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romi
Mensajes: 678
Fecha de ingreso: 25 de Abril de 2008

La princesa y el jardinero

15 de Marzo de 2011 a las 20:08

Bubok

La princesa y el jardinero

            Su palacio se alzaba justo en la parte más alta de la colina de la Alhambra. Por encima de lo que hoy se le conoce con el nombre de Silla del Moro y en lo más elevado del Cerro del Sol. Hoy ahí, solo se ven ruinas entre un denso pinar y tierras llanas cubiertas de hierba y pasto, en verano. También por el lugar reina un gran silencio y, por las tardes, cuando el sol se pone, un mar de colores dorados y fuego. Porque desde este lugar se ven las más bellas puestas de sol que ocurren en todo el reino de Granada. Donde estuvo su palacio, en lo más alto del Cerro del Sol, hoy se le conoce con el nombre de Dar al-arusa.

            Y ella, como era hija única y su padre era rey, vivía en uno de los aposentos más bonitos de este palacio. Su padre, con mucha frecuencia, le decía:

- Quiero que seas feliz y que nunca te falte de nada. Cuando algún día eche de menos algo, nos lo dices que te lo daremos al instante.

Ella prestaba atención a estos ofrecimientos de los padres y casi nunca les pedía nada. Era tan feliz y tenía tanto junto a sí que pocas cosas echaba en falta. Pero en su corazón, sin que ella lo motivara, parecía existir como una gran sed de algo. No tenía claro de qué pero, cuando iba o venía y paseaba por los jardines cercanos a su palacio o por los que había por donde la Alhambra, siempre observaba con interés a las personas que por aquí o por allá se ocupaban en sus trabajos. Para sí, en algunos momentos, se preguntaba: “¿Cómo será la vida de estas personas y qué tendrán en sus casas y soñarán en sus corazones? Todos parecen buenos y nobles pero se les ve tan pobre y pequeños que hasta parece que no fueran personas”.

            Y un día dijo a su padre:

- ¿Sabes lo que me gustaría?

- No lo sé, hija mía.

- Quisiera hacerme amiga de muchas de las personas pobres que continuamente veo por nuestros palacios y por los sitios que rodean a la Alhambra.

Y el rey, meditó un momento y luego dijo:

- Lo que pides no es posible.

- ¿Qué dificultad hay en ello?

- Las princesas nunca son amigas de los pobres.

- ¿Y por qué no?

- Porque pertenecen a un rango superior. No es bueno que su sangre se mezcle con la nuestra por tradición y honor.

- Pero, por encima del honor, tradiciones y costumbres nuestras ¿tú no crees que hay algo mayor?

- ¿Qué es para ti ese “algo mayor”?

- Por ejemplo: la bondad, el amor, lo bello… ¿Te imaginas lo hermoso que sería un mundo donde lo primero fuera el respeto para  con los otros?  Y si en este mundo todo funcionara por amor y se cultivara siempre lo bello ¿te imaginas lo hermoso que este mundo sería?

Y el padre, después de un buen rato en silencio, respondía:

- Sin duda que lo que sueñas sería bueno pero…

            Y cuando, al llegar a este punto, la conversación entre ellos se estancaba, la princesa siempre guardaba silencio. Se iba luego a sus aposentos, se ponía a leer sus libros, miraba por la ventana de su palacio y se dejaba embelesar por los bonitos paisajes que a su palacio rodeaban. Y en estos momentos siempre acudían a su mente los sueños que compartía con su padre. Por eso, en algunas ocasiones, salía del palacio, se iba por los jardines en la llanura al levante de su palacio y miraba de reojo a los que, por un lado y otro, trabajaban. Y mientras paseaba y observaba no dejaba de imaginar un nuevo mundo. A veces se paraba a charlar con los que se iba encontrando pero siempre lo hacía a escondidas por miedo a que sus padres la vieran y la castigaran. Porque su padre, varias veces ya le había dicho:

- No está bien visto que una princesa se mezcle y hable con sus criados. Y menos, si estos son pobres.

También en estas ocasiones deseaba compartir con su padre sus puntos de vista pero nunca lo hacía.

            Y como sabía ya esto, ella no paraba de imaginar y buscar la manera de hacer real lo que su corazón le pedía. Por eso, un día que el padre le dijo:

- Hija mía, cuando tengas necesidad de algo, me lo dices que enseguida doy las órdenes oportunas y lo consigo.

Al instante ella le dijo:

- ¿Sabes lo que me gustaría?

- ¿Qué es lo que te gustaría?

- Tener un jardín propio para cultivar mis flores y pasear por él, cuando me apetezca. ¿Podrías regalarme esto?

- Claro que puedo. Enseguida doy las órdenes oportunas y, en unos días, serás dueña del jardín que sueñas.

            Y dicho y hecho: el rey dio las órdenes oportunas y, cerca de su palacio, al levante y parte más alta de la colina, los empleados acotaron un gran trozo de tierra. Todo por el rincón estaba lleno de acequias, con abundante agua muy clara y árboles casi centenarios: olivos, encinas, quejigos, algunas higueras y fresnos. Prepararon los empleados las tierras y cuando creyó que todo estaba al gusto de la princesa, habló con ella y le dijo:

- Ahora mismo te regalo en terreno que soñabas para tu jardín privado. ¿Lo has visto ya?

- Sí que lo he visto y me gusta mucho. También me alegro que no lo hayas sembrado. Quiero ser yo misma la que diseñe mi jardín, con los dos mejores jardineros que haya por aquí. ¿Podrías concederme también este regalo?

- Claro que puedo. Mañana mismo pondré a tu disposición a los dos mejores jardineros que, por estos días, hay en Granada.

- ¿Cómo se llaman?

- Nadín, uno, que traducido significa “amigo” y Rafiq, el otro, que también traducido quiere decir “compañero y amigo”.

Y la princesa exclamó:

- ¡Qué bien! Me gustan sus nombres y me gusta que sean amantes de las flores.

            Aquella misma tarde la princesa fue a su trozo de tierra, donde ya le esperaban los dos jóvenes jardineros. Y, en cuanto los saludó, les dijo:

- Ante doto quiero que seáis mis amigos y también quiero que hagáis de estas tierras el jardín más bonito que nunca se haya visto.

Y Nadín dijo:

- Había pensado que cada uno de nosotros se encargue de un trozo de este jardín tuyo. No para competir entre los dos sino para responsabilizarnos más por lo que cada uno hagamos.

- Como queráis vosotros. Pero tened claro que, aunque me gustan mucho las flores, odio que me regalen ramos y también odio que las personas las corten de sus tallos. Siempre he pensado que donde más hermosas están las flores no es en un bonito florero ni en las habitaciones de una princesa sino en el jardín. Besadas y acariciadas por el viento. ¿No sé si me he explicado?

Y los dos a un tiempo dijeron:

- Perfectamente princesa. Te haremos caso.

            Y a partir de aquel momento, Nadín y Rafiq, se dedicaron a su trabajo. Labraron las tierras, las regaron y sembraron con las más bonitas y variadas flores y también rosales, jazmines y otras muchas clases de arbustos y árboles. Y como las tierras sobre la cima del Cerro del Sol, precisamente es sol lo que más a lo largo del año tienen, en poco tiempo el jardín se convirtió en un auténtico edén. Cada día la princesa paseaba por las tierras, hablaba con Nadín y con Rafiq, se interesaba por lo que cada uno hacía y disfrutaba mucho tocando y oliendo las maravillosas flores que ellos y la tierra conseguían. Los trataba como a verdaderos amigos y de vez en cuando les decía:

- Me gusta mucho vuestro trabajo y me gustan y todas las flores que por aquí ya habéis sembrado.

Y casi siempre Rafiq preguntaba a la princesa:

- ¿Y qué flores te gustan más las de Nadín o las mías?

- Todas son muy bonitas.

- Pero yo creo que las flores y plantas que cultiva Nadín, son tus preferidas. ¿Qué les faltan a las mías?

- Todas las flores son hermosas, Rafiq y este jardín nuestro, cada día crece en belleza y categoría.

            Pero una tarde que la princesa paseaba por entre las plantas de su jardín, vio a Rafiq sentando en una piedra, algo triste y pensativo. Se acercó a él y le preguntó:

- ¿Te ha pasado algo?

- Solo que vengo notando que cada día muestras más interés por las flores que cultiva Nadín y que casi no aprecias las mías.

Se sentó la princesa junto a Rafiq, le cogió la mano y le dijo:

- Tus flores son tan bonitas como las que cultiva Nadín pero en tu interior algo no está muy claro.

- ¿Qué le pasa a mi interior?

- Que cuando cultivas tus flores siempre estás pensando en si me gustarán a mí o no.

- ¿Y no es eso lo que hace Nadín?

- Sí pero de otra manera.

- ¿De qué manera?

- El ama lo que hace, crea y le da riendas sueltas a sus sueños. No piensa en si lo que hace me gustará a mí o no. Para él, lo primero es poner trozos de su alma y corazón en cada flor que cultiva y eso, las flores lo reflejan. ¿Sabes Rafiq? En la vida nunca deberíamos hacer las cosas pensando en si a los otros les gustarán o no. Eso no es auténtico ni bueno para ti ni para los demás. Lo primero y más importante es crear, dar riendas sueltas a los sueños que llevamos dentro, poniendo en ello lo mejor de tu corazón y alma. Que cada flor de tu trozo de tierra sea el reflejo de lo mejor de ti. ¿Lo entiendes?

            Y Rafiq, muy compungido, tímidamente dijo a la princesa:

- Lo entiendo y te lo agradezco.

- Pues venga, levanta el ánimo y no te preocupes más pensando en si tus flores me gustan menos que las de Nadín. Todas son bonitas, porque las flores son la esencia de lo bello, pero a partir de ahora, sed más tú mismo y riega cada día tus plantas con lo mejor que en el alma llevas. El amor sincero, es el único camino para lograr que la vida sea auténtica y buscar que cada día el mundo sea algo mejor.

romi
Mensajes: 678
Fecha de ingreso: 25 de Abril de 2008
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  • 17 de Marzo de 2011 a las 9:21

Xavilapierr, te agradezco que hayas leído este relato mío y te agradezco tu comentario. Tendré en cuenta lo que señalas. En cualquier trabajo literario siempre hay que cuidar muchos detalles y matices. Y me alegro que, de alguna manera, este relato te haya gustado algo. Tu comentario tiene gran valor.

Agradecido y saludos. Romi

   
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