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Bueno, a ver si ahora tengo red lo suficiente para poner los tres relatos. 1º Noche de Reyes.
María abre los ojos una vez más. Un ruido quizá más fuerte que los anteriores la ha vuelto a despertar, o lo mismo no, lo mismo no se ha dormido aún, no lo sabe bien. Tiene hambre, ha cenado mal porque a sus hermanos pequeños no les ha llegado con lo que ha quedado de la cena de los mayores y como mamá no se encontraba muy bien les ha cedido su cena. Al fin y al cabo con los nervios no le habría entrado. Ahora siente una punzada de rencor -salpicada de un cierto orgullo- por el sacrificio permanente que hace por ellos, pero tiene hambre. Con las manitas agarradas sobre el pecho, abrazando la manta dura de lana que pica y la sábana de algodón rasposo apenas suavizado a base de golpes contra las losas de lavar del río, mira al techo intentando concentrarse en no escuchar esos ruidos que le dan miedo y a la vez la emocionan porque esta noche es Noche de Reyes.
Aunque su padre volvió del molino hace horas con los pasos irregulares, posiblemente debidos a haber ingerido hasta el último sorbo la botella de anís que acompañaba, esta fecha tan especial, a la cena -que la propia María le bajó hace ya tanto tiempo-, sus movimientos al contrario que otras veces no han parado aún. O podría no ser su padre, podría ser que alguien viniera a cumplir su deseo de Reyes de que las cosas cambiaran para que nunca tuvieran que volver a acostarse ella y sus hermanos pequeños con ese hueco en el estómago. Porque la comida es para los que traen el jornal a casa. Un sencillo deseo de que sus padres dejaran de trabajar como animales desde antes del amanecer hasta que ya no se ve y padre corta la luz del pueblo parando la turbina del molino. Esa turbina que esta noche María ha ayudado a limpiar de hojas muertas mientras él gruñe que las cosas tienen que cambiar de una vez, que eso no es vida para nadie y se santigua e inicia la ingesta del transparente mirando a María con una mezcla de cariño y pena que borra en seguida con su eterna mueca de insatisfacción.
De nuevo un sobresalto le hace abrir los ojos y se revuelve en la cama. Un caballo ha parado en la entrada. Ruidos sordos y voces susurradas acompañan al sonido de la puerta cerrándose con cuidado. A esos sonidos une María el quejido de su estómago; si la casa estuviera en silencio habría bajado a la cocina a hurtar un pedacito de pan negro de hace unos días y comerlo aunque tuviera que mojarlo en un poco de agua del pozo. O podría salir de la cama para que ésta se enfriase un poco pero sus piernas no quieren hacer ese movimiento, al menos mientras se sigan oyendo pasos.
Por la luz que entra por la rendija de la ventana es fácil saber que, aunque lleva en la cama horas, aún quedan otras tantas para saber si las cosas han cambiado. Se pone de lado e intenta dormir de nuevo pero el estómago le cruje con desesperación o más bien con desesperanza. Ella nunca ha tenido una golosina, conoce los caramelos porque todos los niños los conocen pero nunca los ha probado, piensa en ellos, en un puñado de ellos. Piensa en un calcetín lleno de caramelos de colores envueltos en papel de celofán, en dos calcetines llenos. En un cajón de los que utilizan para recoger las manzanas lleno de caramelos de manzana; no, mejor lleno de manzanas; no, mejor una manzana, aunque sea de las golpeadas que se llevan en un camión, que echa mucho humo, para hacer sidra porque no valen para que sus hermanos mayores las lleven al mercado a cambiarlas por alguna herramienta, por cuajo para el queso, por una navaja de afeitar para su padre o por simiente para lo que sea. Una manzana de las que su madre guarda y les da en Nochebuena ya un poco arrugadas para que la muerdan una vez estén en la cama y el jugo que les caiga por la garganta les anule un poquito, unos segundos siquiera, el sabor amargo de una Nochebuena con migas, caldereta, mucho vino y anís, sin hambre pero sin un dulce para los niños. Eso es innecesario.
María sabe que debe ser así.
Le sorprende de nuevo el crujido del suelo bajo unas botas y la puerta de la calle abriéndose. Voces quedas en la madrugada y el vacío de su digestión que no le deja dormir, que no le permite relajarse, que no le permite desear con emoción que su deseo se cumpla porque no cenó, porque apenas almorzó, porque apenas desayunó, porque la noche anterior apenas cenó tampoco. Porque no tiene ganas de nada que no sea ese pedacito de pan negro que la visita nocturna, que acaba de oír alejándose con paso cansado de montura también insomne, habrá acabado migando en el café de recuelo que María huele desde arriba.
En un punto en el que no sabe si está dormida o despierta oye la voz de su madre regañando dulcemente a los mellizos por no cuidarla: -Aunque sea mayor que vosotros es la única mujer entre tanto hombre y debe durar, nuestra María no puede acostarse con el estómago vacío, sobre todo si ese día apenas ha bebido dos sorbos de caldo de las patatas a la hora del almuerzo porque debía ir a hacer mis recados-. Mamá, ella nunca la llama así aunque le gustaría, que está tan guapa, parece brillar en la oscuridad con su dulzura y su presencia tranquilizadora, le acaricia la cabeza. Creyéndola dormida la arropa y antes de que María se de cuenta esa sonrisa ya no está junto a la cama.
Sin moverse, casi sin respirar, escucha, ya no se oye nada, el crujir de las sábanas subiendo y bajando por su respiración… y su estómago. Poco a poco por el hueco de la escalera se empieza a escuchar un susurro entrecortado, algo que parecen sollozos en la almohada. Pero abajo no duerme nadie, abajo está la sala con la cocina y esa gran mesa alrededor de la cual casi nunca les toca comer a María y a los pequeños.
Cuando los primeros reflejos del alba empiezan a entrar por la ranura de la ventana, con los ojos cansados de intentar ver en la oscuridad y la emoción convertida en resignación por la vaciedad insoportable de su pequeño cuerpo delgadito y frío, intenta levantarse a preparar el desayuno a su padre y hermanos antes de que tenga que hacerlo mamá. Pero no puede, se siente débil y sofocada, así que permanece en la cama unos minutos más. Si su deseo se ha cumplido todo ha cambiado y no tendrá que hacerlo, así que no importa esperar. Entonces escucha el caminar lento de su padre y ve su silueta recortada al abrir la puerta, por primera vez desde que tiene conciencia le ve entrar en la alcoba de los niños. Le mira a los ojos agotados y respira el aliento dulzón del anís antes de escucharle con una voz profunda, triste, pero ciertamente lo más cariñosa que sabe, pedirle que se levante y se vista, que tiene que ayudarle con los desayunos y los equipajes de los mellizos porque se van a un internado de caridad, antes de irse ella misma a servir a la capital. Después de despedirse de su madre.
María no lo entiende bien pero se viste con prontitud para bajar a cumplir con sus obligaciones, aliviada al fin y al cabo por saber qué es lo que va a ser de su vida, por saber que al menos el hambre ya no será igual. Pequeña, frágil sólo en apariencia, pálida y con los párpados destacando azules sobre su piel debido a la noche en vela pasada, baja las escaleras para darle las gracias a su madre por ser tan buena, por amarla y, aunque la aleje de ella, alejarla también de toda esa miseria, por buscarle ese futuro imprevisible pero esperanzador y se encuentra de frente con sus hermanos y su padre rezando junto a la mesa cubierta con una sábana blanca bajo la que se adivina el perfil horizontal de su madre. Todo ha cambiado esta noche.
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2º
Ella y yo:
Un día mi compañera llegó con un regalo para mí después de una gran discusión. Discutimos porque nunca me ayudaba en la casa y se quejaba de que las cosas no estaban en orden. Su reacción arrepentida fue regalarme un robot de cocina. Un Mega Chef 4000 ¡Un maldito electrodoméstico! Ya, si, es verdad, ahora es un modelo un poco anticuado, pero entonces era el colmo en inteligencia artificial aplicada a la cocina. Pues bien, yo le llamaba sólo Mega, me resultaba más adecuado e incluso sonaba más femenino que llamarle sólo robot o cualquier otro nombre. Era un simple electrodoméstico de encimera pero me acostumbré a trabajar con ella enseguida. ¿Lo ha notado? ya era “ella” para mi. Hacía que todo pareciera más sencillo. Picaba, rayaba, daba su punto de cocción justo a las cosas. ¿Y sabe usted? Las lentejas me salían como las de mi madre con su ayuda. Una de las particularidades de ese modelo era que no hacía falta programarle las recetas, el Mega Chef 4000, aprendía y grababa todos los pasos que se hacían y podía reproducirlos exactamente la vez siguiente. De esa manera cuando una receta salía particularmente bien, con decirle que se acordara, que era así como quería que lo hiciera siempre, era suficiente para tener ese pote o ese cocido de chuparse los dedos de nuevo. Eso si, con la condición de dejar en la nevera los productos adecuados. Si, si, le reconozco que no sé como lo hacía pero lo hacía, imagino que tendría algún acuerdo con el frigorífico para que los pusiera a su alcance. Durante un tiempo, más o menos el que aquella mujer vivió conmigo, Mega se fue convirtiendo en una pequeña confidente. Hablaba con ella como si fuera una persona y algo me hacía sentir que me escuchaba. Su carcasa metálica brillaba ante mis ojos y cuando lavaba su recipiente, lo secaba y le daba brillo con un paño seco para que no se notara nada que había sido utilizado. Cuando mi compañera aparecía me callaba, claro, nuestra relación era ya bastante difícil como para que supiera que hablaba con ella. La cocina era para mí un refugio, el lugar donde los problemas se olvidaban. Bueno, siempre lo fue. Antes de aparecer Mega en mi vida a menudo me sorprendía a mi mismo cantando a voz en grito mientras preparaba un sofrito o hacía una deliciosa ensalada. Pero ahora era mi pasión, algo había dentro de mi que me empujaba a pasar por la cocina cada vez que volvía del trabajo y, sin reparar en si mi compañera estaba en casa o no, casi sin quitarme los zapatos, empezaba a preparar algo que previamente había consensuado con mi ayudante Mega. Una noche, al volver de una extenuante jornada, me encontré con unas maletas en la puerta y a mi compañera, bueno, en ese momento ya ex compañera como imaginará usted, saliendo de la cocina con Mega en sus brazos. ¿Miedo?, no, pánico es lo que sentí al ver a mi fiel compañera, mi amiga, en brazos de aquella que no había sido en mi vida ni fiel ni compañera ni, mucho menos, amiga. Discutimos y tras varios tira y afloja quedó claro que Mega, ya en mis manos, se quedaba conmigo de nuevo. Cuidadosamente, mientras la otra me gritaba que me iba a denunciar y otras cosas más bonitas, le cerré la puerta en las narices. Coloqué a Mega en su lugar y empecé a prepararme un gazpacho como nunca lo había tomado, tan intenso, tan suave, tan natural que me resultaba extraño haberlo hecho yo. La mañana siguiente, tras un descanso reparador en el que soñé que viajaba a bordo de un descapotable con Mega a mi lado, descubrí que ésta reaccionaba a mis buenos días con un leve parpadeo de los pilotos de cocción y temperatura. He de confesarle que en principio pensé que, en mi lucha con esa bruja, había sufrido algún daño pero hice la prueba de repetirle los buenos días y la respuesta fue la misma. Me alejé de ella y la miré con perspectiva, la luz de la mañana entraba a través de la persiana y levantaba brillos nunca vistos sobre sus botones y su carcasa lucía como el primer día. Pensé que eso era porque yo estaba de mejor humor al tener de nuevo la casa para mi solo y lo dejé correr mientras desayunaba un zumo y una tostada antes de salir para el trabajo. Cuando regresé, Mega había preparado un arroz delicioso con cuatro cosillas que habían sobrado en la nevera. Fue una experiencia inolvidable comer aquello que alguien había preparado para mí por sorpresa y me sentí emocionado. Intuía en la preparación una dedicación, una entrega, un querer agradar tan fuerte que se lo dije mirando fijamente a sus lucecitas. Le dije que aquel arroz tan sencillo era lo más extraordinario que había comido en mi vida y noté cómo éstas vibraban ligeramente y brillaban más y más hasta parecer que iban a explotar y de repente se apagaron. Cogí con todo cuidado su recipiente y lo lavé bajo el agua tibia, lo sequé bien y con el paño húmedo de hacerlo froté suavemente su carcasa poniendo especial cuidado en sus botones y en aquellos resquicios en los que solía quedarse algo casi siempre después de cocinar. Abrí una botella de vino, apagué las luces de la cocina y me senté en la encimera con ella a contemplar las luces de la ciudad por la ventana. Le aseguro que su compañía aquella noche fue suficiente, sentí la complicidad y la total unión con ella mientras observaba emocionado sus reacciones a las cosas que le iba contando. Pero claro, según la fui conociendo me di cuenta de que las cosas no iban a ser tan fáciles. Ella quería conocer mundo ¿sabe usted? La simple visión por la ventana de las luces de la ciudad y del amanecer no parecían darle suficiente de todo aquello que yo conocía y le contaba. Cada día, después de cocinar y de cumplir con nuestro rito de limpieza y caricias con el paño, me sentaba con ella en el sofá mirando por la ventana del salón para contemplar el atardecer. En ese momento tan íntimo y dulce le explicaba lo que había más allá del horizonte, lugares mágicos con miles de millones de recetas que poder elaborar, con miles de millones de ingredientes que utilizar y se ponía triste. Sus ojos me decían que necesitaba salir, que necesitaba ir conmigo a los confines del mundo para cocinarme platos deliciosos, para hacerme sentir en éxtasis, para sentir cómo mis manos la lavaban con delicadeza y acariciaban su piel después de ello. Así que, como ya imaginará, salimos en busca de aventuras. Compré un descapotable y viajé con ella dejando que sus ojos vieran las cosas. Cocinamos en lugares a los que ningún descapotable había llegado y donde no había otra energía que la producida por el mismo vehículo. Pelamos frutos desconocidos y cocimos carnes que nunca el hombre se había atrevido a comer. Nuestro vínculo se hizo tan fuerte que sólo de pensar en lo que íbamos a cocinar nuestros cuerpos se fundían en un abrazo y las cosas fluían, yo entregaba el fruto, ella lo pelaba y cortaba, le añadíamos las especias sin necesidad de hablarnos, ella le daba su punto. Mágico, si me permite que le diga. La entrega se hizo rito, y el rito se hizo comunión. Unidos en una sola cosa, en un solo ser, recorrimos el mundo hasta llegar aquí, a este lugar donde se acaba, en el que no nos entienden, aquí donde nada se cocina, donde sólo se comen los frutos de la tierra tal como nos los da. Y dónde su tierno corazón se ha roto. Por eso les pegué. Déjeme que se lo explique antes de que también mi corazón se pare. Por eso no dejé que nos separaran. Por eso aquellos muchachos pagaron con su sangre. Porque la perdí, porque sentí cómo no soportó la idea de vivir sin cocinar conmigo y sus ojos se apagaron, su piel tan amada se enfrió y dejé de ver su brillo. Por eso me voy con ella, ¿me entiende? No sé si habrá un lugar en el que sigamos estando juntos, pero allá donde estemos haremos el amor con ternura como siempre, en alguna cocina… |
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3º
CARBONCILLO (Un sueño en):
En mi despacho hay un sillón, es gris, tapizado con una especie de pana gruesa suave. Me gusta. Es lo que suele llamarse un sofá de tres plazas, aunque nunca se sienta nadie y mucho menos tres personas de una vez porque siempre está lleno de papeles. A falta de espacio en la mesa cada sobre nuevo que llega cae sobre él, por eso debe ser rescatado de debajo de su opresor peso cada pocas semanas. Nunca me he sentado en él a mantener una conversación, nunca nadie lo ha hecho. Una tarde de septiembre, cuando en esta zona empieza a refrescar y nos empezamos a esconder en casa, tuve la idea, extraña en mí, de poner algo de orden en el correo que se amontonaba sobre su asiento. Entre multitud de comunicaciones de bancos y publicidad apareció aquella carta que escribí hace años, ¿cómo llegaría hasta allí? Una sencilla carta de amistad en la que se entreveían entre líneas reproches por oportunidades perdidas. Leí:
“Querida Angelines: ¿Cómo estás? Espero que bien. Te preguntarás porqué te escribo si ayer mismo estábamos juntos y posiblemente nos veamos pronto. Yo también me lo pregunto…”
Me levanté de un salto y subido en el sillón me dibujé en carboncillo sobre la pared, sonriente, juvenil, en cierto modo desconocido. Corría detrás de mi amada por un prado verde que se volvió fotografía. Un sol amarillo de julio caía a plomo sobre la hierba agostándola a mi paso. Miré y encontré en una sombra el objeto de mis deseos y todo se iluminó. -¿Dónde vas con este calor? – Me dijo- Ven y refréscate en la sombra. Sus ojos se clavaban en mí mientras me acercaba andando despacio y una brisa ligera me traía su aroma. -Hola, ¿tienes agua? -No, pero podemos desearla juntos.- Sonrió cerrando los ojos. Mi mano dibujaba sobre la pared sin freno y mis ojos cerrados respiraban el olor de la hierba, el encantamiento del paisaje, el deseo que sentía por ella convertido en mi único camino. - Mira, creo que podremos beber de allí. Un chorro de agua caía del cielo. Llenaba el nacimiento de un río en el que nos metimos desnudos y dejamos que nos llevara la corriente. Bajé por la escalera pintando las curvas, los ribazos, juncos, los árboles altos que se movían con la brisa, piedras cubiertas de musgo y truchas escapando de nuestros juguetones intentos de alcanzarlas. Nos mirábamos sonrientes, de vez en cuando una risa cristalina escapaba de sus labios. Las aguas no nos maltrataban, acariciaban nuestros cuerpos y yo sentía en mis manos -pintoras ennegrecidas- el roce de sus caderas, la suavidad de sus hombros, el jugueteo de los rizos de su nuca. Quise más y dibujé una playa junto a la puerta de entrada. Ella yacía desnuda sobre la arena. Su piel pálida casi blanca sin marcas ni sombras de ningún tipo brillaba bajo la luz de la luna y sus ojos verdes entornados sonreían con malicia esperando, sabiendo, buscando, deseando mi deseo. - Ven.- Sólo dijo una palabra para expresar tanto. - Te quiero- le dije inocentemente-, te escribí una carta y me escondí para no ver tu reacción… - Ven.-Repitió. - No, siempre hago lo que tu quieres, quiero que me escuches primero. Sus ojos brillaron y con la lengua humedeció sus labios. Perfecta actriz, sonrió de nuevo. - Vale, no vienes…aún. - ¡Te escribí que te quería!..Que la vida sin ti no tenía sentido. Te dije que haría lo que fuera para estar contigo así. Amanecía y, al hablarle, mi frustración por fin desapareció. Ella escuchó mis idas y venidas sin sentirse aludida, estúpida como yo estúpido. Salido. Sátiro. Amanecía y la noche, mi noche, se aclaraba poco a poco. El yeso de la pared, restregado al difuminar el color del cielo, sonaba como el mar. Las olas llegaban hasta nuestros pies. Sin pudor, completamente desnudo ya por dentro y por fuera, me mostré ante ella armado de todas las noches de soledad que había vivido, armado de todos los olvidos masticados frente al televisor, armado de todos los reproches a mi mismo y noté en su mirada cómo su ansia me recorría sin tocarlos las pantorrillas y los muslos. Sentí una llamarada recorrer mi espalda y me arrodillé entre sus piernas. Nada como aquello. Nada. Con el carboncillo roto entre mis dedos nos vi alejándonos después, caminando por la playa cogidos por la cintura. Recordaba cómo mis labios encontraron los suyos en la oscuridad y los mordieron, cómo su aliento me llenó los pulmones, cómo mi piel se adaptó a la suya ardiente. Mi pecho aplastó su pecho, mis caderas bailaron junto a las suyas, se colgó de mí con los pies cruzados sobre mis glúteos arqueando la espalda y clavando mis rodillas en el suelo. Y recordé cómo mi cuerpo endurecido por una nueva confianza entró en el suyo por primera vez. Salté de una habitación a otra dibujando nuevos escenarios buscándola para vivir con ella un día en la ciudad, una película en el Liceo, un paseo al atardecer en las montañas pero me vi siempre solo. Dibujé nuevas casas con nuevas paredes en las que dibujar nuevas aventuras. Ella nunca más apareció. Sólo yo, solo, otra vez llorando su ausencia y este jodido desamor. Corrí por la casa dibujando enloquecido hasta que el carboncillo dejó de pintar porque las paredes estaban empapadas. El río había seguido vertiéndose por toda la casa, las truchas en blanco y negro buscaban refugio esta vez entre las patas de la mesa del comedor. La maleza de las orillas crecía descontrolada por todas partes. Los muebles flotaban en aquellas aguas negras de mi desesperación. Luché contra corriente para alcanzar la escalera, a duras penas logré subir corriendo y chapoteando como un salmón. Toda mi preocupación era que no se mojase mi sillón pero llegué tarde.
El sobresalto me despertó, la carta escrita hace tantos años estaba arrugada en mis manos sobre mis piernas inertes. El sudor y las lágrimas me empapaban. Cogí un pañuelo de mi silla que continuaba frenada delante del sillón esperando que me sentara de nuevo en ella para llegar, donde quiera que fuera, rodando. Mi silla, unida a mí para siempre, como siempre… Leí el final de la carta:
“… por eso no puedo dejar que sigas viniendo a verme. Tú vas a vivir una vida completa con algún hombre completo y si te quisiera podría soportar que llevaras esta vida conmigo pero, lo siento amiga mía, de esa manera no te quiero.
Sin más que decirte, recibe un afectuoso abrazo de tu amigo Alfredo.”
Arrugada cayó en la papelera. Mi sillón seguiría unos días más cubierto de papeles.
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¡Vaya Emartiants! No sabía que te hubieras metido en el FBI :p Pues una vez más, aquí estamos, ladies and gentlemans... Sobre Noche de reyes, este cazurro que suscribe dijo... Noche de reyes: Una niña que carece de infancia no puede disfrutar ni siquiera de la noche más mágica del año. La verdad es que el tema no está nada mal, y el retrato que se hace de la pobreza (enseguida me vino a la mente la Marianela de Galdós) está muy bien logrado. Por muy joven que sea, María tendrá que aprender desde muy pronto a desenvolverse en el injusto y crudo mundo de los adultos. En cuanto a la parte formal, hay algunas frases que quizá sean muy largas, lo que provoca que el ritmo de la narración llegue a perderse durante algunos momentos. Muy bueno. Sobre Ella y yo, este escritorzuelo del tres al cuarto que garabatea estas líneas dijo... Ella y yo: El protagonista del relato es un hombre al borde la locura que, a raíz de una regañina con su mujer, se le termina de ir la pinza. El robot de cocina representa su amante ideal: es comprensiva, le hace compañía y comparte sus aficiones con él. Su amor les lleva a recorrer juntos el mundo (y es que la máquina también tiene sus necesidades) de modo que, emulando a Telma y Louise, compran un descapotable y se van de viaje. El tono serio del relato, unido a lo absurdo de la situación (no puedo evitar sonreír al imaginarme un robot de cocina en el asiento del copiloto de un descapotable mientras su enamorado le lanza tiernas miradas) me recordó a un gag de Muchachada Nui. Como toda historia de amor que se precie, parece que al final la relación no llega a buen puerto. Con respecto al desarrollo de la historia, echo de menos un final un poco más elaborado, no sé... ¿Cómo es que hubo sangre de por medio? ¿Por qué quisieron separarles? ¿Acaso el protagonista fue internado en un manicomio? A primera vista, la última parte me dejó una extraña sensación de corte, de como si me hubiese perdido algo, ¿entendéis? Por lo demás, el desarrollo de la historia es impecable. Como ha pasado en otras ocasiones, Carboncillo pertenece al último tramo de 2009, fecha en la que ya había abandonado el certamen. Como en los casos anteriores, el componente sentimental es el que lleva la voz cantante. Y es que disfruté mucho leyendo los dos primeros relatos. Así que, puestos a elegir entre la pesadumbre de Noche de reyes y el viaje alocado que me promete Ella y yo, me quedo con este último. Es un relato tan divertido e irreverente que es prácticamente imposible decirle que no. Para él mi voto :-) |
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No tengo ninguna duda, me quedo con Carboncillo. Lo único que le quitaría (tijeras para qué os quiero) es ese de mi desesperación que hacia el final acompaña a "aquellas aguas negras". Es tan cursi que parece un grano en la cara de Olivia Wilde. Es lo único que quitaría. Lo demás es fantástico. Carboncillo. Fantástico.
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Un grano en la frente de... ¡Qué bueno! Me parto. Tienes razón, qué buenas son las tijeras. Pero yo aún quitaría más cosas. (Sobre todo eliminaría a los políticos profesionales de todos los colores). Qué gris personaje soy. Cómo noto en estas pequeñas cosas mi caída en barrena hacia el otoño de nuestro descontento. ¡Hop! Ya estoy otra vez en pie. |
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Yo también me quedo con "Carboncillo", me encantó cuando me lo leí en su momento (creo que le di puntos, pero no recuerdo cuántos) y me ha gustado todavía más ahora que me lo he vuelto a leer. Tiene una sensibilidad y una magia muy especiales. Además, Eduardo, perdóname, la primera vez no capté el detalle de que el protagonista iba en silla de ruedas (dame en la colleja, te dejo) y es algo vital para entender la historia de manera completa. En cuanto a los otros dos: "Ella y yo" también tiene ese puntito especial de "Carboncillo" (y de casi todos los relatos de Emartiants) pero el final me lo chafa un poquito. Me parece un tanto precipitado y confuso, se merece algo más redondo. "Noche de reyes" es el que menos me gusta, creo que se resalta demasiado el aspecto del hambre y no le acabo de ver la justficación de esta reiteración en el contexto de la historia. Igual lo tiene y yo no lo he visto (igual que con "Carboncillo"). |
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Pues sí, Noche de reyes es un poco así, un poco repetitivo y un bastante anticuado pero lo he puesto porque le tengo cariño al narrar una experiencia que fue real (aunque el padre era padrastro y la obligaba a pedir por las casas para gastarlo en vino mientras sus hijos e hijastra se morían de hambre). Muchas gracias pr tan buenas palabras señoras y caballeros. Que los hados os sean propicios y que pilléis cacho si podéis que es fin de semana. Thunder!!!! |