difuntos. Mis padres han preparado un ramo de lilas y flores amarillas. Van a visitar la tumba de los abuelos. Por la mañana temprano se ha puesto a llover y todavía sigue. 2 de noviembre Vuelta al colegio. No para de llover. Mi madre me ha obligado a ponerme el chubasquero. Dice que tenga cuidado con los charcos y que en la parada de autobuses no salga del refugio. A última hora, en clase de matemáticas, el profesor me ha puesto un cero. Ha sido porque había olvidado el cuaderno de actividades. 3 de noviembre Los informativos comienzan a hablar de ello: hace tres días que no para de llover. Los más viejos del lugar afirman que allá por el año cincuenta y tres o cincuenta y cuatro había estado lloviendo una semana entera. Pero entonces era el mes de abril y no el de noviembre, como ocurre ahora. En una granja situada al borde de la ribera los propietarios tienen miedo de que los establos queden inundados a consecuencia del desbordamiento del río. 4 de noviembre Lo de la granja se ha confirmado hoy. Con remolques y tractores, han intentado salvar los animales. Parece que el heno y la paja amontonados en el hangar se perderán irremediablemente. No se habla de otra cosa en todo el pueblo. Acaba de llegar un equipo de reporteros de la capital para cubrir la noticia. Estamos en la primera semana de noviembre y, por extraño que parezca, la lluvia sigue siendo la noticia estrella de toda la comarca. 5 de noviembre Es una lluvia fina y constante, sin arrebatos de violencia, aunque de vez en cuando un golpe de viento la vuelve irascible: se forman remolinos de hojas amarillas y papeles de periódico. Todo, desde la cumbre del tejado hasta la última piedra del jardín, permanece empapado y ennegrecido a causa de la humedad galopante. Por vez primera han interrumpido las clases en el establecimiento. El director ha dicho que muchas carreteras siguen cortadas. He pasado media tarde detrás de la ventana de mi cuarto, observando cómo llueve. Los cristales se limpian una y otra vez con esas gotas que no se acaban nunca. Desde la sala, mi madre me llama para la merienda. He creído notar que estaba de pésimo humor. 6 de noviembre Sexto día de lluvia. No exagero si digo que en todo este tiempo: 144 horas, 8640 minutos, no ha cesado de llover ni un segundo. Mi hermano pequeño, que muchas veces se empeña en llevarme la contraria, sostiene que en el segundo o tercer día (no se acuerda bien) la lluvia se había interrumpido por la mañana media hora. Pero esto no se puede verificar y yo sigo opinando que el goteo ha sido continuo. Nos hemos empezado a pelear por esta razón y mi padre, que anda últimamente mal de los nervios, nos ha mandado callar. 7 de noviembre Esta vez sí que es para asustarse: el alcalde acaba de publicar un bando según el cual el treinta y siete por ciento de las casas están con los pies en remojo. Los charcos se han convertido en marismas. Las calles son intransitables. El río ya no conoce límites. La mayoría de los cobertizos se han venido abajo, con estrépito de vigas rotas, maderas que crujen al partirse y cristales que estallan en mil fragmentos. Nuestra casa está en lo más alto de un repecho; pero cada minuto que pasa vemos cómo el agua se va acercando lenta y sigilosamente a la puerta. Por todas partes asoman los bomberos. Las autoridades empiezan a hablar de evacuación. Mi hermano y yo hemos dejado de pelearnos. En estos momentos nos domina el miedo: a duras penas logramos contener las lágrimas. 8 de noviembre Mi madre busca desesperada en los cajones las cosas que no quiere que se pierdan. Dice que el agua lo echará todo a perder. No le importa si se mojan las fotos, los muebles, los electrodomésticos o la porcelana. Para ella lo peor sería encontrarse más tarde con la ropa hecha una ciénaga por culpa de esta lluvia que no cesa. Mi padre ha salido en busca de la furgoneta. No está seguro de que vaya a ponerse en marcha ahora, justo cuando más la necesitamos. El ejército está visitando las casas, una por una, para asegurarse de que las desalojan sus habitantes. Los telediarios anuncian que el dique, situado a unos dos kilómetros río arriba, está a punto de ceder a consecuencia de la tromba de agua. ¡En ocho días ha caído del cielo una cantidad equivalente a la de todo un año! Encontramos el lugar de reunión a diez kilómetros de distancia. En un pueblo próximo al nuestro han convertido el gimnasio municipal en el centro de acogida para los refugiados. Filas de colchones ocupan un suelo liso y azul, donde alguna vez había jugado a futbito con los compañeros de colegio. Junto a la entrada hay un tenderete donde el personal de la Cruz Roja sirve café y tazones de sopa caliente. Hacemos cola, como todo el mundo, y depositamos luego nuestras pertenencias en los tres colchones que el encargado nos había asignado. 8 de noviembre (de madrugada) Oigo aullar el viento. Me pregunto si esta nave de hojalata resistirá las acometidas de un tiempo furibundo. Más allá, un niño pequeño no para de gemir. Yo sé que la gente hace como que duerme, pero en realidad mantiene los ojos bien abiertos. A mi lado mi hermano se agita, se estremece, me golpea alguna que otra vez con el codo y las rodillas. No me queda más remedio que soportarle ya que compartimos el mismo colchón por falta de plazas. 9 de noviembre «¿Cuándo podremos regresar a nuestras casas?», esta es la pregunta que más se oye en el recinto cuadrado. Por desgracia, nadie conoce la respuesta. Algunos señores vestidos con chándal escuchan las últimas noticias con una radio portátil pegada a la oreja. A estos privilegiados les rodea una turba que también quiere estar al tanto de la actualidad de los acontecimientos. Mi padre y mi madre, por el contrario, no parecen sino cada vez más distraídos y ajenos a todo cuanto sucede en el mundo. Hablan en voz baja, como si temieran despertar más aún la cólera de los cielos. � 10 de noviembre Un silencio repentino se ha hecho en el coro de los que seguían los acontecimientos a través de las radios. Un silencio pavoroso. La lluvia ha sonado dentro de nuestras cabezas con más estrépito que nunca. A fuerza de oírla, muchos de nosotros no la sentíamos siquiera. Pero este silencio la ha devuelto a la realidad. La lluvia constante es ahora la única realidad que cuenta, lo único que sigue ocurriendo ahí afuera. Al cabo, los hombres se han llevado las manos a la cabeza, mesándose con horror los cabellos. Alguna que otra mujer ha dejado escapar un grito. Era la señal que todos estábamos esperando. Los gritos, gemidos y lamentos se han comenzado a expandir por toda la nave como una ola invisible. Los de mi familia nos hemos acercado asustados hasta el grupo y, poco a poco, recogiendo los rumores que se esparcían de manera caótica, nos hemos enterado al fin del suceso: un corrimiento de tierra ha destruido las tres cuartas partes del pueblo. 11 de noviembre Al mediodía saldremos rumbo a un destino ignorado. Algunos comentan que el ejército pretende trasladarnos a la ciudad más próxima. Otros creen que el lugar escogido será una población que tenga puerto: Gijón parece la más probable. En realidad, nadie sabe adónde iremos a parar. La lluvia persiste, monótona. Ahora que sabemos que nuestra casa se ha ido a pique junto con las otras, me llama la atención que solamente tres asuntos distraigan mi pensamiento: ¿cuánto tiempo durarán las pilas de mi linterna de bolsillo? ¿Qué haré si al concluir el cuaderno donde escribo este diario no encuentro otro que me sirva de recambio? Y si mi bolígrafo bic de tinta azul agota su cartucho cualquier día de estos y yo sigo sin dar con una tienda donde poder comprar uno que lo reemplace, ¿qué otra cosa podré hacer sino escribir con la imaginación? Mi hermano acaba de darme un codazo: ha llegado el momento de subir a la parte posterior del camión con lona verde. Es un vehículo del ejército de tierra. Pero resulta que la tierra la vemos cada vez menos: en las zonas más altas el suelo aparece repleto de barro; en las más bajas un mar que refleja el cielo encapotado lo cubre absolutamente todo, hasta donde alcanza la vista. |
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Voces de otoño. Esta mañana la madeja de cabellos que has separado del cepillo después de desenredarte es más voluminosa de lo normal. Será el otoño. Será. Ponte las horquillas para que no se te venga el pelo a la cara. Y ahora la crema “siete soluciones”. No soluciona nada, pero al menos te permite mantener la ilusión de un envejecimiento más lento. Habría que verme si no la usara. Eso es verdad. Una ligera pasada con el roll-on anti ojeras, un suave toque de maquillaje, la barra de labios, una discreta raya perfilando los ojos y una caricia de sombra en tonos tierra. Apropiados para la mañana. Muy guapa. Sí señora, monísima. El uniforme de trabajo del Excmo. Ayuntamiento de Torre del Valle no luce mucho, pero vas muy pintona. El escudo se está borrando, esa cruz sobre ondas parece un palo comido por termitas. En diciembre nos darán uno nuevo. Mira por la ventana, hace más frío hoy, lo mismo ha helado. Anoche estaba raso. �—¡Mierda! Si ya lo sabes, ¿de qué te sorprendes? Aquí no hay ni otoño ni primavera; un día en manga corta y al siguiente con guantes y bufanda. Sí, busca el gorro y saca el chaquetón. Y las botas de invierno. Sí que hace frío, el termómetro del coche marca dos bajo cero. Buen día para trabajar en la calle. Hoy no sudas. A ver dónde te toca. Claro, claro. Anda, mira: te ha tocado con Damián, qué suerte, ¿no? Últimamente os ponen juntos muchas veces. ¿Crees que se lo pedirá él al encargado? Eso te gustaría, ¿verdad? Eso es una tontería. Por supuesto, ¿qué pensabas? Yo sólo te decía lo que te gustaría. Por ahí puedes engañarlos a todos, a mí no puedes. Plaza y calles adyacentes. Buen sitio, no hay árboles. ¿Has visto eso? Damián te ha sonreído y te ha guiñado un ojo. Eso es, deja volar tu imaginación, vamos. Seguro que le gustas, seguro que piensa en ti, seguro que está esperando el momento ideal para decirte que siempre te ha querido. Eso es, vuela... y pégate el pescozón. Sólo intenta ser amable. Es un saludo a una compañera de trabajo. No seas niña. Ya lo sabía. Sí, lo sabías. Cuidadito ahora porque hay hielo en el suelo y ya no estás en edad de caerte. ¿Qué hace Damián? Está tonto. Pues ¿no está bailando con la escoba? �—Damián, ¿qué haces? Habrá que reírse. No, si hacer el tonto siempre se le ha dado bien. ¡Eh! Que viene hacia aquí y ha soltado la escoba. ¿Qué quiere éste ahora? ¡Que te agarra por la cintura! ¡Qué te… �—¡Ay! Suelta, tonto. Que me tiras. Éste te mata. Está como una cabra. Pero te hace gracia, ¿cuánto hace que no te ríes así? Se oye una puerta. Es doña Julia y vosotros medio abrazados. �—Buenos días. Os ha faltado tiempo para separaros. Ya daba igual, os ha visto y sus ojos podrían aprobar fácilmente cualquier oposición para juez o fiscal. �—Buenos días. —Qué formalitos respondéis. Se acabó la tontería. A barrer. ¿Empezamos otra vez a soñar? Te ha abrazado… No hay nada que soñar. Ha sido una broma, sin más. Tienes la nariz helada. Este trabajo es una mierda, te cueces en verano y te congelas en invierno. Y dando gracias, que ni llueve ni nieva. Éste es tu pasado, tu presente y tu futuro: un trabajo de mierda, una vida de mierda. Ningún trabajo es malo y no me puedo quejar de mi vida. ¿Lo dices en serio? ¿Te lo estás creyendo mientras lo dices? Qué gracia me haces. Hasta crees que te lo crees. Sigue, sigue… es tan divertido. No levantes la cabeza, por ahí viene la mujer de Damián. Aprovecha para ir a vaciar las papeleras, así te alejas un poco y no tienes ni que saludarla. Antes os llevabais bien. Y ahora. No nos llevamos mal. Ya, amigas íntimas ¿no? Hace mucho que la detestas, no lo niegues. Te viene de frente, no has andado lista en el cambio de dirección, tienes que saludar. Ella me ha saludado igual. La excusa perfecta. ¿Por qué los estás mirando? No deberías, haz tu trabajo y deja que hablen tranquilamente. ¿Sigues mirándolos? ¿Te gustaría saber qué dicen? Yo te lo cuento: “¿dónde vas? A la frutería, ¿quieres arroz para comer? Lo que tú quieras, cariño. Pues arroz entonces, no te entretengas cuando acabes, que ya sabes que el arroz se pasa. A las tres y media como muy tarde estoy allí. Entonces echo el arroz a las tres, pero no tardes. Que no, que no tardo.”� ¿Quieres que siga? Sí, ésas son las conversaciones estúpidas que tienen los matrimonios. Ya se va. Te está diciendo adiós con la mano. Responde, no seas mal educada. No ha sido tan difícil. Venga, lo estás deseando, dime lo que piensas de ella. Arráncate, si sólo te voy a oír yo, ¿te ayudo? Tonta, idiota, estúpida, necia, mema… mi vocabulario se agota, sigue tú. Es una buena chica. Algo tendrá cuando Damián se casó con ella. Era muy guapa, también era simpática. También tú eras simpática, lo sigues siendo, más que ella. Y no era guapa, era joven como lo fuiste tú. Tenéis la misma edad, ella los cumple en agosto y tú, ahora, en noviembre. ¿Ya? Coño, ya mismo. ¿Qué día es hoy? Dieci… saca el móvil y lo miras. Dieciocho. Pues no es que te lo diga yo, es que es hoy tu cumpleaños. Cincuenta y cuatro castañas, chavala. ¿Quién te ha felicitado? Espera, que cuento… nadie. Tampoco he visto a mucha gente. No, sólo a medio pueblo. Estás en la plaza ¿te acuerdas? No ha parado de pasar gente desde que doña Julia os pilló. Y el teléfono no ha parado de sonar, ¿verdad? Es pronto. Prontísimo, es la hora de almorzar, ¿no lo has visto en el móvil antes? Anda, avisa a Damián. ¿Vas a invitar tú? Claro, es tu cumpleaños. ¿Se lo vas a decir? No, esperas que se acuerde. Esperas que la invitación le dé una pista. ¿Te juegas algo a que él tampoco te felicita? No le importas. No tengo por qué importarle. Pues claro que no, niñata engreída. No eres nadie, métetelo en la cabeza. Parece mentira que a tu edad sigas pensando que algún día llegará tu momento. No vendrá. Pasarás los días barriendo calles, quemándote la cara en verano y curándote sabañones en invierno. Damián se casó con otra y con otra seguirá casado. Tus antiguos novios huyeron, tus amigos no existen, tu familia eres tú. Morirás y nadie te echará de menos. Nada sería distinto si no hubieras nacido. ¿Qué te pasa en el estómago? ¿Qué es esa sensación desabrida que notas? ¿Te encuentras mal? Yo sé lo que es. �—¡Damián! ¿Te vas a ir a casa? ¿Qué le vas a decir? ¿Vas a llorar? Lo que me faltaba por ver hoy. Sí, llora, haz evidente toda tu miseria. ¿Quieres dar pena? �—Damián, me encuentro mal. Algo me debió de sentar mal anoche y tengo el estómago revuelto. A casita a llorar. Como si así se solucionara algo. No te va a llamar. Cuando vuelva a casa sólo se acordará de ti para justificar su tardanza con su mujer, después desaparecerás de su cabeza y si mañana no vienes, no lo notará. ¿Vas a llorar? Por fin en casa. Se agradece el calorcito al entrar. ¿Qué es lo que agradeces? Párate y escucha. Silencio. Nadie te espera. No hay calefacción que arregle eso. ¿Cómo es esa canción que te gusta tanto? Ah, sí: “el reloj de la suerte marca la profecía, deseo, angustia, sangre y desamor... estoy ardiendo y siento frío”. Manolo Tena. ¿La cantamos? Búscala y ponla, la tienes. Me apetece oírla. No quiero oír nada. Te vendría bien un perro. O un gato. O un pez. Incluso una ladilla. ¿Qué tal una rata? Acostúmbrate de una puñetera vez: mi voz será la única que te hable. Y créeme, cada día me importas menos. ¿Otra vez esa sensación en el estómago? Eres una mierda, ni siquiera vales para enfrentarte a ti misma. Mírate, al final te has puesto a llorar. ¡Cállate! ¿Se puede saber qué te pasa hoy? Será. Cállate. Y ahora quítate esta ropa, date una ducha y prepárate algo para comer. No creo que hoy coma, no tengo… Que te calles. � � |
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Der Herbst
El árbol, nudoso, yermo desde la base del tronco hasta el ápice de la rama líder, se vence a la izquierda del marco que habita, labrado en madera de castaño. Sus ramas se adentran más allá del lienzo, buscando algo, ¿descanso eterno? El suelo que una vez le sirvió de alimento, aparece cubierto de piedras: ásperas, inanes, feas. La noescena, el árbol muerto, ocupa un tercio de la pintura; el artista ha cubierto todo lo demás de color azul turquesa, tan luminoso como una sala de maternidad en las mañanas de domingo. Mancillan ese cielo algunas nubes, hechas de pinceladas blancas, huidizas por el simulado efecto del viento: parecen la advocación del agua que traerá de nuevo la vida al paraje. Una placa de metacrilato informa del título: “Otoño”. A pocos metros de esta obra, una serie de cinco monitores, situados en estructura escalonada, semejan una cascada de agua. El superior, muy pequeño, proyecta el vídeo de un torrente de montaña, vigoroso y perenne; el siguiente, algo mayor, continúa mostrando el curso de agua, más abundante, menos precipitada; y así, la secuencia alcanza al último, situado directamente sobre la tarima del suelo; sus cincuenta pulgadas son un remanso de agua contenida, una escena robada en cualquier lago. Poyas Karamanlis, crítico de arte, cincuentón, de aspecto envejecido, observa la instalación de monitores, bautizada “Las edades del agua”, sin despegarse del espacio que domina el cuadro del árbol. Viste un terno gris, unos zapatos de piel de potro, gastados; rompe su monotonía la corbata de colores, tantos, que cualquier mujer intuirá fácilmente que vive sólo. Ha viajado desde una ciudad próxima para tomar notas de la exposición de Rolena Machbar, artista otoñal, otrora amante de Poyas, y que le mantiene al día de su periplo cultural, tanto por motivos de promoción como personales. Ella no le ha visto aún, atareada entre salutaciones efusivas y guiños obligados a posibles compradores. Anfitriona cerval y nórdica. Enfundada en un pantalón de amazona, negro, que acompaña de un jersey verde oliva y unas botas de caña, en tonos tabaco. Un collar de ojos de tigre, sobre su pecho, redondea su apuesta. Una mujer espléndida. La melena, pelirroja, natural, funciona como un imán para quienes se han acercado hasta la galería. La obra, poco reconocida hasta la fecha, se beneficia de la buena prensa de que gozan los cócteles que acompañan a cada una de sus exposiciones desde hace unos años, siguiendo los consejos del crítico y amigo. Sus miradas y sonrisas se cruzan antes de que el deseo de abrazarse haga acto de presencia; es Poyas quien decide encaminarse hacia el centro de la velada. Rolena le guía desde la distancia, con una mirada profunda y una sonrisa franca. —El árbol tiene posibilidades. Inspira. —Se expresa sin emoción, como acostumbran a hacer todos los solitarios. —¡Qué gusto me da volver a verte, griego del demonio! —Efusiva, le abraza y le besa en los labios, poniendo tal calor en sus actos, que cualquier director de cine la acogería en su seno. Expléndida, como Rita en blanco y negro. —Te veo muy bien, Rolena. Me alegra comprobar que la operación no ha restado posibilidades a tus dotes comerciales. —Poyas, siempre tan comedido, tan parco en la expresión de las emociones como un telegrama de compromiso. ¿Has venido sólo? —Rolena se expresa con voz alegre y profunda, similar a la que emplearía una locutora a la que acabaran de besar en la entrepierna. La primera dosis de palabras del griego se ha terminado. Por fortuna, le rescata del vacío emocional un admirador de la artista, quien desea presentarla a varios compradores potenciales. Mientras se alejan, el griego rememora la última vez que se vieron, en Canadá, durante la retrospectiva dedicada a Kandinsky, En comparación con la obra del ruso, Rolena tiene una afición por lo banal e inmediato que la ayudará a triunfar en poco tiempo. Él opina que su mejor activo es ella misma, pero el mundo actual contemplará la obra de esta artista otoñal de 45 años como la gran esperanza estonia, su país de origen. Se entretiene en tomar algunas fotos y anotaciones sobre los cuadros y montajes. Uno, especialmente divertido, llama su atención. Se trata de dos figuras de madera en posición de hacer el amor. Son dos muñecos de los que pueden encontrarse en las casas de tramperos canadienses, quienes les visten como a seres humanos y les hacen adoptar cualquier postura, para disimular la soledad que encuentran en el bosque durante la temporada invernal de caza. Poyas adquirió algunos y los situó en diversas estancias de su domicilio permanente. Rolena reaparece de improviso, colgándose de su brazo y arrastrándole hasta la salida. —¿Nos vamos a cenar? He quedado con unos amigos. —Tiene la confianza de las mujeres poco acostumbradas a decir lo siento, a pedir permiso. Él no se resistirá. Habla con la necesidad de ponerse al día, mientras él se conforma con ser el objeto de sus preguntas. Caminan con ligereza, disfrutando de la temperatura otoñal que se ha apoderado de las calles; los días se acortan, como si la crisis hubiera afectado a todo el universo. —Quiero regresar a mi casa para preparar una nueva exposición. Dedicada a los hombres de madera; ya sabes dónde me inspiré para las figuras que has visto en la exposición. —Has mejorado durante estos años —miente Poyas, que tiene un concepto deformable sobre la verdad de las cosas; especialmente cuando se trata de opiniones, tan volubles. —Se confirma que no hay obra interesante antes de que se cumplan los cincuenta. —¡Eh, señor crítico! A mí, aún me faltan unos años para alcanzar esa cifra. Además, nunca he estado de acuerdo con esa teoría. De hecho me interesan más las vanguardias juveniles que los remansos burgueses a los que tan frecuentemente aludes en tus crónicas. No me imagino gritando ¡Qué barbaridad!, frente a cualquier innovación, como hacéis los otoñales, anclados en lo perenne, incólumes al acontecimiento que presagia el amanecer. —¿Te refieres a mi intransigente sorpresa ante las modas? —Por toda respuesta, ella asiente, confiando en que Poyas se anime a compartir ideas. —Prefiero cualquier obra madura, cuando el artista ha llegado a ser consciente de que nada permanece, que esas memeces juveniles cuyo principal objetivo consiste en crear algo que dure para siempre, en un ejercicio de bondage amateur, ataduras instintivas que apenas sirven para cubrir la ausencia de ideas. —Cuando hablas así, me pregunto si no me habré equivocado al mantenerte en mi lista de amigos. —Al menos, espera unos años para borrarme de la de amantes efímeros. Mantengo una buena provisión de viagra china en la nevera. Para cuando se produzca nuestro reencuentro. —Poyas se sorprende al escucharse, anacoreta despertando al deseo que la rotunda femineidad pelirroja le despierta. Ensimismados y lúbricos, cruzan un parque desvestido de colores otoñales y oscuros, cuyo suelo aparece cubierto de hojas y basura, descuidado. Ha anochecido y el fresco se apodera del ambiente; ella se arrebuja contra él, buscando el calor que atesora su solitario amigo. Sucedió en un momento. La jauría cayó sobre ellos, cual barahúnda de perros salvajes. La primera bofetada dejó al griego sin respuesta, como si acabara de volver a la infancia, cuando eran tan frecuentes y arreciaban sobre él por el motivo más nimio. Rolena trató de defenderse. Inútilmente. La alejaron de él, que poco antes cayó al suelo; le registraron y le robaron, mientras rompía a llorar de impotencia y escuchaba: «Un pasaporte. Nos darán su buen dinero por él. Coge la cámara. El móvil déjalo, es un cacharro. Vamos a seguir con ella. Este ya no vale para nada» Le golpearon de nuevo y le escupieron, abandonándole. Yace en el suelo, inmóvil, con la cabeza ladeada y uno de los ojos abierto. Oye aún los gritos de Rolena, cercanamente lejos, inalcanzables. Acerca el brazo hacia el móvil y consigue marcar Emergencias. Se despierta en la habitación de un hospital, de paredes verdes, olor a medicamentos, soledad y desinfectante. Le recuerda a las residencias británicas regentadas por monjas anglicanas desde los tiempos del Thatcherismo, cuando se instauró la masacre silenciosa, para abaratar costes en la Sanidad. Le han desnudado. Tiene un brazo escayolado; el yodo parece cubrirle hasta la zona del alma. Le duele la cabeza, como si le hubieran cosido. Consigue ver a dos personas, policías, que hablan cerca de la puerta del dispensario. Al comprobar que está despierto se le acercan e interrogan. Él pregunta por Rolena. Uno de los policías baja la mirada y niega con la cabeza. Tres días después abandona el hospital. No ha recibido llamada ni visita algunas. El silencio forma parte de su rutina. Toma un taxi que le deja en la estación de tren. Pocas horas después llega a casa. Antes de comprobar que todo continúa en su lugar, abre el mueble bar y se sirve una copa de vodka. Rolena viene a su memoria; suelta el vaso y rompe a sollozar, mientras se le atascan los recuerdos: la voz, el pubis rojizo, la melena a juego, la exposición que visitó en Berlín, durante la reunificación, las obras de la reciente muestra, los gritos de ella en el parque, su propia impotencia. Antes de que el sentimiento le anime a consumar la intoxicación etílica, rescata el móvil de entre sus ropas y habla con la galería, como si el acto que va a realizar pudiera redimirle de la sensación de zozobra y culpa que va ocupándose de todo él. Confirma la disponibilidad de la obra y cierra su adquisición. Le han solicitado un precio desorbitado (aprovechando la infame fama que otorga la muerte precipitada y violenta del creador a sus posesiones) pero insuficiente para arrancarle otra sonrisa a su querida amiga. El funeral se celebrará en dos días. Decide marcharse a Navarra. El invierno entrará en pocas semanas, y hay que aprovechar los colores del bosque de Irati, inigualables en este tiempo. Espera que el violento rojo de las hojas del fresno blanco le llene del color de la amistad perdida. Que el bosque le cure. Para mantenerse vivo tiene que renovar la tristeza. (editado por errores de formato) |
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La incógnita: Había pasado la mañana encerrado en sí mismo y deseando que todo acabara. Inquieto. Con esa extraña sensación de que olvidaba algo… Braulio era un tipo integro y trabajador de los que ya no quedan. De los que te gustaría encontrar por la calle cuando, perdido, deseas que te guíen a un destino que desconoces. De los que encuentran billeteras vacías extraviadas y las devuelven repletas. Era un hombre de mirada seria y andar pausado. Parco de palabras y gestos, no solía mostrar sus sentimientos a los demás por aquello de guardar las formas, pues su carácter hierático y su férrea disciplina de buen matemático le exigían actuar de ese modo. Por ello, no dijo nada a nadie. Lo ocultó hasta el último momento, e incluso hizo prometer a Moisés, el director, después de que éste recibiera la comunicación desde el Ministerio, que también él guardara silencio. >, le dijo Braulio. >. Y es que, a buen seguro, lo habría pasado mal si alguien se hubiera enterado y le hubieran montado una fiesta como las que se celebraban habitualmente cuando alguna joven compañera volvía de su baja maternal. Entrañable y bonachón como pocos, Braulio nunca pudo disimular su cariño por el alumnado, pero siempre requirió un trato formal durante sus clases. Y únicamente por este motivo, el “chivo” o “bizcochón”, que era cómo le llamaban a escondidas sus pupilos, se transformaba en Don Braulio detrás de la enorme mesa de profesor desde la que defendía sus explicaciones y magistrales disertaciones. Le llamaban “el chivo” por esa manía tan suya de mesarse la perilla y mancharla del polvo de tiza acumulado en sus manos durante las clases; y “bizcochón”, por el ligero estrabismo que padecía y que ocultaba tras unas intemporales gafas de pasta. Nunca las cambió pues las modas no iban con él; sólo le preocupaban las >: sus ecuaciones, fórmulas y teoremas. Y los artículos que enviaba periódicamente a una revista de álgebra y estadística. >, pensó. >. Braulio paseaba cabizbajo con la mirada perdida en las baldosas de la clase, aquellas que tantas veces había recorrido en las vigilantes horas de exámenes. Doscientas treintaitrés, exactamente. Le gustaba aquella cifra: número primo. Se detuvo en la última fila de la clase junto a los percheros y se acomodó en la mesa de la esquina, que durante ese último curso había pertenecido a Aarón; un gitanillo más listo que el hambre, y al que Braulio había estado reprendiendo durante más de medio curso por su mala conducta. Él fue su preferido ese año. Tenía predilección por los más traviesos, los menos dóciles, los problemáticos. Porque también por eso se hizo profesor; no sólo para impartir conocimientos. Echó un vistazo a la clase y se despidió de todos cuantos objetos se mostraron ante sus ojos. Los murales de los chicos y los posters de científicos que adornaban las paredes, los armarios atestados de exámenes y libros de escolaridad, su mesa, el encerado… ¡Ay, el encerado…! Hizo un aparte con su inseparable compañera, la pizarra, que, como él, habría de ser sustituida el año siguiente. Una “anónima” donación al colegio proveería a los alumnos de nuevos y flamantes ordenadores y también de una moderna pizarra digital. Alguna con lucecitas y botones, mucho más actual y novedosa, sin duda, pero ¿más útil y eficiente? Tal vez. Quiso pensar que así sería. Desde su atalaya del último piso, y a través del amplio ventanal, observó el patio por última vez. El paisaje había cambiado mucho con los años. Las canchas de fútbol y baloncesto ya no eran de tierra, ni siquiera de grava, y bien que lo agradecían las rodillas de los chavales… El nuevo gimnasio se erigía majestuoso al final del recinto junto a la biblioteca, y allá, tras las verjas, ya no había campo ni ovejas que pastaran en él, sino viviendas de no tan reciente construcción. Braulio se dio cuenta que lo único que no había cambiado era él. Seguía vistiendo sus perpetuos pantalones de pana y luciendo orgulloso su inmaculada bata de laboratorio. Aquel era el único gesto pretencioso que se le conocía: un pequeño homenaje a lo que pudo ser su pasado y no fue, cuando decidió frustrar sus sueños de investigador y científico por la vocacional llamada de la docencia. Miró su reloj. Las manillas anunciaban la hora de salida y echó en falta la ruidosa sirena y la no menos estruendosa algarabía estudiantil que, en tumultuosa y apresurada peregrinación, abandonaba diariamente la clase para dejarla en huérfano silencio. Como ahora… El aula callaba y sólo se oían sus pensamientos. En la puerta le aguardaba una caja de cartón con algún libro en su interior y una pequeña jardinera con geranios. La que durante años había adornado la ventana de la esquina junto a su mesa. Se despojó de su bata y la dobló con pulcritud depositándola junto al resto de sus enseres. Lo recogió todo y cerró la puerta dejando media vida a sus espaldas. Y se dirigió silencioso hacia las escaleras evitando los corrillos de compañeros que se deseaban feliz descanso y buen regreso después de las vacaciones. Así fueron los últimos momentos de Braulio en el colegio. Los últimos instantes de Don Braulio, “el chivo”, “bizcochón”, el profesor. Se fue de manera discreta y recatada, como era él. Con sobriedad castellana en sus andares y nostalgia en sus pensamientos; con la conciencia tranquila del trabajo realizado. Casi consiguió que nadie se percatara de su salida, pero una mano áspera y vigorosa se posó en su hombro obligándole a detenerse. -¿Se nos va usted? –le preguntó Julio, el conserje. -¿Cómo lo ha sabido? ¿Quién se lo ha dicho? –el profesor comenzó a mirar a ambos lados temiendo la llegada de nuevos conocidos. Julio miró las plantas que portaba Braulio alzando las cejas y estirando el cuello hacia ellas. -¡Ah! Ya…, los geranios –sonrió aliviado Braulio-. Sí, Julio. Hoy es mi último día en el colegio –se sinceró-. Ya no hará falta que me las riegue como otros veranos. -Y no le ha dicho nada a nadie, ¿a qué no? ¡Mira que es usted raro, Don Braulio! ¡Buena persona…, pero raro! –El conserje comenzó a ladear la cabeza a la par que sonreía levemente, como lo haría un cura tras escuchar los pequeños pecados de un infante-. ¿Y a qué va a dedicar el tiempo ahora? -Pues… –Braulio echó a andar camino de la verja para huir de las incómodas palabras de Julio-, tal vez a ellas –bromeó señalando a las plantas. -¡Que le vaya bien, Don Braulio! ¡A disfrutar la vida! –le vociferó mientras terminaba de barrer la entrada del recinto con brío. El profesor se alejó por la acera cargando con sus preciados geranios y el resto de sus bártulos, y sin dejar de pensar en su breve y reciente conversación con Julio. Se mostraba confuso. Mucho. Aunque por fin hubiera recordado lo que “olvidaba”… Él, que toda su vida se había dedicado a resolver complicadas ecuaciones e intrincados teoremas, y que se desenvolvía con inusitada soltura entre oscuras fórmulas algebraicas, se revelaba incapaz de despejar aquel último interrogante: la sencilla incógnita planteada por un humilde conserje de colegio. >, se repitió a sí mismo. >. |
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OTOÑEANDO –¡Hola a todos! Siento llegar algo tarde pero hoy he recibido un terrible golpe, un horrible impacto emocional. Darío se acercó a Megg y la besó en la frente. –Querida, toma en señal de admiración, respeto y cariño. Lamento llegar tan tarde pero me siento algo desanimado y he necesitado tomar un whiski antes de venir para no influiros con mi desánimo –y le entregó un enorme ramo de rosas blancas. –¡Gracias, Darío, tú siempre tan galante! –Megg le tomó la mano mientras le miraba sonriente –¿Es verdad lo que cuentas o es otra de tus muchas bromas? –Permíteme, antes de contestarte, servirme un whiski de esa botella que tanto me gusta; luego te contaré, pues también a ti te afectará. Todos los presentes le miraban mientras él, Darío, el único soltero que quedaba entre los amigos, conocedor de la admiración que despertaba en las mujeres y envidia de los hombres, se servía con parsimonia su necesitada bebida. Lentamente, saboreando bebida y momento, se acercó a ellos. –Hoy, posiblemente el día más triste de mi vida, he tomado conciencia de una situación irreversible y, al mismo tiempo, desesperante. –¿Pero nos dirás qué desesperada tristeza te acongoja o aún pretendes mayor audiencia? Somos solo los que estamos, nadie más falta –intervino Henry sonriendo. –¡No me hieras con tu sarcasmo, querido amigo, hoy mi emotividad está al límite de mis fuerzas –y mirando a Megg, mientras se acercaba a ella, esperando algún cariñoso gesto –tú sí me entiendes, Megg, no le permitas que me ataque en estos momentos tan tristes –y se sentó junto a la silla de ruedas en la que Megg vivía desde un accidente de automóvil, hacía ya cinco años. –¿Nos contarás de una vez tu problema, Darío; estamos todos en ascuas –Anna, la mujer de Henry, se levantó de la mesa soltando las cartas, al mismo tiempo que dirigiéndose a Louis le decía –No voy Frank, igualmente, soltó sus cartas. Luego, colocándose de lado a la mesa de póker, miró a Darío interrogante. Finalmente, comprobando que la partida que estaban jugando sus amigos había quedado interrumpida y toda la atención de las seis personas que ocupaban el salón estaba sobre él, suspiró profundamente, dejando entrever algo de melancolía y pena en el gesto. –No os entiendo. ¡No entiendo nada de lo que ocurre a mi alrededor! –gritó con desesperación –¿Acaso no sois conscientes de lo que está pasando? –y mirando directamente a Megg –¿Ni tan siquiera tú, la mujer más sensible y emotiva que he conocido? Megg, escribes y declamas poesía como los mismos ángeles, hasta el extremo de que cuando te oigo lloro de emoción; me pueden los sentimientos y, sin embargo, no has notado nada últimamente. Todos los presentes estaban sorprendidos y ansiosos de conocer la terrible noticia que había sumido a Darío en aquel estado de nerviosismo y desesperación. Finalmente, Frank, el marido de Megg, se levantó también de la silla donde jugaba al póker y se acercó a su mujer. –¿Nos dirás de una vez qué ocurre? No quisiera que Megg se asustase por alguna de tus muchas exageraciones –le preguntó muy seriamente, mientras acariciaba la cabeza de ella. –No le presiones, Frank –intervino Megg –¿No sabes perfectamente como es? Tantos años amigos y aún no le conoces. Darío, al oírla, le cogió de nuevo la mano. –Gracias, querida, siempre he sabido que tengo en ti una amiga, desde que te conocí cuando te casaste con este energúmeno. Pues os diré que algo grave está ocurriendo y para saberlo debéis ir a ese enorme ventanal y mirar al exterior. Todos, sorprendidos, se acercaron rápidamente a la ventana del salón, mirando con los ojos muy abiertos al exterior. Al poco, Henry se volvió a Darío –¿Y según tú, experto en ver lo que nadie ve, qué deberíamos ver? Si es que con tanto ver me has entendido. –¡Manada de ciegos incultos! ¡Solo sabéis de cartas y juegos! Se os pone un elefante delante y miráis a la lejanía buscando un milagro. ¡Mirad el parque! ¡Mirad los jardines de esta casa, si es que el parque le queda lejos a vuestras miopías! –un minuto de silencio esperando la reacción de alguno de sus amigos –¡¡¡Es otoño!!! ¿Es que acaso no lo veis? El primero en volverse fue Henry y dirigiéndose a la mesa de póker se sentó. –¿Otoño? ¿Otoño? ¡Yo me cago en todos los otoños y en todos los sensibleros de este mundo! ¡Será posible que nos tengas en ascuas media hora para decirnos que es otoño! –indignado, prosiguió –¡Es otoño desde hace ya mas de un mes, jodido Darío! Y ahora, si no te importa, permítenos seguir con nuestra partida, que ya hemos disfrutado suficiente de tu lánguida estación preinvernal. Y vosotros, admiradores del Universo, ¿volvéis a la partida o vais a seguir envueltos en la etérea emotividad de este cretino? –¡Megg, por favor, échale de tu casa; me ha llamado cretino! ¡El cretino eres tú, que no tienes consciencia de tu situación! Y mirándolos a todos con algo de pena y desprecio, siguió –No solo es otoño ahí fuera. Miraos dentro; mirad vuestras edades; todos estamos entre los cuarenta y cinco y los cincuenta y cinco. ¡Todos! –forzó aun mas la voz –y ¿Sabéis que es el otoño? Es la antesala del invierno. ¡Sí, el invierno, el fin del ciclo. Pero no solo del ciclo estacional, también del ciclo de nuestras vidas. Cuando termine nuestro invierno llegará el final. ¡¡¡Y yo aún no he vivido!!! Necesito mucho más tiempo para darme cuenta de que estoy vivo, de que todavía no he podido hacer nada de lo que quiero –y terminó con un sollozo Megg, siempre tan entrañable con él pobre Darío, le acarició la cabeza mientras le recitaba –Tú, que estás barba en mano Meditabundo. Has dejado pasar, hermano La flor del mundo. Te lamentas de los ayeres Con quejas vanas. ¡Aún hay promesas de placeres En los mañanas! Aún puedes casar la olorosa Rosa y el lis, Y hay mirtos para tu orgullosa Cabeza gris. Al oírla declamar los versos de Rubén, los ojos de Darío se llenaron de lágrimas y apoyando la cabeza sobre su hombro lloró con tristeza. Poco a poco todos volvieron a sus asientos en silencio. Frank, el mayor de todos, sonrió mirando la escena de su mujer y su amigo juntos, acariciándose, como en un consuelo mutuo. –Cuarenta y dos años hace que nos conocemos, amigo, y aún no he logrado entender ni como piensas ni como sientes. La vida nada te ha pedido porque naciste teniéndolo todo y tus padres te dejaron la vida absolutamente resuelta. Solo pintas y no lo haces mal del todo, pero tampoco lo suficientemente bien como para que puedas competir al mismo nivel en el mercado. Nunca has sabido qué es trabajar para vivir; nada has edificado, ni creado, ni tan siquiera pensado, pues toda tu vida fue siempre un pensar en ti mismo. Y ahora, a tus cincuenta y cuatro años ¿te das cuenta de que ya la vida pasó de largo? También para mí pasó, pero lo que quedó atrás está lleno hasta el último segundo, nada más cabría. ¿Cómo pretendes que vea en mi otoño la última parte de mi vida? En mi otoño yo veo el comienzo de un nuevo ciclo; en él llueve, como en primavera, nacen brotes en otras nuevas plantas y sus frutos maduran, como mis tres hijos. Y cuando llegue mi invierno, me sentaré junto a mi mujer frente al fuego y miraré como otras primaveras florecen a mi alrededor, me sentiré bien y descansaré en paz, satisfecho. Duras palabras para un amigo, al que durante muchos años le estuvo advirtiendo de lo que al final ocurriría y hoy había tomado conciencia de aquella verdad. Darío no pudo soportar oír aquello que siempre había negado y levantándose bruscamente, abandonó la casa de sus queridos amigos. –Sé que has sido duro con él, Frank –intervino suavemente Megg –pero también sé que es muy difícil para ti, y creo que para Henry y Louis, entender lo que pasa en el corazón de un gay, como Darío. ¡Muy difícil! |
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Carta a Cecilia � Sentado a la mesa de la cocina, con la mano derecha, la que sostenía el bolígrafo, apoyada sobre una hoja de papel en blanco y la mejilla descansando sobre el puño izquierdo, Jacinto reflexionaba sobre el inesperado encuentro que había tenido una hora antes con Paco, el hermano pequeño de Cecilia, y sobre las cosas que le había contado de ella. Al pensar en Cecilia, Jacinto veía a una niña de nueve años, los que tenían ambos la última vez que se vieron. Ahora tenían setenta. Si la viera, ¿la reconocería? No, imposible. Se le puso un nudo en la garganta al pensar que se habían convertido en dos desconocidos. ¿Cómo reaccionaría ella ante la carta que se disponía a escribirle? Tal vez no se dignara contestarle, pero tenía que intentarlo. Afuera había dejado de llover y un rayo de sol entraba en la cocina, animando a Jacinto a escribir. Y poco a poco el bolígrafo empezó a deslizarse por el papel: � “Querida amiga Cecilia: Imagino tu extrañeza cuando esta declaración de amor llegue a tus manos y leas mi nombre en el remite. Sí, soy yo, el Jacinto, tu amigo de la infancia. Te escribo porque después de tantos años, ¿sesenta?, pensando en ti, un encuentro fortuito me animó a hacerlo. Una vez, hace mucho tiempo, me dijeron que te habías casado. Desde entonces no volví a saber más nada de tu vida, hasta ayer que el azar quiso que me encontrara casualmente con tu hermano. Al principio no le conocí, mi memoria cada día está peor. Pero cuando me dijo, soy Paco, el hermano de Cecilia, entonces me acordé. Él me contó algunas cosas, me dijo que habías enviudado, que tenías un hijo y una nieta, que seguías viviendo en Madrid y que un día le preguntaste si sabía algo de mí. Me dio tu dirección y me dijo que te escribiera. Lo hago temblando al pensar que quizá arrojes mi carta a la papelera antes de terminar de leerla. Al fin y al cabo ha pasado demasiado tiempo y demasiadas cosas, para que yo pretenda ahora volver sobre nuestra antigua amistad. La última vez que nos vimos teníamos nueve años. Pero bueno, a mi edad uno ya no teme tanto a los fracasos. Tu hermano me ha dicho que echas de menos la aldea; pues, ya sabes: tu casa sigue aquí, cerrada a cal y canto, esperándote. Y yo, en la de enfrente. Aquí sigo, en la misma casa que cada año se va metiendo un poco más en el bosque, y por cierto, sigo soltero. Dirás que el otoño no es la mejor época del año para venir a la aldea, pero me comprometo a mantener encendido el fuego de tu chimenea para que tu casa esté bien calentita. Además el tiempo no está tan feo, ahora mismo hace un rato que dejó de llover, el sol entra por mi puerta hasta la cocina y ya no oigo las goteras que caían en el desván. Ayer los árboles lucían hermosos colores ocres, rojos y amarillos; hoy están algo más tristes y sus hojas ya empiezan a caer; pronto formarán una alfombra en el suelo para que tus pies no pisen el barro. Ambiente otoñal en el bosque, edad otoñal la nuestra, la tuya y la mía… La diferencia es que los árboles renacen en primavera y nosotros no renaceremos. ¿O sí? No sé… Quizá ellos tampoco lo sepan, quizá sus brotes nuevos no puedan recordar sus otras vidas anteriores. Perdona mi enrevesada caligrafía. Me cuesta escribir porque no veo muy bien y a veces se me cruzan los renglones y las letras se me enganchan sin orden. Tengo infinidad de cosas que contarte, Cecilia, y muchas preguntas que hacerte, en el hipotético caso de que contestes a mi carta. Estoy un poco fastidiado del reuma pero tengo un bastón de caña de bambú que me ayuda en mis desplazamientos, que no suelen ser largos, pues casi nunca rebaso los límites de mi pequeña hacienda. La soledad es desde hace mucho tiempo mi dama de compañía, pero lo que más miedo me dan son mis olvidos: A veces no recuerdo si tengo sobrinos y a veces no sé en que día vivo. Sin embargo los recuerdos de mi infancia siguen tan vivos en mi memoria, que me parece que fue ayer cuando mi madre se enfadaba porque jugaba contigo a las muñecas en vez de jugar al fútbol con los demás niños, o cuando hablaba solo en voz alta. Siempre estás en Babia, me decía. ¿Por qué no juegas al fútbol con tus amigos? Porque no me quieren, le contestaba. Dicen que no corro detrás de la pelota. ¿Y por qué no corres detrás de la pelota? Porque estos zuecos de madera me hacen heridas en los calcañares. La verdad era que a mí no me importaba el fútbol. Prefería leer. Primero cuentos infantiles, luego los fascículos del Coyote, que guardaba mi hermano en cajas de zapatos debajo de la cama y, unos años más tarde, Las mil y una noches. Y luego estabas tú, que fuiste mi mejor amiga hasta que nos separaron. A ti te llevaron para Madrid y yo me quedé en la aldea, corriendo detrás de un atajo de sucias y estúpidas ovejas. Me quedé tan triste que mi madre me llevó al médico creyendo que estaba enfermo. Recuerdo que una vez mi padre, que era cazador, puso su escopeta por primera y única vez en mis manos. Me enseñó un conejo que triscaba entre la hierba a quince metros de nosotros y me dijo: apúntale, sujétala bien y aprieta el gatillo. Y yo, mientras tenía al pobre animalito en mi punto de mira, me acordé de que a ti no te gustaban los cazadores. Estuve apuntándole durante dos minutos, subyugado por su grácil figura. Mi padre permanecía apoyado en el tronco de un pino y ya se impacientaba. El conejo se percató de nuestra presencia y se escabulló detrás de unas matas de brezo y entonces apreté el gatillo. El retroceso del arma me tiró de espaldas, el disparo se perdió entre las ramas del pino y a mi padre le cayó una piña en toda la coronilla. No volví a coger la escopeta y para mi padre quedó muy claro que yo nunca valdría para nada. A los dieciséis años probé a trabajar en la construcción, pero tenía vértigo a la altura y tuve que dejarlo. Entonces conseguí un empleo de mozo de almacén. Mi trabajo consistía en cargar y descargar, entre otras cosas, sacos de harina y de azúcar de cincuenta kilos. Recuerdo que en aquella época una chica del pueblo empezó a mirarme con buenos ojos, e incluso su padre se paraba a hablar conmigo y me preguntaba qué tal me iba en el trabajo y cuanto cobraba. Pero yo me enamoré un poco de la secretaria del jefe, la cual estaba enamorada del hijo de éste que iba mucho por la oficina. El día que les pillé besándose sentí que el alma me caía a los pies. En realidad lo que me cayó fue el saco de azúcar que llevaba sobre mis costillas en aquel aciago momento. Al caer se le abrieron las costuras al saco y el azúcar se desparramó por el suelo. A mí me dio un ataque de lumbalgia al intentar pararlo y tuvieron que llevarme doblado al centro de salud. Estuve dos meses de baja y cuando volví al trabajo me dieron el finiquito. Así que regresé a casa de mis padres dispuesto a seguir corriendo detrás de las ovejas. La chica del pueblo dejó de interesarse por mí y su padre dejó de hacerme preguntas y de darme palmaditas en el hombro. Y en esto que te conté se resume toda mi vida. Seguro que la tuya es muchísimo más interesante. Espero tus noticias con el corazón en vilo y me despido con un abrazo, si me lo permites. Tu viejo amigo �������������������������� Jacinto. � Diez días más tarde, Jacinto recibió la contestación de Cecilia. Con manos temblorosas rasgó el sobre. La carta decía: � Hola Jacinto: ¿Ahora te acuerdas tú de nuestra amistad? ¿Ahora que eres viejo y te encuentras solo? Dices que pensabas en mí, pero no te creo. Si así fuera en lugar de regresar con tus padres cuando te despidieron del trabajo, con el dinero de la liquidación hubieras sacado un billete para Madrid y hubieras venido a verme, yo aún no me había casado; si pensaras en mí no habrías tardado más de sesenta años en escribirme, si estuvieras pensando en mí en lugar de mirar con ojos de borrego a la secretaria de tu jefe, no habrías dejado caer el saco de azúcar… -¡Ay, Jacinto! Tú no sólo tenías vértigo a la altura, lo que más vértigo te daba era enfrentarte al mundo, a las responsabilidades y, ahora, a la soledad. Pues te diré una cosa: a la soledad tenemos que enfrentarnos todos, los que de jóvenes no os preocupasteis de formar una familia y los que la formamos, como yo. Tengo un hijo y una nuera que están esperando a que me vuelva un poco más chocha para internarme en un asilo, (ahora les llaman residencias de la tercera edad, jajaja). ¿Y sabes qué? Estoy pensando en coger el tren, ahora que todavía puedo, e ir a dar un garbeo por el pueblo. El otoño es tan bueno para viajar como cualquier otra estación del año. Hoy aquí hace viento, acabo de incorporarme para cerrar la ventana y he visto las nubes viajando por el cielo a velocidad de crucero. Parecen un rebaño de ovejas y tú detrás con tu cayado de caña de bambú y el zurrón a la �espalda. Mirándolas me� dio la ventolera. Vete preparando la leña para atizarme la chimenea. El domingo nos vemos. �������������������������� Un abrazo de tu amiga ��������������������������������������������������������������� Cecilia. � |
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�22 de septiembre
Hoy ha sido un buen día, sí señora. Tus cuatro días al año no te los quita nadie. Y te pasa cuando cambia la estación, cuando está a punto de cambiar o cuando acaba de cambiar. A tu amiga Laura se lo contaste cuando aún ibais al instituto: �� -Pues eso se llama ninfomanía. �� -Pero sólo me pasa esos cuatro días al año. �� -Coincide con los solsticios y equinoccios. �� -¿Qué pasa, que te sabes todas las palabras del diccionario? �� Y que fueras al médico o al psicólogo. Sí, claro, vaya consejito. ¿Para qué un médico o un psicólogo si sabías el mejor remedio? Además, si eso era una enfermedad, seguro que no era grave. Y ni estabas dispuesta a que te hicieran pruebas o análisis ni te preguntabas siquiera si a otras les ocurría lo mismo. �� Porque eso es lo que te pasa, que esos días te despiertas con la brújula tiritando y la tienes así todo el día. Y prefieres estar sola en casa porque si cae en fin de semana con Enrique, que no lo sabe, aquí instalado desde que sale de trabajar el viernes hasta el domingo después del fútbol en que se va, tienes que conformarte como mucho, y es tirar largo, con tres meneos: �� -Pero, niña, ¿se puede saber qué te pasa hoy? �� -Que estoy mimosa. �� Y si llega al tercero te mira con esos ojos de satisfacción como diciéndote que lo suyo ha sido una heroicidad. �� Mejor sola en casa. Como hoy. Además, parece como si no sólo tuvieras un calendario ahí abajo sino también un reloj. Porque estos días te despiertas media hora antes de que vaya a sonar el despertador. Y aprovechas esa media hora, vaya si la aprovechas. Efectivamente, a las seis y media has abierto los ojos y ya estabas húmeda y te notabas ese picorcillo dulce. Te has pasado la mano entre el vientre y la goma del pantalón del pijama, y te has puesto. Cosita rápida y de trámite, sin exagerar ni emocionarte, tres o cuatro minutos y ya estabas lista para desayunar. Tu leche con colacao y galletas, tu zumo de naranja y a la ducha. �� Ahí sí te has entretenido. Como a ti te gusta: primero lo de todos los días, enjabonarte y aclararte. Luego los adornos, un ratito dejando que el agua te cayera sobre la cabeza mientras te acariciabas despacio de cintura hacia arriba; y otro ratito enfocándote directamente el chorro de agua caliente. Sin tocarte, que para eso tenías aún todo el margen que te permitía esa media hora. �� Ya en la habitación has preparado la ropa y entonces sí, te has puesto artística. En la cama de rodillas y con las piernas abiertas frente al espejo de cuerpo entero del armario, te has mirado a los ojos y parecía que tu misma imagen te estuviera retando y pidiendo que no tuvieras piedad de ti misma. Has empezado observándote a través del espejo las manos primero, la una para mantenerte bien abierta y con el dedo de la otra recorriéndote arriba y abajo despacito, muy despacito y sólo rozándote, conteniéndote, dosificando, sabiendo la diferencia que va de lo que sientes a lo que puedes sentir. Has seguido mirándote el cuerpo, que aunque no te hayas escapado de un anuncio de perfume francés, no estás mal para tus veintiocho años; y ya te frotabas con más presión y abandonándote, con el cerebro en blanco, sintiendo sólo, siendo sólo cuerpo y dejándote llevar por su fuerza. Querías acabar mirándote a los ojos y viendo cómo te iba cambiando la expresión a medida que el placer te iba inundando; te acelerabas más y más, te presionabas cada vez con más fuerza y te notabas la taquicardia y cómo tu respiración iba entrecortándose. Pero no, no has podido culminar contigo frente a frente porque has empezado a retorcerte y te has dejado caer antes de perder el equilibrio. Hasta quedar con la mano comprimida entre las piernas y mordiendo la almohada para ahogar un grito. �� Y será impresión tuya pero te parece que estos días, ya en el trayecto desde casa hasta el metro de Argüelles, los hombres te miran más. Será que vas de mejor humor o que te brillan los ojillos. Tienes un rato hasta Legazpi y en días como este no puedes concentrarte en el libro que lees habitualmente ni en esos periódicos gratuitos que hay en los asientos vacíos. Porque el pensamiento se te va hacia la fiesta que te vas a organizar tú solita por la tarde. Y como crees que si sigues por ese camino se te va a poner cara de boba y te vas a delatar, hoy has entornado los ojos y has intentado pensar en otra cosa: en la jornada laboral que iba a ser, y así ha sido, tranquila en la caja de ahorros porque, siendo día veintidós, lo máximo serían los que vienen a pedir adelantos de la nómina para pagar los libros del colegio de los niños. O en tu amiga Laura, que mira que se pone pesadita; sólo faltó que hiciera la carrera de psicología con su máster y todo, y se colocara en un gabinete de selección de personal para que te ande detrás pidiéndote que hagas no sé qué test para descubrirte vete a saber qué. Si os conocéis desde la primaria, ¿qué pretenderá encontrar a estas alturas? Y no para de marearte: �� -Y esas ganas que te vienen, ¿son las mismas al empezar cualquier estación? �� -Pues claro, ¿por qué no iba a ser así? �� -Porque abundan las depresiones estacionales al llegar la primavera y aún más el otoño. La naturaleza va apagándose y como las personas no somos más que microcosmos... �� Eso sí, su palabrita intelectual que no falte, pero ya la explicabas tú dónde tienes el microcosmos. Y a la vuelta del trabajo lo mismo, procurando dispersarte mentalmente pero con unas ganas locas de llegar a casa. Y entre prepararte la comida, comer, fregar los platos y arreglar la habitación, pasarían de las cinco cuando has empezado a llenar la bañera. Y es lo que dices: por cuatro días que lo haces al año, al menos lo haces a lo grande. Porque el resto del tiempo las manos quietecitas, que te basta con lo que te da Enrique los fines de semana: otra cosa es que el viernes por la tarde estés deseandito que llegue y te lleve ensartada desde la puerta hasta la habitación. �� En la bañera, tú sumergida en espuma de lavanda y quedándote traspuesta, como si los músculos se te soltaran de los tendones o de donde quiera que estén agarrados, como si cada vez pesaras menos, como si en ese momento fuera tu piel la que ordenara a tu cerebro anularse hasta quedarte dormida en un sueño que tampoco es sueño porque queda aún alguna neurona para sentir cómo el agua saliendo de la ducha que has dejado entre tus piernas intenta excitarte con sus chorritos. Tu media hora larga porque se trata de eso, no de llegar a la meta sino de disfrutar del camino. �� Te secas y sales al salón desnuda. Ves el ventanal y piensas lo mismo que otras veces: ¿por qué vives en un piso tan alto sin casa enfrente y no tienes, como en las películas, un mirón que te espíe desde su telescopio? Te motivaría y quizá te esmerarías más, te pondrías tu lencería, tus botas negras con tacón de aguja... Pero ya lo has hecho bien hoy, que has dispuesto sobre la moqueta todos los cojines que has encontrado con otro bien grande en el centro para mantenerte alzada y te has tumbado. Has estado otro rato largo, que tus dos o tres horas en tensión no te las quita nadie, acariciándote desde los lóbulos de las orejas hasta las plantas de los pies entreteniéndote, eso sí, en los pechos, en los muslos y en los pelillos, y sin acercarte a lo que tu Enrique llama su zona lúdica preferida: porque lo tuyo es irte encendiendo despacio. Y lo que te gusta improvisar: pues mientras estás en eso, ¿no se te ocurre ponerte a hacer el sudoku del periódico del domingo? Te incorporas, vas al sofá y alternas: te vas frotando el puntito y, cuando encuentras un número, paras y lo escribes; sigues, vuelves a parar y, como no eres una superdotada, más de una hora habrás estado así hasta rellenar todas las casillas mientras te morías de ganas. �� Vuelves a la moqueta y te pones en serio: te sientas con tu espejito y te vas recorriendo desde el umbral hacia arriba una vez y otra, sin pensar en nada, sólo mirando el espejo; te chupas el dedo y vuelves, te dejas caer, sonríes, vas sintiendo ese no sé qué dentro y, cuando no te queda casi nada, te sueltas y te incorporas de un salto. �� Con las piernas temblando y todo el deseo a flor de piel te pones la bata, te lavas las manos y preparas la cena: la tortilla de patatas que sobró de ayer, una ensaladita, pones la mesa con toda tu parsimonia y entonces sí, decides que ya toca. Te tumbas en la moqueta, encuentras la postura y vuelves. Toda una apoteosis. Vaya manera de desparramarte. Las ganas que tendrías que ha sido sólo tocarte y darte un espasmo; y suspirar y jadear, y tú a toda velocidad arriba y abajo; llegas, sigues, vuelves a llegar, gimes, das sacudidas como una posesa y no puedes parar porque el cuerpo te sigue pidiendo alegría. No sabes cuántas veces habrás pasado por la cumbre y aún te oyes ese grito final, que se habrá enterado la vecina pero te da igual. �� Has descansado, has cenado para reponer fuerzas y aquí estás contándolo. Pero vas a dejarlo ya porque vuelves a tener ganas y has parado antes para tocarte. Vas a volver a hacerlo en la cama las veces que haga falta porque te da la sensación de que tienes una gran responsabilidad: hasta que no estés completamente calmada el otoño no acabará de llegar ni empezarán a caerse las hojas de los árboles ni, más adelante, las castañeras sacarán sus puestos a la calle. |
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Estaciones Recordaba ese bosque, ese lago, esa orilla…Los largos paseos con ella, cogidos de la mano apenas hacía unas semanas, a punto de acabar el otoño. Se habían conocido apenas nueve meses atrás, pero sentía que había sido toda una vida. Se enamoraron tanto como era� posible, como si el destino les hubiera juntado; y así fue. Siempre le había gustado este rincón en particular, rodeado de naturaleza, sobretodo en otoño, con los árboles coloreados de marrón, rojo y amarillo, el suave viento y las claras aguas del lago reflejándolo todo. Algunos atardeceres parecía un bosque de fuego. Recordaba sus ojos, de un verde profundo, su sonrisa, esos labios carnosos… Pero ya no estaba. También su suave voz, su dulce y suave voz y esa risa… Pero se había ido. El tacto de su piel, el calor de sus brazos, la pasión de sus besos, el sabor… Pero se había acabado. Las promesas flotaban en el aire, todo lo que se habían dicho, los “para siempre”, los “eternamente” y el “nunca nos separaremos” también. Mentiras piadosas de los enamorados, como si hubiera sido la primera vez, el primer amor. Fueron ingenuos, tímidos…No podía arreglarlo así era él, la próxima siempre era la primera vez, la anterior también. No podía evitar las lágrimas, era un hombre de fuertes pasiones, amaba con todo su corazón y con todo su corazón añoraba. Las eternas historias que le arrastraban, como las estaciones, se sucedían una tras otra, no podían detenerse del invierno al verano, de la primavera al otoño, del corazón amante al corazón destrozado. Siempre, siempre la misma vieja historia, chico conoce a chica, el amor de su vida y al final la angustia y el desasosiego del desamor, como una rueca sin fin. Había pasado tantas veces que ya no podía recordarlas, con el corazón lleno de recuerdos. Las caras se mezclaban pero siempre dejaban el mismo rastro; amor, dolor, pasión, miedo, esperanza, tristeza…Todo se confundía, cambiaba con las estaciones en perfecto compás, pero siempre acaba igual, su propia vieja historia. De pie en la orilla, solo, viendo atardecer en el lago que parecía de sangre con el rojo intenso de las últimas horas de sol, se estremeció con todas aquellas emociones. Triste, era un sitio muy triste, ahora que ella se había ido. Y había sido su culpa, siempre lo era. La había asesinado, aunque eso no le hacía quererla menos… Había pasado tantas veces y sin embargo siempre era la primera, su maldición y su destino. Recordaba el momento, la esperanza. Esta vez era distinto, ella era distinta, tenía que serlo. Eran sus ojos verdes o su sonrisa luminosa, quizás su voz, o su piel. No lo tenía claro, pero era especial. Sería capaz de romper el círculo. Ella no iba a morir y las promesas se harían realidad. Cuando comenzó a acariciarla la mejilla, exultante por su victoria, lo notó. En el momento que comenzó a besarla, en un vano intento por pararlo, se apoderó de él un desasosiego feroz e implacable. La sangre bullía en sus venas, la sentía en sus sienes, presionaba su alma. Ese deseo irrefrenable lo sustituyó todo, lo barrió como un huracán, dejándolo vacío salvo por el acuciante deseo, el antiguo deseo…No, no era un deseo, era una orden, era algo más allá de su comprensión, escrito a fuego en su ser. Era imposible negarse. ¿Cómo podía negarse? Irresistible, como un aroma embriagador, quizás eso era. Se había acabado, era el momento, la última hoja caía lentamente, antes de besar el suelo tenía que ocurrir. Y ocurrió El aroma de la muerte, el poder de la sangre, ese instinto animal incontrolable que necesitaba saciar y que nunca acababa. Como una parodia cruel del paso del tiempo. Todo empezaba a morir un poco en otoño y él no podía resistirse. Enamorado en primavera, pasional en verano, asentado en otoño y helado en invierno, muerto por dentro. Pero la peor parte siempre era esa, cuando el momento se acercaba, cuando lo sentía llegar, lacerándolo todo. Cuando las hojas caían y, con la última, siempre moría ella… Tantos nombres, tantas muertes, tantos amores, tantas pérdidas... Y siempre habría más, en otoño siempre lo sabía. Al final del invierno, con el deshielo de su corazón, cuando volviese a latir, él volvería a engañarse, volvería a ilusionarse. En primavera, ocurriría de nuevo. Perfectamente sincronizados, amor y muerte, año tras año, con el devenir de las estaciones. Una primavera para amar, un verano para vivir, un otoño para recordar y un invierno para sufrir. |
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Y con esto y sin bizcocho, se cierra el plazo de presentaciones de relatos ;DD Votaciones por privado. Pondré el listado de relatos, así como el seguimiento de votos, en el hilo de COMENTARIOS OTOÑALES |