
La princesa enferma
De la noche a la mañana la princesa enfermó. Y, en los palacios de la Alhambra todo el mundo se preocupó. Los que más, los padres de las princesa. Por eso buscaron los mejores médicos, sabios y curanderos y les dijeron:
- Encontrad una manera de curar a la princesa y, por el dinero, no preocuparos.
Y todos los médicos, sabios y curanderos entraron y salieron de los palacios con las más variadas recetas y preparaciones mágicas para sanar a la princesa. Pero el tiempo fue corriendo y ella no solo no mejoraba sino que, poco a poco, iba empeorando.
- ¿Qué le pasará a la princesa?
Se preguntaban unos y otros y solo algunos respondían:
- No lo sabemos. Ni siquiera los médicos dan con sus dolencias.
Y como la princesa, según iba pasando el tiempo, se quedaba sin fuerzas y los padres pensaban que se moría, un día el rey escribió un edicto que decía: “La princesa de los palacios de la Alhambra se nos muere. Daré la tercera parte de mi fortuna a quién me diga qué le pasa. Y daré otro tanto más, a quien consiga curarla”. Se publicó este edicto por todos los rincones de la Alhambra y por Granada y todos los pueblos cercanos. Y hasta llegó a oídos de un joven pastor en las montañas de Sierra Nevada. Y nada más saberlo el joven dijo a su padre:
- Yo sé lo que le pasa a la princesa y también sé de qué modo curarla.
- ¿Y cómo puedes saber tú eso?
- No sé explicarlo pero sí sé que estoy en lo cierto. Quiero ir a la Alhambra y presentarme al rey para decirle que tengo el remedio para curar la enfermedad de la princesa.
Y el padre ya no preguntó nada más.
Era mediado de marzo. Los cerezos en las laderas sur frente a Sierra Nevada, todos estaban florecidos. Comenzaban a llenarse de nuevas hojas, los castaños, los majuelos y los robles. Y por los barrancos, ríos y arroyuelos, los mirlos a todas horas lanzaban sus cantos. La naturaleza entera ya estaba preparándose para la llegada de la primavera. Pero aquella noche, quince de marzo, llovió mucho. A lo largo de toda la noche sin parar y, en las altas cumbres de Sierra Nevada, también la nieve cayó en cantidad. Sin embargo, al llegar el nuevo día, en el cielo las nubes se abrieron, salió el sol, subieron las temperaturas y de nuevo las flores de los cerezos brillaron inmaculadas. A media mañana, salió el joven de su sencilla casa, más bien una cabaña de piedra y monte, en el rellano de la ladera junto a las aguas y se fue derecho al bosque. Por entre su espesura estuvo mucho rato, cortando algunas ramas y guardando hojas de plantas en su zurrón. Y poco antes del medio día, se acercó al padre y le dijo:
- Me voy a Granada. Quiero ir a los palacios de la Alhambra para ver a la princesa y curarla.
- Tú sabrás lo que haces pero si estás seguro de ti mismo, que tengas mucha suerte.
Y con su zurrón acuestas y en cada mano una rama en forma de bastón, se puso en camino. Por la senda descendió hasta el gran valle del río y luego, lentamente remontó a la colina y descendió a otro profundo barranco. De nuevo se encontró con las aguas del río Genil y, por aquí, ya muy remansado, tanto en su corriente como en redondos y alargados charcos. Se le vio pararse frente a las aguas y en silencio miró y meditó durante un largo rato. Luego se adentró en el bosquecillo de la derecha. Por donde espesos arbustos mostraban muchas flores en todos los colores y formas. Despacio fue buscando y cortando las más frescas y bonitas que por el lugar encontraba. Formó con ellas un elegante ramo, lo ató con tallos de juncos y, después de observar nuevamente las aguas del río, siguió su camino.
No tardó en remontar a la gran colina que, desde Granada, se alarga hacia el levante y, en su espolón primero, se clava la Alhambra. Al llegar a este sitio para sí se dijo: “Ya los espárragos han brotado, sino todos, sí muchos. Iré despacio mirando y buscando mientras camino para cortar todos los que vaya viendo”. En su mente, en todo momento, estaba presente la imagen de la princesa enferma en los palacios de la Alhambra. Y, aunque no la conocía, sí ya sentía por ella hondo respeto. Por eso, mientras caminaba y buscaba espárragos y, de vez en cuando cortaba alguno, sentía en su corazón como si algo muy grande le ardiera. Pensaba: “Será hermosa y por supuesto, la más buena de cuantas mujeres haya habido nunca en este mundo. ¿Por qué no merece ella todo el amor que en mi tengo?”
Conforme avanzaba hacia Granada iba comprobando como el sol caía por la ancha vega al fondo y por donde adivinaba a la Alhambra. De nuevo se decía: “Le ofreceré mis saludos y mi respeto. Y en cuanto se recupere y se ponga buena, si me pregunta qué me debe, le diré que nada tiene que agradecerme. Solo le pediré que le dé las gracias al cielo y si su padre quiere regalarme la mitad de su reino, se lo ofreceré yo a ella. Con que me tenga presente en su corazón a lo largo de su vida, me sentiré pagado”.
Y llegó a la Alhambra cuando ya la tarde se iba. Se acercó a la puerta de la muralla y dijo a los guardias:
- Vengo a ver a la princesa porque le traigo un remedio para su enfermedad y también un bonito regalo.
- Espera aquí un momento. Tenemos que decirle al rey de dónde vienes y quien eres y solo si él lo permite, podrás pasar a los palacios.
Llevaron los guardias la noticia al rey y el joven se quedó esperando. Se hizo de noche, el cielo se llenó de estrellas, por los alrededores de la Alhambra, todo se quedó en silencio y a oscuras y, como el frío fue aumentando, buscó algunas ramas secas y preparó una pequeña lumbre. Hizo un hoyo chico en la orilla de la acequia que por allí mismo corría y en el agua, metió el ramo de flores y el manojo de espárragos que había juntado. Pegado a las llamas, muy cerca de la muralla de la Alhambra, se sentó en el suelo, mirando al cielo, pensando en el encuentro con la princesa y esperando a que los guardias regresaran con las noticias del rey. La noche siguió avanzando y él, sin dejar de pensar en la princesa, de vez en cuando echaba alguna ramas seca al fuego y se decía: “También le diré que yo, con solo verla ya me siento más que pagado. Que lo único que quiero y siempre querré para ella, es que sea feliz, que agradezca al cielo su belleza y que en su corazón me considere siempre como un buen amigo”.
Se quedó dormido pensando en ella y, cuando al día siguiente despertó, miró y vio a uno de los guardias a su lado. Lo saludó el guardia y le dijo:
- Hemos informado al rey y éste nos ha dicho que te recibe esta mañana. Así que levántate, lava tu cara en el agua de esta acequia, coge tus cosas, sígueme que te llevo hasta su presencia.
Y el joven no tardó en incorporarse del suelo donde, a lo largo de la noche, había dormido. Lavó un poco su cara y manos, cargó su zurrón a las espaldas, cogió el ramo de flores y el manojo de espárragos y confiado siguió los pasos del guardia. Entraron por el arco de la conocida hasta hoy Puerta de la Justicia, subieron la cuestecilla, cruzaron el arco hoy también conocido como la Puerta del Vino y avanzaron lentamente. Cruzaron varias puertas vigiladas por más guardias y, al rato y después de pasillos y salas, llegaron a la presencia del rey. Saludó el guardia, presentó al joven y luego se retiró. Y sin más, el rey habló y le preguntó:
- Hasta hoy ni médicos ni curanderos ni sabios han podido curar la enfermedad de la princesa. ¿Cómo podrás hacerlo tú?
- Con este ramo de flores y este manojo de espárragos.
Se quedó el rey mirando sin saber qué pensar ni comentar pero al rato preguntó:
- ¿A caso esto es mágico?
- Algo sí pero no tanto
- ¿Entonces?
Y el joven, sin más rodeo dijo de nuevo al rey:
- Me gustaría ver a la princesa para entregarle yo mismo estos regalos. Pero sé que lo que pido no es posible. Así que, si su majestad lo quiere, puede dar usted mismo lo que para ella traigo. Y usted puede poner estas flores junto a su cama para que las veas y aspire su perfume. Y estos espárragos, cuando se levante de la cama y se encuentre con fuerzas, hagan una fiesta para celebrarlo y, bien condimentados, se los ofrece también a ella.
Y aun más sorprendido el rey preguntó al joven:
- ¿Solo esto es lo que ofreces par curar a la princesa?
- Nada más que esto, majestad. Y si ahora lo permite, quisiera retirarme. Ya soy el más afortunado con solo haberme permitido pisar estos palacios y sentir que he estado cerca de la princesa.
- De todos modos, como lo que pides es tan poca cosa y tan fácil de llevar acabo, daré órdenes para que se cumplan tus deseos. Creo que tus flores, insignificantes con las que tenemos en los jardines de estos palacios, no harán ningún bien ni mal a la princesa. Pero voy a serte sincero: esperaba a otra persona y con remedios mejores que los que has traído tú.
- Pues lo siento, majestad. ¿Puedo retirarme?
- Puedes irte.
- Gracias y mis saludos a la princesa.
Los guardias acudieron a la llamada del rey, escoltaron al joven fuera de los palacios y lo despidieron. Dentro de los palacios el rey llevó las flores a presencia de la princesa, echó agua en un bonito jarrón de jade y puso las flores dentro. Las colocó cerca de la cama de la princesa y le dijo:
- Un joven de la montaña las ha traído para ti. Fíjate qué regalo más insignificante, con las flores tan hermosas que nosotros tenemos cerca. Pero en fin, aquí tienes.
Se incorporó ella en su cama, miró despacio al ramo de flores, hizo un esfuerzo y débilmente dijo:
- Son las flores más bellas, frescas y puras que he visto nunca. Y entre sus pétalos fíjate qué luz más clara brilla.
- ¿A qué luz te refieres?
- A la luz que de las flores brota. ¿No ves qué suave iluminan y, al mismo tiempo, perfuman?
El rey se acercó a la princesa, puso un beso en su frente y luego se retiró. Y aquella misma tarde ella llamó a los sirvientes y les pidió que les ayudaran porque quería levantarse.
- Pero si no tienes fuerzas.
- Ya estoy curada y mi corazón desea asomarse a la ventana para ver la luz del día.
Obedecieron a la princesa y, poco, la vieron caminar decidida dirección a su ventana que, al levante, daba a las cumbres de Sierra Nevada. Se asomó a ella, miró despacio y, durante largo rato, estuvo imaginando quien sería y cómo el joven que, desde las lejanas montañas, le había traído tan original ramo de flores. Antes de que la noche cayera, todos vieron a la princesa caminar por los pasillos de los palacios. Y todos decían al verla:
- Nunca se le ha visto tan hermosa ni con tan vivos colores en su cara.
- ¿Cómo se habrá curado?
- Es un milagro.
- Pero ¿cómo ha ocurrido y quién ha sido el que lo ha realizado?
- Dicen que un joven pobre de las montañas, donde florecen los cerezos y brillan las nieves inmaculadas.
- ¡Qué extraño!
Y a los pocos días, los reyes dieron una gran fiesta en los palacios de la Alhambra. Pidió el rey que en la cocina prepararan, de la forma más exquisita posible, los espárragos que había traído el joven de la montaña. Y, cuando la princesa saboreaba estos espárragos, sentada en la mesa con sus amigas, dijo al padre:
- Quiero ir a las montañas y quiero encontrar y conocer al joven que me regaló las flores y estos espárragos.
- ¿Y eso para qué?
- En su momento os lo diré.
Y el rey, al día siguiente, escribió un edito que decía: “La princesa ha sanado. Que todo el mundo lo celebre. No sabemos cómo ha sido pero ella es muy feliz. Que todo el mundo, celebre con nosotros, este gran milagro”.
Aquel mismo día se publicó este edicto por todo el reino de Granada y todos los pueblos cercanos. Y hasta llegó a las montañas donde el joven pastoreaba su rebaño. Y al tener el padre, le preguntó:
- ¿Sabes tú cómo ha sido?
- No lo sé padre.
- Entonces ¿de qué modo la princesa ha sanado? Me dijiste que sabías lo que le pasaba y también sabías el modo de curarla.
- Lo presentía en mi corazón.
- ¿Y qué era lo que presentías?
- Que la princesa solo necesitaba cariño y un sencillo ramo de flores frescas.
- Pero si tú has sido el que la has curado debes exigir ahora que te den la recompensa.
Y el joven, muy seguro de sí, dijo al padre:
- Para mí, no hay mayor recompensa que la de saber que la princesa ha sanado. Que a ella, siempre la bendiga el cielo y a mí, que algún día me premie, si es que lo merezco.